La guerrilla antifranquista en Rute en 1950

Al finalizar la guerra civil española el 1 de abril de 1939, un sector minoritario de los vencidos continuó la resistencia armada contra la dictadura franquista, un fenómeno similar al que se produjo también durante esos años en otros países europeos sometidos a la invasión de la Alemania nazi durante la II Guerra Mundial. La guerrilla se nutrió fundamentalmente de personas que esquivaban la represión desatada por el régimen de Franco en la posguerra. Individuos comprometidos con los partidos políticos republicanos o de izquierda y con los sindicatos obreros huyeron o se echaron a la sierra para escapar de las torturas, las detenciones, las cárceles y los fusilamientos. Tras un primer periodo de desorganización, y coincidiendo con una gran oleada represiva desatada por las autoridades franquistas en los pueblos cordobeses, en 1940 ya se habían configurado importantes partidas guerrilleras en el norte de la provincia (Montoro, Villanueva de Córdoba, Belalcázar, Villaviciosa, etc.) que prosiguieron una intensa actividad hasta los años cincuenta.

De la lucha contra el movimiento guerrillero se ocupó fundamentalmente la Guardia Civil, que en un principio acosó a las partidas mediante la persecución directa con batidas y expediciones por los campos. En 1946, coincidiendo con el aislamiento internacional del régimen franquista, la guerrilla cordobesa vivió una etapa de auge, pero en 1947 se desató una persecución indiscriminada y violenta, amparada en el Decreto-Ley sobre Bandidaje y Terrorismo, que golpeó sus bases de apoyo hasta acabar por completo con los últimos resistentes por medio de la “ley de fugas” (asesinato de un preso por las fuerzas de orden público alegando que intentaba fugarse), los sobornos, y el exterminio de enlaces, familiares y guerrilleros, etc.

El historiador Francisco Moreno Gómez nos aporta algunos datos fundamentales sobre Rute y la guerrilla en sus libros Córdoba en la posguerra. La represión y la guerrilla (1939-1950) y La resistencia armada contra Franco. Tragedia del maquis y la guerrilla. Según este autor, la primera noticia sobre la guerrilla relacionada con Rute se produce el 9 de octubre de 1946, cuando un delator condujo a la Guardia Civil hasta un chozo del barranco de las Cañas, en la localidad de Villaviciosa, donde se ocultaban varios maquis. En el enfrentamiento murieron dos guerrilleros, uno de ellos ruteño, Juan Antonio López Piedra, conocido con el apodo de Maquinilla, que había vivido en un cortijo de Los Chopos. Más tarde, en el año 1948, el periódico clandestino del partido comunista Mundo Obrero publicó la muerte por aplicación de la “ley de fugas” del campesino Manuel Gutiérrez Jiménez, de 29 años, que aparece inscrito en los libros de defunciones del Registro Civil de Rute como fallecido el 21 de mayo “por heridas de armas de fuego”. En el mismo año 1948 el “Medallero” de la Guardia Civil informaba de la muerte, sin precisar la fecha, del Ratillo, un guerrillero solitario, en la Cueva de los Grajos de la sierra de Rute, al ser linchado por un grupo de guardias civiles y de personal voluntario de Iznájar tras una persecución por la zona. El 12 de mayo ya había caído también abatido el ruteño Pedro Gómez Jurado, de 35 años, en la finca Aljaraba de Hornachuelos, sin que conozcamos más información sobre las circunstancias de su muerte. Al menos cuatro ruteños murieron, por tanto, en la década de 1940 por su relación con la guerrilla.

En el año 1950 se produjo una incursión en el sur de Córdoba de guerrilleros granadinos, cuyo jefe y algunos miembros eran oriundos del municipio de Algarinejo. Mandaba la partida Antonio García Caballero, apodado Marcos, quien se había enrolado en el maquis tras ser detenido y torturado por la Guardia Civil por su pertenencia a una célula clandestina del partido comunista. Los guerrilleros aparecieron en Rute a finales de mayo y, en un principio, se refugiaron en el cerro El Borbollón, frente al cortijo de Los Aguilares. Uno de sus primeros objetivos consistió en conseguir enlaces en Rute. El papel de los enlaces o colaboradores resultaba fundamental para la supervivencia de los guerrilleros, ya que debido a su conocimiento del terreno proporcionaban previo pago no sólo víveres, sino también información sobre los movimientos de la Guardia Civil o la identidad de sus confidentes, la situación de polvorines o de líneas de alta tensión, los lugares de refugio, los nombres de falangistas, etc.

En la calle Roldán Nogués de Rute (actual calle Toledo) vivía Rosario García Caballero, hermana de Antonio y de Miguel, uno jefe y el otro miembro de esta partida guerrillera. El día 24 de mayo con un desconocido le mandaron a su marido, el agricultor socialista José María Cobos Caballero, una nota en la que le decían que se presentara para verse esa noche en una cebada del cortijo Clarón, situado en dirección hacia el actual pantano de Iznájar. Cuando José María se personó allí, se reunió con sus dos cuñados, que le entregaron mil pesetas para que al día siguiente les llevara comestibles. Cuando volvió con la mercancía, le pidieron que se incorporara a la partida, a lo que se negó, y que les siguiera suministrando víveres, a lo que también se opuso, aunque se comprometió a buscar quien lo hiciera. Así que avisó a Antonio Alba Carvajal (que ya conocía a sus cuñados) y a Gumersindo Bueno, y se presentó en la noche del 26 de mayo con ellos. Parece que Antonio Alba no se ofreció como enlace, a pesar de que le entregaron 50 pesetas, pero sí se avino a serlo Gumersindo Bueno.

Aparte de Gumersindo Bueno, la partida consiguió que ejercieran como enlaces Miguel Borrego del Cabo, conocido con el apodo de Miguelillo, y el antiguo combatiente republicano Diego Porras Piedra, a quien apodaban el Tuerto. También contactaron con el alcalde socialista de Rute durante la República, Leoncio Rodríguez Mangas, que no quiso colaborar con ellos, e intentaron comunicarse, aunque no lo lograron, con Gabriel Porras Caballero, un exsoldado republicano a quien los hermanos García conocían porque habían estado juntos en la recogida de la aceituna en el pueblo de Baena.

Según la diversa información que hemos obtenido, la primera incursión de los guerrilleros por esta zona de la Subbética cordobesa se produjo en el mes de marzo, cuando la partida de Marcos disparó al propietario José Cárdenas y a su esposa en la finca El Pontón, de la aldea de Las Huertas de la Granja, dentro del término de Iznájar. A finales de mayo los guerrilleros tuvieron un encuentro con un guarda rural de la sierra del Morejón, al que raptaron durante una jornada tras robarle la carabina. A los pocos días la partida de Marcos secuestró en el término de Priego a Manolo el de la Dehesa, un cortijero falangista por el que obtuvieron un rescate de miles de pesetas. También, intentaron robar en la tienda y en el bar del falangista Antonio Piedra Tejero, que había ejercido de alcalde pedáneo de la aldea ruteña de Los Llanos de Don Juan entre 1937 y 1940. No sabemos si también pretendían matar al dueño, que pudo escapar después de esquivar un disparo. Además, en otro ataque hirieron de un disparo en la cabeza al propietario Zacarías Pérez Jiménez, que fue atendido en el vecino pueblo de Lucena hasta su curación. El “Medallero” de la Guardia Civil acusa asimismo a esta guerrilla de la muerte de un magistrado de Jaén, Francisco García Guerrero.

Juan Manuel Rodríguez Ortega, asesinado por la guerrilla el 18 de junio de 1950.

El 18 de junio la partida se dirigió al cortijo Los Toledanos, cerca del Nacimiento de Zambra, propiedad de Juan Manuel Rodríguez Ortega, apodado el Rubio Beteta, un anciano de 82 años que mantenía un estrecho contacto con la Guardia Civil, a la que permitía que comiera y durmiera allí cuando realizaba labores de vigilancia por la zona. Esto no pasó inadvertido para la partida, que contaba con la permisividad de otros agricultores cercanos que hacían la vista gorda ante su presencia. Según el testimonio de su nieta Alejandra Rodríguez Romero, recogido en Lucena en julio de 2004, en las afueras del cortijo los guerrilleros retuvieron a los barcinadores y esperaron la salida de Juan Manuel Rodríguez, quien cada tarde daba una ronda por sus campos montado en una yegua. Lo abatieron a las seis de la tarde de siete disparos y, como no murió, lo remataron machacándole la cabeza con unas piedras. La familia del difunto avisó al cuartel de Zambra, pero solo se encontraba el guardia de puertas, por lo que fue la Guardia Civil de Rute la que se personó en el cortijo a la una de la madrugada, aunque no se acercaron al cadáver hasta el día siguiente por temor a que los maquis les tendieran una emboscada.

Según recoge Rafael Morales Gámiz en su libro Junto al Genil y La Mezquita, (páginas 158 y 159), un día después, el 20 de junio, la Guardia Civil de Iznájar, alertada por una denuncia, salió a perseguir a los guerrilleros cuando éstos se dirigían hacia Rute. Al cruzar la partida por la cortijada de Las Tres Huertas, varios vecinos la avistaron. Uno de ellos, Zacarías Ariza, cogió una bicicleta para avisar a la Guardia Civil de Rute, que llegó en un camión, al mando del teniente y comandante de puesto Manuel Conde Centeno, y tomó posiciones en el cerro de La Mezquita. Los maquis se escondieron en un cañaveral del río de La Hoz y dos guerrilleros se replegaron hacia el cerro de La Mezquita disparando repetidamente para atraer la atención de los guardias. Mientras, los catorce restantes escapaban río arriba por entre los cañaverales y las plantaciones de árboles frutales y olivos. Antonio García Caballero, el jefe del grupo, resultó herido en el enfrentamiento, pero logró escapar y refugiarse en el cortijo Clarón, donde permaneció hasta que se curó. Los dos guerrilleros que se dirigieron al cerro de La Mezquita no consiguieron huir al quedarse sin municiones. Uno de ellos, el comunista malagueño José Centurión Jiménez, apodado Pepe, de 50 años, que había luchado en el Ejército republicano, para evitar caer en manos de las fuerzas de seguridad, y tal y como mandaba el código guerrillero, según los testimonios que pudimos recoger en Rute se suicidó cercenándose el cuello con una navaja, aunque el Registro Civil lo inscribe como muerto por “heridas de arma de fuego”.

El guerrillero José Centurión Jiménez se suicidó el 20 de junio de 1950.

El guerrillero José Centurión es un ejemplo de una vida truncada por el golpe de Estado y por la posterior represión franquista, según relata el historiador José María Azuaya Rico en su libro La guerrilla antifranquista en Nerja, (páginas 109, 127, 238 y 239) y me contaron su propio hijo y su nuera, Francisco Centurión Centurión y Rosario Sánchez Prados, en una entrevista personal que les realicé en noviembre de 2006. Antes de la guerra, José Centurión trabajaba sus propias tierras y había sido presidente del comité del partido comunista y alcalde pedáneo en el Río de la Miel, un anejo del municipio de Nerja, en la provincia de Málaga. Cuando las tropas franquistas conquistaron el pueblo, huyó y luchó en el bando republicano como guardia de Asalto. Al acabar la guerra lo encarcelaron durante tres años, parte de los cuales los pasó en la prisión de A Coruña. Al liberarlo, volvió a su casa en el Río de la Miel, una zona con sólida tradición izquierdista y uno de los principales enclaves de apoyo a la guerrilla en la costa, donde se producían frecuentes desembarcos de armas y guerrilleros procedentes de Argelia.

El ambiente era hostil para los retornados desde las cárceles, y José Centurión tenía que presentarse periódicamente en el cuartel de la Guardia Civil, donde con frecuencia lo maltrataban. En septiembre de 1947 lo detuvieron acusándolo de colaborar con la guerrilla, aunque fue liberado. Tras una nueva visita al cuartel, con paliza incluida, y ante el temor de que le aplicaran la “ley de fugas”, se incorporó en octubre a la guerrilla junto a dos primos y otros vecinos. En represalia, la Guardia Civil castigó a la familia metiéndole fuego a su casa y a la del hermano de su mujer, que tenía seis hijos, por lo que las familias tuvieron que asentarse en Nerja. Un hijo de José, José Centurión Centurión, había emigrado a Barcelona para trabajar, pero como le quedaban pocos días para incorporarse al servicio militar, regresó para despedirse de la familia. Su visita coincidió con el asesinato por la guerrilla de dos confidentes de la Guardia Civil, por lo que en venganza lo detuvieron junto a su tío Ramón Centurión González y a otros dos jóvenes, a los que asesinaron el 11 de marzo de 1950.

A los cadáveres de José Centurión y del otro guerrillero que quedó acorralado por la Guardia Civil en el cerro de La Mezquita, el ruteño Miguel Borrego del Cabo, apodado Miguelillo, de 39 años, los pasearon por las calles de Rute, terciados en los lomos de sendos mulos, hasta que llegaron al cuartel, así que muchos vecinos de Rute presenciaron la escena. El fallecimiento de ambos está inscrito en el Registro Civil de Rute por “herida de arma de fuego” el 22 de junio a las 10 de la noche, en “extramuros”. La inhumación de los dos cadáveres se realizó el 24 de junio, según un recibo de la depositaría municipal (por “entierro y gastos de autopsia de dos bandoleros”) firmado por el encargado del cementerio

En el enfrentamiento del cerro de La Mezquita, la Guardia Civil capturó a un guerrillero, Francisco (o Manuel) Trasierra Ordóñez, apodado Hilario. Atado de pies y manos, sufrió los interrogatorios en la cuadra del cuartel, al lado de los caballos, según el testimonio recogido en octubre de 2004 de Miguel Aceituno Rodríguez, testigo presencial de las torturas a través de un agujero de las tapias del recinto. De la tarea se encargaron tres guardias civiles que nada más entrar le pegaron un fuerte golpe en la pierna herida con la culata de un fusil, lo que desató los aullidos de dolor del preso, que arreciaron cuando se dedicaron a introducirle objetos punzantes entre las uñas de los pies. Como consecuencia de las torturas, delató a los enlaces Gumersindo Bueno, que fue arrestado por la Guardia Civil cuando se encontraba guardando un garbanzal; y Diego Porras, que fue detenido mientras cargaba paja en una era.

Francisco Trasierra denunció también a otras personas que habían tenido encuentros fortuitos con los maquis, circunstancia bastante frecuente, pues cuando los guerrilleros se topaban con personal civil solían retenerlo hasta el anochecer, para evitar que los denunciaran. Eso le había ocurrido a Cayetano Malagón y a Francisco Pulido Caballero, apodado Pingolongo, quienes habían coincidido con los diez miembros que componían en ese momento la partida mientras recogían esparto en la sierra de Rute, y hubieron de permanecer con ellos de forma obligada en la loma El Barranco durante unas horas. Al parecer, igual situación se dio con otras dos personas: Pedro Vadillo, apodado Periquín, y otro hombre apodado Molinilla. La Guardia Civil los arrestó el día 23 de junio, junto a Gumersindo Bueno y a Diego Porras. En contra de algunos de ellos, además, jugaban sus antecedentes familiares republicanos. Al padre y a un tío de Francisco Pulido los habían fusilado en 1936 y otros dos tíos se hallaban en el exilio francés. Por otro lado, a Pedro Vadillo lo habían criado sus abuelos, ya que sus padres también se encontraban exiliados en el país vecino.

Diego Porras Piedra, a quien le aplicaron la “ley de fugas” el 25 de junio de 1950.

A todos los detenidos los internaron en la cárcel. Desde allí los llevaban de dos en dos al cuartel de la Guardia Civil para tomarles declaración. A Cayetano Malagón y a Francisco Pulido los interrogó por separado un brigada. Aunque ellos negaban los hechos que se les imputaban, el militar elaboró un informe en el que no tuvo en cuenta los testimonios de los dos arrestados. No los torturaron, pero al final, pistola en mano, el suboficial les obligó a firmar el atestado redactado por él, según el testimonio del propio Francisco Pulido recogido por mi en julio de 2004. Gumersindo Bueno Reina, de 58 años, y Diego Porras Piedra, de 39 años, tuvieron menos suerte, pues tras su paso por el cuartel, al que los habían trasladado a las dos y media de la tarde del día 24, los condujeron a la finca de Vahíllo, frente a Los Pozuelos, y en una cuneta les aplicaron la “ley de fugas” en la madrugada del día siguiente. Según un testigo presencial que vio la sangre al borde del camino, antes de las cinco de la mañana ya habían retirado los cadáveres y los habían depositado en el cementerio. De forma oficial la “Relación de los servicios…” de la Guardia Civil informa del fallecimiento de estos dos vecinos de la siguiente manera: “Se dio igualmente muerte a dos peligrosos enlaces, guías de los mismos, que agredieron a la fuerza, intentando unirse a la partida”, lo que es incierto en su última parte pues los detenidos no agredieron a nadie. Asimismo, el Registro Civil, con su habitual falta de rigor, recoge que fallecieron el día 27 de junio a las 6,30 horas, es decir, dos días después de que los mataran.

Francisco Pulido Caballero, detenido en 1950 por supuesta colaboración con la guerrilla.

Los ruteños acusados por  el guerrillero superviviente Francisco Trasierra, después de permanecer 18 días en la prisión del pueblo, fueron internados en la cárcel de Córdoba, donde aguardaron ocho meses a que se celebrara el consejo de guerra. En la cárcel, el abogado defensor de los reclusos, el teniente de Artillería Manuel Luque Castilla, se entrevistó con los presos antes del juicio. Como los acusados habían negado los cargos que se les imputaban, el teniente les preguntó la razón de que hubieran firmado el atestado, en el que reconocían su colaboración con la guerrilla. Ellos respondieron que la única causa fue el temor a que los fusilaran, como a Gumersindo Bueno y a Diego Porras, si no lo hacían. El defensor, en ese momento los corrigió, y les dijo que “a esos dos señores no los habían fusilado, sino que les habían aplicado la ley de fugas”. Durante el juicio, el fiscal pidió un año de prisión menor y la defensa la absolución. El juez militar firmó una sentencia absolutoria para tres procesados (Francisco Pulido, Cayetano Malagón y Pedro Vadillo), que quedaron en libertad, mientras Molinilla tuvo que seguir unos meses más en prisión.

Según los testimonios que hemos recogido en Rute, tras la muerte del maquis José Centurión Jiménez se personó en el pueblo su primo Ángel Centurión Fernández, capitán del ejército destinado en Canarias. Cuando descubrió que lo habían inhumado en el cementerio junto a un perro de la Guardia Civil, al que el mismo guerrillero le había cortado el cuello en el cerro de La Mezquita, tuvo un pequeño altercado con el teniente del cuartel y consiguió que se desenterrara el cadáver de la zona reservada al cementerio civil y que se le diera sepultura en una tumba individual en el camposanto católico. Se comenta también en Rute que por haber permitido el entierro junto al perro, a los dos párrocos, los hermanos mellizos Manuel y Francisco Bioque Moreno, los desterraron o los trasladaron. Sin embargo, esta afirmación hay que tomarla con las debidas precauciones, pues Manuel, párroco de Santa Catalina y arcipreste, murió en 1952 en Rute; mientras que Francisco, párroco de San Francisco, falleció en 1961 fuera de la localidad, pero su ausencia se debió a causas ajenas a este suceso.

Según el historiador Francisco Moreno Gómez, en octubre de 1950, cuando el fenómeno guerrillero estaba en plena agonía, entró de nuevo en el sur de Córdoba la partida de Antonio García Caballero, en la que se integraban Antonio Jurado, apodado Felipe, y varios combatientes más apodados Vicente (Miguel García Caballero, hermano del jefe del grupo), Gallardo, Marcelo, Horacio y Sebastián, entre otros. Todos pertenecían a la 1ª Compañía del 6º Batallón de la Agrupación Guerrillera Roberto. El 11 de octubre se batieron con la Guardia Civil en el término de Priego. Al día siguiente, ya en el término de Carcabuey, un nuevo tiroteo con la Guardia Civil causó la muerte del lojeño Antonio Molina Frías, apodado Alfonso, y la captura de Francisco Torres Sanjuán, apodado Rubén. El día 13 volvieron a enfrentarse en la zona de Priego, cerca del cortijo El Soldado, y sucumbió el jefe, Marcos de Algarinejo (Antonio García Caballero). Su hermano Miguel murió con posterioridad a consecuencia también de un enfrentamiento con la Guardia Civil. La madre de ambos, que había sido encarcelada en represalia por la actividad guerrillera de sus dos hijos, fue puesta en libertad entonces, tras más de dos años de presidio en Granada.

José María Cobos, condenado a dos años de cárcel por encubrir a la partida guerrillera de sus dos cuñados.

Pocos días después, el 24 de octubre, se detuvo en Rute a tres personas acusadas de encubrir a estos guerrilleros, ya que no los habían denunciado a la Guardia Civil a pesar de haber mantenido un encuentros con ellos en mayo de ese año. Se trataba de un guardia rural apodado el Topillo (del que desconocemos su destino); el cuñado de dos miembros de la partida, el ya citado José Mª Cobos Caballero, de 45 años y con cinco hijos, que fue condenado a dos años de cárcel en la Prisión Provincial de Córdoba; y el albardonero Antonio Alba Carvajal, de 48 años, condenado a un año de prisión en el mismo consejo de guerra que José Mª por un tribunal presidido por el teniente coronel de Artillería Rafael Urbano Domínguez (el expediente judicial de ambos, que hemos consultado, se encuentra en el Archivo del Tribunal Militar Territorial II de Sevilla). Tras estos desastres del año 1950, la guerrilla se replegó a sus feudos de Granada y Málaga y no tenemos constancia de que realizara más incursiones, salvo alguna acción puntual, por Rute y las tierras del sur de Córdoba.

Rute en 1939

La información que aportamos a continuación se basa en dos informes anuales emitidos por el Ayuntamiento de Rute, el 5 de agosto de 1938 y el 26 de junio de 1939, tras una petición del gobernador civil de Córdoba. Con ellos se pretendía obtener una visión precisa sobre la situación social, económica y administrativa del pueblo y “corregir las deficiencias” que se observaran. Ejercía entonces de alcalde Román Gómez Sánchez, coronel retirado de la Guardia Civil, y el presupuesto anual del Ayuntamiento en 1939 ascendía a 500.000 pesetas (el jornal diario rondaba las 8 pesetas). Estos dos informes municipales son una pequeña e interesante radiografía de una localidad donde la Guardia Civil, comandada por el teniente Basilio Osado Labrador, había apoyado el golpe de Estado del 18 de julio de 1936 y por tanto se encontraba en la zona controlada por la España franquista desde el inicio de la guerra civil.

Arrieros de Rute en los años treinta del siglo XX.

En 1938 y 1939, Rute mantenía el mismo término municipal y los mismos núcleos poblacionales que ahora, aunque difería en el número de habitantes. Según los informes del Ayuntamiento, la extensión del término municipal abarcaba 12.833 hectáreas. El censo de población de 1935 arrojaba la cifra de 14.749 personas, pero en agosto de 1938 su número se había reducido a 12.749, debido a la ausencia de los jóvenes incorporados al Ejército con motivo de la contienda, los desaparecidos (al menos 49 fusilados y numerosos vecinos huidos a zona republicana) y a las familias que se habían trasladado a otros lugares en busca de trabajo en la recolección del cereal. En junio de 1939, dos meses después de finalizada la guerra, la población era de 13.163 habitantes (1.586 vecinos menos que antes de que comenzara la contienda). En cuanto a la distribución de la población dentro del término municipal, aparte del núcleo de Rute, encontramos a 12 kilómetros la aldea de Zambra, constituida en entidad menor local con parroquia y unos 3.600 habitantes. A 16 kilómetros se localizaba otra aldea, la segunda en importancia, Los Llanos de Don Juan, que albergaba unos 1.000 habitantes. Otros núcleos menores eran Las Piedras, Nacimiento, Portugalejo, Palomares, La Hoz y algunos diseminados más.

Rute era un pueblo eminentemente agrícola, con predominio absoluto del cultivo del olivar, al que estaban dedicadas 6.373 hectáreas de terreno en 1938. Existían también 1.649 hectáreas de cultivo de cereales, 307 de cereales y legumbres, 42 de encinares y cereal, 148 de huertas, 53 de viñas, 2.024 de erial, 1.988 de pastos y 242 de monte. Frente a la importancia de la agricultura, la ganadería constituía una actividad económica secundaria como podemos observar en el número de cabezas de ganado: 178 caballos, 918 mulos, 369 asnos, 8 vacas de leche, 102 vacas de trabajo, 811 ovejas, 766 cerdos y 2.559 cabras. Al lado de Rute convivían dos sierras, la Sierra de Rute y El Lanchar, con una extensión de 1.500 hectáreas de monte pedregoso, arrendadas por el Ayuntamiento en 4.000 pesetas anuales, sin más producción que un poco de pasto para unas 200 cabezas de ganado.

En cuanto a la distribución de la propiedad de la tierra, destacaba el minifundio aunque existía un latifundio en manos del marqués de Valderas, que lo tenía parcelado y arrendado. Las más de 9.000 hectáreas de terreno parcelable que ocupaban el término municipal pertenecían a más de tres mil contribuyentes, la mayoría de ellos pequeños agricultores que después de hacer las labores propias en sus campos se convertían en jornaleros, por lo que encontramos un alto nivel de paro obrero fuera de las épocas de recolección de la aceituna y del escaso cereal. El Ayuntamiento debía preocuparse, por tanto, de la asistencia social para los parados y del tema agrario, así que en los presupuestos de 1939 se consignaron 6.480 pesetas para la Oficina de Colocación Obrera (donde se inscribían los parados en busca de trabajo), 1.000 para seguros sociales y accidentes de trabajo, 1.000 para retiros obreros (jubilaciones), 500 para dotar la Caja del Paro Obrero (una especie de seguro de desempleo), 50 para plagas del campo y 25 para extinción de animales dañinos. Para intentar evitar el paro obrero y colocar a los parados en periodos críticos, al igual que se había hecho en la época republicana se arbitró en 1939 un plan de obras municipales, valorado en 85.000 pesetas, que pretendía la pavimentación completas de algunas calles y la construcción de alcantarillas y saneamientos.

La actividad industrial tenía por entonces muy poco peso en Rute. Destacaban por su número 23 fábricas de anisados (las que existían en 1929 se pueden ver en este enlace) y 66 fábricas de aceite. Además, encontramos dos fábricas de extracción de aceites de orujo, dos fábricas harineras con crecientes dificultades de abastecimiento de harina y trigo, dos pequeñas fábricas de electricidad, varias industrias chacineras de poca importancia, una salina y una fábrica textil parada por falta de hilado de algodón a consecuencia de la escasez de materias primas ocasionada por la guerra.

Rute producía solo una pequeña parte del consumo diario de alimentos que necesitaba la población, por lo que el abastecimiento de los productos venía de fuera. No existía un mercado en un local cerrado, así que la venta se realizaba desde “tiempo inmemorial” al aire libre en una calle, que debía limpiarse después de terminada la actividad comercial. La carne que se consumía tampoco procedía en su mayoría del Matadero Municipal, pues el local no era suficiente para cubrir todas las necesidades ni contaba con un material adecuado. En 1939 había consignado un presupuesto de 14.230 pesetas para su ampliación y para dotarlo de un servicio que posibilitara el sacrificio de toda clase de reses.

Aunque la red de alumbrado eléctrico estaba extendida por todo el pueblo, la falta de material y lámparas causaban deficiencias y falta de luz en varios tramos de calles y plazas. El Ayuntamiento tenía contratado el servicio de alumbrado público de Rute con la Sociedad Eléctrica Industrial Española, cuya fábrica se encontraba en el Río Genil, a su paso por la aldea de El Remolino del vecino municipio de Iznájar. Para el alumbrado público en las aldeas de Zambra y Llanos de Don Juan se había firmado un contrato con la Eléctrica San José, propiedad del ruteño Andrés Villén Cruz, que tenía instalada la fábrica en el río Anzur, cerca de Zambra.

Calle de la Constitución (en 1939 Calvo Sotelo) en los años treinta del siglo XX.

El abastecimiento de agua potable se realizaba a través de pilares situados en sitios estratégicos, desde los que los vecinos, a mano o en bestias de carga, transportaban el líquido a sus casas. El agua procedía de un abundante manantial subterráneo distribuido por un extenso ramal de tuberías. Aparte de este servicio público, existía el abastecimiento particular de agua, en manos privadas, que se vendía a 10 céntimos el metro cúbico. Estaba en estudio en 1939 la traída de aguas de un manantial abundante, que se encontraba un kilómetro más arriba del pueblo, con el fin de crear un nuevo lavadero, ya que el que había presentaba un estado deficiente, y con la intención de regar los jardines públicos, que carecían de agua en cantidad adecuada. La canalización de este nuevo manantial permitiría además dotar de agua potable a todas las viviendas y establecer grifos y contadores en las casas de los abonados, mediante un precio que podría situarse entre 10 y 15 céntimos el metro cúbico. Existían en todas las calles de Rute, según el informe municipal, bocas de riego para incendios, pero carecían de mangueras y útiles para usarlas.

Aunque Rute presentaba una situación inmejorable para la evacuación de aguas residuales, al encontrarse en declive en una ladera de la sierra, varias calles no disponían de alcantarillado general de desagüe y acometidas para aguas residuales, y se echaba en falta un colector para encauzar las aguas negras. Tampoco funcionaba un servicio municipal de recogida de basuras, por lo que en casi todas las casas existían muladares o estercoleros en donde se vertían las brozas procedentes de las barreduras y los desperdicios de las cocinas. La mayoría de las viviendas carecía de retretes inodoros con agua corriente. Las que los tenían evacuaban a la alcantarilla general o a los muladares, que todos los años se desocupaban con la finalidad de usar los restos para abonar los campos.

Los Ayuntamientos debían gastar una enorme cantidad de dinero en asistencia social en aquella época. En 1938 existía un censo benéfico de 1.400 familias pobres con derecho a prestación médico-farmacéutica gratuita —si contamos a cuatro miembros por familia, casi la mitad de la población de Rute—. Sus necesidades se cubrían con la consignación presupuestaria de 32.150 pesetas para pagar los servicios de cinco médicos de asistencia pública domiciliaria, un tocólogo, dos practicantes y dos matronas. Otras 23.000 pesetas se dedicaban a la compra de medicamentos, muy escasos entonces por las dificultades de producción y por las necesidades que había en los frentes de guerra para los heridos en campaña. El suministro se realizaba a través de un farmacéutico titular y de dos farmacias particulares.

Calle Granada (en 1939 Generalísimo Franco) en los años treinta del siglo XX.

Además de pagar medicinas y profesionales sanitarios, el Ayuntamiento aportaba otras cantidades a organismos y entidades asistenciales o benéficas: 2.000 pesetas al hospital Alfonso de Castro, otras 2.000 al Asilo de Ancianos de Juan Crisóstomo Mangas (que se encontraba bajo la protección de los herederos de D. Bernabé Jiménez y con la asistencia de las Hermanas Mercedarias), 600 a la Cruz Roja local, 600 al Auxilio Social —el órgano de beneficencia de la Falange, el partido único durante la dictadura de Franco— y por último 9.268 se ingresaban al Instituto Provincial de Higiene. Había también un colegio de huérfanos, abundantes entonces debido a la miseria, los abandonos de niños y a la guerra, que estaba a cargo de la Diputación Provincial de Córdoba. Respecto a la vivienda para las familias pobres, otra de las graves carencias de la época, el Ayuntamiento no inició la construcción de casas baratas porque los alquileres resultaban moderados en aquel entonces según el informe municipal.

Alumnos de Rute en fecha indeterminada.

En 1939 funcionaban 19 escuelas en el término municipal ruteño: en el núcleo de Rute encontramos siete escuelas de niños y cinco de niñas, en Zambra una de niños y dos de niñas y una mixta, en Los Llanos de Don Juan una de niños y otra de niñas, y una de niños en la aldea de La Piedras. La existencia de escuelas separadas por sexos se explica porque el franquismo eliminó la escuela mixta republicana, en la que convivían niños y niñas, para adaptarse a los preceptos de la Iglesia Católica, que defendía una educación segregada. Había además varias escuelas particulares de niños y niñas y un colegio de segunda enseñanza, denominado Sagrado Corazón de Jesús, a cargo de un sacerdote, un médico, dos maestros y varios bachilleres. Así mismo se creó una escuela denominada de José Antonio y un Centro Filarmónico, ambos regidos por la Falange y subvencionados por el Ayuntamiento. A pesar de la existencia de estos centros primarios y básicos de enseñanza, el Ayuntamiento reconocía que “el grado de cultura es bastante deficiente debido a la cantidad tan creciente de analfabetos”.

Dentro de Rute no había transporte público urbano, pero sí paradas de autobuses. Funcionaba un servicio regular de viajeros a cargo de la empresa ruteña Sánchez, desde Rute a Lucena, con horario de ida a las 7 y a las 18 horas y de regreso a las 14 y a las 20 horas. Estos autobuses enlazaban en Lucena con los trenes y el servicio ordinario establecido por la compañía de autobuses Alsina para Córdoba capital. Aparte de la línea de Lucena había otra hasta Iznájar, con ida a las 16 horas y vuelta a las 17 horas. Ambas, la de Lucena y la de Iznájar, se encargaban también del servicio de conducción de cartas y paquetes de Correos de unas localidades a otras. En cuanto al transporte de mercancías, operaba en Rute una central de la Compañía de Ferrocarriles Andaluces con un servicio de camiones a la estación ferroviaria de Lucena, que era la más próxima y estaba situada a 22 kilómetros.

En el ámbito de la burocracia municipal, las oficinas centrales del Ayuntamiento de Rute las ocupaban 15 empleados: un secretario (el mejor pagado, con un sueldo de 7.500 pesetas anuales), tres oficiales, cuatro auxiliares, un interventor, un oficial de intervención, un depositario, un oficial recaudador, un oficial y un auxiliar de inspección de abastos, y un ordenanza, que era de los que menos cobraba de todos ellos, 2.325 pesetas anuales. En cuanto a los servicios de vigilancia, de policía urbana y de circulación, la guardia municipal la componían un jefe, un subjefe y diez guardias con turnos de noche y de día. De estas plazas, las de un oficial, dos auxiliares, un subalterno y dos guardias municipales estaban ocupadas interinamente, pues sus titulares habían sido depurados en 1936 y expulsados de sus puestos por el gobernador militar de Córdoba debido a su ideología política republicana.

Ayuntamiento de Rute en fecha indeterminada.

La Hacienda municipal de Rute presentaba en aquellos años un estado lamentable, agobiada por las deudas contraída por los Ayuntamientos anteriores (concierto por atrasos al Tesoro Público, la Diputación Provincial, el Banco de Crédito local, el Pósito y la Mancomunidad Sanitaria) y también por las consignaciones forzosas en los presupuestos que se habían incluido por órdenes superiores de la Administración. Los impuestos municipales (rústicos, urbanos e industriales) resultaban insuficientes para afrontar tanto gasto, a pesar de que estaban fijados en el tipo máximo que permitía la ley. La causa de la bancarrota de la Hacienda local, según el Ayuntamiento, no residía únicamente en los enormes gastos, sino en la falta de ingresos, debido a que el término municipal era muy pequeño, con solo unos 3.000 pequeños contribuyentes por el concepto de propiedad rústica, la más importante fuente de financiación para la inmensa mayoría de los municipios. El Consistorio entendía que esta situación podría remediarse en parte con la anexión a Rute de un pago denominado Dehesa de Castil Rubio, perteneciente a Lucena, ya que la mayoría de sus propietarios eran ruteños. Según el Ayuntamiento, la segregación no perjudicaría en nada a Lucena por su enorme riqueza agrícola y la gran extensión de su término, pero sí aliviaría en gran medida la agobiada Hacienda municipal de Rute.

En lo que se refiere al nivel de vida de los vecinos de Rute, en 1939 el Ayuntamiento se manifestaba tan pesimista como valorando el estado de la Hacienda municipal. Presentaba en su informe un panorama de la población desolador, y concluía diciendo, con cierta resignación, que “teniendo en cuenta que el pueblo de Rute tiene un censo de población desproporcionado con su riqueza y sobre todo con la extensión de su término” y predominaban “en considerable proporción las familias obreras, la vida de sus habitantes, referida a esa clase popular predominante, es mísera, con alimentación y habitación deficiente y escaso grado de comodidad, circunstancias que determinan un constante fenómeno migratorio”.

Listado de víctimas de la represión franquista y de la guerra civil en Rute

En el centro, el albañil Juan Antonio García Algar, de 24 años, uno de los asesinados el 28 de agosto en La Pililla.

En el centro, el albañil Juan Antonio García Algar, de 24 años, uno de los asesinados el 28 de agosto en La Pililla.

El triunfo de la rebelión golpista en Sevilla el 18 de julio de 1936, de la mano del general Queipo de Llano, determinó la suerte de varias capitales del sur de España. En Córdoba, el coronel Ciriaco Cascajo Ruiz, siguiendo las instrucciones transmitidas por Queipo, leyó el bando de guerra en el cuartel de Artillería a las cinco de la tarde. Entre los militares que intervinieron muy activamente a favor de la rebelión en la ciudad en aquella jornada destacaron dos oficiales nacidos en Rute: el teniente de la Guardia Civil Francisco Roldán Écija y su hermano Diego, que era capitán. Durante la tarde y la noche los militares insurrectos, con la colaboración de miembros de la oligarquía y de los derechistas, tomaron los edificios públicos y los servicios de correos, telégrafos y telefónica, desde donde ordenaron a los cuarteles de todos los pueblos que se proclamara el bando de guerra, se apresara a las autoridades republicanas y se apoderaran de las Casas del Pueblo y de los edificios municipales. Las llamadas de los militares rebeldes encontraron un amplio eco, pues se sublevaron 47 de los 75 pueblos de la provincia de Córdoba. En Rute, desde la misma noche del 18 de julio, la Guardia Civil, comandada por el teniente Basilio Osado Labrador y apoyada por un numeroso grupo de derechistas, se apoderó de la localidad, impuso el bando de guerra y desató una feroz represión sin que los republicanos ofrecieran resistencia.

El juez Salvador Villanueva Porras, de 28 años. Murió asesinado en Lucena el 18 de agosto de 1936.

El juez Salvador Villanueva Porras, de 28 años. Murió asesinado en Lucena el 18 de agosto de 1936.

Los militares sublevados el 18 de julio de 1936 sabían que les iba a faltar el apoyo de gran parte de los españoles, por lo que idearon una estrategia represiva, programada con antelación, para impedir por medio del terror la reacción de sus opositores. Son bastante conocidos los numerosos documentos que desde antes del golpe de estado circulaban entre los conjurados para la preparación de la insurrección militar. En ellos se incitaba a la utilización de una violencia indiscriminada para eliminar a los contrarios y de camino convencer, o al menos paralizar, a los indecisos. Por ejemplo, el general Emilio Mola Vidal, “director” de la conspiración militar”, en una “instrucción reservada” enviada a los demás conspiradores el 25 de mayo de 1936, dos meses antes del golpe de estado, les advertía de que la acción habría de ser “en extremo violenta” y que tendrían que aplicar “castigos ejemplares”. En la misma línea, el 30 de junio aludía en sus documentos a “eliminar los elementos izquierdistas: comunistas, anarquistas, sindicalistas, masones, etc.”. Ya en la noche del 17 de julio, cuando la insurrección no había llegado aún a la Península y los republicanos no habían movido un solo dedo para oponerse a ella, los militares sublevados asesinaron a 225 personas en las posesiones españolas en Marruecos anticipando el método que iban aplicar para conseguir el triunfo en toda la Península.

El principal obstáculo al que se enfrenta un historiador que desee investigar sobre la guerra civil y la represión franquista es la destrucción y el expolio de los archivos, palpables en varios pueblos del sur de Córdoba. En Rute, como fruto de los sucesivos traslados que ha sufrido el Archivo Histórico Municipal y de la evidente dejadez con que ha sido tratado, parte de la documentación que se conserva se encuentra amontonada en cajas, desordenada y sin catalogar, lo que ha dificultado el estudio de los acontecimientos acaecidos en el pueblo y el verdadero alcance de la represión.

Juan Pelagio Rojas Roldán, de 26 años, asesinado el 28 de agosto de 1936 en La Pililla, tras volver de Cuevas de San Marcos.

Juan Pelagio Rojas Roldán, de 26 años, asesinado el 28 de agosto de 1936 en La Pililla.

Los libros de defunciones del Registro Civil constituyen la fuente primordial para el estudio de la mortalidad durante la guerra. Sin embargo, desde el primer momento hubo un claro interés de las autoridades franquistas en esconder la represión que se había desatado, por lo que a través de los registros civiles es imposible concretar una cifra válida de víctimas republicanas, ya que muchas no se inscribieron o se anotaron falseando la causa de la muerte. Hasta los años ochenta del siglo pasado, ya en el periodo democrático, no consta en las hojas de los libros de defunciones del Registro Civil de Rute que la causa de la muerte de los asesinados es por “disparo de arma de fuego” o por “fusilamiento”. Con anterioridad, el motivo es siempre “desaparecido”, concepto que también encontramos en toda la documentación oficial. “Desaparecido, suponiéndole muerto” escribieron a lápiz en la ficha de recluta del albañil Francisco José Henares Porras que se conserva en el archivo municipal, cuando en realidad lo asesinaron el 28 de agosto de 1936, aunque nunca fue registrado.

Otro obstáculo para la correcta inscripción de los asesinados residía en que la administración judicial quedó en manos de adeptos al nuevo régimen que subordinaban la profesionalidad a la obediencia a los principios del Glorioso Movimiento Nacional, lo que explica carencias fundamentales en los registros. Por otro lado, el impacto de la represión resultó tan enorme que muchas familias no inscribían a sus allegados  por temor a sufrir la misma desgracia, por vergüenza o por desánimo ante las dificultades que se les planteaban, como por ejemplo la obligación de realizar el asiento anotando a los asesinados como fallecidos por muerte natural, a lo que muchas se negaron. Con tantos impedimentos y limitaciones se comprende que en bastantes municipios cordobeses (como ocurre en Rute, donde solo se inscribieron un tercio de los asesinados), figuren anotadas en los libros de defunciones del Registro Civil cifras muy bajas de víctimas de la represión franquista. Por desgracia, es muy probable que nunca consigamos identificar tantas víctimas desconocidas y que su número engrose, ya de manera definitiva, el listado de decenas de miles de desaparecidos ocasionado por los golpistas en España a partir del 18 de julio de 1936.

La caza de los republicanos en Rute resultó fácil, pues la Guardia Civil se había apoderado el día 18 de julio de 1936 de los libros de registro de los afiliados a los partidos políticos y sindicatos, según reconoció el teniente Basilio Osado, comandante militar de Rute desde el inicio de la guerra, en sus informes para los consejos de guerra que se celebraron al final de la contienda. Casi todos los fusilados eran trabajadores (jornaleros del campo, albañiles, zapateros, etc.). Tan rápido actuó el huracán represivo que los 49 asesinados, menos uno, cayeron fusilados en los meses de agosto y septiembre de 1936 en las tapias del cementerio, la finca de La Pililla en las cercanías de Encinas Reales, la carretera de Jauja en Lucena o en las cunetas de cualquier camino.

El barbero Vicente Sánchez Montez, vocal de la junta directiva del PSOE en 1930. Lo fusilaron en Málaga el 12 de marzo de 1937.

El barbero Vicente Sánchez Montes, vocal de la junta directiva del PSOE en 1930. Lo fusilaron en Málaga el 12 de marzo de 1937.

Las cuatro primeras inscripciones de asesinados en el Registro Civil de Rute se realizan el 8 de junio de 1937, como consecuencia del expediente tramitado al amparo del Decreto de 10 de noviembre de 1936 que regula el asiento de los desaparecidos. Los anotados son el secretario de la notaría Juan José Rodríguez Rodríguez, el juez Salvador Villanueva Porras, el albañil Juan Antonio García Algar y el zapatero Antonio Cobos Fernández. En la década de los cuarenta se inscriben tres nuevos fusilados (el primero de ellos en 1945), cuatro en los cincuenta y otros cinco más entre los años 1981-1982, como consecuencia de la Ley de pensiones de guerra de 1979, aunque tres son foráneos (dos de Iznájar y uno de Cuevas de San Marcos). Por tanto, la mayoría de las inscripciones se producen fuera del plazo legal, muchos años después de que se hubieran producido los asesinatos. Todo esto explica que existan muertes registradas en más de una ocasión (como la del guarda forestal Juan Miguel Guerrero Curiel, inscrito el 30 de junio de 1954 y el 26 de mayo de 1981; la del vicesecretario de la agrupación socialista Antonio Porras Moreno, asentado el 22 de julio de 1955 y el 10 de agosto de 1982; o la de Vicente Sánchez Montes, anotado en Rute y en Málaga) y que los datos de los registros civiles no sean fiables a la hora de estudiar destalles históricos importantes de los fusilados, como el lugar y la fecha de su muerte o el oficio que tenían.

Juan José Rodríguez Rodrígez, hermano de Maruja, fusilado el 18 de agosto de 1936

Juan José Rodríguez Rodríguez, secretario de la Agrupación Socialista y empleado de la notaría, fusilado el 18 de agosto de 1936.

En noviembre de 2004 edité mi libro Desaparecidos. La represión franquista en Rute (1936-1950), que se agotó en solo dos meses, hubo que reimprimirlo en enero de 2005, y volverlo a editar, corregido y ampliado, en mayo de 2007. Si no hubiéramos acometido en aquel momento ese trabajo de investigación sobre Rute, es decir, si hubiéramos aplicado la política del olvido, es probable que nunca nos hubiéramos enterado de que la represión franquista se llevó por delante la vida de 49 vecinos fusilados en 1936, y no solo a los 16 que se inscribieron en los registros civiles, o de que al menos otros cinco murieron en las cárceles de Franco, dos fusilados en posguerra, otros dos en los campos nazis, siete mientras luchaban en la guerrilla o actuaban de enlaces, de que al menos cuarenta padecieron prisión en posguerra y que otros 140 sufrieron expedientes de represión económica. En el estudio de la represión, el tiempo trascurrido, lo mismo que la emigración en los años cincuenta y sesenta de los represaliados y de sus descendientes a las zonas urbanas para escapar del opresivo fascismo rural, no juega a nuestro favor. Dentro de unos pocos años, cuando las personas que aún mantienen memoria de los hechos desaparezcan o no podamos localizarlas porque viven en otros lugares, será imposible reconstruir el verdadero alcance de la represión franquista. Los partidarios de “no remover el pasado”, en consecuencia, deberían reflexionar sobre el enorme daño que causa al conocimiento histórico el “olvido” de las cuestiones relativas a la investigación de la violencia durante la guerra civil y la posguerra.

Las listas de víctimas que publico a continuación se basan en mi libro antes citado, con la inclusión de nuevos datos obtenidos por testimonios orales, como el de María Zamora Cobos, desde Elche, sobre su abuelo José María Cobos Caballero, preso en 1950; el de Carmen Cano Rodríguez, desde Gijón, sobre su bisabuelo Rafael Cano Tenllado, fusilado en 1936; el de Rocío Ordóñez Rivera, desde Madrid, sobre su abuelo Jacinto Ordóñez Romero, también fusilado; y desde Sevilla el de la familia de los hermanos Mariano y Luis Gutiérrez Pino, uno fusilado y otro muerto en el frente. Ninguno de estos hombres asesinados aparece inscrito en el Registro Civil como fallecido. En la relación incluimos también los nombres de los soldados republicanos que hemos podido rescatar y de algunos soldados de los ejércitos republicano y franquista que murieron en el frente o a consecuencia de heridas de guerra. El nombre de las víctimas de la represión en Rute se puede consultar en este listado. 

OTRAS FOTOS DE REPRESALIADOS

El jornalero Juan José Guerrero Montes “Sermones”, de 35 años, asesinado el 1 de agosto de 1936.

El jornalero Juan José Guerrero Montes “Sermones”, de 35 años, asesinado el 1 de agosto de 1936.

El jornalero Rafael Roldán Arcos (izquierda), de 34 años, fusilado el 1 de agosto de 1936. Su hermano Francisco (derecha) murió al finalizar la contienda en un campo de concentración en Málaga.

El jornalero Rafael Roldán Arcos (izquierda), de 34 años, fusilado el 1 de agosto de 1936. Su hermano Francisco (derecha) murió al finalizar la contienda en un campo de concentración en Málaga.

El taxista Galo Piedra, fusilado en Alhama de Granada en 1937.

El taxista Galo Piedra, fusilado en Alhama de Granada en 1937.

El campesino Francisco Alfonso Muñoz Baena, fusilado en La Pililla el 22 de septiembre de 1936.

El campesino Francisco Alfonso Muñoz Baena, fusilado en La Pililla el 22 de septiembre de 1936.

El jornalero Antonio Caballero Trujillo, de 33 años, fusilado en septiembre de 1936.

El jornalero Antonio Caballero Trujillo, de 33 años, fusilado en septiembre de 1936.

El socialista Domingo Pulido Tirado fue asesinado en el mes de septiembre de 1936 junto a su cuñado Antonio Caballero Trujillo.

El socialista Domingo Pulido Tirado fue asesinado en el mes de septiembre de 1936 junto a su cuñado Antonio Caballero Trujillo.

Miguel Jurado Romero, tesorero del PSOE y concejal del Frente Popular, fusilado en Lucena.

Miguel Jurado Romero, tesorero del PSOE y concejal del Frente Popular, fusilado en Lucena.

El talabartero Juan Crisóstomo Tejero Molina se refugió en la casa de su hermana en Cuevas de San Marcos tras huir de Rute. Lo asesinaron cuando regresó.

El talabartero Juan Crisóstomo Tejero Molina se refugió en la casa de su hermana en Cuevas de San Marcos tras huir de Rute. Lo asesinaron cuando regresó.

Miguel Aceituno Jiménez: cartas, de Jaén a Rute, de un condenado a muerte en 1939

Miguel Aceituno Jiménez

Miguel Aceituno Jiménez

El jiennense Miguel Aceituno Jiménez trabajaba como tipógrafo y militaba en las Juventudes Socialistas Unificadas. Al estallar la guerra, se alistó como voluntario en las milicias republicanas y el 26 de mayo de 1937 fue nombrado comisario de guerra del 2º Batallón de la 74 Brigada, según el Diario Oficial del Ministerio de Defensa. Su padre, Miguel Aceituno Tapia, jefe de personal de la Delegación de Hacienda de Jaén, se suicidó arrojándose por la ventana cuando recibió, debido a un error burocrático, la noticia del fallecimiento de su hijo en el frente. En las milicias entabló amistad con dos ruteños emigrados a Madrid: el capitán Avelino Ruiz Tenllado y el teniente Justo Rodríguez Rodríguez, esposo y novio, respectivamente, de las hermanas Dolores y Manuela Reyes Marín, quienes también eran de Rute y residían en la capital desde el año 1931. Miguel Aceituno contrajo matrimonio civil el 23 de agosto de 1937 con una hermana de su amigo Justo, María (a la que llamaba Maruja), de 22 años. Como él estaba en el frente, Maruja se estableció en Jaén, y a finales de año se mudó a una casa alquilada en la viña de Berenguer, en Andújar, donde convivía con las hermanas Reyes Marín.

Durante los años 1938 y 1939 Miguel Aceituno estuvo destinado en Valencia, y allí le sorprendió el fin de la guerra como comisario político del partido comunista. En vez de regresar a Jaén, se dirigió con su mujer a Rute. Sólo llevaba dos días en el pueblo cuando lo denunció el falangista Agustinito “El Mellizo”, hermanastro de su amigo Avelino Ruiz Tenllado, pero tuvo la fortuna de que otro hermano de Avelino, Manolo, lo avisara la noche anterior, por lo que pudo huir con tiempo hacia el domicilio de su madre en Jaén, evitando así caer en las manos del teniente de la Guardia Civil Basilio Osado Labrador, comandante de puesto desde el verano de 1936, cuando la represión franquista segó la vida de al menos 47 vecinos. Miguel nunca más volvió a ver a su esposa. En Jaén se presentó ante la autoridad militar, que decretó su ingreso en la prisión del convento de Santa Úrsula, donde también estaban internados su hermano Luis, oficial del ejército republicano, y su amigo Eloy Aldiga (vicesecretario de la Agrupación Socialista de Rute en 1930). Tras sufrir crueles torturas en la cárcel, lo sometieron a consejo de guerra el 17 de junio de 1939. El fiscal solicitó la pena de muerte, que fue aceptada por el tribunal del Juzgado Militar nº 4. Su hermana Rosario intentó conseguir el indulto por mediación del general José Antonio Martín Prats, para el que había trabajado de criada, aunque sin éxito. Desde el convento de Santa Úrsula, Miguel Aceituno fue trasladado a la prisión provincial y de allí lo sacaron para fusilarlo a las 11 de la noche del 15 de noviembre de 1939. Tenía 24 años. Según testimonio de la familia, después de su ejecución se recibió la notificación de su indulto.

Sentados, Mª Antonia Rodríguez Ruiz y su esposo Leoncio Rodríguez Mangas. De pie, sus hijos María (Maruja) y Raimundo. En el centro, el pequeño Miguelín, hijo de María y de Miguel Aceituno Jiménez.

Sentados, Mª Antonia Rodríguez Ruiz y su esposo Leoncio Rodríguez Mangas, alcalde socialista del Frente Popular en Rute. De pie, sus hijos María (Maruja) y Raimundo. En el centro, el pequeño Miguelín, hijo de María y de Miguel Aceituno Jiménez. La foto está realizada en la posguerra.

Mientras Miguel Aceituno estuvo preso su esposa Maruja sufrió su calvario particular, aunque ella nunca se lo contó ni la censura se lo hubiera permitido. En Rute, le impusieron de castigo asistir a misa los domingos y limpiar todas las mañanas las letrinas del cuartel. Como se negaba, cada día el teniente Basilio Osado y una pareja de guardias civiles la traían desde su casa, siempre por el camino más concurrido, para que la viera la gente del pueblo. Llegó a oponer tal resistencia que incluso tenían dificultades hasta para trasladarla a rastras por lo que, de escarmiento, al día siguiente le daban aceite de ricino para que “expulsara el comunismo del cuerpo”. Cuando llevaba tres años y dos meses soportando estas vejaciones, Maruja enfermó de tuberculosis. Entonces, presentó un certificado médico del doctor Alfonso Trujillo, fechado el 3 de julio de 1942, con el que consiguió que la dispensaran de realizar la limpieza en el cuartel, pero hubo de seguir cantando el Cara al sol todas las tardes y asistir a misa de 12 los domingos. Maruja trabajó de peluquera y bordadora; y nunca se volvió a casar. Murió en 1999 en Madrid, a donde había emigrado desde Rute en 1961.

Juan José Rodríguez Rodrígez, hermano de Maruja, fusilado el 18 de agosto de 1936

Juan José Rodríguez Rodríguez, hermano de Maruja, fusilado el 18 de agosto de 1936.

Miguel Aceituno dejó huérfano a su único hijo, Miguelín, quien me cedió una copia de la correspondencia escrita por su padre desde la cárcel cuando él apenas tenía 1 año de edad. Las 14 cartas abarcan desde el 14 de abril de 1939 –octavo aniversario de la proclamación de la II República española– al 11 de noviembre del mismo año, 4 días antes de que lo fusilaran. Todas van destinadas a su esposa Maruja, menos una que remite a su suegro (aunque se dirige a él como padre), Leoncio Rodríguez Mangas, quien había sido alcalde socialista del Frente Popular en Rute desde el 23 de marzo de 1936 hasta el golpe de Estado. Un hijo suyo, Juan José Rodríguez Rodríguez, secretario del PSOE local, había sido fusilado el 18 de agosto de 1936 por unos falangistas.

La colección de cartas de Miguel Aceituno aparece publicada en mi libro Desaparecidos. La represión franquista en Rute (1936-1950), 2ª edición, Ayuntamiento de Rute, 2007, páginas 143-165. En su correspondencia, Miguel Aceituno mostraba en principio una cierta confianza en la promesa de Franco de que quien no tuviera las manos manchadas de sangre no tendría nada que temer. Poco a poco asumió con resignación y con amargura, pero también con entereza y en ocasiones triste ironía, que la realidad se dirigía por otros derroteros. A continuación se reproducen, por orden cronológico, algunos párrafos de esas cartas:

-Ayer he hecho mi declaración ante el Sr. Juez y me comunicaron el auto de procesamiento. Los informes recogidos por ahí sobre mí parece ser que son muy buenos. Sólo me acusan de haberme marchado voluntario a las milicias, de haber pertenecido a las JSU antes del movimiento y por el cargo que he tenido en el Ejército rojo. Pero como es natural no pueden acusarme de haber cometido el menor delito común o cosa parecida. Así que como ya te he dicho otras veces espero con la mayor tranquilidad que se celebre el juicio, que ya espero no tarde mucho (…). Así que tú tampoco tienes por qué apurarte, sino al contrario debes alegrarte pues muy pronto se aclarará mi situación y todo quedará mejor de lo que os figuráis. Claro que con esto no quiero decirte que te hagas ilusiones insensatas y creas que dentro de unos días voy a estar en la calle. Nada más lejos de mi ánimo que quererte comunicar alegrías infundadas que cuando se desvanecen amargan más que las peores penas. Pero sí debe quedarte la satisfacción de que se pondrá en claro la conducta honrada y humana que por mi parte he observado siempre, y con la cual siempre podremos presentarnos con la frente alta en todos sitios y con todos los regímenes. Así que recobra tu tranquilidad, y en lo posible tu alegría, y ten la seguridad de que nada me puede ocurrir y que aunque me condenen a más o menos años, llegará el día en que nos podamos reunir para siempre, cosa que ansío y que constituye toda mi ilusión y me felicidad. (5 de junio de 1939)

-…Mi madre de una forma o de otra se las arregla para que nada me falte. No puedes figurarte hasta donde llega su sacrificio, pues su vida entera sólo la dedica a mí y a cuanto pueda necesitar. A pesar de su entereza la pobre sufre tanto que está desconocida y parece como si le hubieran echado encima 20 años. Lo único que sentiría sería no poder pagarle sus inmensos desvelos (…) En cuanto al retrato de nuestro Miguelín (…) La abuela dice que es mi retrato de cuando pequeño y sé que lo tiene horas enteras entre las manos y llora mucho ante él. (…) Sé que personas muy influyentes, militares y civiles de Jaén, se están interesando por mí; pero también debo decirte que hay otros que quieren hacerme daño, y entre este estira y afloja me encuentro yo, impasible, esperando ver quién puede más, si Caín o Abel, aunque todos y yo también esperamos que Abel (aunque sólo sea por una vez en la historia) venza a Caín. (29 de agosto de 1939)

-Yo quisiera que te convencieras de que no se trata de llorar estos momentos, ni mucho menos. El que llora sus penas es porque se arrepiente de sus obras. Y tú sabes demasiado que ni tú ni yo tenemos de qué arrepentirnos, pues ningún hecho delictivo hemos cometido. Por lo tanto, al no tener de qué arrepentirnos no (tenemos) por qué derramar una lágrima de arrepentimiento. No hemos atentado contra nuestra Religión ni contra nuestra patria. Sino al contrario, nunca, nosotros dos, ni en los periodos más difíciles del régimen rojo hemos olvidado los deberes que nos enseñaron nuestros padres. Por esto, aunque hoy pasamos por una situación difícil, a pesar de todo, en lo que respecta a mí, las autoridades no han podido menos que reconocer esto, y en este reconocimiento que todos han hecho de las cosas cifro mis esperanzas de que no ocurrirá nada irreparable, y si por desgracia ocurre me iré tranquilo de no haber hecho nada de que tenga que arrepentirme. Así que como te digo antes no hay por qué lagrimear, ni por qué mostrarnos llorosos ante nadie. Aceptemos las cosas tal como se presentan, confiemos en Dios, en nuestra honradez y en la justicia pero mantengámonos siempre serenos y tranquilos. Borra las lágrimas de tus ojos y que no vuelvan a aparecer. (2 de octubre de 1939)

-(…) Supongo que habrás leído en la prensa que con motivo del “Día del Caudillo” han sido concedidos muchos indultos y que se rebajará la pena impuesta a los que no sean responsables de delitos de sangre, y como yo no estoy mezclado en absoluto en esa clase de delitos, sino que sólo tengo los cargos que he tenido en la guerra, esto es un factor más que me favorece. Así que tiene que venir muy mal el asunto para que no se arregle lo mejor posible. Aunque sin hacerme muchas ilusiones que a lo mejor la realidad derrumba, creo que gracias a la generosidad de Franco en su día podemos tener algunas esperanzas y creer que no ocurrirá nada irreparable. Pero, como otras veces te he dicho hay que hacerse el ánimo a todo, y si vienen las cosas mal a aguantarse y soportar la mala suerte. (4 de octubre de 1939)

-Aunque no hace muchos años que me conoces, tú sabes que a mí siempre me ha considerado la gente como una persona muy buena; y aun mis mayores adversarios políticos (que son los únicos que he tenido) han dicho de mi siempre: “Sí, tiene ideas un poco izquierdosas, pero es muy buena persona”. Y así siempre, desde muy pequeño. Claro, tanto decirme siempre la misma canción termina uno por aburrirse, y no gustarle tanta bonanza, pues termina uno por parecer tonto de parecer tan bueno. Así que cuando algunas veces (muy pocas) le decían a uno pillo o pícaro, o algo así por el estilo, no puedes figurarte lo ancho que me ponía y cuánto me agradaba. Pero figúrate cuán agradable sería mi sorpresa cuando un día se me encara un señor y me dice “V. es un revolucionario terrible, V. es una mala persona” etc. etc. Créeme que sentí interiormente una sensación satisfactoria y me dije: “Por fin, por fin he encontrado a alguien que me tome en serio, y creo que la verdad soy muy malo”. Miré a aquel señor, esbozando una leve sonrisa, como diciéndole “Muchas gracias, acaba V. de hacerme un hombre, pues hasta ahora sólo he sido un buen chico”. Y como la felicidad en la tierra dura muy poco, el señor, como comprendiéndome, y no queriendo que mi satisfacción durara mucho termina por decirme: “No se ría, me he informado y sé que usted no es nada de eso que le he dicho, pero es necesario que siga siendo tan buena persona como hasta ahora y…” etc. etc. Figúrate cual sería mi desilusión al ver que ni aun ahora que he sido condenado a la última pena he podido ser considerado como un mal individuo, pues hasta en mi expediente era “es persona de buenos antecedentes y conducta, pero de ideas izquierdistas muy acusadas”. Así que mis viejas ilusiones hasta última hora han fracasado. Está visto que tendré que morir siendo bueno, y esta es mi mayor desgracia. (20 de octubre de 1939)

-Acabo de recibir la tuya del 22 por la que veo te agrada escriba en plan humorístico, pero no creas que ello es debido a que sepa nada sobre mi negocio, sino que es que por lo regular aquí estamos siempre de buen humor. Sobre todo ahora que todos los domingos nos habla el padre cura y nos dice que a pesar de todos nuestros pecados es muy probable que la justicia humana nos perdone, pero que si no fuera así, de todos modos Dios nos perdonará y subiremos al cielo. Así que aunque hay un refrán que dice que la confianza mata al hombre, nosotros estamos confiados y tranquilos, pues de cualquier forma estamos seguros de que por lo menos en la otra vida seremos felices. (29 de octubre de 1939)

-El asunto está muy próximo a resolverse y creo que será bien resuelto dentro de lo que cabe. (11 de noviembre de 1939, 4 días antes de que lo fusilaran).

Miguel Aceituno Rodríguez (en el centro, con una carpeta en la mano), en la inauguración de un monumento a las víctimas de la represión franquista en Rute (18 de julio de 2006).

Miguel Aceituno Rodríguez (situado en el centro, con una carpeta en la mano), en la inauguración del monumento a las víctimas de la represión franquista en Rute (18 de julio de 2006).

Cuando me entregó la correspondencia, Miguel Aceituno Rodríguez me advirtió que no encontraba la última carta que había redactado su padre. El 2 de mayo de este año me escribió para enviármela. Lleva fecha de 11 de noviembre de 1939, cuatro días antes de que lo fusilaran. Ese día Miguel Aceituno Jiménez mandó al menos dos cartas. Una, que ya conocíamos, a su mujer, Maruja. La otra, inédita hasta el momento, va dirigida a su suegro Leoncio Rodríguez, y en ella habla con gran entereza de su “traslado”, que es la manera eufemística de llamar a su muerte. Publicamos aquí parte del mensaje que me envió Miguel Aceituno Rodríguez junto a la carta, la transcripción de la misma y una copia en formato original.

Extracto del mensaje de Miguel Aceituno Rodríguez:

No sé si te acuerdas de que te decía que en las cartas de mi padre faltaba una, quizá la más importante, la que envió a mi abuelo cuatro días antes de ser fusilado. Esa carta por fin ha aparecido. Cuando la he leído de nuevo es tal como yo la recordaba. Pensaba que ya estaba curado de todo lo que he vivido, sin embargo esta carta me ha removido todos los recuerdos de mi madre. Sé que ella no la conoció hasta unos años más tarde, pero si a mí 75 años después me invade esta tristeza, pienso en lo que sería para ella.

La carta en sí es algo impresionante: la aceptación que hace de su injusto destino, así mismo el encargo que hace a mi abuelo para que a mi madre le haga la vida más fácil y que encuentre la felicidad que se merece, que él no pudo darle. En ese momento tenía 24 años.

Por algunas de las cartas sabrás que mi madre no pudo ir a verle en los seis meses que estuvo en la cárcel. El teniente Basilio Osado no se lo permitió y la amenazó con meterla en la cárcel si salía de Rute. Mi padre siempre le contestaba a su deseo de ir que de ninguna manera fuera a verle porque cuando se marchara sería muy duro para él. Los dos se mentían mutuamente. Mi madre no podía ir a verle, sin embargo le decía que lo haría para animarle. Ella nunca le contó el calvario de condena que tenía de ir al cuartel todos los días a limpiar las letrinas y mi padre no quería que le visitara porque desde los primeros interrogatorios que sufrió quedo desfigurado y posiblemente no llegaría ni a reconocerlo.

Esto de mi padre lo he sabido cuando al cabo de los años encontré a su familia. Me contaron que en la prisión también estaba su hermano Luis, hecho que yo sabía, y este era quien les informaba de lo que allí pasaba y los escarnios a que sometían a mi padre. El ensañamiento con él fue tal que un día su hermano se cruzó en un pasillo de la cárcel con cuatro guardianes que llevaban a un preso sin conocimiento y ensangrentado y no conoció a  su hermano. Cuando comentó en el patio lo que había visto y le dijeron que era su hermano, salió corriendo a la enfermería pero no lo dejaron entrar.

Transcripción de la última carta de Miguel Aceituno Jiménez:

P.P. [Prisión Provincial] Jaén 11-11-39

Mi querido padre Leoncio: Como ya digo a Maruja mi mayor deseo es que el recibir esta se encuentren bien todos Vdes., yo sigo bien por aquí.

Le dirijo estas líneas para decirles que de un día a otro estoy esperando se solucione mi asunto. Seguramente que para cuando deba contestar a la suya próxima ya estará arreglado. Y la realidad es que no tengo gran confianza en que se arregle bien. Caso de que sea así, de que se arregle lo mejor posible, se lo comunicaré en cuanto lo sepa y de lo contrario me iré donde ya han trasladado a la mayoría de mis amigos y compañeros.

Ya sé que no tengo que decirles que miren por Maruja y nuestro hijo, pues Vdes. lo harán sin que yo tenga que pedírselo, y por eso me voy completamente tranquilo. Procuren darle a mi Miguelín una educación adecuada, conforme a la situación y criterio de Vdes. Y si algún día Maruja quiere formar un nuevo hogar digno de ella, no se lo estorben, sino al contrario, ayúdenle en ello. Por lo demás estén tranquilos, pues hasta el último minuto sabré ser lo que he sido siempre; crean que en verdad todo esto no me afecta gran cosa.

No digan a Maruja nada de esto hasta que sepan con certeza que me han trasladado.

Reciban todos Vdes. Muchos abrazos de su hijo que no puede olvidarlos nunca.

Miguel.

Carta en formato original:

ULTIMA CARTA DE MI PADRE

Documentación de interés:

Carta escrita en enero de 2007 por Miguel Aceituno Rodríguez a su abuelo Leoncio Rodríguez Mangas, alcalde socialista del Frente Popular en Rute, con motivo del cincuenta aniversario de su fallecimiento. Se puede leer en este enlace.