Presentación de “La Manola. El eco de las mujeres que habitan en mí”, de Patricia Ordóñez

El 25 de marzo de 2017 se presentó en la Casa de la Cultura de la localidad cordobesa de Baena la novela La Manola. El eco de las mujeres que habitan en mí, de Patricia Ordóñez. A continuación publico el texto de mi intervención.

En principio quiero darles la bienvenida a todos ustedes y agradecer a la Delegación de Cultura del Ayuntamiento, y a su titular, Lola Cristina Mata, que hayan organizado la presentación de La Manola. El eco de las mujeres que habitan en mí en la casa de la Cultura, ya que esta novela le debe a Baena mucho de su relato. También quiero agradecer a Patricia Ordóñez que me haya invitado a participar en este acto de presentación, algo de lo que me siento orgulloso como historiador. Hoy es la primera vez en mi vida que veo a Patricia en persona, pero mantenemos relación desde hace más o menos dos años. Se puso en contacto conmigo a través de mi blog, como lo hacen muchas otras personas deseosas de conocer el pasado de sus seres queridos durante la guerra civil y la posguerra. Ella había leído las historias relativas a Baena que publico en él y me pedía información sobre su abuelo, soldado en el Ejército republicano. Su abuelo Rafael, con un hermano al que fusilaron en 1936, fue uno de los cientos de baenenses que sufrieron prisión y trabajos forzados en los recintos penitenciarios de la dictadura franquista al acabar la contienda.

Cuando le respondí, me comentó que este información le sería muy útil para una novela que pensaba escribir sobre la trayectoria vital de tres generaciones femeninas de sus familia, de abuela a nieta, en la que ella era el último eslabón. En aquel momento, la historia y la memoria histórica de la guerra civil y la posguerra eran para Patricia un recurso imprescindible para complementar su memoria personal y trasladarla a una memoria literaria. Este conjunto de memorias han fraguado de una manera arrolladora en las páginas de la bella novela que hoy presentamos: La Manola. El eco de las mujeres que habitan en mí. Que esta novela se haya podido publicar, en una época de descenso del número de lectores y de ventas de libros, se debe a Ediciones Carena y a su editora Elena Morilla Serrada, que hoy también nos acompaña. Debo felicitarla por haberse tenido la sensibilidad y el buen juicio de haber apostado por la publicación de una obra tan bien escrita, tan emotiva y tan evocadora. Yo hubiera tomado la misma decisión, pues la novela tiene una altura literaria inmensa, que sorprende mucho más porque ha sido obra de una escritora primeriza que se adentra por primera vez en la autoría de un libro.

No es casualidad que esta novela se esté presentando hoy en Baena. La mujer que inicia la saga de las tres que protagonizan la obra, la primera Manola, que nació en 1901, vivió aquí. Por tanto, más de un siglo de historia contemplan las páginas del libro. La novela recrea muy bien el ambiente histórico que se vivió en aquel tiempo en Baena y en todos los demás espacios geográficos en que se va desarrollando la vida de sus personajes. Yo, como historiador, debo agradecérselo, pues el libro sabe describir con asombrosa fidelidad ambientes, situaciones y hechos, de manera que en sus páginas la literatura se convierte en una aliada imprescindible de la historia y en un ágil torbellino de memorias, lejanas y recientes, que tienen la virtud de atrapar el interés del lector con una habilidad sorprendente. De hecho, esa capacidad para transportarnos a otras épocas con un realismo histórico muy envolvente creo que es uno de los mayores méritos de esta novela.

De izquierda a derecha, Arcángel Bedmar, Patricia Ordóñez, su madre, Lola Cristina Mata y José Membrive (editor).

La Manola es una historia de tres mujeres, con una vida interior pletórica, que se comunican a través de relatos imaginarios. La escritora, Patricia Ordóñez, se sumerge en una autobiografía, en una reescritura de su vida, y para ello recurre a las biografías de las mujeres que marcaron sus orígenes, su madre y su abuela, creando un pequeño árbol genealógico en el que las ramas son sus vivencias y su memoria existencial. Para conseguirlo, emprende el duro trabajo de abrirse por dentro, de enfrentarse a los recuerdos con todo el esfuerzo sicológico que ello supone desde que el recuerdo aparece hasta que es asimilado y ya puede reflejarse en el papel. La novela, con buen criterio, parte de la premisa de que una persona sin pasado es una persona muerta y a partir de ahí construye un mundo vital apasionante en el que se reflejan historias y personajes repletos de emociones humanas que poco a poco van envolviendo al lector, como el enfado, la tristeza, el desconsuelo, la humildad, la frustración y, sobre todo, el sufrimiento.

Aunque la vida se ponga en contra de las Manolas, la novela es una historia de mujeres supervivientes, mujeres que se vieron obligadas a afrontar una época y una existencia muy adversas. Y aunque se centre en tres personajes principales, una de las virtudes de la novela es que las historias que cuenta son muy extrapolables pues son las mismas historias que vivieron y sufrieron, con distintos matices y circunstancias, millones de mujeres españolas en aquellos tiempos. La abuela, como la mayoría de nuestras abuelas, nació en una época de hambre y miseria, de ricos y pobres, de explotadores y explotados. Entonces muchas mujeres andaluzas nacían para ser criadas de señoritos y la mayoría de los varones para ser jornaleros de terratenientes. Eran unos años en los que las mujeres no podían ir a la escuela y para las que la vida significaba un sinvivir, porque su existencia era sinónimo de trabajo, penalidades y sumisión. Eran mujeres, a las que como bien señala la escritora, “les tocó vivir todas las hambres: la del estómago, la del intelecto y del corazón”, perdedoras de la guerra civil, silenciadas por la discriminación, el machismo, la dictadura, los abusos y el miedo. En este aspecto, La Manola es una novela muy valiente y desgarradora, porque se adentra en caminos ocultos, en historias que las familias prefieren callar o ignorar, como los abusos sexuales que sufrió la abuela por un conocido guardia falangista, el aborto clandestino y el maltrato físico y sicológico del marido a la mujer.

Las Manolas debieron escapar de Baena a Barcelona, siguiendo el recorrido geográfico que vivieron varios millones de españoles desde los años cuarenta del siglo pasado, sobre todo los nacidos en las regiones más pobres de España como Andalucía. En 1970, 840.000 andaluces vivían en Cataluña. Para las Manolas, mujeres solas, aquello no solo fue un cambio de domicilio, sino un auténtico exilio, una huida de un mundo, el de Baena, que les negaba el pan, la supervivencia y la dignidad. En Barcelona se hacinaron en las barracas de Montjuic y Somorrostro, ejemplo del chabolismo que rodeaba las grandes ciudades españolas a mediados del siglo XX. El siguiente escalón era conseguir un  piso de protección oficial en las nuevas barriadas que se iban construyendo, en este caso en el barrio de la Trinidad, hoy enfermo de aluminosis debido a las malas técnicas constructivas y donde todavía la mitad de sus habitantes no ha nacido en Barcelona.

A pesar de ser una novela muy intimista, La Manola sabe reflejar a la perfección la vida diaria en la que se desenvolvía el mundo de aquellos emigrantes en tierra extraña. La autora es muy hábil introduciéndonos en el mundo de las relaciones humanas que tejían las personas en las casas y en las calles. Los recuerdos de la nieta nos reflejan un mundo plagado de vivencias que para los que tenemos una mediana edad nos resultan muy conocidas: la abuela que siempre vestía de negro porque ese había sido el color de su vida, las redes de amistad y apoyo mutuo que se establecían con los vecinos, la madre que tomaba Optalidón para atenuar los dolores del cuerpo y el alma, los hermanos que se enemistan por el reparto de una herencia, los familiares que dejan de verse porque la distancia y el paso de los años los alejan, las nueras que se llevan mal con las suegras o el marido que echaba el día en el bar gastándose en la barra o en el juego el poco dinero que había.

De izquierda a derecha, la concejala Lola Cristina Mata, Arcángel Bedmar, la editora Elena Morilla y la autora Patricia Ordóñez.

Frente a tantos avatares, en La Manola existen cientos de frases que son reglas de vida, una terapia que nos hace reflexionar sobre nosotros mismos, nuestras relaciones y nuestro mundo. Esas frases no son solo un ajuste de cuentas con el pasado, sino un canto a la valentía y a afrontar sin miedo los obstáculos que atenazan nuestra existencia. Por ejemplo, cuando una de las protagonistas afirma: “He aprendido que lo que no resuelves cuando debes resolverlo acaba repitiéndose. Cambian los actores y piensas que se trata de una nueva película, cuando simplemente se ha producido el cambio de algún actor. Se mantiene la misma trama, el mismo drama y, posiblemente, el mismo desenlace”. Es algo tan simple como que los pueblos y las personas que olvidan su historia terminan repitiéndola. Por eso La Manola, como el trabajo de los historiadores, no sería posible sin la memoria y sin reflexionar sobre lo que fuimos y lo que somos.

Esa memoria, vital y contundente, se defiende a capa y espada en muchas ocasiones, y es la que sostiene el espíritu del libro. Se expresa a la perfección en las palabras que la abuela, la primera Manola, le dice a su nieta Patricia, la autora de la novela, y que es toda una declaración de intenciones: “Es momento ahora de ordenar y de cerrar episodios que quedaron abiertos. Memorias extraviadas, ocultas, pero que aún siguen actuando. La memoria, querida nieta, no se destruye, permanece, se hereda, aunque se transforme; subsiste”. Es gracias a la subsistencia de esa memoria, que hunde sus raíces en la tierra de Baena, por lo que hoy estamos aquí reunidos en torno a la autora, Patricia Ordóñez, y a su magnífica obra, La Manola. El eco de las mujeres que habitan en mí. Léanla, y hagan ustedes también memoria con ella, porque como baenenses les aseguro que no se arrepentirán.

Presentación del libro “Trincheras de la República, 1937-1939”, de Francisco Moreno Gómez

El 8 de octubre de 2013, en la Facultad de Ciencias del Trabajo de Córdoba, se presentó el libro Trincheras de la República, 1937-1939. Desde Córdoba al Bajo Aragón, al destierro y al olvido. Las gesta de una democracia acosada por el fascismo, del historiador Francisco Moreno Gómez, que ha sido publicado por la editorial El Páramo. En fechas posteriores se han celebrado varias presentaciones en otras localidades de la provincia. Yo he participado en Montilla (21 de noviembre de 2013), Doña Mencía (13 de diciembre de 2013) y Nueva Carteya (16 de enero de 1914). A continuación publico el texto de mi intervención.

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Francisco Moreno Gómez comenzó a investigar sobre la provincia de Córdoba hace más de treinta años, cuando no estaba de moda eso que ahora llamamos memoria histórica. Tampoco existían investigaciones serias que nos acercaran al conocimiento de la represión franquista, pues toda dictadura, de izquierdas o de derechas, siempre ha pretendido la manipulación del pasado en beneficio propio y en esto el franquismo no fue una excepción. Por tanto, Francisco Moreno fue un adelantado a su tiempo cuando publicó su trilogía de libros sobre Córdoba, que se inició en 1982 con La República y la guerra civil en Córdoba y continuó con La guerra civil en Córdoba y Córdoba en la posguerra (la represión y la guerrilla). Para entender la importancia de estos libros, hemos de tener en cuenta que en España, en la década que va de 1976 a 1986, solo ven la luz una docena de trabajos sobre la represión. Salvo dos, que eran tesis doctorales, el resto se escribieron por universitarios o profesionales por cuenta propia como Francisco Moreno.

En aquella época, el llamado espíritu de la Transición consideraba que era mejor no remover el pasado, por lo que se identificó memoria con revancha y silencio con reconciliación. Fueron pocos los que se aventuraron a tirar para adelante, a investigar, documentarse y publicar. Estamos hablando de unos años en los que imperaba el olvido, había serias dificultades de acceso a los archivos y no existían políticas estatales de memoria. De todas formas, antes y ahora escribir sobre la represión no es fácil pues suele crear polémica, como bien recoge Francisco Moreno en el prólogo de Trincheras de la República, retomando las palabras del también historiador Julio Aróstegui. Esto se debe a que en este asunto, y tomo palabras textuales, “chocan dos fuerzas antagónicas e ideologizadas: la voz y el silencio, la ocultación y la transparencia, el recuerdo y el olvido, la afirmación y la negación”. Y ya se sabe quiénes, en ámbitos históricos, políticos, sociales y jurídicos defienden cada posición. Pero hay que hacer una advertencia: unos y otros, es decir, los que defienden la memoria y los que defienden la desmemoria, no son iguales. Porque los que defienden la voz, la transparencia, el recuerdo y la afirmación mantienen una postura científica y democrática, algo que no se puede decir de los que defienden el olvido y la negación de lo que ocurrió.

Los libros de Francisco Moreno Gómez sobre la República, la guerra y la posguerra en Córdoba se convirtieron en modelos de investigación para otros historiadores, entre los que me incluyo, y tuvieron un gran éxito de ventas. Se debió a que por primera vez, de una manera seria y con rigor histórico, alguien contaba la verdad de un pasado que durante tanto tiempo el franquismo intentó ocultar. Desde su primera trilogía sobre Córdoba, la producción histórica de Francisco Moreno ha aumentado considerablemente, guiada siempre, como él mismo señala en la introducción de su libro, por un “imperativo intelectual y ético”, sin intereses económicos ni académicos.

Presentación del libro en Córdoba (8 de octubre de 2013). De izquierda a derecha, Ana Claro (`residenta del Foro por la Memoria de Córdoba), Luis Naranjo (director general de Memoria Democrática), el autor, Alberto Reig Tapia y Ricardo González Maestre (editorial El Páramo).

Presentación del libro en Córdoba (8 de octubre de 2013). De izquierda a derecha, Ana Claro (presidenta del Foro por la Memoria de Córdoba), Luis Naranjo (director general de Memoria Democrática), el autor, Alberto Reig Tapia y Ricardo González Mestre (editorial El Páramo).

Como suele ocurrir con otros libros de Francisco Moreno, Trincheras de la República no es una obra localista, sino que tiene ambición de totalidad, tanto geográfica como temáticamente. En principio, por el título, parece que nos encontramos ante el típico estudio centrado en los hechos bélicos más destacables que se produjeron en la provincia, pues aparecen la reorganización del ejército y las milicias republicanas, las operaciones militares y las batallas que azotaron Córdoba a partir de 1937, como las de Pozoblanco, Peñarroya, y la poco conocida batalla final de Córdoba-Extremadura en 1939, que con sus 8.000 muertos republicanos y 2.000 franquistas se sitúa por encima de otras batallas célebres que hubo en la guerra civil. Sin embargo, Trincheras de la República es mucho más, ya que es un libro con alma y con ambición histórica, con múltiples flecos que se adentran en la vida paralela que bulle en la retaguardia. Así, se analizan la actividad de los partidos y organizaciones del Frente Popular, los problemas de abastecimiento y las dificultades de la población civil, los desplazamientos masivos de refugiados o las famosas visitas del fotógrafo Robert Capa a los frentes de guerra, lo que da pie a un análisis de la veracidad de la famosa foto “Muerte de un miliciano”, un asunto en el que Francisco Moreno Gómez es un experto. Sobre este último tema, se puede leer el artículo “Robert Capa: el mito y la historia, que el autor ha escrito en septiembre de 2014, después de que se publicara el libro Trincheras de la República y de que yo redactara esta entrada del blog.

Entre estos temas colaterales que aparecen en el libro considero que resultan de suma importancia los apartados dedicados a los bombardeos y a los crímenes de guerra cometidos por los franquistas, ya que existe un gran desconocimiento sobre ellos e incluso, en algunas ocasiones, pueden estar sirviendo de base para una reescritura parcial de la historia.

Los bombardeos se han puesto de moda últimamente en la historiografía local, sobre todo los ocurridos en Córdoba capital y en Cabra, que cuentan además con sendas monografías. En Trincheras de la República, Moreno Gómez realiza un estudio detallado de este asunto, demostrando con un desbordante número de datos y cifras el carácter más sistemático y sangriento de los bombardeos franquistas, tanto en Córdoba como en toda España. Por ejemplo, en un solo día, el 1 de abril de 1937, la aviación franquista produjo en la ciudad de Jaén tantos muertos como la aviación republicana en la ciudad de Córdoba a lo largo de toda la guerra. Moreno Gómez señala que en Córdoba se suele citar con frecuencia el bombardeo de Cabra, con más de cien muertos, pero no el de Bujalance, realizado por los franquistas el 20 de diciembre de 1936, con otros 100, o el de El Viso, el día de Navidad de 1938, con 80 muertos. Si hacemos un análisis global, hemos de tener en cuenta que solo los muertos ocasionados por la aviación franquista en la ciudad de Barcelona superan a los producidos por la aviación republicana en toda España durante los tres años de guerra civil.

De izquierda a derecha, Francisco Moreno Gómez, Arcángel Bedmar y Alberto Reig Tapia (catedrático de Ciencia Política de la Universidad Rovira y Virgili, de Tarragona) el día de la presentación del libro en Córdoba.

De izquierda a derecha, Francisco Moreno Gómez, Arcángel Bedmar y Alberto Reig Tapia (catedrático de Ciencia Política de la Universidad Rovira i Virgili, de Tarragona) el día de la presentación del libro en Córdoba.

En cuanto a los crímenes de guerra, las ejecuciones sumarias y la matanza de prisioneros que se realizaron en la España franquista, no hay hasta el momento estudios académicos relevantes. Por eso es de suma importancia la aportación que realiza Francisco Moreno, tanto en fuentes documentales como en testimonios orales. Francisco Moreno Gómez nos remite a un documento imprescindible, que hasta el momento ha pasado desapercibido para los historiadores. Son las memorias del general Varela, que narran su avance hacia Madrid tras la ocupación de Toledo en octubre de 1936. En todo ese trayecto, aunque no hubo ni resistencia ni batalla alguna a las tropas de moros y legionarios franquistas, se capturó y fusiló a unos cuatro mil milicianos. En esta historia, Moreno Gómez resalta varios aspectos, como que estas prácticas no se usaron por los republicanos durante la guerra civil y que estos datos aún permanecen sin ser analizados y difundidos, como si esa enorme carnicería no se hubiera producido. Junto a las  matanzas de prisioneros, Francisco Moreno aporta datos contundentes de otras prácticas genocidas del Ejército franquista, como el ametrallamiento y bombardeo por la aviación de personal civil desplazado, algo que podemos ver en las masacres de refugiados tras la toma de la bolsa de La Serena, en la provincia de Badajoz, o en la muerte de miles de fugitivos republicanos tras la caída de Málaga en 1937.

Aparte de lo ocurrido en la provincia de Córdoba, Trincheras de la República, haciendo gala de su afán globalizador, sigue los pasos de los miles de combatientes republicanos cordobeses que lucharon en los frentes de guerra del norte de España, en Teruel, el Ebro, El Maestrazgo y otros lugares. Tras el golpe del coronel Segismundo Casado, dentro de la propia República, y el consiguiente fin de la guerra, muchos de ellos formarán parte de los 450.000 exiliados que penarán en los campos de concentración franceses, del norte de África o en los campos nazis, donde con la aquiescencia de las autoridades franquistas murieron asesinados unos mil andaluces, de los que 246 eran cordobeses cuya identidad, fecha de deportación y lugar de muerte se pueden consultar en el libro. Pero si la vida resultó un calvario lleno de penalidades para los que se vieron obligados a abandonar España, los que se quedaron sufrieron una auténtica política de la venganza, pues como bien ha señalado Francisco Moreno la represión se convirtió en la columna vertebral del nuevo estado franquista. Solo en la provincia de Córdoba, en el campo de concentración de Valsequillo teníamos al finalizar la guerra unos 5.000 presos, unos 20.000 en el campo de La Granjuela y unos 15.000 en Cerro Muriano. Muchos de ellos acabarían en las cárceles, sometidos a trabajos forzados en batallones de trabajadores o ejecutados en las tapias de los cementerios. Si nos atenemos al minucioso cuadro de víctimas mortales, pueblo a pueblo, que sirve de remate a Trincheras de la República, 11.582 personas cayeron víctimas de la represión franquista en guerra y posguerra frente a las 2.346 que lo fueron de la represión republicana.

Dice Francisco Moreno en el colofón de su libro, y cito palabras textuales, que “muy pocos conocen los lugares de memoria, donde están sembrados los combatientes de la República democrática. Hombres del campo y jornaleros andaluces que el 18 de julio se hallaban en las faenas de la recolección, en la era, en sus huertos y melonares, y el ciclón del golpe militar les cayó encima y los arrancó de sus predios y de sus humildes hogares, convirtiéndose en combatientes a la fuerzas”. Por desgracia, Francisco Moreno Gómez lleva mucha razón al afirmar que en la sociedad española actual la desmemoria ha hecho estragos sobre los combatientes de la República, pero también sobre la propia República, la guerra y la dictadura. El problema es que la desmemoria lleva al desconocimiento, y este desconocimiento es el que permite, como terreno abonado, que pervivan en cuestiones históricas los mitos de la propaganda franquista, que los negacionistas y los enemigos de la memoria democrática puedan seguir teniendo audiencia, y que las víctimas de la dictadura encuentren serias dificultades para tener derecho a la verdad, la justicia y la reparación. Por eso, para evitar que se repitan los males de nuestra historia, el conocimiento de nuestro pasado se convierte en un deber democrático imprescindible, algo a lo que Trincheras de la República, el libro de Francisco Moreno Gómez, ha contribuido de manera más que sobresaliente.

Documentación de interés:

El texto de la presentación del libro Trincheras de la República en la Universidad Complutense de Madrid, el pasado 3 de febrero de 2014, ha servido de base a Francisco Moreno Gómez para un artículo inédito que puede leerse en el siguiente enlace: Historia, contra-memoria, negacionismo y “Tercera España”.

Entrevista de la Librería El Sueño Igualitario – Cazarabet a Francisco Moreno Gómez sobre el libro Trincheras de la República.

“Robert Capa: el mito y la historia”, artículo de Francisco Moreno Gómez.

Intervención de Francisco Moreno Gómez en la presentación del documental ¡Dejadme llorar! Un genocidio olvidado el 28 de septiembre de 2015 en el Gran Teatro de Córdoba.

En memoria del lucentino Juan Luna Delgado

El 9 de diciembre de 2013 falleció mi buen amigo Juan Luna Delgado, un hombre coherente, honesto, bondadoso, comprometido y un referente intelectual y político. Catorce años antes, un 9 de diciembre, se había terminado de imprimir su único libro, Artículos y ensayos políticos, coincidiendo con el 68 aniversario de la aprobación de la Constitución de la II República Española. En su memoria publico algunas fotos y mi intervención en la presentación de su libro, que se celebró en el salón de plenos del Ayuntamiento de Lucena el día 18 de diciembre de 1999. En el acto participaron también el cronista oficial de la ciudad, Luisfernando Palma Robles, y la profesora de Lengua y Literatura Carmen Anisa Prieto. El texto de mi intervención fue el siguiente:

Presentación de "Artículos y ensayos políticos", el 18 de diciembre de 1999.

Presentación de “Artículos y ensayos políticos”, el 18 de diciembre de 1999.

En este tiempo de pensamiento único, moneda única y de cierta añoranza del partido único; en esta sociedad en la que el concepto de compromiso ha pasado de moda y en la que mezclar la crítica política con la literatura es una actividad que ha quedado en manos de unos cuantos “iluminados” que, al parecer, tienen mucho pasado y poco futuro; en esta Lucena del siglo XX en la que la Historia se está convirtiendo en historietas de fiestas divinas y humanas, ecos de sociedad y anécdotas insulsas, la publicación de Ensayos y Artículos Políticos es una bocanada de racionalidad, un acto de civismo, una llamada respetuosa a la cultura civil y a las conciencias cada vez más adormecidas de los ciudadanos.

La selección de artículos, conferencias y ensayos recogidos en este libro es el fruto de treinta años de la vida de una persona que ha dedicado su valía intelectual al compromiso político. Cuando Juan Luna se educó y comenzó a desarrollar su actividad profesional, la política era delito y pecado. La edición del Catecismo de la Doctrina Cristiana del padre Ripalda en 1944 recogía entre los principales errores condenados por la Iglesia el racionalismo, el marxismo y el liberalismo, y consideraba que eran nefastas las libertades de prensa, de enseñanza, de propaganda y de asociación. La dictadura de Franco formó a los españoles a través de la represión contra los demócratas, la prohibición de partidos y sindicatos, la ausencia de protección social y asistencia médica para los obreros del campo; recogiendo las palabras de Juan fue una época de luto, censura, miedo, escasez, racionamiento, estraperlo, analfabetismo y emigración.

Tras la presentación de “Artículos y ensayos políticos” en Montilla, el 4 de febrero del año 2000.

Hace unas semanas, al leer una obra de Nicolás Sartorius y Javier Alfaya titulada La memoria insumisa sobre la dictadura de Franco, a Juan, lector empedernido, le llamó la atención una frase: “Por el lenguaje se empiezan a perder las batallas de las ideas”. Aunque Juan la batalla del lenguaje la tiene ganada, y no hay más que leer su libro para saberlo, es verdad que la existencia de una amnesia colectiva y de un olvido consciente de lo que fueron periodos nefastos de nuestro reciente pasado ha conducido a que la democracia no haya conseguido arraigarse como debiera en las palabras, los hábitos y las actitudes sociales e institucionales.

El franquismo sociológico sobrevive solapado o a plena luz del día en ideas, símbolos y costumbres. Por ello, este libro es un continuo toque de atención, una atenta llamada sobre los peligros que esa pervivencia supone para la salud democrática de nuestra comunidad. Juan señala cómo la herencia de la dictadura se manifiesta en la omnipresencia del nacionalcatolicismo, ya que desde algunos sectores se pretende convertir a Lucena en poco menos que la reserva espiritual de occidente, o también en la existencia de placas con nombres de fascistas en sus calles, a pesar de que el pleno del Ayuntamiento lleva aprobadas dos resoluciones para que se eliminen. Es evidente que respecto a determinados asuntos nuestros gobernantes se esmeran en incumplir sus propias normas.

La desmemoria conduce a situaciones lamentables, pues los que más debieran  arriesgarse a poner el dedo en la llaga son los que más se desentienden. En 1941, la Corporación municipal decidió nombrar hijos predilectos a unas personas que desencadenaron el drama de la guerra y la represión en este pueblo. Hoy, después de veinte años de ayuntamientos democráticos, ninguna corporación, ni de derechas ni de izquierdas ni de centro, ha tenido la decencia democrática de revocar ese acuerdo. El respeto a la historia, como algunos piensan, no es el culto idolátrico ni el respeto absoluto a todo lo que nos legaron las generaciones anteriores, sino el deber de reparar en la medida de lo posible las injusticias históricas que nuestros antepasados cometieron. Los símbolos de una población deben ser aquellos que ensalzan los valores democráticos, la convivencia pacífica y los derechos humanos.

En la habitual tertulia de amigos de los jueves por la noche, en una fecha indeterminada de la primera década del 2000.

En la habitual tertulia de amigos de los jueves por la noche, en una fecha indeterminada de la primera década del 2000.

Leyendo Ensayos y Artículos Políticos aprendemos que sin pasado no hay presente. Todavía algunos reticentes se esfuerzan en airear que las cosas del pasado es mejor no recordarlas. Pero lo que ocurre es que en nuestra ciudad cuando se remueve el pasado es para perpetuar lo que el franquismo dejó “atado y bien atado”. Hace unos años, un alcalde socialista decidió trasladar al cementerio la llamada Cruz de los Caídos, monumento erigido en memoria de los lucentinos de derechas muertos en la guerra. Los gastos corrieron a cargo del Ayuntamiento. Sin embargo, no interesaba recordar que en la fosa común de ese mismo cementerio se encuentran apiñados los restos de otros muchos lucentinos socialistas, comunistas, anarquistas y republicanos que murieron asesinados en sus tapias. Esos no tienen, ni por lo visto nunca tendrán, una simple placa que los recuerde. Parece que para nuestros gobernantes municipales no todos los muertos son iguales, o quizá que algunos muertos son más insignes y merecedores de respeto histórico que otros.

En esta Lucena oficial que se enorgullece de sus tradiciones, hay algunas que no interesa recordar, que no salen en los artículos, tertulias y programas de nuestros medios de comunicación, que no se conmemoran con centenarios ni quinarios. Con sus escritos, Juan enarbola esta tradición olvidada, porque recoge la ideología de ilustres figuras políticas –de las que Juan es además fiel heredero–, que fueron ejemplos de coherencia ética y de compromiso social y moral, que combatieron por una sociedad democrática y progresista y que en muchos casos dieron su vida por defender sus ideales.

Entre estas personalidades debemos recordar a Juan Otero que, como director del periódico La Voz de Lucena, pregonaba a principios de siglo los valores del laicismo frente a las poderosas fuerzas clericales. Al abogado Antonio Buendía Aragón, uno de los fundadores del Partido Comunista de España y miembro de su comité central, hombre de amplia cultura que tradujo al castellano obras francesas de temática política. A los dirigentes socialistas Manuel Burguillos Serrano y Rafael Lozano Córdoba, que se distinguieron por su enconada defensa de los derechos de los trabajadores en los años treinta. En los tiempos que corren, abarrotados de gestos vanos que desaparecen sin dejar huella, se olvidan actos simples de humanidad: la esposa del socialista Manuel Burguillos murió el 8 de noviembre con la pena lógica y silenciosa de que la figura de su marido, asesinado durante la guerra, no recibiera nunca ningún reconocimiento oficial o, al menos, un reconocimiento de aquellos que hoy dicen profesar su ideología. Por desgracia, se ve que en Lucena no hay término medio entre el olvido absoluto y la conmemoración abrumadora.

En la feria del Valle de septiembre de 1997, junto a un grupo de amigos.

En la feria del Valle de septiembre de 1997, junto a un grupo de amigos.

También, entre el elenco histórico de personajes lucentinos destacados y olvidados, hemos de señalar a los masones republicanos Domingo Cuenca Navajas y José López Jiménez. Al farmacéutico Anselmo Jiménez Alba, prestigioso alcalde en 1936. A Javier Tubío Aranda, venerable maestro de la logia masónica “Isis Lucentino”, primer alcalde de la II República, candidato a Cortes y vocal del Consejo Nacional de Izquierda Republicana, el partido del presidente Manuel Azaña, de quien Juan Luna se declara un admirador confeso.

Ensayos y Artículos Políticos nos transmite una sana melancolía. Sus mensajes, llenos de ironía, prosa literaria e inteligencia, nos rememoran los discursos de aquellos viejos y nobles republicanos que, con su conciencia democrática y su humanismo civil, pretendían inculcar el afecto al educado laicismo y fomentaban los buenos modales, el interés por la lectura, la reverencia y el respeto hacia los espacios públicos, la preocupación por la cultura y la instrucción pública, que creían en el género humano y en el universalismo, y que huían de estrechas visiones pueblerinas y xenófobas, porque sabían que cada uno de nosotros somos forasteros en todos los pueblos del mundo menos en el que hemos nacido.

Frente al nuevo orden mundial, en que las decisiones económicas, militares y políticas se toman desde arriba por el capital, el Pentágono y las multinacionales, Juan Luna hace un análisis de la realidad vista desde abajo, desde la óptica de los que todavía creen en la supremacía de lo público sobre lo privado y de lo colectivo sobre lo individual. Juan toma partido por los trabajadores, las minorías, los jornaleros andaluces, los marginados del sistema. Es lógico, como demócrata convencido entiende que en España la historia de los demócratas –por mucho que ahora sea políticamente incorrecto manifestarlo– es la historia de los derrotados, del exilio, de los que pedían la paz y la palabra porque ambas le habían sido arrebatadas; es la historia de la España roja, amarilla y morada de Machado, de los que escribieron páginas de heroísmo, de batallas perdidas y de tristes derrotas.

Quizá haya alguien, pues voluntarios para ello nunca faltan, que caiga en la atrevida tentación de desmerecer esta obra, basándose en el falso presupuesto de que sus razonamientos son marxistas, de que hace unos análisis demasiado antiguos de una realidad moderna o de que utiliza una ideología trasnochada y recalcitrante. Parece que en este mundo global que nos ha tocado vivir, están “pasadas de moda” esas viejas ideas que buscaban la emancipación, que intentaban acabar con la opresión, la desigualdad, la injusticia y la alienación, y que buscaban la libertad, la igualdad, la fraternidad, el pacifismo y la justicia. Dicen que todo eso es utopía, que ha quedado antiguo.

Antonio Maíllo Cañadas, Antonio Muñoz "Ortega", Juan Luna Delgado y Arcángel Bedmar en 1997.

Antonio Maíllo Cañadas, Antonio Muñoz “Ortega”, Juan Luna Delgado y el autor de este blog en 1997.

Pedir las treinta y cinco horas semanales o reivindicar un andalucismo que no se reduzca al folklorismo, las romerías, las bodas de duquesas y toreros o las hinchadas que animan a la selección nacional de fútbol se considera que es de locos o de personas que aspiran a una patria imposible o a un reino que no es de este mundo. En nuestros días, lo moderno es el fin de la historia, los fondos reservados, las motos por las calles peatonales, los sueldos de los ejecutivos de Telefónica, los pisos a ochenta millones, las jornadas diarias de más de diez horas en una carpintería, las pateras, la cultura del “pelotazo”, la lástima por Pinochet, el programa “Furor” de Antena 3 Televisión y el liberalismo, que ya no es una ideología que defiende los derechos humanos y las libertades civiles, sino un sistema que quita los subsidios a los más necesitados.

Estamos asistiendo a una despolitización cada vez más acusada, y eso no es bueno. La política, es decir, la actividad o el arte de gobernar, de organizar y administrar lo público y lo estatal, y también la actividad del ciudadano corriente cuando interviene en los asuntos públicos con su opinión, su voto o cualquier otra forma, que no tiene porque ser la afiliación a un partido, es necesaria y fundamental para el feliz desenvolvimiento de una sociedad. Con la abolición de la política una comunidad firma su sentencia de muerte. La corrupción, los escándalos, el evidente alejamiento de algunos partidos de las necesidades de los ciudadanos o la aparente conversión de los partidos en máquinas de poder carentes de ideología, que se dedican más a gestionar que a gobernar, no deben servir de excusa para un alejamiento de los ciudadanos de la realidad política y de lo público, pues ese alejamiento y la incultura política subsiguiente nos pueden arrastrar simple y llanamente hacia el fantasma del fascismo.

Voy a terminar señalando cuál creo que es la principal virtud de Ensayos y Artículos Políticos: su labor pedagógica. Su lectura nos enseña que la política es un arte noble cuando se realiza con decencia y buena voluntad, que la participación de los ciudadanos en los asuntos públicos es el más sano y principal deber cívico, que la libertad es la madre de todas las ideologías, que la igualdad y la justicia son los fines a los que debe tender toda sociedad y, finalmente, nos enseña que personas como Juan Luna, que tanto ha luchado en los duros años de la clandestinidad para que el sistema democrático que ahora disfrutamos sea una realidad; personas como Juan Luna, por su honradez, su coherencia, su humanismo y su valentía intelectual son un orgullo y un símbolo para Lucena.

Portada del libro "Artículos y ensayos políticos"

Portada del libro “Artículos y ensayos políticos”.

Presentación en Córdoba del libro “La solidaridad con el juez Garzón”

Desde que se presentó públicamente, respaldé la Plataforma Ciudadana de Córdoba por una Justicia Democrática y participé como conferenciante en el acto de apoyo al juez Garzón que se celebró el 7 de abril de 2010 en el antiguo rectorado. Este acto estuvo motivado por el inicio de un proceso por prevaricación contra el juez por haber abierto una causa judicial entre el 16 de octubre y el 18 de noviembre de 2008 (fecha en la que abandonó la instrucción sin haber perseguido judicialmente a nadie) para investigar los crímenes del franquismo y el paradero de sus víctimas.

La persecución judicial contra el juez Garzón no sólo era un ataque a su persona, sino que con ella se atacaba la independencia judicial, la libertad de interpretación de la ley y suponía dejar indefensas a las víctimas del franquismo. Un juez sólo puede ser juzgado por prevaricación si toma a sabiendas decisiones injustas, opuestas a la ley, irracionales e insostenibles, de manera que cualquier persona no experta en leyes lo pudiera apreciar. Esas circunstancias era evidente que no concurrían en este caso, lo que explica la oleada de solidaridad que el juez Baltasar Garzón recibió en su momento dentro y fuera de nuestras fronteras. De hecho, el acto de Córdoba marcó el pistoletazo de salida de otros actos masivos de apoyo al juez, que alcanzaron mucha repercusión mediática, como los celebrados en las dos semanas siguientes en la Universidad Complutense de Madrid y en la Universidad de Barcelona.

Con Carlos Jiménez Villarejo (en el centro) y Virgilio Peña.

Con Carlos Jiménez Villarejo (en el centro) y Virgilio Peña.

En medio del proceso judicial abierto contra Garzón, la Plataforma Cordobesa celebró el día 18 de junio de 2010 un multitudinario acto de apoyo a las víctimas del franquismo en la Diputación de Córdoba, en el que participaron el ex fiscal jefe anticorrupción Carlos Jiménez Villarejo, la escritora Fanny Rubio (catedrática de Literatura Española en la Universidad Complutense de Madrid) y el cantautor Luis Eduardo AuteEn esta acto tuve la suerte de conocer en persona a Virgilio Peña, natural de Espejo, exiliado en Francia y superviviente del campo de exterminio nazi de Buchenwald, donde estuvo preso entre 1943 y 1945 por colaborar con la Resistencia francesa. Había visto con anterioridad el documental sobre su vida, Espejo rojo, dirigido por Jean Ortiz, profesor de la Universidad de Pau, pero encontrármelo entre los asistentes y escuchar sus palabras llenas de vitalidad resultó muy emotivo. 

Con el cantautor Luis Eduardo Aute.

Con el cantautor Luis Eduardo Aute.

Otro gran acto de apoyo a Baltasar Garzón en Córdoba tuvo lugar el 4 de marzo de 2011, cuando presentamos en el salón de actos de la Diputación el libro La solidaridad con el juez Garzón, publicado en 2010 por la editorial El Páramo. En la presentación compartí mesa con Carlos Jiménez Villarejo, coordinador del libro, y Rafael Espino Mérida, presidente de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica de Aguilar de la Frontera (AREMEHISA). El 7 de abril repetimos la presentación en la Bilioteca Municipal de Castro del Río, esta vez con ponentes distintos: Francisco Cañasveras Garrido (secretario de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica de Castro del Río), José L. Caravaca Crespo (miembro de la Asociación) y Ricardo González Mestre, editor del libro.

El proceso judicial contra Baltasar Garzón, por haber abierto la causa para investigar los crímenes del franquismo, estuvo plagado de irregularidades, de manera que el juez instructor nombrado por el Tribunal Supremo rechazó todas las peticiones de pruebas presentadas por Garzón y guió la querella presentada contra él por sus acusadores, con lo que rompió la regla de la imparcialidad que debe guiar la justicia. Finalmente, Garzón fue absuelto en un fallo del Tribunal Supremo emitido el 27 de febrero de 2012.

Portada libro GarzónEl texto de mi intervención en Córdoba en la presentación del libro La solidaridad con el juez Garzón ya fue publicado por la revista electrónica Tendencias 21, y por Websanta, la revista digital del IES La Fuensanta de Córdoba. No obstante, consideraba que era una entrada obligada en mi blog, así que lo reproduzco a continuación en formato pdf:

Presentación del libro “La solidaridad con el juez Garzón”. 

Presentación en Sevilla de “El Carnaval sin nombre”, de Juan Carlos Aragón

El Carnaval sin NombreA continuación reproduzco el texto de mi intervención en la presentación del libro El Carnaval sin Nombre. Ni Mayor el Arte ni Selecta la Chusma, de Juan Carlos Aragón. El acto se celebró en la librería Beta Imperial de Sevilla, el 14 de diciembre de 2012, tras su presentación en Cádiz dos días antes, e intervino también el periodista Fede Quintero.

Presentación "El Carnaval sin Nombre" (Sevilla)

Me he leído el libro de Juan Carlos Aragón, El Carnaval sin nombre, unas cuantas veces, y lo volveré a leer alguna vez más. El motivo es muy simple: este es el ensayo más serio y profundo que se ha escrito sobre el carnaval de Cádiz. El ensayo es un género literario muy difícil, con el que pocos escritores se atreven. Consiste fundamentalmente en una serie de reflexiones, casi siempre críticas, en las que el autor plantea su postura ante un tema determinado. Traducido a lenguaje carnavalesco, significa que el autor debe mojarse con lo que escribe, y en eso Juan Carlos es un experto consumado. Si se me permite la expresión, siempre se ha mojado más que los carajos de La Caleta, ya que optó por el compromiso desde su primera estrofa carnavalesca. Sin embargo, el compromiso no es un camino fácil, y menos si se intenta emprender en solitario. Afirma Juan Carlos que cuando alguien se tira al agua de la piscina los demás le quitan el agua para que se estrelle. Y lleva razón. En su libro podemos observar cómo aquellos que han intentado la dignificación social, económica y artística del carnaval han acabado casi siempre con el agua al cuello o peor, directamente ahogados.

El Carnaval sin nombre es el tercer libro de Juan Carlos Aragón. Los dos anteriores son un poemario, La risa que me escondes, y otro libro de ensayo, El Carnaval sin apellidos. En ambos géneros literarios, poesía y ensayo, Juan Carlos se mueve con la misma soltura, metafóricamente hablando, que Joaquín Quiñones en un tanatorio o que Iñaki Urdangarin administrando una caja de caudales de un organismo público. La poesía y el ensayo, al igual que el carnaval, exigen al menos dos ingredientes básicos: la lírica y la crítica, y en las dos Juan Carlos es un maestro incuestionable. Si a ello le añadimos su estilo cuidado y elegante, su destreza para utilizar la sátira y la ironía, y su habilidad para jugar con las palabras y las ideas, tenemos ya algunos de los factores que influyen en que este nuevo libro, El Carnaval sin nombre, sea de nuevo una auténtica expresión de inteligencia, arte, y rebeldía, tres calificativos que suelen ir unidos, aunque no siempre por ese orden, a cualquier manifestación creativa de Juan Carlos Aragón.

El Carnaval sin nombre es un libro marcado por la honestidad intelectual y por la coherencia, en el que el autor dice lo que piensa y no lo que la gente quiere oír. Por tanto, ni es políticamente correcto, ni es hipócrita ni se queda en indefiniciones ni en medias tintas. Esto de decir lo que se piensa, en carnaval y fuera del carnaval, es y ha sido casi siempre un acto revolucionario que cada vez se practica menos. Como bien señala Juan Carlos, aunque los autores de carnaval dicen lo que piensan, lo que ocurre es que la mayoría de ellos “no piensan, piensan muy poco o no quieren pensar”, y en consecuencia, “o no dicen, o dicen muy poco, o no quieren decir”. Juan Carlos Aragón piensa que la esencia del carnaval es la voluntad de transgredir, de poner en cuestión las normas, las tradiciones y los convencionalismos sociales. Y si no es así, si no existe transgresión (como ocurre por desgracia muchas veces en la actualidad) el carnaval se queda sin nombre y sin apellidos, y lo que es peor, sin sentido, porque lo que lo define como tal no existe. Por tanto, no podemos llamar carnaval a unas letras que se acobardan ante el poder, que no ponen en jaque al sistema en el que vivimos y que se recrean con devoción en el piropo, la lágrima, el chovinismo, el galanteo y la esquela mortuoria. Y encima, los que hacen esto dicen que cantan por Cai, cuando más bien parece que están cantando el guion de una telenovela mejicana de las que echan a la hora de la siesta.

Juan Carlos Aragón, en este libro y fuera de este libro, se ríe hasta de su sombra, y por supuesto de la sombra de los que se ríen de él, por eso ha asumido como propia y con orgullo la palabra “chusma”, que es el calificativo que tradicionalmente han dado las clases sociales reaccionarias a los hacedores o seguidores del carnaval. Lo mismo que a lo largo de la historia en nuestra sociedad han existido siempre conservadores y progresistas, y partidarios de mirar atrás y de mirar hacia delante, esta chusma no es un cuerpo social único, sino que se divide en dos, selecta y profunda, en función de su actitud ante el carnaval. La chusma selecta defiende con orgullo ideas y valores contrarios a los de las clases reaccionarias, es de mentalidad abierta, amiga de la novedad, enemiga del fanatismo, sensible, racional y crítica. En contraposición, existe la chusma profunda, que es defensora ciega de la tradición, purista, añeja y recelosa ante la novedad. Su defensa de lo viejo le lleva a reproducirlo una y otra vez, sin plantearse innovar o crear, con lo que tiende a homogeneizar la forma de hacer carnaval en detrimento de la renovación y la modernización del concurso.

El problema no es la existencia de dos chusmas, sino que la chusma profunda, con sus cortas miras y sus bajas pasiones, maneja en la actualidad, como si fuera una marioneta de feria, todos los hilos del tinglado carnavalesco. Aunque no es mayoría, esta chusma utiliza mecanismos de fuerza para imponerse, con prácticas que la convierten en una entidad mafiosa y despreciable. Con sus actitudes y sus chanchullos, la chusma profunda es la que ha dejado al carnaval sin nombre y es la culpable de que no sea un arte mayor. Juan Carlos nos describe, con todo lujo de detalles, de qué manera sus tentáculos se extienden como las polillas de los muebles viejos por todos los ámbitos carnavalescos, desde la asamblea de los antifaces de oro a las peñas, desde las redes sociales a la prensa. Así, dentro de la chusma profunda se crean múltiples fenómenos enfermizos, como el del autor ególatra o el del concursista, que no canta lo que le gusta a él ni se atiene a criterios que tienen que ver con el espíritu del carnaval, sino que hace lo que le gusta a los jurados y calla ante los poderes públicos porque son los que luego lo pueden contratar.

Juan Carlos nos advierte de que uno de los fines de la chusma profunda es sublimar lo mediocre para empequeñecer lo sublime, con la pretensión de que los suyos, que son mediocres, puedan conseguir algo de gloria. Por tanto, su principal objetivo es la intervención en el concurso, ya que controlando el concurso puede dar premios y quitarlos, levantar y derrumbar ídolos, poner jurados caracterizados por su incompetencia, su imprudencia y su sentido vengativo, y conseguir que algunos de los jóvenes talentos que podrían despuntar abandonen o tengan que entrar por el aro. En definitiva, si existiera la fiscalía de delitos carnavalescos, a estos representantes de la chusma profunda habría que ponerles una querella de esas que ya la quisieran para sí los terlulianos del Sálvame Diario.

Quiero terminar mi intervención contestando a la supuesta pregunta que alguien me podría realizar de por qué sería necesario leer este libro. He dado con anterioridad sobrados argumentos para aconsejar su lectura, pero creo que el principal es que es una radiografía completa y demoledora de lo que se cocina, se cuece, o mejor, se achicharra dentro del carnaval, sin olvidarse de qué o quiénes son los responsables de tanto desaguisado. A pesar del diagnóstico tan certero que realiza del carnaval, que es casi de enfermedad terminal con respiración asistida, el libro no está escrito desde el derrotismo, sino desde el amor a la fiesta y sin renegar de ella. Sin embargo, este es un amor sincero, que no está cegado por la pasión sino guiado por la razón, y en consecuencia sabe valorar en su justa medida las virtudes y los defectos, los claros y las sombras, los amigos y los enemigos que habitan entre la fauna carnavalesca. Juan Carlos ha hablado mucho en este libro, como sólo él sabe hacerlo, con arte mayor y con lenguaje selecto, con sabiduría y con estilo, con valentía y con inteligencia, desmenuzando la realidad hasta límites insospechados. Pero aún así, no lo deja todo dicho, porque la última palabra nos la ha regalado a los lectores. Después de su lectura, los aficionados también tendremos mucho que decir y, sobre todo, mucho que hacer, pues sus planteamientos no van a dejar indiferente a nadie. Además, con este libro no va a pasar como con La Serenissima. Les aseguro que casi todo el mundo lo va a entender.

Foto presentación Juan Carlos Aragón (Sevilla)

Noticia de la presentación en Niuyorkai

Noticia y audio de la presentación en Pito de Carnaval

Noticia y fotos de la presentación en carnavalsevilla.com

Fotos de la presentación en Niuyorkai

Otras fotos de la presentación

Página web de la comparsa de Juan Carlos Aragón