El Carnaval en Lucena antes de la guerra civil

Desde el último decenio del siglo XIX los documentos históricos atestiguan la existencia del Carnaval en Lucena. La prensa de la época nos informa de los bandos de la alcaldía, de las actuaciones de las estudiantinas (grupos con instrumentos musicales parecidos a las tunas), de las máscaras por las calles y de los bailes en el Círculo Lucentino y en el Café Suizo. Era una de las fiestas más importantes de la localidad y duraba tres días (no sabemos si empezaba en jueves o viernes) más el Domingo de Piñatas que se celebraba a la semana siguiente. Durante estos días se cocinaba una comida especial, el guiso de Carnaval, cuyo ingrediente principal era un relleno de carne y huevo.

La forma de disfrutar del Carnaval en Lucena dependía de la clase social a la que se pertenecía. Las clases altas y medias se divertían en los bailes de disfraces organizados por sus círculos de recreo mientras las clases populares celebraban el carnaval en las calles y en la Plaza Nueva, donde actuaba la Banda Municipal. La mayoría de la población, de origen humilde y bajo poder adquisitivo, utilizaba para disfrazarse ropas viejas, pañuelos con los que tapaban sus caras y caretas. Las máscaras trataban de llamar la atención de los demás al grito de “ a que no me conoces, a que no me conoces”. Por las calles actuaban las ya citadas estudiantinas y las comparsas, con su repertorio cantado, formadas por trabajadores agrícolas y de distintos oficios.

El 21 de febrero de 1901, en un artículo firmado por Dr. Minuto y publicado en El Adalid Lucentino, se escribía que en el Carnaval de ese año “nada hemos visto sino variados disfraces, todos sin pizca de ingenio, improvisadas comparsas, y algunos que con sus barbaridades nos daban la lata”. En el primer día de Carnaval, debido a la lluvia, no aparecieron hasta la noche los disfraces y las comparsas, entre ellas una de niñas. A la vez, se celebraron bailes poco concurridos en los “casinillos”. En la tarde del segundo día gran número de máscaras, comparsas, la banda municipal y niños con confetis y serpentinas invadieron las principales calles y la Plaza Nueva, “en la que de cuando en cuando, parecíamos escuchar la clásica serenata con la que festejan en los barrios a los que de nuevo se suicidan casándose en segundas nupcias”. Por la noche, destacó por su concurrencia el baile del Círculo Lucentino, que congregó a la “aristocracia de Lucena”. El tercer día “el número de máscaras [fue] mayor que en el anterior, mucho vino y más borrachos, mayor gasto de confetis y serpentinas”. Ese día, el alcalde prohibió los bailes “en los tabernuchos”, sin embargo el del Círculo Lucentino congregó a igual número de personas que la noche precedente, y “como en los días anteriores, [no hubo] ningún incidente de importancia, pero sí algunos estacazos”.

La crónica más completa y detallada del Carnaval de Lucena publicada antes de la guerra civil la hemos localizado en el semanario La Voz, en su edición del 8 de marzo de 1906. Se titulaba “La cola del Carnaval” e iba firmada por ¿Me conoces?, que era la típica pregunta que, con el “a que no” por delante y con la voz chillona, hacían las máscaras a las personas no disfrazadas que las observaban por las calles. La crónica comenzaba el segundo día de Carnaval, señalando que el tiempo fue “frío, ventoso y desagradable”, “con nutridos chaparrones”, por lo que a las cinco de la tarde se encontraban en la plaza Nueva “refugiadas en los portales de las casas y establecimientos de recreo varios centenares de máscaras contrariadas, mojadas, zurraposas, que renegaban de los aguaceros que les aguaba la fiesta, si bien [este hecho] no les quitó las ganas de bromear…”. A consecuencia de las inclemencias de ese día, los bailes en el Casino Universal y en el Círculo Lucentino no estuvieron tan concurridos como la jornada anterior. En este último, al periodista le llamaron la atención “entre todas las máscaras, dos señoritas disfrazadas de cazadoras con sus escopetitas a la espalda, no faltándoles más para completar su indumentaria que algunos galgos o podencos que las siguieran… También agradaron y distrajeron mucho tres enmascarados con tres cabezas de viejas lugareñas de tipos copiados del natural divinamente, con sus zagiejos [sic] de color, sus rizos a la cara, sus mellas en la dentadura y sus muecas tan naturales como diversas”.

El periódico continuaba su crónica del Carnaval describiendo el Domingo de Piñata de la siguiente manera:

Como el tiempo, a partir del martes mejorase notablemente, cuando llegó el domingo que igual que el sábado fue un día primaveral, se dijeron los devotos de Momo: ¡llegó la nuestra!

Y con efecto, desde la mañana recorrieron las calles la estudiantina “Unión Filarmónica” y la comparsa “Los diablos”, llamando en esta la atención una hermosísima barbiana, que montada en una caballería menor, atraía las miradas de todo hombre, por sus ojos rasgados, bellísimos, su nariz de magnífico corte, su boca, su frente, en fin, una cara dislocante velada por una gasa blanca. Con seguridad, que si la ve el Morki, ese representante de África en Algeciras, le hace proposiciones para que formase parte de su serrallo o de su amo el emperador. A estas horas ya estará aquella hermosa ocupada en sus faenas agrícolas como sus compañeros los demás diablos de la comparsa.

A las cinco de la tarde se veían en la Plaza Nueva, en sus inmediaciones y en todas las calles, más máscaras que el mejor día de Carnaval, y a partir de esa hora hasta la noche, la animación fue en crecendo [sic] así como en aumento fue el tiroteo de huevos que contra el público y contra los de un balcón inmediato sostenían unos jóvenes de ambos sexos a la entrada de la Plaza por la calle de las Torres.

Al anochecer, roncos y roncas, rendidas y rendidos de tanto gritar y bromear, se fueron retirando más o menos serenos ellos y ellas, con ánimos de serenarse y tomar bríos para los bailes. Estos estuvieron sumamente animados tanto en el “Círculo Lucentino” como en el “Universal”, si bien entendemos no debe darse nombre de baile al celebrado en el primero de dichos centros de recreo, pues donde se ven reunidas unas trescientas máscaras perfectamente disfrazadas, bellísimas, hermosas, y sólo bailan dos o tres parejas, no sabemos por qué se ha de dar el nombre de baile a esos espectáculos, en los que no nos explicamos qué hace la juventud masculina al no procurar obsequiar por su prestación para el baile a tantas distinguidas y bellas jóvenes como esas noches a él concurren y de él se marchan hartas de pasear, pero en ayunas de los esencial a esa edad, el baile.

En el Universal, ocurrió lo contrario, o sea, que no solo sobró quien las bailara, sino que vimos lo que desde hace años vemos, que tan poco nos gusta, el baile entre dos hombres, cosa que repetimos, jamás nos agradó y aún menos cuando sobran mujeres a quien bailar. Y basta de sermón.

Cuando a las cuatro de la mañana abandonamos el ruidoso espectáculo, nos decíamos: En verdad que es casi milagroso que, dado el gran consumo que allí se había hecho de bebidas, el disfraz, y el diablo de ellas revueltas con ellos, no ocurran graves lances…

Por su componente transgresor y libertario, poco amigo de los convencionalismos sociales, el Carnaval contó desde sus orígenes con la animadversión de ciertos sectores conservadores e integristas, que lo consideraban una fiesta pecaminosa e indecente, ajena a las tradiciones católicas. Desde esa concepción, la Revista Aracelitana del año 1915 recoge en su crónica local la celebración del Carnaval e invita a las autoridades a que tomen medidas para impedir las inmoralidades que a su juicio se producen. La revista refleja su opinión sobre esta fiesta, con escándalo evidente, de la siguiente manera:

Sin ningún incidente de mayor cuantía, fuera de alguna que otra carrera, con los sustos de rigor, provocada por cualquiera que se sentía valiente después de haber ingerido más que regular cantidad de mosto, transcurrió el Carnaval en Lucena. Nada notable ha podido observarse en comparsas ni en máscaras, que revelara algo de buen gusto e ingenio; las antrosas máscaras de siempre y las comparsas, como en años anteriores, cantando coplas de una indecencia incalificable. También hemos observado que con general escándalo se han exhibido por esas calles, luciendo cínicas desnudeces, ciertos tipos que no sabemos por qué aquí se permite [que] salgan de sus habituales guaridas. Repasando nuestro oficio de periodistas, la prensa de provincias, hemos visto las disposiciones que las autoridades han dictado en estos días para evitar estos abusos que lamentamos aquí donde por una incalificable complacencia disfrutan ciertas gentes de una libertad incompatible con la pública moralidad y con los derechos del honrado vecindario. Y mucho más de extrañas son estas cosas en Lucena, donde las funciones de la autoridad se ejercen por personas cuya honorabilidad y rectitud de intenciones ni siquiera cabe poner en duda por un momento.

El 15 de febrero de 1923 el periódico Patria describía el Carnaval en Lucena con enorme añoranza de la animación que había vivido en los años pasados y lo consideraba una fiesta en decadencia. Señalaba que el primer día, “propio del febrerillo el loco, resultó desagradable en extremo, frío de temperatura y de animación en la fiesta. Una comparsa de Puente Genil, una docena de máscaras, vulgares, y pare V. de contar. Ni una estudiantina, ni música en nuestros paseos, ni bailes en los casinos”. El segundo día, “despejado de nubes”, hubo más animación en la Plaza Nueva y por la noche hubo bailes de máscaras en las sociedades Juventud Monárquica y Círculo Católico. El tercer día, aunque existió más animación debido al buen tiempo, “se notó la falta de esas notas simpáticas del arte propias de este género de festival, la música y las estudiantinas”. Aun así, “las bellezas lucentinas, que lucieron caprichosos disfraces, recorrieron calles y paseos, como bandadas de alocadas avecillas, nota alegre de expansión juvenil, que nos hace olvidar las preocupaciones de la vida”. En cuanto a los bailes, el de la Juventud Monárquica resultó “concurrido, alegre y sin incidentes” y el del Círculo Lucentino se celebró “con la esplendidez, lujo y orden que son característicos de esta culta Sociedad”.

Algunas de las coplas del Carnaval lucentino cantadas por las comparsas con anterioridad a la guerra civil, recogidas por mí hace 25 años de mujeres que habían vivido aquella época y las recordaban aún, eran bastante ingeniosas. Valga de ejemplo la siguiente, referida a la construcción de la torre del Ayuntamiento en 1928 y al reloj que la coronaba:

“Una torre edificada en medio de la población, / construida en dos campanas para su repetición. / El reloj que la promedia a estilo capital, / construido en cuatro esferas y “toas iluminás”. / Pero a las doce del día se ve una bola  bajar / diciéndole a todo el mundo que ya es hora de almorzar. / Las horas son “pa” nosotros, / las medias “pa” los concejales / y los cuartos para el alcalde”.

Otras composiciones, como esta, tenían un contenido más social y crítico:

“Esto es una pena, esto es un dolor, / que el que no trabaja se coma el jamón”.

Y también había lugar para los repertorios picarescos:

Conozco a una niña modista muy lista / que tiene un novio aviador, / que tenían los dos pasión y amor en su corazón. / Pero un día el novio salía para dar un vuelo en el avión / y la niña dice llorando: “Yo quiero ir volando dentro del avión”. / De pronto la sube, le mete la marcha al motor / !Con qué placer y gusto iban los dos! / Y el aparato marchaba y volaba, / pero se incendió el motor / y temiendo el peligro el bicho aterrizó.

La llegada de la II República en 1931, con su nuevo clima de libertades, supuso una época de auge para el Carnaval lucentino. Algunos de los letristas se hicieron muy conocidos, como Bartolo, Aquilino el del Acordeón, el Tío del Tururú y el Regaera, y los libretos (cuadernos de letrillas) de sus comparsas se vendían a una perrilla (la décima parte de una peseta). Sin embargo, el Carnaval del año 1933 se vio empañado por un crimen ocurrido el Domingo de Piñata. Francisco Gómez Pino “La Lombriz”, una persona de pésimos antecedentes –años antes había asesinado a un hombre y tenemos datos de que ya en 1904 había ingresado en prisión (El Adalid Lucentino, 20 de septiembre de 1904)– mató en la calle Ancha, de una cuchillada, a José Pérez Jiménez, Pepe el de La Partera, que iba disfrazado junto con un grupo de amigos. El asesino huyó, pero en la calle Juan Blázquez una pareja de la Guardia Civil que lo perseguía consiguió acorralarlo y, tras un intercambio de disparos, lo hirieron. Al calor del tumulto se concentró una gran cantidad de gente que, encolerizada, intentó rematarlo, por lo que hubo que pedir refuerzos. Al ser trasladado a la Casa de Socorro, Francisco Gómez murió (Ideal, 6 y 13 de marzo de 1933). El entierro fue multitudinario y la indignación general llevó incluso a que el concejal socialista Rafael Lozano Córdoba solicitara que constase en acta el sentimiento de la Corporación municipal por este asesinato y que se le concediese a la familia un donativo de 150 pesetas, lo que se aprobó por unanimidad (Libro de Actas del Ayuntamiento, 6 de marzo de 1933).

El Carnaval siguió celebrándose en Lucena en los tres años siguientes con normalidad, sin que este crimen alterara en lo más mínimo la fiesta, según nos demuestra la documentación histórica. El 26 de febrero de 1934, los libros de actas del Ayuntamiento hablan de “un informe de horas extraordinarias dadas por los Guardias Municipales durante los tres días de Fiesta de Carnaval y Domingo de Piñata”; y el 1 de marzo de 1935 recogen una “autorización para instalar puestos, etc. en la Plaza de la República [actual Plaza Nueva] para las Fiestas de Carnaval”.

En 1936 es la prensa la que nos informa de las celebraciones. El semanario lucentino Ideales, en su número del 24 de febrero, señalaba que “en la mañana de ayer fue publicado un bando de esta alcaldía (…) autorizando los disfraces en esta festividad (…) Anoche se celebró en el Teatro Principal un baile del Círculo Mercantil, que tiene proyectado otro para mañana y un tercero el próximo domingo con piñatas y premios (…) Dos o tres comparsas, tipo de murgas, recorren las calles”. El 29 de febrero este mismo periódico cita los bailes de máscaras “durante los días de Carnaval y ayer domingo de Piñata (…) con bastante animación en el Círculo lucentino y en el Teatro Principal. En el de la tercera noche, se designó un grupo de bellísimas señoritas y de entre ellas se eligió por votación a Antoñita Delgado, que se la designa con el nombre Señorita Círculo Mercantil”.

Ilustración artículo Carnaval (1)

La normalidad con la que se celebraba el Carnaval se rompió con el golpe de Estado del 18 de julio de 1936. El 5 de enero de 1937, en plena guerra civil, una orden publicada en el Boletín Oficial del Estado prohibió el Carnaval en la España franquista, dentro de la cual se encontraba Lucena. El objetivo era borrar de la vida pública y social todas las tradiciones y manifestaciones festivas que se alejaban de las convicciones patrióticas conservadoras y de la devoción religiosa, como ocurría con los carnavales, que cada febrero habían contado con el rechazo pastoral eclesiástico y que no volverían a celebrarse en Lucena hasta 1986, casi cincuenta años después. El periódico católico lucentino Ideales, en su edición del 28 de febrero de 1938, aplaudía la prohibición de las fiestas de Carnaval, a las que acusaba de impías, malas, demoníacas y criminales, de la siguiente manera:

… Ahora, cuando vaya nuestro recuerdo a los años pasados, después de transcurridos los dos de la Cruzada sin la mancha ominosa de la fiesta impía, podremos darnos cuenta más cabal de la magnitud de la ofensa a Dios que suponía aquella semana dedicada con delectación a cometer toda clase de pecado. Ahora, juzgado aquello con la serena frialdad que surge de comparar estos tiempos de penitencia con los otros de maldad (…). Porque como la hemos conocido los que ahora vivimos, era un verdadero aquelarre demoníaco (…). Todas las manifestaciones del crimen contra Dios, contra la Religión y aun contra el prójimo, parecía como si se concitasen para una labor común (…) [cuando] cantemos los himnos de la resurrección y la victoria, vayan acompañados del propósito firme de ayudar a Franco para que, con la gracia de Dios, terminen todos los Carnavales de España.

Foto carnaval

Los asistentes a un baile de carnaval, aún cubiertos de papelillos, posan en las escaleras del Casino de Lucena en ¿1931? Las personas que hemos podido identificar son las siguientes: 1. Araceli Torres Pino 2. Nati o Lourdes Moreno Lara 3. ¿Pura Moreno Lara? (esposa de Abundio Aragón) 4. ¿Eduarda Álvarez? 5. Antonio Mora Escudero 6. Araceli Mora Escudero 7. Carmen Torres Torres 8. Teresa Gómez Ramírez (esposa de Rafael Moreno Lara, farmacéutico) 9. Antoñita Mora 10. Araceli Moreno Lara (casada con Agustín Pérez Arroyo, farmacéutico) 11. Abundio Aragón 12. Miguel Gómez Ramírez 13. Perico Chacón 14. Elvira Chacón 15. Nati o Lourdes Moreno Lara (esposa de Francisco de Mora Escudero) 16. Felipe Moreno Lara (casado con Antoñita Mora) 17. Antonia Ruiz de Castroviejo (esposa de Antonio Cabrera) 18. Antonio Cabrera Valdelomar 19. Pepe de Mora Jiménez (bodeguero) 20. Pedro Mora Romero (bodeguero) 21. ¿Pura Mora?

Listado de víctimas de la represión franquista en Iznájar

En la madrugada de 19 de julio de 1936 triunfó en la localidad cordobesa de Iznájar la sublevación militar, capitaneada por el sargento Jerónimo Rivero Sánchez, comandante de puesto de la Guardia Civil, quien se incautó del Ayuntamiento y clausuró el Centro Obrero. A principios de agosto ejerció como comandante militar Carlos Galindo Casellas, secretario del Ayuntamiento de Rute y teniente de Caballería retirado. Las detenciones y los fusilamientos se iniciaron con rapidez, lo que causó una masiva huida de vecinos hacia la zona republicana. El historiador Francisco Moreno Gómez, en su obra La guerra civil en Córdoba 1936-1939 (página 117), publicada en el año 1985, indicaba que los fusilados por la represión franquista en Iznájar anotados en los libros de defunciones del Registro Civil, algunos de ellos bajo el concepto de “desaparecidos”, fueron 28 (25 en el pueblo y tres en Córdoba). Sin embargo, estimaba que el número de asesinados durante la guerra civil llegó a los 50, ya que muchos quedaron sin inscribir en el Registro, y citaba el caso de Manuel Escamilla Caballero, de la aldea del Barrio de San José, fusilado en Córdoba el 15 de febrero de 1937.

Adolfo Torrubia Cruz, Antonio Granados Ginés, Antonio Llamas Hidalgo y Fernando Osuna Caballero, fusilados el 13 de septiembre de 1936.

Fotografías en la lápida del cementerio de Iznájar de Adolfo Torrubia Cruz, Antonio Granados Ginés, Antonio Llamas Hidalgo y Fernando Osuna Caballero, fusilados el 13 de septiembre de 1936.

Cuando en mayo de 2007 publiqué la segunda edición de mi libro Desaparecidos. La represión franquista en Rute 1936-1950, incluí algunos datos relativos a Iznájar, debido a que ambos municipios son colindantes y a que falangistas y guardias civiles de Rute habían colaborado en tareas represivas en Iznájar. Me serví de la ayuda de dos testimonios importantísimos. Uno de ellos fue el de Antonio Montilla Cordón, quien me escribió desde Calafell (Tarragona) en octubre de 2005 para contarme la historia de El Remolino, donde él nació. Antonio Montilla, un niño de 11 años en 1936, había sido testigo durante la guerra civil de la represión desatada en esa aldea por los falangistas y la Guardia Civil de Rute e Iznájar. El Remolino era en 1936 una de las 22 pedanías del municipio de Iznájar y tenía en aquel tiempo unos 300 habitantes. El testimonio de Antonio Montilla poseía un enorme valor ya que, tras la construcción del pantano de Iznájar en los años sesenta, El Remolino quedó inundado y todos sus habitantes se vieron forzados a emigrar, por lo que él temía que la historia oral de lo ocurrido en la aldea se perdiera para siempre. Por fortuna, el testimonio de Antonio Montilla tuvo una amplia difusión y fue publicado en libros y revistas como Cuadernos para el Diálogo. El texto del número de la revista se puede leer en este enlace.

Alfonso Rabasco Ortega

Alfonso Rabasco Ortega, de la aldea de Las Huertas de la Granja, fusilado en fecha indeterminada.

Sabemos muy poco de la represión desencadenada durante la guerra civil en Iznájar y en sus aldeas, por lo que la prodigiosa memoria de Antonio Montilla es de una gran importancia histórica. En El Remolino, como en muchos lugares de España, en 1936 no hubo una guerra en sentido estricto, sino que lo que en verdad se desató fue una cruel represión que no se podía justificar con el argumento de una violencia previa de los republicanos, pues en la aldea no se cometió ninguna tropelía en contra de nadie. No se puede afirmar que hubo guerra cuando a un lado estaban las fuerzas militares y paramilitares golpistas (guardias civiles y falangistas) que realizaban incursiones en las que de forma indiscriminada quemaban, violaban y mataban, y en el otro lado, como víctima, una población civil indefensa. En definitiva, lo ocurrido en El Remolino más que un hecho bélico es un típico ejemplo de barbarie colonial, de una represión ciega movida por la crueldad y el desprecio a la vida, con la aplicación de una violencia extrema y de castigos ejemplares.

Francisco Ruiz Caballero, de Las Huertas de la Granja, fusilado junto a su hermano Felipe en fecha indeterminada.

Francisco Ruiz Caballero, de Las Huertas de la Granja, fusilado junto a su hermano Felipe en fecha indeterminada.

Un año después de que Antonio Montilla Cordón aportara su testimonio, el historiador Francisco Espinosa Maestre me envió una copia de un sumario de un consejo de guerra localizado por el también historiador José María García Márquez en el archivo del Tribunal Militar Territorial II de Sevilla (causa nº 327, legajo 162, expediente 6.590). Se trataba del juicio sumarísimo contra el guardia civil Rodrigo Salas Bote y el falangista Pedro Doncel Quintana (conocido con el apodo de Periquillo el de la Carolina) a los que se acusaba de haber infringido el bando de declaración del estado de guerra en El Remolino el 31 de agosto de 1936. El documento tenía una importancia enorme. Por un lado, corroboraba documentalmente, y si cabe de manera más trágica aún, ciertos pasajes del testimonio de Antonio Montilla Cordón. Por otro lado, nos encontramos ante uno de los pocos casos en los que la justicia inició una actuación por los excesos cometidos por los derechistas, un hecho excepcional que resultó posible porque el denunciante era el jefe de la Falange de Iznájar, despechado por el asesinato de su tío (Antonio Conde Lucena), aunque esta circunstancia del parentesco la omitió en su denuncia. Al final, el proceso judicial es una muestra contundente de la actuación irregular y partidista de la maquinaria judicial franquista cuando un acusado afín a su ideología se veía involucrado en algún delito y, también, es un claro ejemplo de cómo las actuaciones judiciales amparaban la represión en contra de los republicanos. El análisis que realicé en su momento de este consejo de guerra también salió publicado en la revista Cuadernos para el Diálogo, y es posible consultarlo en este enlace.

Antonio Rabasco Ortega, de la la aldea de Las Huertas de la Granja, fusilado el 4 de septiembre de 1936.

Antonio Rabasco Ortega, de Las Huertas de la Granja, fusilado el 4 de septiembre de 1936.

Los datos aportados en el año 2005 por Antonio Montilla Cordón permitieron revisar al alza la cifra de 50 fusilados en Iznájar que el historiador Francisco Moreno Gómez había estimado como fiable veinte años antes. De los 13 asesinados que nombra Antonio Montilla en su testimonio, todos con nombres y apellidos, solo tres (Francisco Aguilera, Diego Rey y Diego Ayora) están inscritos en los libros de defunciones del Registro Civil, que es la fuente legal para el estudio histórico de los fallecimientos. Una situación similar encontramos en Las Huertas de la Granja, otra pedanía de Iznájar sepultada hoy por las aguas del pantano. Gracias al testimonio de Domingo Rabasco Molina, recogido por mí en 2004, sabemos que allí se fusiló a siete personas, aunque solo dos aparecen en el Registro Civil (Antonio Rabasco Ortega, inscrito doblemente en los registros civiles de Iznájar y de Rute; y Rafael Cano Tenllado, en el de Iznájar). En total, en estas dos aldeas ya sumamos 20 asesinados, de los que nada más que cinco están anotados en el Registro Civil, lo que nos indica que sin testimonios orales es imposible cuantificar la verdadera historia de la represión franquista y que prescindir de ellos, como por desgracia han hecho algunos estudios históricos, siempre nos llevará a cifras insuficientes y equivocadas.

Un porcentaje altísimo de víctimas mortales de la violencia golpista, como podemos ver en Iznájar y en otras muchas localidades, nunca se llegaron a inscribir en los registros civiles debido a las trabas burocráticas, al miedo de las familias o a que estas emigraban de la localidad. Toda dictadura, de izquierdas o de derechas, siempre ha intentado borrar las huellas de la violencia que usan, y en esto el franquismo no fue una excepción. Por tanto, el día en que no podamos contar con los recuerdos y los testimonios de los testigos de los hechos perderemos siempre la posibilidad de conocer las cifras verdaderas de la represión que trajo consigo el golpe de Estado del 18 de julio de 1936. Los partidarios de “no remover el pasado”, en consecuencia, deberían reflexionar sobre el enorme daño que causa al conocimiento histórico el “olvido” de las cuestiones relativas a la investigación de la violencia durante la guerra civil y la posguerra.

Cripta del cementerio con los restos de siete fusilados en 1936. La exhumación y el traslado de los cadáveres al cementerio se realizó en 1979.

Cripta con los restos de siete fusilados en 1936. La exhumación y el traslado de los cadáveres desde Encinas Reales al cementerio de Iznájar se realizó en 1979.

Iznájar fue un municipio pionero en la exhumación de los restos de los asesinados por los golpistas durante la guerra civil, lo que a su vez también nos ha facilitado el recuento del número de víctimas en el municipio. Durante el mandato del alcalde andalucista Manuel Llamas Sanjuán, en la temprana fecha del 23 de agosto de 1979 fueron trasladados a las 7,30 horas de la tarde, desde la Venta al cementerio de la localidad, los restos de siete iznajeños que habían sido fusilados el 13 de septiembre de 1936 en el pueblo cercano de Encinas Reales. Aunque hubo tres que no se pudo identificar, los nombres de los otros cuatro (Adolfo Torrubia Cruz, Antonio Granados Ginés, Antonio Llamas Hidalgo y Fernando Osuna Caballero) aparecen en la cripta en la que están sepultados, junto a sus fotos y a la inscripción “asesinados por su condición de demócratas”. Ninguno de estos asesinados está inscrito en los libros de defunciones del Registro Civil, ni en Iznájar ni en Encinas Reales, el lugar donde les quitaron la vida.

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Nicho con los restos de cuatros asesinados el 27 de septiembre de 1937. La exhumación y el traslado de los cadáveres desde los cerrillos de Ventorros de Balerma al cementerio de Iznájar se produjo en 1980.

El 15 de agosto de 1980 se produjo un nuevo traslado de cadáveres de otros cuatro asesinados (Francisco González Caballero, hermano del alcalde republicano; Juan Rubio Hoyo; Juan Aguilera Puerto y Vicente González Ortiz, de 21 años) desde los cerrillos de Ventorros de Balerma, donde los habían fusilado el 27 de septiembre de 1937, al cementerio de Iznájar. De ellos, sólo el último está asentado en el Registro Civil. Con los datos que poseemos, ya hemos superado la cifra de 50 asesinados que estimaba el historiador Francisco Moreno Gómez en 1985. Ahora mismo tenemos una relación nominal de 75 víctimas de la represión franquista durante la guerra en el municipio de Iznájar (en posguerra hay otras siete), de las que 47 (más de un 62%) no están inscritas en el Registro Civil. Y estos datos se han alcanzado cuando solo se han recogido dos testimonios orales y únicamente se han cuantificado de manera detallada los asesinados en dos aldeas (faltan otras 20 por investigar detenidamente). Por desgracia, la documentación que se conserva en el Archivo Histórico Municipal referida a los años de guerra y posguerra, que nos podría servir de ayuda en nuestra labor de búsqueda de información sobre este tema, es escasa y está aún sin catalogar en parte, así que solo hemos podido extraer de ella datos muy concretos.

En el año 2014 el iznajeño Diego Ortiz Pacheco publicó un libro titulado El Pueblo habló. Pinceladas históricas en el que recoge muchos datos sobre Iznájar. Varios se refieren al año 1936 y se centran en la represión sufrida en el municipio tomando como fuente de información los testimonios orales aportados por varios vecinos desde los años noventa del siglo pasado. También incluye una magnífica fotografía, que es la que reproducimos en el lateral, en la que se puede ver el multitudinario funeral celebrado en memoria de los siete vecinos, ya citados con anterioridad, que fueron fusilados en Encinas Reales en septiembre de 1936 y enterrados en el cementerio de Iznájar el 23 de agosto de 1979 tras ser exhumados. Anotamos a continuación un resumen de la información sobre fusilamientos que aporta en su libro Diego Ortiz Pacheco porque nos da una idea de la magnitud de la violencia en los primeros meses de la contienda:

-Aldea Fuente del Conde: seis fusilados a mediados de septiembre.

-Carretera Iznájar-Loja: dos fusilados en agosto.

-Chaparral Alto: un hombre fusilado y enterrado en un majano en agosto.

-Cortijo de Los Chinarrales, detrás de la casa Calderón: fusilados Currito y Modesto en agosto.

-Aldea Arroyo de la Gata: varios asesinados en la finca Ventura.

-Aldea Juncares: en un lugar conocido como la Leva, en la sierra de las Ventanas, cinco fusilados en agosto.

-Aldea El Higueral; 14 personas muertas en el tiroteo de la toma del pueblo (20 de agosto) y dos fusilados.

-Aldea Cierzos y Cabreras: en la huerta de los Álamos, camino en dirección a Monte de las Monjas, fusilaron un hombre de apellido Tirado y apodado Cañas (¿podría ser Saturnino Tirado Luque?). En la cañada los Pozos fusilaron a un hombre apodado el Mono. A los hermanos Andrés y Felix Aguilera Arévalo los fusilaron en la Llaná. Todos los crímenes fueron en agosto.

-Aldea Arroyo Cerezo: seis personas obligadas a cavar su propia fosa y fusiladas en el puente de la Fraila; otras dos más allá de la cañada del cortijo Valenzuela (uno era de la aldea del Adelantado y se apellidaba Guerrero, el otro era de la aldea de Fuente del Conde). Los asesinatos se realizaron a mediados de agosto.

-Iznájar: Un hombre apodado el Brinzulo tiroteó y mató a Juan López, de apodo Chamol, residente en la aldea de Cierzos y Cabreras, al confundirlo con un “fascista” en la cuesta Marcelino en el mes de agosto.

-Aldea de El Remolino: en el mes de septiembre fusilaron a un hombre de apellido Guerrero en El Romeral; dos hermanos de apellido Aguilera en Las Lobas; cuatro (dos hermanos, Juan Harina y uno apodado Reyes) en la vertiente del cerro La Trujilla; a los hermanos Juan y Antonio Hinojosa Sánchez y a varios jóvenes más en el Camal, donde fueron obligados a cavar su tumba; a Diego Ayora en Encinas Reales (en el Registro Civil se anota su muerte en Córdoba).

-Iznájar: el 13 de septiembre, asesinados en Encinas Reales Adolfo Torrubia Cruz, Antonio Granados Ginés, Antonio Llamas Hidalgo, Fernando Osuna Caballero y cuatro más (posiblemente el ya citado Diego Ayora, de El Remolino, y otros tres jóvenes de Fuente del Conde). Otro consiguió huir y sobrevivir a una ráfaga de balas. El 23 de agosto de 1979 se les exhumó y enterró en el cementerio de Iznájar, como ya hemos contado con anterioridad.

-Ventorros de Balerma: fusilados en las canteras de al lado de la fuente La Teja los jóvenes iznajeños Francisco González Caballero, Vicente González Ortiz, Juan Aguilera Puerto, Juan Rubio Hoyo y cuatro más. Sus cuerpos fueron exhumados y trasladados a Iznájar el 15 de agosto de 1980, según ya hemos señalado.

 

Jacinto Sánchez Campillo, de 33 años, muerto en la Prisión Provincial de Córdoba el 13 de mayo de 1942.

Mientras los republicanos fusilados permanecían enterrados y ocultos en fosas comunes y en cunetas y descampados, la identificación y enterramiento digno de las víctimas ocasionadas por la represión republicana se convirtió en una prioridad para el franquismo tras la guerra civil. Con dinero público se estableció una política de Estado para que las víctimas mortales de la represión republicana fueran sacadas de las fosas comunes, identificadas e inhumadas en cementerios, según establecieron al menos dos órdenes de 6 de mayo de 1939 y 1 de mayo de 1940 del Ministerio de la Gobernación (esta última, sobre “inhumaciones y exhumaciones de cadáveres de asesinados por los rojos”). Aunque en Iznájar, como hemos visto, fue posible en los años ochenta del siglo XX que también los republicanos tuvieran ese derecho, hoy en día abordar esta cuestión suele causar enconadas controversias políticas. Sirva de ejemplo el debate ocurrido en el pleno municipal de Iznájar el 13 de enero de 2012, que se puede leer a partir de la página 13 de este enlace, sobre la propuesta de reprobación de un concejal por unas presuntas declaraciones vertidas sobre la búsqueda de “huesos” de los desaparecidos.

Teniendo en cuenta mis investigaciones y la bibliografía publicada hasta el momento, he elaborado una lista de 11 páginas con el nombre o el apodo de las víctimas de la guerra civil y de la represión franquista en Iznájar y sus aldeas (que albergaban un censo de 12.345 habitantes en 1940). Incluye, entre otros, a 75 fusilados en guerra, tres fusilados en posguerra, cuatro muertos en posguerra en las cárceles, una lista de presos, los nombres de combatientes republicanos fallecidos y desaparecidos en los frentes, 244 vecinos sujetos a expedientes de incautación de bienes y de responsabilidades políticas, etc., junto a una tabla comparativa del número de víctimas mortales de la represión franquista y republicana en Iznájar, Córdoba, Andalucía y España. La relación de víctimas de Iznájar se puede consultar en este enlace.

Antonio Montilla y Antonio González

De izquierda a derecha, Carmen Aragón Carrasquilla (fallecida, de Lucena), su esposo Antonio González Merino (fallecido, de Montilla, su padre y su tío murieron en el campo nazi de Mauthausen en 1941), Arcángel Bedmar (autor de este blog), Juana Aguilera Pacheco (fallecida) y su esposo Antonio Montilla Cordón (autor de las memorias de El Remolino a las que se hacen referencia en este artículo). La foto se realizó el 4 de noviembre de 2006 en Cornellá (Barcelona), durante mi intervención en la presentación del libro Peatones de la Historia del Baix Llobregat, en el que los dos hombres aparecen como protagonistas.

Información complementaria

Presentación en Sevilla de “El Carnaval sin nombre”, de Juan Carlos Aragón

El Carnaval sin NombreA continuación reproduzco el texto de mi intervención en la presentación del libro El Carnaval sin Nombre. Ni Mayor el Arte ni Selecta la Chusma, de Juan Carlos Aragón. El acto se celebró en la librería Beta Imperial de Sevilla, el 14 de diciembre de 2012, tras su presentación en Cádiz dos días antes, e intervino también el periodista Fede Quintero.

Presentación "El Carnaval sin Nombre" (Sevilla)

Me he leído el libro de Juan Carlos Aragón, El Carnaval sin nombre, unas cuantas veces, y lo volveré a leer alguna vez más. El motivo es muy simple: este es el ensayo más serio y profundo que se ha escrito sobre el carnaval de Cádiz. El ensayo es un género literario muy difícil, con el que pocos escritores se atreven. Consiste fundamentalmente en una serie de reflexiones, casi siempre críticas, en las que el autor plantea su postura ante un tema determinado. Traducido a lenguaje carnavalesco, significa que el autor debe mojarse con lo que escribe, y en eso Juan Carlos es un experto consumado. Si se me permite la expresión, siempre se ha mojado más que los carajos de La Caleta, ya que optó por el compromiso desde su primera estrofa carnavalesca. Sin embargo, el compromiso no es un camino fácil, y menos si se intenta emprender en solitario. Afirma Juan Carlos que cuando alguien se tira al agua de la piscina los demás le quitan el agua para que se estrelle. Y lleva razón. En su libro podemos observar cómo aquellos que han intentado la dignificación social, económica y artística del carnaval han acabado casi siempre con el agua al cuello o peor, directamente ahogados.

El Carnaval sin nombre es el tercer libro de Juan Carlos Aragón. Los dos anteriores son un poemario, La risa que me escondes, y otro libro de ensayo, El Carnaval sin apellidos. En ambos géneros literarios, poesía y ensayo, Juan Carlos se mueve con la misma soltura, metafóricamente hablando, que Joaquín Quiñones en un tanatorio o que Iñaki Urdangarin administrando una caja de caudales de un organismo público. La poesía y el ensayo, al igual que el carnaval, exigen al menos dos ingredientes básicos: la lírica y la crítica, y en las dos Juan Carlos es un maestro incuestionable. Si a ello le añadimos su estilo cuidado y elegante, su destreza para utilizar la sátira y la ironía, y su habilidad para jugar con las palabras y las ideas, tenemos ya algunos de los factores que influyen en que este nuevo libro, El Carnaval sin nombre, sea de nuevo una auténtica expresión de inteligencia, arte, y rebeldía, tres calificativos que suelen ir unidos, aunque no siempre por ese orden, a cualquier manifestación creativa de Juan Carlos Aragón.

El Carnaval sin nombre es un libro marcado por la honestidad intelectual y por la coherencia, en el que el autor dice lo que piensa y no lo que la gente quiere oír. Por tanto, ni es políticamente correcto, ni es hipócrita ni se queda en indefiniciones ni en medias tintas. Esto de decir lo que se piensa, en carnaval y fuera del carnaval, es y ha sido casi siempre un acto revolucionario que cada vez se practica menos. Como bien señala Juan Carlos, aunque los autores de carnaval dicen lo que piensan, lo que ocurre es que la mayoría de ellos “no piensan, piensan muy poco o no quieren pensar”, y en consecuencia, “o no dicen, o dicen muy poco, o no quieren decir”. Juan Carlos Aragón piensa que la esencia del carnaval es la voluntad de transgredir, de poner en cuestión las normas, las tradiciones y los convencionalismos sociales. Y si no es así, si no existe transgresión (como ocurre por desgracia muchas veces en la actualidad) el carnaval se queda sin nombre y sin apellidos, y lo que es peor, sin sentido, porque lo que lo define como tal no existe. Por tanto, no podemos llamar carnaval a unas letras que se acobardan ante el poder, que no ponen en jaque al sistema en el que vivimos y que se recrean con devoción en el piropo, la lágrima, el chovinismo, el galanteo y la esquela mortuoria. Y encima, los que hacen esto dicen que cantan por Cai, cuando más bien parece que están cantando el guion de una telenovela mejicana de las que echan a la hora de la siesta.

Juan Carlos Aragón, en este libro y fuera de este libro, se ríe hasta de su sombra, y por supuesto de la sombra de los que se ríen de él, por eso ha asumido como propia y con orgullo la palabra “chusma”, que es el calificativo que tradicionalmente han dado las clases sociales reaccionarias a los hacedores o seguidores del carnaval. Lo mismo que a lo largo de la historia en nuestra sociedad han existido siempre conservadores y progresistas, y partidarios de mirar atrás y de mirar hacia delante, esta chusma no es un cuerpo social único, sino que se divide en dos, selecta y profunda, en función de su actitud ante el carnaval. La chusma selecta defiende con orgullo ideas y valores contrarios a los de las clases reaccionarias, es de mentalidad abierta, amiga de la novedad, enemiga del fanatismo, sensible, racional y crítica. En contraposición, existe la chusma profunda, que es defensora ciega de la tradición, purista, añeja y recelosa ante la novedad. Su defensa de lo viejo le lleva a reproducirlo una y otra vez, sin plantearse innovar o crear, con lo que tiende a homogeneizar la forma de hacer carnaval en detrimento de la renovación y la modernización del concurso.

El problema no es la existencia de dos chusmas, sino que la chusma profunda, con sus cortas miras y sus bajas pasiones, maneja en la actualidad, como si fuera una marioneta de feria, todos los hilos del tinglado carnavalesco. Aunque no es mayoría, esta chusma utiliza mecanismos de fuerza para imponerse, con prácticas que la convierten en una entidad mafiosa y despreciable. Con sus actitudes y sus chanchullos, la chusma profunda es la que ha dejado al carnaval sin nombre y es la culpable de que no sea un arte mayor. Juan Carlos nos describe, con todo lujo de detalles, de qué manera sus tentáculos se extienden como las polillas de los muebles viejos por todos los ámbitos carnavalescos, desde la asamblea de los antifaces de oro a las peñas, desde las redes sociales a la prensa. Así, dentro de la chusma profunda se crean múltiples fenómenos enfermizos, como el del autor ególatra o el del concursista, que no canta lo que le gusta a él ni se atiene a criterios que tienen que ver con el espíritu del carnaval, sino que hace lo que le gusta a los jurados y calla ante los poderes públicos porque son los que luego lo pueden contratar.

Juan Carlos nos advierte de que uno de los fines de la chusma profunda es sublimar lo mediocre para empequeñecer lo sublime, con la pretensión de que los suyos, que son mediocres, puedan conseguir algo de gloria. Por tanto, su principal objetivo es la intervención en el concurso, ya que controlando el concurso puede dar premios y quitarlos, levantar y derrumbar ídolos, poner jurados caracterizados por su incompetencia, su imprudencia y su sentido vengativo, y conseguir que algunos de los jóvenes talentos que podrían despuntar abandonen o tengan que entrar por el aro. En definitiva, si existiera la fiscalía de delitos carnavalescos, a estos representantes de la chusma profunda habría que ponerles una querella de esas que ya la quisieran para sí los terlulianos del Sálvame Diario.

Quiero terminar mi intervención contestando a la supuesta pregunta que alguien me podría realizar de por qué sería necesario leer este libro. He dado con anterioridad sobrados argumentos para aconsejar su lectura, pero creo que el principal es que es una radiografía completa y demoledora de lo que se cocina, se cuece, o mejor, se achicharra dentro del carnaval, sin olvidarse de qué o quiénes son los responsables de tanto desaguisado. A pesar del diagnóstico tan certero que realiza del carnaval, que es casi de enfermedad terminal con respiración asistida, el libro no está escrito desde el derrotismo, sino desde el amor a la fiesta y sin renegar de ella. Sin embargo, este es un amor sincero, que no está cegado por la pasión sino guiado por la razón, y en consecuencia sabe valorar en su justa medida las virtudes y los defectos, los claros y las sombras, los amigos y los enemigos que habitan entre la fauna carnavalesca. Juan Carlos ha hablado mucho en este libro, como sólo él sabe hacerlo, con arte mayor y con lenguaje selecto, con sabiduría y con estilo, con valentía y con inteligencia, desmenuzando la realidad hasta límites insospechados. Pero aún así, no lo deja todo dicho, porque la última palabra nos la ha regalado a los lectores. Después de su lectura, los aficionados también tendremos mucho que decir y, sobre todo, mucho que hacer, pues sus planteamientos no van a dejar indiferente a nadie. Además, con este libro no va a pasar como con La Serenissima. Les aseguro que casi todo el mundo lo va a entender.

Foto presentación Juan Carlos Aragón (Sevilla)

Noticia de la presentación en Niuyorkai

Noticia y audio de la presentación en Pito de Carnaval

Noticia y fotos de la presentación en carnavalsevilla.com

Fotos de la presentación en Niuyorkai

Otras fotos de la presentación

Página web de la comparsa de Juan Carlos Aragón