Informe histórico sobre la fosa común de la guerra civil en el cementerio de Lucena

El 18 de julio de 1936 triunfó en Lucena la sublevación militar que dio comienzo a la guerra civil. A partir de ese momento y al igual que en el resto de España, se desató una feroz represión que llevó a la tumba al menos a 124 personas. Para enterrar a las víctimas, entre otros lugares, en el cementerio de Nuestra Señora de Araceli se habilitó una fosa común donde se arrojaba a los fusilados entre paletadas de tierra y cal.

En enero de 2016, familiares de los asesinados durante la guerra me solicitaron un informe histórico sobre esta fosa del cementerio. Según los datos que ellos poseían y las informaciones que yo había aportado en mi libro República, guerra y represión. Lucena 1931-1939, había suficientes indicios para considerar que sus seres queridos podrían haber sido enterrados ahí. Las familias adjuntaron mi escrito a la petición que realizaron al mes siguiente a la Dirección General de Memoria Democrática, con la finalidad de que este organismo, dependiente de la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía, activara los protocolos de actuación previstos para exhumaciones de víctimas de la guerra civil. Medio año después, el 10 de agosto de 2016, el Boletín Oficial de la Junta de Andalucía publicó que Lucena se encontraba entre las 37 localidades en las que se iniciaría el proceso de indagación, localización, exhumación e identificación genética (si procede) de las víctimas enterradas en la fosa común de la guerra civil que posiblemente —pues no sabemos si con posterioridad esta fosa se exhumó, se destruyó o se reutilizó— aún perdura en el cementerio. Debido a la importancia de la noticia y para que se conozca el contexto en el que se produjeron las muertes, he decidido publicar las tres páginas del informe histórico que entregué a las familias. Pueden leerse en este enlace.

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Monolito inaugurado el 1 de julio de 2005 en el cementerio de Nuestra Señora de Araceli con los nombres de las 123 víctimas mortales, conocidas hasta ese momento, de la represión franquista en Lucena.

El único vestigio visible que simboliza la represión franquista en el cementerio de Lucena es un monolito que se construyó a la entrada, hace 11 años, con los nombres de las 123 víctimas mortales conocidas hasta ese momento gracias a mis investigaciones. Se inauguró el 1 de julio de 2005, con la aportación económica del Ayuntamiento y las ayudas que entonces concedía la Consejería de Justicia y Administración Pública en materia de recuperación de la Memoria Histórica. Aunque debajo del monumento no se encuentran restos humanos de ningún represaliado, desde entonces ha servido de lugar de memoria, un espacio donde las familias han podido recordar y honrar a sus difuntos, rezar o llevarles flores. En una sociedad de raíces cristianas como la nuestra y en la que la tradición cultural impone que los restos humanos se inhumen en camposantos, identificados con sus nombres en lápidas, es evidente que este monolito ha reconfortado a los familiares de las víctimas, ha atenuado el dolor de sus heridas y se ha convertido en un símbolo de encuentro y reconciliación.

La primera piedra del monolito que se construyó en el cementerio de Lucena se colocó el 19 de febrero de 2005. Junto a los familiares, yo fui invitado como historiador a participar en el acto por el Ayuntamiento. He creído conveniente recuperar las palabras que expresé en aquel momento, pues son casi idénticas a las que sentiría si se consiguiera culminar con éxito el proceso de localización, exhumación e identificación genética de las víctimas. El texto que viene a continuación es el que pronuncié aquel día:

La hora les ha llegado muy tarde, tan tarde que parecía que no les iba a llegar nunca. Casi setenta años, con sus malos días y sus peores noches, han tenido que esperar más de un centenar de lucentinos para recuperar derechos tan simples, elementales y humanitarios como los de tener un nombre, un pasado y una sepultura simbólica digna en un trozo de la amada tierra que los vio nacer. Hoy, la historia por fin hace justicia a las víctimas de la guerra incivil, y de la posguerra más incivil todavía, que azotó todos los rincones de España.

Durante muchos años, casi una eternidad, a los lucentinos que perdieron su vida por la represión desatada tras el golpe de Estado del 18 de julio de 1936 se les ha negado su ciudadanía y su condición de hijos de este pueblo. Su memoria quedó primero manchada y luego ocultada en alguna cuneta o en la fosa común de este cementerio entre disparos, lamentos y paletadas de tierra y de cal. Los asesinados jamás tuvieron tumba y su identidad quedó borrada por los fantasmas de la sinrazón y de los fusiles. La política de las balas, de la violencia y del silencio sustituyó a la política de las palabras, la única posible en un mundo civilizado. Después, lo que se ha llamado reconciliación supuso un nuevo olvido que enterraba aún más la dignidad y la historia de los que cayeron. Sus familias, a las que por fortuna hoy se las repara en parte moralmente, nunca tuvieron una lápida ante la que llorar o ante la que compadecerse de sus tristes destinos.

Hoy, Lucena, con la loable iniciativa municipal de honrar el nombre y la memoria de las víctimas de la dictadura, se ha convertido en una madre que ampara a todos sus hijos y les da, con toda justicia, un lugar en su corazón. Actos como el que hoy celebramos nos reafirman en nuestras convicciones democráticas y en nuestros deseos de que aquella guerra y la represión que la siguió se conviertan de una vez y por todas en una historia vergonzosa que no debe volver a repetirse nunca más. Hoy, desde el fondo de nuestras conciencias, con emoción contenida, podemos decir a todos los que murieron que descansen en paz.

Para finalizar, y aunque creo que el acto que hoy celebramos de colocación de la primera piedra de este monumento vale más que mil palabras, no me resisto a reproducir un extracto del discurso casi profético que pronunció Manuel Azaña Díaz, presidente de la II República, el 18 de julio de 1938, cuando los cañones aún rugían entre las ruinas de España: “Que piensen en los muertos y que escuchen su lección: la de esos hombres que han caído embravecidos en la batalla luchando magnánimamente por un ideal grandioso y que ahora, abrigados en la tierra materna, ya no tienen odio, ya no tienen rencor y nos envían, con los destellos de su luz, tranquila y remota como la de una estrella, el mensaje de la patria eterna que dice a todos sus hijos: paz, piedad y perdón”.

En este momento, y según mis investigaciones, las cifras de la represión franquista en el municipio de Lucena, sin contar algunos casos dudosos y a seis forasteros que mataron en el término municipal, se desglosan de la siguiente manera: un mínimo de 124 fusilados (92 de Lucena, 21 de Jauja y 11 de Las Navas del Selpillar), a los que hay que añadir al menos siete personas que murieron en las cárceles en la posguerra. Los nombres de las 131 víctimas pueden consularse en este enlace.

Trabajos de construcción, en el año 1928, de las tumbas individuales que se utilizarían como fosa común en el cementerio de Lucena durante medio siglo. Se puede observar, a la derecha, el abultado montón de huesos extraídos durante las labores de excavación.

El 9 de enero de 2017 comenzaron las labores de localización de los restos de los fusilados en el cementerio de Lucena por un equipo técnico dirigido por el profesor de la Universidad de Granada Francisco Carrión, en el que colaboraron de manera altruista cuatro lucentinos estudiantes de Historia y licenciados universitarios. Los resultados han sido infructuosos tras ocho semanas de  trabajo y la exploración del 52 % del terreno donde se podría situar la fosa. La falta de localización se podría deber a que los fusilados se hubieran inhumado, al igual que millares de lucentinos, en algunas de las más de 300 tumbas individuales de ladrillo y hormigón construidas antes de la República, durante la dictadura de Primo de Rivera, y que se reutilizaron como fosa común hasta los años setenta del siglo XX. Con una profundidad que en muchas ocasiones supera los cuatro metros, en cada una se apilaban varios cuerpos, unos encima de otros, que cada seis años se exhumaban y se arrojaban al osario. Así se dejaba paso a nuevos enterramientos, ya que en aquellas fechas la mayoría de los lucentinos no tenía recursos económicos para sufragar una tumba propia y era el Ayuntamiento quien asumía ese servicio.

30. González León

Antonio González Merino (izquierda) y su primo Rafael González Polonio, residentes en la provincia de Barcelona y ambos ya fallecidos, delante del monolito que recuerda a las víctimas de la represión en el cementerio de Lucena. La foto se tomó durante la visita que realizaron en mayo de 2010 para depositar flores a los pies del monumento, donde aparecen los nombres de sus padres, los hermanos Juan y Manuel González León, nacidos en Lucena y fallecidos en 1942 y 1941, respectivamente, en el campo nazi de exterminio de Mauthausen (Austria).

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