Informe histórico sobre la fosa común de la guerra civil en el cementerio de Lucena

En Lucena la sublevación militar del 18 de julio de 1936 triunfó ese mismo día. Al igual que en el resto de España, a partir de entonces se desató una feroz represión que llevó a la tumba a muchas personas durante los tres años de guerra civil. Las víctimas fueron asesinadas e inhumadas de manera ilegal en fosas comunes en el campo, en Córdoba o en los cementerios de Lucena y de las aldeas de Jauja y Las Navas del Selpillar, sin inscribirse en los libros oficiales de enterramientos. Son, por tanto, desaparecidos, pues en muchas ocasiones no sabemos sus nombres, su paradero ni ha aparecido su cadáver.

En este momento, y según mis investigaciones, las cifras de la represión franquista en el municipio de Lucena, sin contar algunos casos dudosos y a seis forasteros que mataron en el término municipal, se desglosan de la siguiente manera: un mínimo de 125 fusilados (93 de Lucena, 21 en la aldea de Jauja y 11 en la aldea de Las Navas del Selpillar), a los que hay que añadir al menos ocho personas que murieron en las cárceles en guerra y en la posguerra. Los nombres de las 133 víctimas pueden consultarse en este enlace. Esta es una cifra mínima sujeta a futuras revisiones, pues muchas de las víctimas mortales de la represión franquista, en Lucena y en toda España, no se inscribieron nunca en los libros de defunciones del Registro Civil y no han dejado rastro escrito alguno, por lo que su número puede aumentar con el descubrimiento de nueva documentación o por testimonios orales. Da idea de este hecho que en Lucena solo 69 víctimas (55% de total) estén inscritas como fallecidas en el Registro Civil, frente a 56 (45%) de las que no existe constancia oficial de su muerte.

De Lucena, como hemos señalado más arriba y sin contar a las dos aldeas, se fusiló a un mínimo de 93 personas. Según la información que hemos podido obtener de los libros de defunciones del Registro Civil, de otra documentación y de testimonios orales, de estas 93 personas 32 cayeron en el cementerio, 14 en Córdoba y 13 en otros lugares (seis en la Alameda de Cuevas y una en cada uno de estos sitios: cementerio de Badolatosa, cementerio de Cabra, cuesta del Espino, carretera de Rute, carretera Córdoba-Málaga, carretera de Los Llanos de Don Juan y Málaga). Por último, no sabemos en qué lugar concreto murieron 34 de los 93 lucentinos asesinados que tenemos identificados hasta el momento. Pudo ser el cementerio o en cualquier otro paraje. Por último, a Lucena también trajeron a fusilar a personas de las dos aldeas lucentinas y de otras localidades: tres de Jauja, uno de Las Navas del Selpillar, dos de Monturque, dos de Rute, uno de Badolatosa y otro de Palenciana. Solo este último sabemos que fue enterrado en el cementerio e ignoramos dónde murieron los demás.

Es muy posible que algunos o bastantes de los lucentinos de los que no sabemos el lugar de su muerte, ni incluso la fecha de defunción, acabaran fusilados en el cementerio. Por ejemplo, diversos testimonios orales recogidos hace más de veinte años hablaban de que se produjo una saca allí de 25 personas en la noche del 18 al 19 de agosto de 1936. Sin embargo, nosotros solo tenemos identificados a 18 de ellos, ya sea por el nombre o por el apodo. Quiénes eran los otros siete sigue siendo un misterio.

En enero de 2016, algunos familiares de los asesinados durante la guerra me solicitaron un informe histórico sobre la fosa común del cementerio de Nuestra Señora de Araceli de Lucena. Según los datos que ellos poseían y las informaciones que yo había aportado en mi libro República, guerra y represión. Lucena 1931-1939 existían suficientes indicios para considerar que a sus seres queridos los enterraron en algún lugar del camposanto. Las familias adjuntaron mi escrito a la petición que realizaron al mes siguiente a la Dirección General de Memoria Democrática, con la finalidad de que este organismo, dependiente en aquel momento de la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía, activara los protocolos de actuación previstos para exhumaciones de víctimas de la guerra civil. Medio año después, el 10 de agosto de 2016, el Boletín Oficial de la Junta de Andalucía publicó que Lucena se encontraba entre las 37 localidades en las que se iniciaría el proceso de indagación, localización, exhumación e identificación genética (si procedía) de las víctimas enterradas en alguna fosa común de la guerra civil que posiblemente aún perdurara en el cementerio, pues no sabemos si con posterioridad estas fosas se exhumaron, se destruyeron o se reutilizaron. El informe histórico que entregué a las familias puede leerse en este enlace.

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Monolito inaugurado el 1 de julio de 2005 en el cementerio de Nuestra Señora de Araceli con los nombres de las 123 víctimas mortales, conocidas hasta ese momento, de la represión franquista en Lucena.

El único vestigio visible que simboliza la represión franquista en el cementerio de Lucena es un monolito que se construyó cerca de la entrada con los nombres de los 123 fusilados y muertos en las cárceles conocidos hasta ese momento gracias a mis investigaciones (su número ha aumentado a 133, diez más, tras sucesivas indagaciones en estos últimos años). El monolito se inauguró el 1 de julio de 2005, con la aportación económica del Ayuntamiento y las ayudas que entonces concedía la Consejería de Justicia y Administración Pública de la Junta de Andalucía en materia de recuperación de la Memoria Histórica. Aunque debajo del monumento no se encuentran restos humanos de ningún represaliado, desde entonces ha servido de lugar de memoria, un espacio donde las familias han podido recordar y honrar a sus difuntos, rezar o llevarles flores. En una sociedad de raíces cristianas como la nuestra y en la que la tradición cultural impone que los restos humanos se inhumen en camposantos, identificados con sus nombres en lápidas, es evidente que este monolito ha reconfortado a los familiares de las víctimas, ha atenuado el dolor de sus heridas y se ha convertido en un símbolo de encuentro y reconciliación.

Trabajos de construcción, en el año 1928, de las tumbas individuales que se utilizarían como fosa común en el cementerio de Lucena durante medio siglo. Se puede observar, a la derecha, el abultado montón de huesos extraídos durante las labores de excavación.

El 9 de enero de 2017 comenzaron las labores para localizar los restos de los fusilados en el cementerio de Lucena. El equipo técnico estuvo dirigido por el profesor de la Universidad de Granada Francisco Carrión, y con él, junto a otros voluntarios, colaboraron de manera altruista durante varias semanas cuatro lucentinos graduados y licenciados en Historia (Miriam Sánchez Santiago, Miguel Ángel Toledano Cantero, José Alberto Delgado Arcos y Víctor García Martínez). Los resultados fueron infructuosos tras ocho semanas de trabajo y la exploración del 54 % del terreno donde se podría situar la fosa. El informe arqueológico forense final de la intervención se puede leer en este enlace. La falta de localización se pudo deber a que los fusilados se hubieran inhumado, al igual que millares de lucentinos, en algunas de las más de 300 tumbas individuales de ladrillo y hormigón construidas antes de la República, durante la dictadura de Primo de Rivera, y que se reutilizaron como fosa común hasta los años setenta del siglo XX. Con una profundidad que en muchas ocasiones supera los cuatro metros, en cada una se apilaban varios cuerpos, unos encima de otros, que cada seis años se exhumaban y se arrojaban al osario. Así se dejaba paso a nuevos enterramientos, ya que en aquellas fechas la mayoría de los lucentinos no tenía recursos económicos para sufragar una tumba propia y era el Ayuntamiento quien asumía ese servicio.

El 6 de noviembre de 2017 comenzó una nueva fase de excavación en el cementerio de Lucena dirigida por el mismo equipo del profesor Francisco Carrión. Las labores se han prolongado durante diciembre y han culminado con la localización de cinco víctimas, todas varones, con una edad entre la veintena y la treintena.

Si el proceso de identificación genética culminara con éxito, mis sentimientos serían similares a los que viví el 19 de febrero de 2005, cuando en el cementerio se colocó la primera piedra del monolito con los nombres de las víctimas y fui invitado por el Ayuntamiento junto a las familias a intervenir en el acto. Mis palabras aquel día fueron las siguientes:

La hora les ha llegado muy tarde, tan tarde que parecía que no les iba a llegar nunca. Casi setenta años, con sus malos días y sus peores noches, han tenido que esperar más de un centenar de lucentinos para recuperar derechos tan simples, elementales y humanitarios como los de tener un nombre, un pasado y una sepultura simbólica digna en un trozo de la amada tierra que los vio nacer. Hoy, la historia por fin hace justicia a las víctimas de la guerra incivil, y de la posguerra más incivil todavía, que azotó todos los rincones de España.

Durante muchos años, casi una eternidad, a los lucentinos que perdieron su vida por la represión desatada tras el golpe de Estado del 18 de julio de 1936 se les ha negado su ciudadanía y su condición de hijos de este pueblo. Su memoria quedó primero manchada y luego ocultada en alguna cuneta o en la fosa común de este cementerio entre disparos, lamentos y paletadas de tierra y de cal. Los asesinados jamás tuvieron tumba y su identidad quedó borrada por los fantasmas de la sinrazón y de los fusiles. La política de las balas, de la violencia y del silencio sustituyó a la política de las palabras, la única posible en un mundo civilizado. Después, lo que se ha llamado reconciliación supuso un nuevo olvido que enterraba aún más la dignidad y la historia de los que cayeron. Sus familias, a las que por fortuna hoy se las repara en parte moralmente, nunca tuvieron una lápida ante la que llorar o ante la que compadecerse de sus tristes destinos.

Hoy, Lucena, con la loable iniciativa municipal de honrar el nombre y la memoria de las víctimas de la dictadura, se ha convertido en una madre que ampara a todos sus hijos y les da, con toda justicia, un lugar en su corazón. Actos como el que hoy celebramos nos reafirman en nuestras convicciones democráticas y en nuestros deseos de que aquella guerra y la represión que la siguió se conviertan de una vez y por todas en una historia vergonzosa que no debe volver a repetirse nunca más. Hoy, desde el fondo de nuestras conciencias, con emoción contenida, podemos decir a todos los que murieron que descansen en paz.

Para finalizar, y aunque creo que el acto que hoy celebramos de colocación de la primera piedra de este monumento vale más que mil palabras, no me resisto a reproducir un extracto del discurso casi profético que pronunció Manuel Azaña Díaz, presidente de la II República, el 18 de julio de 1938, cuando los cañones aún rugían entre las ruinas de España: “Que piensen en los muertos y que escuchen su lección: la de esos hombres que han caído embravecidos en la batalla luchando magnánimamente por un ideal grandioso y que ahora, abrigados en la tierra materna, ya no tienen odio, ya no tienen rencor y nos envían, con los destellos de su luz, tranquila y remota como la de una estrella, el mensaje de la patria eterna que dice a todos sus hijos: paz, piedad y perdón”.

 

30. González León

Antonio González Merino (izquierda) y su primo Rafael González Polonio, residentes en la provincia de Barcelona y ambos ya fallecidos, delante del monolito que recuerda a las víctimas de la represión en el cementerio de Lucena. La foto se tomó durante la visita que realizaron en mayo de 2010 para depositar flores a los pies del monumento, donde aparecen los nombres de sus padres, los hermanos Juan y Manuel González León, nacidos en Lucena y fallecidos en 1942 y 1941, respectivamente, en el campo nazi de exterminio de Mauthausen (Austria).

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