1906, la primera vez que aparece impresa la palabra “santero” en Lucena

Santear es en Lucena una manera peculiar de llevar al hombro los tronos con imágenes religiosas. Aunque esta tradición tiene sus orígenes a mediados del siglo XIX, hasta ahora se creía que la primera vez que había aparecido impresa la palabra santero fue en 1911 en la Revista Aracelitana, según publicó en el año 2008 el historiador José Antonio Villalba Muñoz en la página 30 de su libro Lucena y la santería. La santería lucentina desde una perspectiva histórica. El breve texto de 1911, en el que la palabra santero aparece en cursiva, es el siguiente: “La bendita Imagen [se refiere a Ntro. Padre Jesús Nazareno], sobre esbelto trono de dorada talla, comienza á moverse con el lento y acompasado paso de los santeros”.

En el año 2009, el cronista oficial de la ciudad de Lucena, Luisfernando Palma Robles, adelantó la aparición en la prensa de la palabra santero en un artículo sobre la Semana Santa de 1906 publicado en la revista cofrade lucentina Carmelo de Pasión y Humildad. Este artículo hacía referencia al periódico La Voz de Lucena del 19 de abril de ese año 1906 en el que hallamos una detallada crónica de la Semana Santa y una noticia titulada “Los Santeros”. En estos dos artículos de La Voz de Lucena, además de la palabra santero, encontramos palabras y ritos relacionados con la santería actual, lo que supone un avance histórico muy valioso para los interesados en el estudio de esta afición lucentina.

Aunque el año 1906 sea la primera vez que se haya localizado la palabra santero impresa, parece bastante probable (por el contenido, el contexto y la forma de la noticia) que habría aparecido con anterioridad en otras ocasiones y que la santería ya estaba asentada como forma específica de cargar los tronos en Lucena, es decir, “tocando un individuo tras cada paso” el tambor, con manijero y con reuniones de santeros para comer y beber —la palabra junta aún no se recoge, sino que se habla de “agasajarse”—. Por desgracia, se conservan escasos ejemplares de la prensa lucentina de aquellos años y cualquier descubrimiento que nos aporte nuevas luces sobre este tema resulta muy dificultoso. Aparte, hay que tener en cuenta también que la santería era un fenómeno ligado fundamentalmente a las clases populares y a los jornaleros, por lo que su repercusión social y escrita no alcanzaba la relevancia que presenta en nuestros días.

Es evidente que los datos que aparecen en La Voz de Lucena del 19 de abril de 1906 suponen una fuente documental muy relevante y novedosa, no solo en relación a los orígenes de la santería, sino a cómo se celebraba el Jueves y, sobre todo, el Viernes Santo, con rasgos similares a los de ahora, aunque cambiaran aspectos como el tramo en el que se cedía entonces el trono de Jesús al pueblo (desde la ermita de Dios Padre hasta la “puerta” de su “Casa”, o sea, la misma capilla) o los horarios del itinerario procesional (de 5 a 10,30 horas de la mañana, “según costumbre de todos los años”). La crónica del Viernes Santo del periódico es, con probabilidad, la más completa que se conserva históricamente en prensa si utilizamos como criterio no la antigüedad, sino el detalle, la precisión, el vocabulario utilizado y la riqueza informativa.

Los dos artículos a los que hemos hecho referencia, “Las procesiones” y “Los Santeros”, publicados hace 110 años, se reproducen a continuación.

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Cabecera del periódico La Voz de Lucena de la edición del 19 de abril de 1906, con el titular de la crónica “Las procesiones” en la que por primera vez aparece impresa la palabra santero.

LAS PROCESIONES

Como desde el lunes Santo tendiese el tiempo a mejorar y el sol nos alegrase a todos y muy particularmente a los caleros, encaladores y hacendosas mujeres, aquéllos y éstas, escobín en mano trabajaron como negros hasta dejar las casas como palomas de blancas y aseadas.

Y llegó el miércoles, y al transcurrir aquella tarde sin que saliese la acostumbrada procesión, preguntamos a personas que sabían de la cosa y nos dijeron: Que las insoportables pretendidas imposiciones del Sr. Arcipreste, habían ocasionado serios disgustos la tarde anterior entre los cofrades que se reunieron para resolver sobre la procesión del siguiente día y a causa del desacuerdo fracasó la procesión mencionada.

El jueves a las seis de la tarde, se organizó y puso en marcha la correspondiente a ese día en la que con el lujo y el buen gusto que de antiguo caracteriza a los dueños de los Pasos que en ella figuran, iban La Santa Fe, de don Juan Madroñero; el Lavatorio, de don Martín Chacón; El Señor Amarrado a la Columna, de don Francisco López; El Señor del mayor dolor, de don Francisco Serrano Rivera; Jesús Preso, de D. José Mª Mora Chacón; Jesús Nazareno, de D. Juan M. Blancas; Jesús Crucificado, de D. J. Bueno y la Virgen de las Angustias, de D. Antonio Díaz.

Citadas efigies, con el numeroso cortejo que las rodeaba y contribuía a su solemnidad, recorrieron el itinerario acostumbrado en el que se agrupaba grande muchedumbre. Excepción hecha de la expulsión de un santero por el dueño de un paso, cuya expulsión la motivó el que el expulsado abandonase su preciosa carga por empinar el codo, y al volver a su puesto quisiera enmendar su falta con cantar una saeta, nada que mereciese dura corrección ocurrió.

Y como el tiempo se aclarase del todo, aumentó la animación, al acercarse la hora de la salida de la efigie del Nazareno, la más adorada por el pueblo lucentino.

Inmenso gentío, que invadía el llanete de Santo Domingo, esperaba emocionado el momento en que se abriese la Capilla y apareciese la hermosa, severa y artística figura de Jesús, y ese momento llegó al dar las cinco.

Describir el entusiasmo, la exaltación, al arrobamiento del pueblo lucentino en tal ocasión, ya lo hemos hecho en casos como el que nos ocupa si bien como es natural, las últimas manifestaciones nos parecieron siempre las más ardorosas y sentidas.

Un motivo más había el año actual para la contemplación de Jesús, y era el fijarse en las nuevas andas que estrenaba; superior y magnífica ofrenda de pudientes devotos.

Ya hemos dicho que esa obra de arte, ha sido construida en los acreditados talleres de los Sres. Meneses de la Corte y que su superior traza y acertados detalles decorativos nos agradaron, así como han gustado a cuantas personas han tenido el gusto de ver tan delicada y artística ofrenda.

En medio de un gentío inmenso pasó la interesantísima procesión, y entonces como todos los años, nos digimos [sic]: Si tantos millares de Hermanos Nazarenos formasen en filas con la compostura y el orden debido y no se desbandasen como acostumbran, ¿qué procesión podía compararse en toda Andalucía con la que nos ocupa?

A las siete, hizo alto el cortejo en la Plaza Nueva, y el Nazareno bendijo a su pueblo, que arrodillado lloraba y lo aclamaba delirante. Después, al paso de las efigies al reorganizarse la procesión, los cantaores de saetas, se lucieron lanzando al viento las más sentidas, entonadas y lastimeras, sobresaliendo entre un centenar de cantadores de ese género, el popular y simpático Calvillo.

Y en este año, tras Jesús, la Virgen, La Verónica, la Magdalena y S. Juan, formaron largas filas de penitentes hembras y de algunos varones harto pecadores cuyos pecados serían respetables cuando hicieron para lavar sus culpas el ofrecimiento de ir descalzos, arrastrando pesadísima cadena, con una cruz al hombro, con una corona de espinas, y cubierto el rostro con un velo. También de esta clase de penitentes, vimos uno hembra. Era una mujer cincuentona, iba descalza, con corona de espinas más o menos punzantes y a guisa de collar de perlas, llevaba una gruesísima cadena de la que apenas podía soportar el enorme peso que la abrumaba.

A las diez y media, según costumbre de todos los años, al llegar Jesús a la Ermita de Dios Padre, se apoderó pacíficamente el pueblo de la efigie de Aquél, y en volandas, si bien ordenadamente, lo llevó hasta su Casa, a cuya puerta, después de bendecir a sus hijos, pasó a manos de sus primitivos conductores que con gran cuidado, muy cariñosamente lo pusieron en el sagrado lugar de donde lo habían sacado seis horas antes.

A las seis y media de aquella tarde, se organizó y puso en marcha la procesión del Santo Entierro la que iba en esta forma: La Santa Cruz, el Santo Sepulcro, Hermandad de la Caridad presidida por el Sr. Marqués de Campo de Aras; largas filas de Hermanos Nazarenos y Penitentes alumbrando, La Magdalena, San Juan, La Dolorosa, Comunidades de Franciscanos y Agustinos, representación del Colegio de Hermanos Maristas; Mangas parroquiales y Clero parroquial, lucida representación del Batallón de Reserva y Zona de Reclutamiento, bajo mazas, la Excma. Corporación Municipal presidida por el Sr. Conde de Prado Castellano y el Comandante Sr. Ceballos, la Banda de Música y numeroso gentío.

Como con motivo de inexcusables atenciones, el personal de la benemérita de este puesto, estuviese ausente, dieron guardia al Santo Sepulcro y escoltaron a la Dolorosa, la escuadra y la oficialidad del Batallón Infantil, así como la escuadra de tambores del mismo cuerpo prestó servicio tocando un individuo tras cada paso.

En esa forma recorrió la procesión las calles de su tránsito, cuyas vías se hallaban invadidas de incontable número de personas, y otra vez los cantores de saetas dejaron oír las más lastimosas de sus respectivos repertorios.

Al anochecer recorría la procesión la Plaza Nueva, a las diez se encontraron en el Coso, cuyo paseo se veía ocupado por todo el vecindario, y a los tres cuartos para las once terminaba en el punto donde partiera a las seis y media de aquella tarde.

Por fortuna, y a pesar de las libaciones que en esos días suelen entregarse tanto los Hermanos Nazarenos cuanto los que no visten túnica, no se registraron desmanes que mereciesen dura represión por parte de los encargados del sostenimiento del orden público. Mas vale así.

Conque hasta el venidero año, que Dios quiera que, si no mejor, sea él siquiera como el presente, y el cronista de tales fiestas pueda desempeñar su cometido con tanta salud como buen deseo ha tenido al describir las actuales.

LOS SANTEROS

Nos satisface que cada hijo de vecino viva a sus anchas y festeje lo que más grato le sea, mas lo que motiva nuestras censuras es que esos divertimientos rebasen el límite de la prudencia y perturben el público sociego [sic] con escena de pésimo gusto.

Esa protesta nuestra la motivó el pasado Domingo el ver que con motivo de agazajarse [sic] varios Santeros, se lanzaron a la calle y sobre el trono donde fuera la efigie de la Santa Fe, se colocase un Santero borracho y dos golfillos, y en así, medio de horrible algazara, recorriesen muchas calles de la ciudad.

Esos desmanes dieron motivo a que la Alcaldía diese órdenes de impedir tales mamarrachadas que tan mal dicen de los señores cuadrilleros que permiten a los manijeros tan vituperables diversiones.

No lo hicieron así los santeros de Jesús, los que en el domicilio del manijero, festejaron el suceso, divirtiéndose expléndidamente [sic] y hasta en sus alegrías, a petición del que los mandara, reservaron de su comida una buena parte para los pobres del barrio.

En buen [sic] hora que se festeje por los santeros el buen resultado de sus esfuerzos al conducir los Pasos, mas sea esta diversión privada y no pública si siendo de este modo ha de ser turbulenta, soez y del peor gusto posible.

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Artículo original, que hemos reproducido más arriba, titulado “Los Santeros”, publicado por La Voz de Lucena el 19 de abril de 1906.

Fuente: La Voz de Lucena. Periódico semanal Liberal, Democrático Independiente consagrado a los intereses morales y materiales de Lucena y su distrito. Jueves, 19 de abril de 1906, páginas 1 (“Las procesiones”) y 3 (“Los Santeros”). El primero de los artículos está firmado por X. y el segundo aparece sin firma. Parece muy probable, por el estilo y las faltas de ortografía, que sean de autores distintos. En ambos artículos he eliminado la tilde a la preposición “a”.

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