Soldados lucentinos fallecidos durante la guerra civil

En los estudios que se realizan sobre la guerra civil, los historiadores tendemos a dar más relevancia a las víctimas mortales de la represión que a los muertos en acciones de guerra o en los frentes de batalla, a pesar de que se calcula que suman unos 300.000 fallecidos entre soldados republicanos y franquistas. Identificar los soldados o combatientes de una localidad fallecidos en la guerra es muy complicado porque con frecuencia la inscripción de su muerte se realizaba en el Registro Civil de la localidad donde se producía, no en la de residencia, así que para contabilizarlos tendríamos que recorrer los registros civiles de muchísimos lugares de España.

Francisco Jiménez Cantero, de 34 años, fallecido el 1 de agosto de 1936 en Puente Genil.

Cuando escribí mi primer libro sobre la guerra y la represión en Lucena, en el año 1998, ya comencé e recopilar los nombres de los soldados lucentinos muertos en los frentes de guerra, pero solo pude descubrir los del bando franquista, ya que los datos que aportaban los libros de defunciones del Registro Civil se referían en exclusiva a ellos. Creemos que nunca se registraron en Lucena los soldados que murieron prestando servicio para la República, o al menos esta circunstancia no se anotó cuando se realizó su inscripción. Según el Registro Civil de Lucena, 38 hombres (entre los que se incluyen uno de Jauja y dos de Las Navas del Selpillar) murieron en acciones de guerra. Sin embargo, a través de las fichas de afiliación a la Falange, del periódico local Ideales y de los testimonios orales obtuve los nombres de otros diez que no aparecían anotados en el Registro Civil. En total, 48 muertos en acciones de guerra mientras luchaban como combatientes o soldados del Ejército franquista.

Portada del periódico Ideales dedicada a varios lucentinos muertos en el Ejército franquista (11 de octubre de 1937).

Esta lista ha quedado totalmente desfasada en julio de 2017 debido a que el lucentino Francisco Morales me ha enviado una copia de un documento original sin fecha, extraído de los papeles de su abuelo José Morales Mellado, titulado “Relación nominal de los Caídos en esta población durante el Glorioso Movimiento Nacional”, con 115 nombres, aunque existen ocho hombres que no aparecen en ella y que yo tenía identificados. Se añaden también a esta relación dos nombres más obtenidos de los listados del Santuario Nacional de la Gran Promesa de Valladolid no registrados hasta el momento por mí, con lo que el número total de fallecidos enrolados en el Ejército franquista alcanzaría los 125. A este Santuario de la Gran Promesa, al final de la contienda, desde todas las diócesis españolas se llevaron en peregrinación los listados de los “mártires de la Santa Cruzada”, es decir, los soldados del Ejército franquista difuntos y los asesinados por la represión republicana, sin diferenciar en muchas ocasiones a unos de otros. Una página en Internet, “Los otros nombres. Héroes y mártires (1936-1939)” ha publicado los nombres custodiados en el Santuario sin apenas revisarlos, de manera que de nuevo no distingue a los difuntos en combate de los que fueron víctimas de la represión. También da lugar a otras confusiones históricas, ya que hay repeticiones de nombres (por ejemplo, la misma víctima está apuntada en municipios distintos, en el que residía y en el que murió) e incluso anota a fallecidos luchando en Rusia en la División Azul a partir de 1941.

Durante la guerra civil y la dictadura de Franco se denominaba “Caídos por Dios y por España” a todos los que habían perdido la vida a consecuencia de la represión republicana o luchando en las filas sublevadas. El primer homenaje que recibían los que habían fallecido con el “nombre de Dios y de España en los labios” –así se refería el periódico católico lucentino Ideales en su edición del 11 de octubre de 1937 a los soldados del bando franquista muertos en los frentes– era un entierro multitudinario (costeado por el Ayuntamiento, incluida la sepultura y el traslado de restos), con oficios religiosos, coronas de laurel, cierre de comercios, suspensión de espectáculos públicos, himnos con el brazo extendido, vivas y desfiles a los que asistían las autoridades civiles, militares y eclesiásticas –estas, en algunas ocasiones, con cruces alzadas–.

Antonio Escudero Jiménez, de 54 años, fallecido el 21 de octubre de 1936 en Castro del Río.

De la importancia que adquirían los homenajes a los soldados fallecidos puede servir de ejemplo el que tuvo lugar el 1 de noviembre de 1937, Día de los Difuntos, cuando la Falange local rindió homenaje a sus “caídos” en el frente. Se celebró en la iglesia de Dios Padre, de la que se había hecho cargo la Sección Femenina, la organización de mujeres falangistas. Allí se instaló un catafalco cubierto con la bandera nacional y de la Falange, y sobre ellas una boina roja, un gorro de falangista y otro de soldado. Al pie, se colocó un cuadro con los soldados fallecidos rodeado por una corona de laurel y crisantemos blancos. Durante 24 horas falangistas y requetés carlistas hicieron guardia de honor, y se celebraron misas con la asistencia de las autoridades civiles y militares. El reconocimiento público también les llegó a los soldados “caídos” con la construcción de la Cruz de los Caídos en el llanete de Santo Domingo (trasladada con la llegada de la democracia a la explanada del cementerio, donde todavía se conserva sin signos políticos) o por medio de los nombres de nueve calles que aún se mantienen en el barrio de la Calzada: José Morillo Beato, Teniente Aguilar Cañete, Alférez Díaz Sánchez, Julián Guardeño Cañete, Rafael Navarro Linares, Rafael Valverde Montes, Antonio Calvo Sánchez, Antonio Escudero Jiménez y José Nieto Muñoz, este último fallecido mientras luchaba en la División Azul en 1942.

José Díaz Roldán, de 18 años, desapareció el 23 de septiembre de 1936 en la aldea de Santa Cruz.

Las recompensas para los excombatientes del Ejército franquista no solo fueron simbólicas, sino que también se materializaron en beneficios económicos. En el mes de julio de 1939, 452 hombres (285 subsidiarios y 167 adicionales) cobraban en Lucena el subsidio al excombatiente, lo que suponía un gasto para el Estado de 72.435 pesetas. Este subsidio se destinaba a ayudar, durante un periodo máximo de cuatro meses, desde la fecha de su desmovilización hasta su incorporación al trabajo, a los soldados que habían luchado en el bando franquista. También la Ley de 25 de agosto de 1939, de la Jefatura del Estado, reservaba el 80% de las plazas en la Administración para las personas del “bando nacional” (excombatientes, excautivos, mutilados, etc.), medida que se amplió a la empresa privada, con lo que antiguos servidores del nuevo régimen prácticamente coparon todos los puestos de trabajo públicos. En Lucena se adelantaron incluso a la Ley: en el mes de mayo de ese mismo año, ya encontramos solicitudes de excombatientes (avaladas por la Falange local) que, alegando su condición, solicitaban ocupar plazas en la Administración municipal.

Cruz de los Caídos, en memoria de los soldados lucentinos del bando franquista, que existía en la esquina de la plaza de los Maristas.

Cuando hablamos del Ejército republicano o del Ejército franquista hemos de tener en cuenta que los soldados que fallecieron mientras estaban alistados en ellos no tenían por qué tener esa ideología. Es verdad que algunos lucentinos, más concienciados políticamente o forzados por las circunstancias, marcharon voluntarios o se integraron en las unidades cívicas al servicio de los militares sublevados, como el Escuadrón de Caballistas Aracelitanos, que actuaron al comienzo de la contienda en incursiones en localidades de alrededor (Puente Genil, Castro del Río, Espejo, Cuevas de San Marcos, etc.). Sin embargo, la inmensa mayoría fueron movilizados por su quinta y no tenían más opción que cumplir con el llamamiento, con independencia de su ideología política. Esto explica que se produjeran con posterioridad deserciones en las líneas de frente o que soldados de ideologías republicanas o de izquierdas, como el socialista Luis Cordón Serrano, fallecieran luchando en el Ejército sublevado. La identidad de los 125 combatientes y soldados lucentinos del Ejército franquista muertos por acciones de guerra o en los frentes de batalla, más la de otros 12 soldados forasteros fallecidos o enterrados en la localidad, se puede consultar en este enlace. 

En el centro Pedro Durán Ibáñez en una fotografía de los años sesenta del siglo XX. Desertó del Ejército franquista al republicano, por lo que sufrió prisión en la posguerra.

En cuanto a los lucentinos que fallecieron en los frentes de guerra luchando a favor de la República poseemos muy pocos datos. Su número tuvo que ser muy reducido en comparación con los que defendieron la causa contraria. Como Lucena quedó bajo el dominio de los militares sublevados desde el primer día del golpe de Estado, el 18 de julio de 1936, solo tuvieron ocasión de alistarse o de servir en el Ejército republicano los mozos que en ese momento realizaban el servicio militar en esa zona, los que se encontraban allí por algún motivo y los que huyeron de Lucena, Jauja y Las Navas del Selpillar a la España republicana por el temor a la represión. Entre estos últimos encontramos a varios lucentinos que llegaron a tener grado en el Ejército republicano (los tenientes Gregorio Cabezas Cañete y José Lara Ayala, el cabo Juan Cobacho Cañete y el sargento Juan Antonio Cortés Jiménez, muerto en Villa del Río) o que fueron simples soldados (Francisco Delgado Baltanás, Antonio Fuillerat Carrasco, etc.). También hubo soldados lucentinos que desertaron del Ejército franquista y se pasaron al republicano (Juan Delgado Baltanás, Francisco Fernández Cordón, José Cárdenas Ortega, Pedro Durán Ibáñez, etc.), aunque esta operación, al igual que ser prófugo (no presentarse a filas), era arriesgada porque estaba castigada con la pena de muerte.

Tenemos constancia además de que tres de los republicanos que huyeron de Lucena (el guardia municipal socialista Blas Baltanás Peláez, de 36 años; el comunista Juan Pedro Muñoz Repullo, de 37 años; y Felipe Cortés Cabello, comunista o socialista, y presidente de la Sociedad de Agricultores) no volvieron nunca y es posible que murieran como combatientes (Juan Pedro Muñoz parece que falleció en un hospital militar en Lucena del Cid, Castellón). Existen además otras dos hombres, Antonio Santaella Cañete y un varón de apellidos Muñoz Cabeza, desaparecidos durante la guerra civil, de los que ignoramos si murieron en el frente o fusilados. Por último, gracias a un reciente estudio del historiador José María García Márquez, conocemos una relación de siete soldados republicanos lucentinos muertos o desaparecidos, que se puede consultar en este enlace.

 

 

La represión franquista en Fernán Núñez en la posguerra (1939-1943)

Fernán Núñez permaneció en manos republicanas solo una semana tras el golpe de estado del 18 de julio de 1936. El 25 de julio, una columna militar rebelde llegada desde Córdoba y acaudillada por el comandante Manuel Aguilar-Galindo y Aguilar-Galindo tomó la localidad (el episodio puede leerse en este enlace de mi blog). Un mínimo de 53 personas cayeron fusiladas aquel día en la cuneta de la carretera de Córdoba y por lo menos otras 74 serían enviadas a la tumba durante el resto del año en un pueblo que tenía 11.086 habitantes censados. Alrededor de un 15% de la población, tras la entrada de las tropas militares golpistas, huyó para escapar de la represión y se refugió durante los tres años de la contienda en Manzanares (Ciudad Real), Liria (Valencia) y en varios pueblos de la provincia de Jaén. Un buen número de hombres huidos se enroló en la columna Andalucía-Extremadura, de predominio anarquista, creada a mediados de año. En febrero de 1937 se les destinó al sector de Pozoblanco y se integraron en la 88 Brigada Mixta, ya como unidad regular del Ejército republicano. Durante casi toda la guerra, la Brigada ocupó posiciones en la zona cordobesa de Hinojosa del Duque y Belalcázar. Los fernannusenses alistados en las filas republicanas pagaron un enorme tributo de sangre, ya que al menos 54 de ellos encontraron la muerte en los campos de batalla.

4. Milicianos El Alcaparro

Milicianos de Fernán Núñez en el frente de Córdoba, en 1936.

Al desmoronarse los frentes y finalizar la guerra, el 1 de abril de 1939, los soldados republicanos supervivientes y los refugiados emprendieron el camino de regreso desde los pueblos de acogida, los campos de concentración o desde las comisiones clasificadoras de prisioneros y presentados de las distintas provincias. Los que no salieron para el exilio pronto descubrirían que la dictadura, influida por los fascismos triunfantes en Europa, había olvidado el lema de “si no has cometido crímenes no tienes nada que temer” y lo sustituyó por la simple y llana política de la venganza, en acertada definición del historiador Paul Preston. Las condiciones de regreso de los refugiados resultaron lamentables. Volvían hacinados en cualquier medio de locomoción y arrastrando consigo sus pocas pertenencias, en un estado sanitario deplorable. Por ello, el 17 de abril de 1939 el jefe de la Junta Provincial de Sanidad avisaba a la Junta correspondiente de Fernán Núñez de la amplia incidencia de sarna y de otras dermoparasitosis entre los retornados de la zona republicana, e indicaba que se adoptaran las medidas oportunas de aislamiento y desinfección. De acuerdo con las pormenorizadas fichas individuales de huidos que se conservan en el Archivo Histórico Municipal de Fernán Núñez, al finalizar la guerra regresaron al pueblo 440 mujeres, 271 hombres, un número indeterminado de niños menores de 16 años y 688 combatientes que habían luchado en las filas republicanas.

5. Juventudes Libertarias

Miembros de las Juventudes Libertarias. De pie, de izquierda a derecha: Antonio Álvarez Eslava “Patirri”, Juan Toledano Hidalgo y Antonio Castillo Frías (cabo de la 88 Brigada). Agachados, de izquierda a derecha, Juan Montilla Jiménez (sargento de la 88 Brigada) y Francisco Molero Luna (con el periódico Solidaridad Obrera en las manos). Los dos últimos murieron en el frente.

Los retornados a Fernán Núñez debían presentarse ante la Guardia Civil, que en un plazo de ocho días elaboraba un breve dossier sobre los antecedentes, conducta y actividades político sociales del evacuado –antes y después del comienzo de la guerra–, en el que se incluían los informes de la Guardia Civil, las manifestaciones de “tres vecinos intachables” y las denuncias y declaraciones de cuantos quisieran comparecer, que en Fernán Núñez fueron bastantes. Si la información final que se obtenía del primer atestado elaborado por la Guardia Civil era desfavorable, se detenía al evacuado. En Fernán Núñez hemos conseguido identificar a casi todos los cautivos porque en el Archivo Histórico se conserva un tomo de páginas con el nombre de los reos, para el que los represores reutilizaron un antiguo libro de registro de las reses sacrificadas en el matadero, prueba de la consideración que les merecían los detenidos. Tras ingresar en prisión, la justicia militar reiniciaba el proceso contra el encausado. El juez instructor requería a la alcaldía, a la Falange y a la Guardia Civil para que volvieran a informar sobre la actuación del prisionero y para que facilitaran nombres y domicilios de “personas de reconocida solvencia” que pudieran ejercer de testigos o denunciantes en el proceso. Se estableció así una verdadera justicia al revés, en la que los que habían permanecido fieles a la legalidad republicana eran acusados de rebeldes y sentenciados por los propios sublevados.

9. Yuste Álvarez, Alfonso

Alfonso Yuste Álvarez, delegado en el Congreso Provincial de las Juventudes Socialistas Unificadas, celebrado en Pozoblanco el 24 de septiembre de 1936, y comisario político de su compañía durante la guerra civil. Fue condenado a 30 años de cárcel.

Al principio, a los detenidos se les internaba en la cárcel municipal. Con posterioridad, se habilitó como prisión un cine céntrico de Fernán Núñez, donde se amontonaron unos doscientos reclusos, algunos de ellos del vecino pueblo de Montemayor. Los militares que custodiaban el local impidieron en dos ocasiones el asalto de los falangistas, quienes pretendían realizar sacas de prisioneros para tomarse la justicia por su mano. Bajo la cobertura de un régimen totalitario en el que los derechos humanos y las convenciones internacionales sobre el trato a los prisioneros de guerra eran violados, la tortura se convirtió en el método idóneo para castigar y para obtener de los detenidos las confesiones que sus captores querían. Con este objetivo, la Guardia Civil entraba de vez en cuando en la cárcel para apalear y atemorizar a los presos. Nada detenía a los verdugos en su afán de castigar a los internos. Un día, delante de todos los demás reclusos, torturaron a Amor Jiménez García, Pedro Antúnez Luna y Antonio Naranjo Ortega rompiéndoles una silla en la cabeza, a pesar de que los dos últimos eran inválidos. Las palizas, con puños y vergajos, continuaban cuando los reos acudían al cuartel de la Guardia Civil para testificar. Las humillaciones públicas también se aplicaban con frecuencia. En una ocasión sacaron de la cárcel a los concejales de Izquierda Republicana para que con unas pequeñas azadas, que dificultaban su trabajo, limpiaran la hierba que había crecido en el empedrado de la plaza del Ayuntamiento.

10. García Crespo, Andrés

Andrés García Crespo, soldado de la 88 Brigada, condenado a 12 años de cárcel, preso en un batallón de trabajadores en Punta Calea (Vizcaya).

El 1 de octubre de 1939 se realizó un masivo traslado en camiones de 146 reclusos –atados con alambres y esposas– a Montilla, lo que supuso un momento generalizado de angustia para los prisioneros y sus allegados, que desconocían el objeto del viaje. Cuando llegaron a Montilla los internaron en las escuelas del convento de San Luis, donde el hacinamiento obligó a que un gran número de ellos tuviera que dormir en el patio, ya que el recinto albergaba un mínimo de 646 internos. Su manutención era costeada por el Ayuntamiento de Fernán Núñez a razón de 1,15 pesetas por preso y día. Los condenados a 30 años de reclusión salieron para la prisión de El Puerto de Santa María (Cádiz) en septiembre de 1940. A mediados del mes siguiente, los demás reclusos llegaron a las cárceles de Córdoba, convertidas en auténticos campos de exterminio en la posguerra, con cifras de defunciones aterradoras. Según el historiador Francisco Moreno Gómez, aparte de los fusilados, en el año 1941 perecieron allí 502 reclusos, unos por tifus y otros por hambre, pues oficialmente la Dirección General de Seguridad no exigía que se administrara una ración diaria superior a las 800 calorías, cuando una persona inactiva necesita al menos 1.200 para sobrevivir. Como consecuencia de la política carcelaria del franquismo, cinco fernannuñenses encontraron la muerte en la cárcel de Córdoba, dos fallecieron en la prisión de San Juan de Mozarrifar (Zaragoza) y en el Batallón Disciplinario de Soldados Trabajadores de Larache (Maruecos), y otros dos, hermanos, en la cárcel de El Puerto de Santa María.

Como en otros pueblos de la provincia, para atender la instrucción de tantos consejos de guerra se designó juez militar especial de Fernán Núñez a Rafael Moreno Lovera, quien también amplió sus competencias a la vecina localidad de Montemayor. El día 7 de junio de 1939 le sustituyó Vicente Romero Cerrillo, que alternó su trabajo con Ángel Méndez Espejo. Un buen número de fernannuñenses fueron procesados en Montilla, en el Juzgado Militar de Córdoba nº 4 (en el que ejercía de juez militar instructor el capitán de Caballería Antonio Jiménez Jiménez), y en el nº 18 de la misma ciudad (en el que actuaba de capitán juez Cipriano Iglesias Piñeiro). En casi todos los consejos de guerra celebrados contra los fernannuñense en Córdoba intervino de fiscal el abogado Demetrio Carvajal Arrieta, vicepresidente de la Diputación durante la dictadura de Primo de Rivera, y alcalde y jefe local de la Falange en Pozoblanco, tras la toma del pueblo por los franquistas. En 1939 se convirtió en capitán jurídico de la Auditoría de guerra y siempre solicitó condenas muy duras para los procesados. En la posguerra, diez fernannuñenses fueron sentenciados a pena de muerte y fusilados en la localidad, en Montilla, Córdoba y Alicante.

En mi libro La campiña roja. La represión franquista en Fernán Núñez (1936-1943), cuya última edición es de 2009, dedico el capítulo IV entero, titulado “La guerra no ha terminado”, a analizar las múltiples formas de la represión habida en el pueblo durante la posguerra. En el último de sus apartados, “El yugo de la victoria”, se narran de manera pormenorizada algunas de ellas y puede leerse completo en este enlace.

A continuación añado también otros enlaces con los nombres de 702 hombres que lucharon en el Ejército republicano, 54 soldados republicanos que murieron en los frentes de guerra, 252 presos en posguerra, 9 reclusos muertos en las cárceles, 10 fusilados en posguerra y 410 personas que sufrieron expedientes de incautación de bienes y de responsabilidades políticas. Al final, publico unas tablas numéricas de la represión en el pueblo y de cifras globales de la represión en Fernán Núñez, Córdoba, Andalucía y España.

Listado de víctimas de la represión franquista y de la guerra civil en Rute

En el centro, el albañil Juan Antonio García Algar, de 24 años, uno de los asesinados el 28 de agosto en La Pililla.

En el centro, el albañil Juan Antonio García Algar, de 24 años, uno de los asesinados el 28 de agosto en La Pililla.

El triunfo de la rebelión golpista en Sevilla el 18 de julio de 1936, de la mano del general Queipo de Llano, determinó la suerte de varias capitales del sur de España. En Córdoba, el coronel Ciriaco Cascajo Ruiz, siguiendo las instrucciones transmitidas por Queipo, leyó el bando de guerra en el cuartel de Artillería a las cinco de la tarde. Entre los militares que intervinieron muy activamente a favor de la rebelión en la ciudad en aquella jornada destacaron dos oficiales nacidos en Rute: el teniente de la Guardia Civil Francisco Roldán Écija y su hermano Diego, que era capitán. Durante la tarde y la noche los militares insurrectos, con la colaboración de miembros de la oligarquía y de los derechistas, tomaron los edificios públicos y los servicios de correos, telégrafos y telefónica, desde donde ordenaron a los cuarteles de todos los pueblos que se proclamara el bando de guerra, se apresara a las autoridades republicanas y se apoderaran de las Casas del Pueblo y de los edificios municipales. Las llamadas de los militares rebeldes encontraron un amplio eco, pues se sublevaron 47 de los 75 pueblos de la provincia de Córdoba. En Rute, desde la misma noche del 18 de julio, la Guardia Civil, comandada por el teniente Basilio Osado Labrador y apoyada por un numeroso grupo de derechistas, se apoderó de la localidad, impuso el bando de guerra y desató una feroz represión sin que los republicanos ofrecieran resistencia.

El juez Salvador Villanueva Porras, de 28 años. Murió asesinado en Lucena el 18 de agosto de 1936.

El juez Salvador Villanueva Porras, de 28 años. Murió asesinado en Lucena el 18 de agosto de 1936.

Los militares sublevados el 18 de julio de 1936 sabían que les iba a faltar el apoyo de gran parte de los españoles, por lo que idearon una estrategia represiva, programada con antelación, para impedir por medio del terror la reacción de sus opositores. Son bastante conocidos los numerosos documentos que desde antes del golpe de estado circulaban entre los conjurados para la preparación de la insurrección militar. En ellos se incitaba a la utilización de una violencia indiscriminada para eliminar a los contrarios y de camino convencer, o al menos paralizar, a los indecisos. Por ejemplo, el general Emilio Mola Vidal, “director” de la conspiración militar”, en una “instrucción reservada” enviada a los demás conspiradores el 25 de mayo de 1936, dos meses antes del golpe de estado, les advertía de que la acción habría de ser “en extremo violenta” y que tendrían que aplicar “castigos ejemplares”. En la misma línea, el 30 de junio aludía en sus documentos a “eliminar los elementos izquierdistas: comunistas, anarquistas, sindicalistas, masones, etc.”. Ya en la noche del 17 de julio, cuando la insurrección no había llegado aún a la Península y los republicanos no habían movido un solo dedo para oponerse a ella, los militares sublevados asesinaron a 225 personas en las posesiones españolas en Marruecos anticipando el método que iban aplicar para conseguir el triunfo en toda la Península.

El principal obstáculo al que se enfrenta un historiador que desee investigar sobre la guerra civil y la represión franquista es la destrucción y el expolio de los archivos, palpables en varios pueblos del sur de Córdoba. En Rute, como fruto de los sucesivos traslados que ha sufrido el Archivo Histórico Municipal y de la evidente dejadez con que ha sido tratado, parte de la documentación que se conserva se encuentra amontonada en cajas, desordenada y sin catalogar, lo que ha dificultado el estudio de los acontecimientos acaecidos en el pueblo y el verdadero alcance de la represión.

Juan Pelagio Rojas Roldán, de 26 años, asesinado el 28 de agosto de 1936 en La Pililla, tras volver de Cuevas de San Marcos.

Juan Pelagio Rojas Roldán, de 26 años, asesinado el 28 de agosto de 1936 en La Pililla.

Los libros de defunciones del Registro Civil constituyen la fuente primordial para el estudio de la mortalidad durante la guerra. Sin embargo, desde el primer momento hubo un claro interés de las autoridades franquistas en esconder la represión que se había desatado, por lo que a través de los registros civiles es imposible concretar una cifra válida de víctimas republicanas, ya que muchas no se inscribieron o se anotaron falseando la causa de la muerte. Hasta los años ochenta del siglo pasado, ya en el periodo democrático, no consta en las hojas de los libros de defunciones del Registro Civil de Rute que la causa de la muerte de los asesinados es por “disparo de arma de fuego” o por “fusilamiento”. Con anterioridad, el motivo es siempre “desaparecido”, concepto que también encontramos en toda la documentación oficial. “Desaparecido, suponiéndole muerto” escribieron a lápiz en la ficha de recluta del albañil Francisco José Henares Porras que se conserva en el archivo municipal, cuando en realidad lo asesinaron el 28 de agosto de 1936, aunque nunca fue registrado.

Otro obstáculo para la correcta inscripción de los asesinados residía en que la administración judicial quedó en manos de adeptos al nuevo régimen que subordinaban la profesionalidad a la obediencia a los principios del Glorioso Movimiento Nacional, lo que explica carencias fundamentales en los registros. Por otro lado, el impacto de la represión resultó tan enorme que muchas familias no inscribían a sus allegados  por temor a sufrir la misma desgracia, por vergüenza o por desánimo ante las dificultades que se les planteaban, como por ejemplo la obligación de realizar el asiento anotando a los asesinados como fallecidos por muerte natural, a lo que muchas se negaron. Con tantos impedimentos y limitaciones se comprende que en bastantes municipios cordobeses (como ocurre en Rute, donde solo se inscribieron un tercio de los asesinados), figuren anotadas en los libros de defunciones del Registro Civil cifras muy bajas de víctimas de la represión franquista. Por desgracia, es muy probable que nunca consigamos identificar tantas víctimas desconocidas y que su número engrose, ya de manera definitiva, el listado de decenas de miles de desaparecidos ocasionado por los golpistas en España a partir del 18 de julio de 1936.

La caza de los republicanos en Rute resultó fácil, pues la Guardia Civil se había apoderado el día 18 de julio de 1936 de los libros de registro de los afiliados a los partidos políticos y sindicatos, según reconoció el teniente Basilio Osado, comandante militar de Rute desde el inicio de la guerra, en sus informes para los consejos de guerra que se celebraron al final de la contienda. Casi todos los fusilados eran trabajadores (jornaleros del campo, albañiles, zapateros, etc.). Tan rápido actuó el huracán represivo que los 49 asesinados, menos uno, cayeron fusilados en los meses de agosto y septiembre de 1936 en las tapias del cementerio, la finca de La Pililla en las cercanías de Encinas Reales, la carretera de Jauja en Lucena o en las cunetas de cualquier camino.

El barbero Vicente Sánchez Montez, vocal de la junta directiva del PSOE en 1930. Lo fusilaron en Málaga el 12 de marzo de 1937.

El barbero Vicente Sánchez Montes, vocal de la junta directiva del PSOE en 1930. Lo fusilaron en Málaga el 12 de marzo de 1937.

Las cuatro primeras inscripciones de asesinados en el Registro Civil de Rute se realizan el 8 de junio de 1937, como consecuencia del expediente tramitado al amparo del Decreto de 10 de noviembre de 1936 que regula el asiento de los desaparecidos. Los anotados son el secretario de la notaría Juan José Rodríguez Rodríguez, el juez Salvador Villanueva Porras, el albañil Juan Antonio García Algar y el zapatero Antonio Cobos Fernández. En la década de los cuarenta se inscriben tres nuevos fusilados (el primero de ellos en 1945), cuatro en los cincuenta y otros cinco más entre los años 1981-1982, como consecuencia de la Ley de pensiones de guerra de 1979, aunque tres son foráneos (dos de Iznájar y uno de Cuevas de San Marcos). Por tanto, la mayoría de las inscripciones se producen fuera del plazo legal, muchos años después de que se hubieran producido los asesinatos. Todo esto explica que existan muertes registradas en más de una ocasión (como la del guarda forestal Juan Miguel Guerrero Curiel, inscrito el 30 de junio de 1954 y el 26 de mayo de 1981; la del vicesecretario de la agrupación socialista Antonio Porras Moreno, asentado el 22 de julio de 1955 y el 10 de agosto de 1982; o la de Vicente Sánchez Montes, anotado en Rute y en Málaga) y que los datos de los registros civiles no sean fiables a la hora de estudiar destalles históricos importantes de los fusilados, como el lugar y la fecha de su muerte o el oficio que tenían.

Juan José Rodríguez Rodrígez, hermano de Maruja, fusilado el 18 de agosto de 1936

Juan José Rodríguez Rodríguez, secretario de la Agrupación Socialista y empleado de la notaría, fusilado el 18 de agosto de 1936.

En noviembre de 2004 edité mi libro Desaparecidos. La represión franquista en Rute (1936-1950), que se agotó en solo dos meses, hubo que reimprimirlo en enero de 2005, y volverlo a editar, corregido y ampliado, en mayo de 2007. Si no hubiéramos acometido en aquel momento ese trabajo de investigación sobre Rute, es decir, si hubiéramos aplicado la política del olvido, es probable que nunca nos hubiéramos enterado de que la represión franquista se llevó por delante la vida de 49 vecinos fusilados en 1936, y no solo a los 16 que se inscribieron en los registros civiles, o de que al menos otros cinco murieron en las cárceles de Franco, dos fusilados en posguerra, otros dos en los campos nazis, siete mientras luchaban en la guerrilla o actuaban de enlaces, de que al menos cuarenta padecieron prisión en posguerra y que otros 139 sufrieron expedientes de represión económica. En el estudio de la represión, el tiempo trascurrido, lo mismo que la emigración en los años cincuenta y sesenta de los represaliados y de sus descendientes a las zonas urbanas para escapar del opresivo fascismo rural, no juega a nuestro favor. Dentro de unos pocos años, cuando las personas que aún mantienen memoria de los hechos desaparezcan o no podamos localizarlas porque viven en otros lugares, será imposible reconstruir el verdadero alcance de la represión franquista. Los partidarios de “no remover el pasado”, en consecuencia, deberían reflexionar sobre el enorme daño que causa al conocimiento histórico el “olvido” de las cuestiones relativas a la investigación de la violencia durante la guerra civil y la posguerra.

Las listas de víctimas que publico a continuación se basan en mi libro antes citado, con la inclusión de nuevos datos obtenidos por testimonios orales, como el de María Zamora Cobos, desde Elche, sobre su abuelo José María Cobos Caballero, preso en 1950; el de Carmen Cano Rodríguez, desde Gijón, sobre su bisabuelo Rafael Cano Tenllado, fusilado en 1936; el de Rocío Ordóñez Rivera, desde Madrid, sobre su abuelo Jacinto Ordóñez Romero, también fusilado; y desde Sevilla el de la familia de los hermanos Mariano y Luis Gutiérrez Pino, uno fusilado y otro muerto en el frente. Ninguno de estos hombres asesinados aparece inscrito en el Registro Civil como fallecido. En la relación incluimos también los nombres de los soldados republicanos que hemos podido rescatar, y de soldados republicanos y del Ejército franquista que murieron en el frente o a consecuencia de heridas de guerra. El nombre de las víctimas de la represión y de la guerra en Rute se puede consultar en este enlace.

OTRAS FOTOS DE REPRESALIADOS

El jornalero Juan José Guerrero Montes “Sermones”, de 35 años, asesinado el 1 de agosto de 1936.

El jornalero Juan José Guerrero Montes “Sermones”, de 35 años, asesinado el 1 de agosto de 1936.

El jornalero Rafael Roldán Arcos (izquierda), de 34 años, fusilado el 1 de agosto de 1936. Su hermano Francisco (derecha) murió al finalizar la contienda en un campo de concentración en Málaga.

El jornalero Rafael Roldán Arcos (izquierda), de 34 años, fusilado el 1 de agosto de 1936. Su hermano Francisco (derecha) murió al finalizar la contienda en un campo de concentración en Málaga.

El taxista Galo Piedra, fusilado en Alhama de Granada en 1937.

El taxista Galo Piedra, fusilado en Alhama de Granada en 1937.

El campesino Francisco Alfonso Muñoz Baena, fusilado en La Pililla el 22 de septiembre de 1936.

El campesino Francisco Alfonso Muñoz Baena, fusilado en La Pililla el 22 de septiembre de 1936.

El jornalero Antonio Caballero Trujillo, de 33 años, fusilado en septiembre de 1936.

El jornalero Antonio Caballero Trujillo, de 33 años, fusilado en septiembre de 1936.

El socialista Domingo Pulido Tirado fue asesinado en el mes de septiembre de 1936 junto a su cuñado Antonio Caballero Trujillo.

El socialista Domingo Pulido Tirado fue asesinado en el mes de septiembre de 1936 junto a su cuñado Antonio Caballero Trujillo.

Miguel Jurado Romero, tesorero del PSOE y concejal del Frente Popular, fusilado en Lucena.

Miguel Jurado Romero, tesorero del PSOE y concejal del Frente Popular, fusilado en Lucena.

El talabartero Juan Crisóstomo Tejero Molina se refugió en la casa de su hermana en Cuevas de San Marcos tras huir de Rute. Lo asesinaron cuando regresó.

El talabartero Juan Crisóstomo Tejero Molina se refugió en la casa de su hermana en Cuevas de San Marcos tras huir de Rute. Lo asesinaron cuando regresó.

Víctimas mortales de la represión en Montilla durante la guerra civil y la posguerra

El triunfo de la sublevación militar del general Queipo de Llano en Sevilla el 18 de julio de 1936 condicionó de forma decisiva los sangrientos acontecimientos posteriores en la provincia cordobesa. A las dos y media de la tarde Queipo telefoneó al también conspirador coronel Ciriaco Cascajo Ruiz, jefe del cuartel de Artillería de Córdoba, para que iniciara la rebelión. A las tres, Cascajo le comunicó al gobernador civil republicano Rodríguez de León el alzamiento militar de Queipo y le advirtió de sus propias intenciones de proclamar el estado de guerra y de asumir el mando del gobierno cordobés. A las cinco, el coronel Cascajo ya leía el bando de guerra en el patio del cuartel de Artillería en medio de la euforia de los derechistas y terratenientes armados que allí se habían congregado, entre ellos el carlista José Mª de Alvear y Abaurrea –hijo mayor del montillano conde de la Cortina, Francisco de Alvear y Gómez de la Cortina–, quien se convertiría en vocal de la nueva Comisión Gestora de la Diputación.

En Montilla, el 18 de julio de 1936 se repitió el mismo esquema que en otros pueblos cordobeses donde triunfó con rapidez la sublevación militar. Tras recibir desde la capital órdenes de sumarse a la rebelión, la Guardia Civil, comandada por el capitán Luis Canis Matute, se hizo aquel mismo día con el control de la localidad. La violencia usada en los primeros momentos por los sublevados, la nula resistencia ofrecida por los republicanos en las horas siguientes y la huida de miles de personas hacia la localidad vecina de Espejo permitirían a los guardias civiles y a los derechistas armados controlar a los casi veinte mil habitantes de la localidad sin demasiados problemas. A las 9 de la mañana del 19 de julio, el gobernador militar rebelde telegrafiaba desde Córdoba al capitán de la Guardia Civil para que se incautase del Ayuntamiento y declarara el estado de guerra. En cumplimiento de esta orden, José Cubero Blanco, sargento del regimiento de Infantería de Cádiz número 33, de permiso de verano en Montilla, se encargó en la misma mañana de la alcaldía. Al día siguiente, se emitió el bando de guerra.

36.Francisco García Carrasco, escribiente del Ayuntamiento, secretario de la Sociedad obrera La Parra Productiva y de la Casa del Pueblo. Fue fusilado el 31 de julio de 1936.

Francisco García Carrasco, escribiente del Ayuntamiento, secretario de la Sociedad Obrera La Parra Productiva y de la Casa del Pueblo. Fue fusilado el 31 de julio de 1936.

A partir de ese momento la Comandancia Militar de Montilla, principal órgano de donde emanaban las órdenes represivas, permaneció bajo la jefatura de oficiales que con anterioridad ya habían demostrado su valía en el uso de la fuerza, lo que garantizó que la localidad fuera gobernada con mano de hierro en los años de la contienda. El día 1 de septiembre de 1936, el general Queipo de Llano nombró comandante militar al capitán de Infantería retirado Mariano Requena Cordón, quien ya había sido designado el 8 de octubre de 1934 delegado de Orden Público de la localidad por el comandante militar de la provincia Ciriaco Cascajo –principal artífice de la rebelión del 18 de julio en Córdoba–. En octubre de 1936, cuando Mariano Requena se incorporó al ejército, lo sustituyó el capitán de la Guardia Civil Francisco López Pastor, quien también había dirigido la represión en Montilla tras los sucesos de octubre de 1934 y había abanderado la insurrección golpista en Cabra en 1936. Luis Canis Matute, el capitán que se había sublevado y había emitido el bando de guerra en Montilla, volvió a ser la máxima autoridad militar en agosto de 1937, hasta que fue relevado al año siguiente por el también capitán de la Guardia Civil Luis Castro Samaniego. Este tenía, asimismo, la experiencia de haber dirigido la rebelión y la represión en Lucena, donde era conocido con el apodo de “Teniente Polvorilla”. La sede de la comandancia se instaló en septiembre de 1936 en la calle Teniente Gracia, en una casa donada por Juan Luque Cabello. Con posterioridad se trasladó a la calle San Francisco Solano.

La “dialéctica de los puños y de las pistolas” de la que había hablado José Antonio Primo de Rivera, en lo que se considera el acto de fundación de Falange Española en el Teatro de la Comedia de Madrid, el 29 de octubre de 1933, tuvo una ocasión de oro para aplicarse en la Montilla que vivió bajo el yugo del bando de guerra. Mientras la sangre corría, no hubo ni juicios ni consejos de guerra ni ninguna argucia legal que intentase justificar la masacre. El bando de guerra permitió el “terror caliente” de las detenciones masivas, las torturas sistemáticas y las ejecuciones irregulares en las tapias del cementerio, en los caminos y en los campos. Cayeron víctimas de la matanza socialistas y afiliados a los gremios de la Casa del Pueblo, militantes de las JSU, comunistas, cargos políticos y sindicales, funcionarios desafectos, espiritistas, personas que se habían significado en la defensa de los derechos de los trabajadores y en las reclamaciones laborales o que habían sido concejales. Pero también se exterminó a personas apolíticas o que tuvieron la mala suerte de verse envueltas, por simples circunstancias de la vida, en el rápido torbellino de la muerte que atrapó a la población. Tan urgente resultó el vendaval represivo que la inmensa mayoría de las víctimas cayó en los tres primeros meses de la contienda. A partir de octubre de 1936 sólo conocemos el fusilamiento de cuatro personas, dos de ellas en Córdoba.

37.José Gama Rodríguez, primer presidente de las Juventudes Socialistas cuando se fundaron en 1927. Vocal de la junta directiva de la Casa del Pueblo y vigilante del mercado de abastos, fue fusilado el 31 de julio de 1936 en El Lechinar.

José Gama Rodríguez, vocal de la junta directiva de la Casa del Pueblo y vigilante del mercado de abastos, fue fusilado el 31 de julio de 1936 en El Lechinar.

Los militares implicados en la conspiración tenían muy claro que la violencia iba a ser una de sus principales armas para asegurarse el éxito del golpe de estado. En los documentos que circulaban entre ellos desde meses antes de la rebelión se incitaba a la utilización de una represión indiscriminada para eliminar a los posibles opositores. El general Emilio Mola Vidal, director de la trama castrense, en una “instrucción reservada” enviada a los demás insurrectos el 25 de mayo de 1936, casi dos meses antes del golpe de estado, ya les advertía de que la acción tendría que ser “en extremo violenta” y de que tendrían que aplicar “castigos ejemplares”, y el 30 de junio decía, textualmente, que debían “eliminar los elementos izquierdistas: comunistas, anarquistas, sindicalistas, masones, etc.”. En consecuencia, la violencia fue una táctica ejercida por los sublevados desde el primer el primer día de la guerra. Ya en la noche del 17 de julio, cuando la insurrección no había llegado todavía a la Península, los militares golpistas asesinaron a 225 personas en las posesiones españolas en Marruecos, anticipando el método que iban aplicar durante los tres años siguientes.

Voceros de la sangre y de “echar al carajo toda esa monserga de derechos del hombre, humanismo, filantropía y demás tópicos masónicos” –como había dicho el gobernador de Burgos y coronel golpista Marcelino Gavilán– no faltarían entre los mandos militares sublevados en aquellos primeros días de la guerra. El general Franco en su bando de guerra del 18 de julio exigía “inexcusablemente que los castigos sean ejemplares” y que se impusieran “sin titubeos ni vacilaciones”. Diez días más tarde, en una entrevista periodística respondió que estaba dispuesto a conseguir sus objetivos “al precio que sea”, aunque tuviera que fusilar a media España. Mientras, en el sur, el general Queipo de Llano, en su alocución radiada del 26 de agosto, proclamó que quedarían borradas las palabras “perdón” y “amnistía”. El joven montillano José Cobos Jiménez, delegado de prensa y propaganda del sindicato falangista universitario, reflejaría también esta cultura de la muerte, influida por la luz de la fusilería, con estas palabras: “Falange no puede vivir de la tolerancia, su función primera ha de ser la imposición, de despertar inquietudes. No caben en ella las habilidades cautelosas ni las retiradas prudentes. Su táctica es ir a buscar el peligro, pelear y morir; ofrendar víctimas y hacerlas, porque sólo la sangre fecunda las grandes ideas” (revista Yugo, 30 de septiembre de 1937).

16.Un patrono denunció al ferroviario socialista José Algaba Rodríguez. Murió fusilado en las tapias del cementerio de Puente Genil el 24 de agosto de 1936.

Un patrono denunció al ferroviario socialista José Algaba Rodríguez. Murió fusilado en las tapias del cementerio de Puente Genil el 24 de agosto de 1936.

En Montilla, a la represión desatada por los golpistas locales se añadió la de distintas columnas militares que, a su paso por la localidad, se otorgaban el privilegio de colaborar en la necesaria labor de limpieza de los “elementos marxistas” y de los “rojos”. Debido a su posición estratégica en la campiña, Montilla se convirtió en un continuo ir y venir de tropas españolas y extranjeras en su labor de conquista de los pueblos de alrededor. Sólo en los primeros días de la guerra pasaron, entre otras, las columnas de Sáenz de Buruaga (28 de julio a Baena y 22 de septiembre a Espejo), la del comandante de Infantería Rafael Corrales Romero y del capitán de corbeta Ramón de Carranza (1 de agosto a Puente Genil), la del comandante del Tercio Pedro Pimentel Zayas (5 de agosto)  y la del general Varela (6 de agosto a Castro del Río y 11 de agosto a Antequera). Aparte de las columnas militares que llegaron del exterior, el teniente de la Guardia Civil Cristóbal Recuerda Jiménez –que había abanderado la sublevación en el vecino pueblo de Fernán Núñez– realizó también algunas incursiones represivas en tierras montillanas durante el verano de 1936.

Sin embargo, a pesar de la oleada de fusilamientos que sufrió la población montillana, de forma oficial las autoridades mantuvieron una ignorancia continua y calculada sobre la represión mortal que ellas mismas estimulaban, ejercían y protegían. Cuando Francisca López Luque inició los trámites para la inscripción de la muerte de su marido Francisco Jordano Panadero en el Registro Civil, el juzgado pidió un informe a la alcaldía. El jefe de Policía, Rafael Sotelo Tejada, contestó en un escrito que “fue encontrado muerto en este término municipal y en la fecha indicada tal vez al tener un encuentro con la fuerza pública”. Similar respuesta encontró Josefa González Vega cuando, en julio de 1937, promovió la inscripción de la defunción de su esposo, el también fusilado Antonio Arcos Real. De nuevo Rafael Sotelo volvió a emitir un informe, el 10 de julio, en el que se reconocía que el 8 de septiembre de 1936 “salió en compañía de otros para la capital, por orden de la autoridad militar, ignorándose lo que haya ocurrido después y el lugar donde se encuentra”. La misma negación de la barbarie represiva se mantuvo durante la posguerra. En julio de 1941, en un informe que emitió la alcaldía sobre Luis León Espejo para el juzgado de responsabilidades políticas, al referirse a su hijo Juan León Arroyo, se decía que “se desconoce su paradero”, cuando en realidad había sido fusilado.

18.El sastre Pedro Armenta Vargas (sentado, primero por la derecha), tesorero y bibliotecario de la sociedad espiritista Amor y Progreso, fusilado en las tapias del cementerio el 8 de septiembre de 1936.

El sastre Pedro Armenta Vargas (sentado, primero por la derecha), tesorero y bibliotecario de la sociedad espiritista Amor y Progreso, fusilado en las tapias del cementerio el 8 de septiembre de 1936.

El tema de los desaparecidos nos conduce a la cuestión de las cifras, de la cuantificación de la represión. Difícil, por no decir imposible, es establecer una relación aproximada de las víctimas de la represión golpista, pues si los “rojos” no valían nada vivos, menos contaban después de muertos. Todas las inhumaciones fueron ilegales, ya que en los libros del cementerio de Montilla no aparece inscrito como enterrado ni uno solo de los ejecutados durante la guerra. Tampoco los libros de los registros civiles, fuentes naturales para el estudio de las defunciones, son unos documentos fiables a la hora de concretar el número total de asesinados, ya que la administración judicial se dejó en manos de leales al nuevo régimen, lo que explica muchas carencias legales. Por otro lado, el impacto sicológico de la represión fue tan brutal que muchas familias no inscribían a sus deudos “rojos” por el temor a padecer la misma desgracia. El miedo y la dictadura pervivieron durante muchos años, de manera que la inscripción no se materializaba si los familiares no lo intentaban o renunciaban ante las dificultades, el desconocimiento, la incultura o porque emigraban de la localidad, lo que explica que en bastantes pueblos de Córdoba solo conste en el Registro un tercio de las víctimas de la represión.

Durante los tres años de guerra se inscribieron en el Registro Civil de Montilla solo 19 fusilados (seis en 1936, ocho en 1937, uno en 1938 y cuatro en 1939). Pero, que sepamos, todos los fusilamientos (menos cuatro) se produjeron entre los meses de julio y septiembre de 1936. Por tanto, la inmensa mayoría de las inscripciones se realizaron fuera de plazo, en la década de los cuarenta y cincuenta, muchos años después de que se produjeran los fallecimientos. Incluso tras la Ley de Amnistía de octubre de 1977 se anotaron dos nuevos nombres, el de Manuel Párraga Osuna (en abril de 1981) y el de un vecino  de Castro del Río, José Víctor Parrado Rodríguez (en diciembre de 1981), de 35 años, fusilado a las siete de la mañana del 16 de octubre.

Los registros tampoco son fiables a la hora de estudiar detalles históricos o personales importantes de los fusilados, como el lugar de la defunción, la fecha o su oficio, que en muchas ocasiones se falseaba (a los funcionarios nunca se les registraba con su profesión). Por ejemplo, de los cinco inscritos como fusilados en la entonces aldea montillana de Santa Cruz, sólo uno consta con la fecha exacta del fallecimiento. Además, siempre se utilizaba un eufemismo para ocultar la verdadera causa de la muerte. En los abatidos por los disparos de la Guardia Civil en la madrugada del 19 de julio aparece como causa “hemorragia interna”. En los demás se escribe “por disparo de arma de fuego” o “en un encuentro con la fuerza pública con motivo del glorioso movimiento salvador de España”, aunque en los inscritos a finales de los años cuarenta ya aparece la expresión “por aplicación del bando de guerra”.

17.El ferroviario anarquista José Santiago Jiménez, fusilado el 6 de agosto de 1936 en la vereda de Los Limones.

El ferroviario anarquista José Santiago Jiménez, fusilado el 6 de agosto de 1936 en la vereda de Los Limones.

Hemos localizado en la correspondencia de la alcaldía algunos documentos que hacen referencia a la magnitud del reinado del terror, auque son poco clarificadores. Según comunicó el alcalde al gobernador –en un informe elaborado con la ayuda del cura, el médico y el maestro más antiguo de la localidad– el 9 de enero de 1937 existían “como consecuencia de los actuales acontecimientos 70 viudas pobres, 89 ancianos impedidos para el trabajo y 65 mujeres abandonadas por sus maridos con 200 hijos”. El 17 de agosto el alcalde volvía a informar de que el Comedor de Caridad, las Conferencias de San Vicente de Paul y el Ropero de Nuestra Señora del Rosario socorrían diariamente a 50 mujeres y 205 niños de “rojos”. El primer documento, en el que se habla de 70 viudas pobres, podría ser indicativo de por dónde iban las cifras en aquel momento, sin embargo hay que tener en cuenta que un buen número de fusilados eran jóvenes solteros por lo que el número de víctimas podría ser muy superior.

Juan Zafra Raigón

Juan Zafra Raigón, desaparecido en el verano de 1936.

Es bastante complicado determinar el número total de víctimas de la represión fascista en Montilla. El 25 de septiembre de 1936, el periódico El Socialista ya hablaba de 120 fusilados para esas fechas. El historiador Francisco Moreno Gómez en su libro La Guerra Civil en Córdoba estableció, en 1985, un balance global estimado de 150 muertos. Seis años después, en 1991, el escritor local Julián Ramírez Pino, subjefe de los balillas –rama infantil de la Falange– al comienzo de la contienda, no creía que el volumen de muertos superara los 60. Según mis investigaciones, la cifra mínima de asesinados identificados en Montilla durante la guerra fue de 118 personas. De ellas, sólo 78 constan en el Registro Civil, frente a 40 que no se han inscrito (más de un tercio del total), lo que nos indica que sin testimonios orales es imposible cuantificar la verdadera historia de la represión franquista y que prescindir de ellos, como por desgracia han hecho algunos estudios históricos provinciales y locales, siempre nos llevará a cifras insuficientes y equivocadas. Por ello, el número de víctimas que nosotros aportamos, el de 118, con nombres y apellidos, no reflejaría el verdadero alcance de la represión, debido a todas las argumentaciones que ya hemos expuesto con anterioridad. Tras la publicación de la última edición de mi libro Los puños y las pistolas. La represión en Montilla (1936-1944), en el año 2009, he podido añadir algunos nombres al grupo de asesinados montillanos, como los de Salvador Gómez Ponferrada y José Gázquez Quiles, cuya identidad he logrado recuperar gracias al testimonio de sus nietos Auxi Gómez (residente en Pozuelo de Alarcón) y Jesús Gázquez (residente en Almería). También se ha sumado  el nombre de Juan Zafra Raigón, desaparecido en el verano de 1936, a través del testimonio aportado desde Mataró (Barcelona) de su sobrino nieto Miguel Guillén Burguillos.

40.El escribiente Juan Caubera Espejo, militante de las JSU. Fue fusilado el 22 de octubre de 1936 en un olivar de La Rambla.

El escribiente Juan Caubera Espejo, militante de las JSU. Fue fusilado el 22 de octubre de 1936 en un olivar de La Rambla.

En su reciente obra, editada a finales de 2008, 1936: el genocidio franquista en Córdoba, Francisco Moreno Gómez, sitúa la cifra total de asesinados en 200 personas, una estimación que creemos que se acerca más a la realidad. Hay que tener en cuenta que existen periodos en los que en el Registro sólo se inscribe un muerto por día, lo que reflejaría un número elevado de fusilamientos, pues las “sacas” siempre solían ser colectivas. Además, las carencias del Registro Civil son muy evidentes en cuanto al número de víctimas anotadas. De los 12 fusilados de la aldea de Santa Cruz sólo se anotan cinco; de la saca en la que perecieron cinco personas el 11 de agosto sólo aparece Antonio Rodas Castro “El Cuqui”; de la del 31 de julio, en la que murieron 13 personas (tres de ellas de Espejo) sólo encontramos a tres, etc. El Registro no recoge tampoco la magnitud de la masacre de entre 20 y 50 presos ejecutada por el general Varela en Castro del Río el día 6 de agosto, ni los dos fusilamientos colectivos de montillanos en la cuesta del Espino (uno de 12 personas, realizado entre el 18 y el 26 de julio de 1936, y otro de 12 el 5 de agosto), cuyos cadáveres fueron enterrados en la fosa común del cementerio de Montemayor. Por desgracia, es muy probable que nunca consigamos identificar tantas víctimas desconocidas y que su número engrose, ya de manera definitiva, la cifra de decenas de miles de desaparecidos de la represión franquista en España.

Aunque Montilla ya había conocido los rigores de la “cultura política de la sangre” –tomo la expresión de Alberto Reig Tapia– que se había impuesto en la población tras el triunfo del golpe en la madrugada del 19 de julio de 1936, cuando finalizó la guerra comenzaría un nuevo calvario para los derrotados. En Montilla, la venganza se cebó en las miles de personas que al triunfar la rebelión en la madrugada del 19 de julio habían escapado a otras localidades o se habían enrolado como combatientes en el Ejército republicano. “La justicia se cumplirá. No os quepa duda [de] que se cumplirá. Y será inexorable”, advertía el periódico montillano Patria, en la fecha temprana del 17 de octubre de 1937. Anticipándose al fin de la guerra, la publicación falangista ya amenazaba del destino que les esperaba a los que volvían. Inexorable, contundente y vengativa fue, en verdad, la justicia militar que se aplicó en Montilla. Según nuestras investigaciones –a través de los libros de defunciones del Registro Civil, las fichas de la prisión y las fuentes orales y bibliográficas– 15 vecinos (13 en la localidad y dos en Córdoba) murieron fusilados tras la guerra. Otros dos montillanos, pero residentes en Palma del Río y Alcalá la Real (Jaén), fueron también pasados por las armas. Asimismo, otros nueve forasteros (de Fernán Núñez, Castro del Río, Nueva Carteya y Doña Mencía) cayeron inmolados en las tapias del cementerio. Algunas personas nos han informado de que se realizó en la localidad alguna ejecución extrajudicial, sin embargo no hemos podido confirmar este extremo. Las cifras que aportamos corroboran plenamente las investigaciones sobre la represión en la posguerra publicadas por Francisco Moreno Gómez, el único historiador que ha realizado un estudio conjunto de los fusilamientos dentro de la provincia de Córdoba.

Con el eficaz y sistemático proceso represivo puesto en marcha por las autoridades franquistas, la capacidad carcelaria de Montilla se desbordó por completo. Para albergar al gran número de presos se habilitó durante la guerra una nueva prisión en las escuelas del convento de San Luis, donde en 1939 había internados 646 reclusos, de los que 239 eran de Montilla. Completaba a las que ya existían en el depósito municipal y en el actual juzgado, ésta última dirigida por Mariano Varo Espejo. Con graves carencias de higiene y salubridad, en las cárceles se amontonaban hombres de bastantes pueblos de la provincia, pues todos los reclusos de las cárceles de Lucena, Cabra, Fernán Núñez y Priego habían sido trasladados a Montilla en distintas fechas.

44.Francisco Gómez Márquez, militante de las JSU y teniente del Ejército republicano, muerto en la cárcel de Córdoba el 9 de agosto de 1941.

Francisco Gómez Márquez, militante de las JSU y teniente del Ejército republicano, muerto en la cárcel de Córdoba el 9 de agosto de 1941.

El trasporte de todos los detenidos en la prisión de Montilla a Córdoba capital entre el 17 y el 19 de octubre de 1940 aumentó todavía más el sufrimiento y los trastornos a sus familiares. A pesar de que los parientes de los reclusos continuaron con los envíos de comida a las dos cárceles de la capital, la mortalidad entre los internos fue extrema, pues sólo en el año 1941 fallecieron allí 502 personas debido a las pésimas condiciones de vida, las enfermedades y la alimentación escasa y deficiente. Según el Registro Civil de Córdoba, estudiado por Francisco Moreno Gómez, seis montillanos murieron en estas prisiones. A estos hay que sumar otros nueve montillanos exiliados en Francia que acabaron apresados por los nazis y exterminados en el campo austriaco de Mauthausen. Dos de ellos, los hermanos Juan y Manuel González León, tienen dedicada una antigua entrada en este blog que puede leerse en este enlace.

Los nombres de las víctimas de la represión en Montilla, junto a los de los soldados fallecidos en los frentes y los de los vecinos muertos en los bombardeos pueden consultarse en los siguientes enlaces:

FOTOGRAFÍAS DE OTRAS VÍCTIMAS

13.Francisco Zafra Contreras, fundador de la agrupación socialista de Montilla en 1909 y de la Sociedad de Obreros Agricultores y Similares La Parra Productiva en 1913. Entre 1919 y 1920 estuvo preso por su participación en las huelgas de campesinos. Vocal obrero suplente en el grupo de Agricultura y Alimentación del Instituto de Reformas Sociales (1920-1924). Concejal (1915-1923) y alcalde (1931-1934) de Montilla. Fue uno de los creadores de la poderosa Federación Nacional de Trabajadores de la Tierra (rama agraria de la UGT), en la que representó a Andalucía. Vocal de la Junta y del Instituto de Reforma Agraria (1931-1933). Diputado por la provincia de Córdoba (1931-1933), en las Cortes participó en las comisiones de Fomento-Obras Públicas y Agricultura. Murió fusilado en la plaza de Baena el 28 de julio de 1936.

Francisco Zafra Contreras, fundador de la agrupación socialista de Montilla en 1909 y de la Sociedad de Obreros Agricultores y Similares La Parra Productiva en 1913. Diputado a Cortes por la provincia de Córdoba (1931-1933). Murió fusilado en la plaza de Baena el 28 de julio de 1936.

14. Rafael Baena Cruz

Rafael Baena Cruz, fusilado en fecha indeterminada del verano de 1936.

15.El aperador Francisco López Jiménez, fusilado el 24 de octubre de 1936.

El aperador Francisco López Jiménez, fusilado el 24 de octubre de 1936.

Alfonso Sánchez Poces, militante de las JSU, fusilado el 23 de julio de 1936.

Alfonso Sánchez Poces, militante de las JSU, fusilado el 23 de julio de 1936.

José Ruiz Lucena, fusilado el 14 de agosto de 1936.

23.El comunista de la aldea de Santa Cruz Manuel Jordano López, una de las numerosas víctimas de la columna del general Varela, en la noche del 6 de agosto de 1936, en un olivar de Castro del Río.

El comunista de la aldea de Santa Cruz Manuel Jordano López, una de las numerosas víctimas de la columna del general Varela, en la noche del 6 de agosto de 1936, en un olivar de Castro del Río.

38.En el centro, “El Sisia”, vendedor de prensa anticlerical. Desconocemos su nombre y apellidos, aunque sabemos que fue fusilado.

En el centro, “El Sisia”, vendedor de prensa. Desconocemos su nombre y apellidos, aunque sabemos que fue fusilado.

42.Juan Córdoba Zafra, bibliotecario de la Casa del Pueblo, secretario de las Juventudes Socialistas y concejal del Frente Popular. Ascendió a comandante del Ejército republicano. Fusilado el 16 de mayo de 1940.

Juan Córdoba Zafra, bibliotecario de la Casa del Pueblo, secretario de las Juventudes Socialistas y concejal del Frente Popular. Ascendió a comandante del Ejército republicano. Fue fusilado el 16 de mayo de 1940.

48.José de la Torre Requena, joven dirigente de los comunistas montillanos. Lo fusilaron el 18 de mayo de 1940.

José de la Torre Requena, joven dirigente de los comunistas montillanos. Lo fusilaron el 18 de mayo de 1940.

68.El jefe de milicias Manuel García Espejo, secretario de las Juventudes Socialistas en 1934 y contador de la Casa del Pueblo en 1935. Líder de la resistencia antifascista en los primeros días de la guerra, alcanzó el grado de capitán del Ejército republicano. Fue fusilado el 18 de agosto de 1940.

Manuel García Espejo, secretario de las Juventudes Socialistas en 1934 y contador de la Casa del Pueblo en 1935. Alcanzó el grado de capitán del Ejército republicano. Fue fusilado el 18 de agosto de 1940.

66.Manuel Sánchez Ruiz durante la Republica fue secretario de las Juventudes Socialistas de Montilla y de la poderosa sociedad local campesina La Parra Productiva ––creada en 1913 y adscrita a la socialista Unión General de Trabajadores–, secretario provincial de la Federación Nacional de Trabajadores de la Tierra (la sección agraria de la UGT) y alcalde del Frente Popular. En Valencia, durante la guerra, ejerció de vicepresidente de la Federación Española de Trabajadores de la Tierra. Atrapado en Alicante, murió fusilado en Córdoba el 1 de mayo de 1941.

66. Manuel Sánchez Ruiz, alcalde del Frente Popular en 1936. En Valencia, durante la guerra, ejerció de vicepresidente de la Federación Española de Trabajadores de la Tierra. Atrapado en Alicante, murió fusilado en Córdoba el 1 de mayo de 1941.

En el centro, Francisco Solano Portero Márquez, con su mujer y sus hijos. Murió junto a su hijo Paco (situado en el centro de la fila de arriba) en un bombardeo de la aviación sublevada en Castro del Río.

Francisco Solano Portero Márquez con su mujer y sus hijos. Murió junto a su hijo Paco (situado en el centro de la fila de arriba) en un bombardeo de la aviación sublevada en Castro del Río.

88.De abajo arriba, Remedios, Ana, Carmen y Eduardo Gómez Márquez, de Santa Cruz, que se refugiaron con su madre en Torredelcampo (Jaén) durante la guerra. Detrás, su hermano Antonio, asesinado junto a su padre Juan José “Bandurria”, el 6 de agosto de 1936, por la columna del general Varela en Castro del Río.

De abajo arriba, Remedios, Ana, Carmen y Eduardo Gómez Márquez, de Santa Cruz. Detrás, su hermano Antonio, asesinado junto a su padre Juan José “Bandurria”, el 6 de agosto de 1936, por la columna del general Varela en Castro del Río.

29. Juventudes Socialistas

Con la bandera de las Juventudes Socialistas al fondo, aparecen Francisco García Carrasco (de pie, primero por la izquierda), fusilado el 31 de julio de 1936; delante de él, el diputado a Cortes entre 1931-1933 Francisco Zafra Contreras, fusilado el 28 de julio de 1936; y Juan González León (de pie, tercero por la izquierda). asesinado en el campo nazi de Mauthausen el 11 de enero de 1942.

Listado de víctimas de la represión franquista en Iznájar

En la madrugada de 19 de julio de 1936 triunfó en la localidad cordobesa de Iznájar la sublevación militar, capitaneada por el sargento Jerónimo Rivero Sánchez, comandante de puesto de la Guardia Civil, quien se incautó del Ayuntamiento y clausuró el Centro Obrero. A principios de agosto ejerció como comandante militar Carlos Galindo Casellas, secretario del Ayuntamiento de Rute y teniente de Caballería retirado. Las detenciones y los fusilamientos se iniciaron con rapidez, lo que causó una masiva huida de vecinos hacia la zona republicana. El historiador Francisco Moreno Gómez, en su obra La guerra civil en Córdoba 1936-1939 (página 117), publicada en el año 1985, indicaba que los fusilados por la represión franquista en Iznájar anotados en los libros de defunciones del Registro Civil, algunos de ellos bajo el concepto de “desaparecidos”, fueron 28 (25 en el pueblo y tres en Córdoba). Sin embargo, estimaba que el número de asesinados durante la guerra civil llegó a los 50, ya que muchos quedaron sin inscribir en el Registro, y citaba el caso de Manuel Escamilla Caballero, de la aldea del Barrio de San José, fusilado en Córdoba el 15 de febrero de 1937.

Adolfo Torrubia Cruz, Antonio Granados Ginés, Antonio Llamas Hidalgo y Fernando Osuna Caballero, fusilados el 13 de septiembre de 1936.

Fotografías en la lápida del cementerio de Iznájar de Adolfo Torrubia Cruz, Antonio Granados Ginés, Antonio Llamas Hidalgo y Fernando Osuna Caballero, fusilados el 13 de septiembre de 1936.

Cuando en mayo de 2007 publiqué la segunda edición de mi libro Desaparecidos. La represión franquista en Rute 1936-1950, incluí algunos datos relativos a Iznájar, debido a que ambos municipios son colindantes y a que falangistas y guardias civiles de Rute habían colaborado en tareas represivas en Iznájar. Me serví de la ayuda de dos testimonios importantísimos. Uno de ellos fue el de Antonio Montilla Cordón, quien me escribió desde Calafell (Tarragona) en octubre de 2005 para contarme la historia de El Remolino, donde él nació. Antonio Montilla, un niño de 11 años en 1936, había sido testigo durante la guerra civil de la represión desatada en esa aldea por los falangistas y la Guardia Civil de Rute e Iznájar. El Remolino era en 1936 una de las 22 pedanías del municipio de Iznájar y tenía en aquel tiempo unos 300 habitantes. El testimonio de Antonio Montilla poseía un enorme valor ya que, tras la construcción del pantano de Iznájar en los años sesenta, El Remolino quedó inundado y todos sus habitantes se vieron forzados a emigrar, por lo que él temía que la historia oral de lo ocurrido en la aldea se perdiera para siempre. Por fortuna, el testimonio de Antonio Montilla tuvo una amplia difusión y fue publicado en libros y revistas como Cuadernos para el Diálogo. El texto del número de la revista se puede leer en este enlace.

Alfonso Rabasco Ortega

Alfonso Rabasco Ortega, de la aldea de Las Huertas de la Granja, fusilado en fecha indeterminada.

Sabemos muy poco de la represión desencadenada durante la guerra civil en Iznájar y en sus aldeas, por lo que la prodigiosa memoria de Antonio Montilla es de una gran importancia histórica. En El Remolino, como en muchos lugares de España, en 1936 no hubo una guerra en sentido estricto, sino que lo que en verdad se desató fue una cruel represión que no se podía justificar con el argumento de una violencia previa de los republicanos, pues en la aldea no se cometió ninguna tropelía en contra de nadie. No se puede afirmar que hubo guerra cuando a un lado estaban las fuerzas militares y paramilitares golpistas (guardias civiles y falangistas) que realizaban incursiones en las que de forma indiscriminada quemaban, violaban y mataban, y en el otro lado, como víctima, una población civil indefensa. En definitiva, lo ocurrido en El Remolino más que un hecho bélico es un típico ejemplo de barbarie colonial, de una represión ciega movida por la crueldad y el desprecio a la vida, con la aplicación de una violencia extrema y de castigos ejemplares.

Francisco Ruiz Caballero, de Las Huertas de la Granja, fusilado junto a su hermano Felipe en fecha indeterminada.

Francisco Ruiz Caballero, de Las Huertas de la Granja, fusilado junto a su hermano Felipe en fecha indeterminada.

Un año después de que Antonio Montilla Cordón aportara su testimonio, el historiador Francisco Espinosa Maestre me envió una copia de un sumario de un consejo de guerra localizado por el también historiador José María García Márquez en el archivo del Tribunal Militar Territorial II de Sevilla (causa nº 327, legajo 162, expediente 6.590). Se trataba del juicio sumarísimo contra el guardia civil Rodrigo Salas Bote y el falangista Pedro Doncel Quintana (conocido con el apodo de Periquillo el de la Carolina) a los que se acusaba de haber infringido el bando de declaración del estado de guerra en El Remolino el 31 de agosto de 1936. El documento tenía una importancia enorme. Por un lado, corroboraba documentalmente, y si cabe de manera más trágica aún, ciertos pasajes del testimonio de Antonio Montilla Cordón. Por otro lado, nos encontramos ante uno de los pocos casos en los que la justicia inició una actuación por los excesos cometidos por los derechistas, un hecho excepcional que resultó posible porque el denunciante era el jefe de la Falange de Iznájar, despechado por el asesinato de su tío (Antonio Conde Lucena), aunque esta circunstancia del parentesco la omitió en su denuncia. Al final, el proceso judicial es una muestra contundente de la actuación irregular y partidista de la maquinaria judicial franquista cuando un acusado afín a su ideología se veía involucrado en algún delito y, también, es un claro ejemplo de cómo las actuaciones judiciales amparaban la represión en contra de los republicanos. El análisis que realicé en su momento de este consejo de guerra también salió publicado en la revista Cuadernos para el Diálogo, y es posible consultarlo en este enlace.

Antonio Rabasco Ortega, de la la aldea de Las Huertas de la Granja, fusilado el 4 de septiembre de 1936.

Antonio Rabasco Ortega, de Las Huertas de la Granja, fusilado el 4 de septiembre de 1936.

Los datos aportados en el año 2005 por Antonio Montilla Cordón permitieron revisar al alza la cifra de 50 fusilados en Iznájar que el historiador Francisco Moreno Gómez había estimado como fiable veinte años antes. De los 13 asesinados que nombra Antonio Montilla en su testimonio, todos con nombres y apellidos, solo tres (Francisco Aguilera, Diego Rey y Diego Ayora) están inscritos en los libros de defunciones del Registro Civil, que es la fuente legal para el estudio histórico de los fallecimientos. Una situación similar encontramos en Las Huertas de la Granja, otra pedanía de Iznájar sepultada hoy por las aguas del pantano. Gracias al testimonio de Domingo Rabasco Molina, recogido por mí en 2004, sabemos que allí se fusiló a siete personas, aunque solo dos aparecen en el Registro Civil (Antonio Rabasco Ortega, inscrito doblemente en los registros civiles de Iznájar y de Rute; y Rafael Cano Tenllado, en el de Iznájar). En total, en estas dos aldeas ya sumamos 20 asesinados, de los que nada más que cinco están anotados en el Registro Civil, lo que nos indica que sin testimonios orales es imposible cuantificar la verdadera historia de la represión franquista y que prescindir de ellos, como por desgracia han hecho algunos estudios históricos, siempre nos llevará a cifras insuficientes y equivocadas.

Un porcentaje altísimo de víctimas mortales de la violencia franquista, como podemos ver en Iznájar y en otras muchas localidades, nunca se llegaron a inscribir en los registros civiles debido a las trabas burocráticas, al miedo de las familias o a que estas emigraban de la localidad. Toda dictadura, de izquierdas o de derechas, siempre ha intentado borrar las huellas de su violencia, y en esto el franquismo no fue una excepción. Por tanto, el día en que no podamos contar con los recuerdos y los testimonios de los testigos de los hechos perderemos siempre la posibilidad de conocer las cifras verdaderas de la represión que trajo consigo el golpe de Estado del 18 de julio de 1936. Los partidarios de “no remover el pasado”, en consecuencia, deberían reflexionar sobre el enorme daño que causa al conocimiento histórico el “olvido” de las cuestiones relativas a la investigación de la violencia durante la guerra civil y la posguerra.

Cripta del cementerio con los restos de siete fusilados en 1936. La exhumación y el traslado de los cadáveres al cementerio se realizó en 1979.

Cripta con los restos de siete fusilados en 1936. La exhumación y el traslado de los cadáveres desde Encinas Reales al cementerio de Iznájar se realizó en 1979.

Iznájar fue un municipio pionero en la exhumación de los restos de los asesinados por los golpistas durante la guerra civil, lo que a su vez también nos ha facilitado el recuento del número de víctimas en el municipio. Durante el mandato del alcalde andalucista Manuel Llamas Sanjuán, en la temprana fecha del 23 de agosto de 1979 fueron trasladados a las 7,30 horas de la tarde, desde la Venta al cementerio de la localidad, los restos de siete iznajeños que habían sido fusilados el 13 de septiembre de 1936 en el pueblo cercano de Encinas Reales. Aunque hubo tres que no se pudo identificar, los nombres de los otros cuatro (Adolfo Torrubia Cruz, Antonio Granados Ginés, Antonio Llamas Hidalgo y Fernando Osuna Caballero) aparecen en la cripta en la que están sepultados, junto a sus fotos y a la inscripción “asesinados por su condición de demócratas”. Ninguno de estos asesinados está inscrito en los libros de defunciones del Registro Civil, ni en Iznájar ni en Encinas Reales, el lugar donde les quitaron la vida.

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Nicho con los restos de cuatro asesinados el 27 de septiembre de 1936. La exhumación y el traslado de los cadáveres desde los cerrillos de Ventorros de Balerma al cementerio de Iznájar se produjo en 1980.

El 15 de agosto de 1980 se produjo un nuevo traslado de cadáveres de otros cuatro asesinados (Francisco González Caballero, hermano del alcalde republicano; Juan Rubio Hoyo; Juan Aguilera Puerto y Vicente González Ortiz, de 21 años) desde los cerrillos de Ventorros de Balerma, donde los habían fusilado el 27 de septiembre de 1936, al cementerio de Iznájar. De ellos, solo el último está asentado en el Registro Civil. Con los datos que poseemos, ya hemos superado la cifra de 50 asesinados que estimaba el historiador Francisco Moreno Gómez en 1985. Ahora mismo tenemos una relación nominal de 75 víctimas de la represión franquista durante la guerra en el municipio de Iznájar (en posguerra hay otras siete mas una en el campo nazi de Mauthausen), de las que 47 (más de un 62%) no están inscritas en el Registro Civil. Y estos datos se han alcanzado cuando solo se han recogido dos testimonios orales y únicamente se han cuantificado de manera detallada los asesinados en dos aldeas (faltan otras 20 por investigar detenidamente). Por desgracia, la documentación que se conserva en el Archivo Histórico Municipal referida a los años de guerra y posguerra, que nos podría servir de ayuda en nuestra labor de búsqueda de información sobre este tema, es escasa y está aún sin catalogar en parte, así que solo hemos podido extraer de ella datos muy concretos.

En el año 2014 el iznajeño Diego Ortiz Pacheco publicó un libro titulado El Pueblo habló. Pinceladas históricas en el que recoge muchos datos sobre Iznájar. Varios se refieren al año 1936 y se centran en la represión sufrida en el municipio tomando como fuente de información los testimonios orales aportados por varios vecinos desde los años noventa del siglo pasado. También incluye una magnífica fotografía, que es la que reproducimos en el lateral, en la que se puede ver el multitudinario funeral celebrado en memoria de los siete vecinos, ya citados con anterioridad, que fueron fusilados en Encinas Reales en septiembre de 1936 y enterrados en el cementerio de Iznájar el 23 de agosto de 1979 tras ser exhumados. Anotamos a continuación un resumen de la información sobre fusilamientos que aporta en su libro Diego Ortiz Pacheco porque nos da una idea de la magnitud de la violencia en los primeros meses de la contienda:

-Aldea Fuente del Conde: seis fusilados a mediados de septiembre.

-Carretera Iznájar-Loja: dos fusilados en agosto.

-Chaparral Alto: un hombre fusilado y enterrado en un majano en agosto.

-Cortijo de Los Chinarrales, detrás de la casa Calderón: fusilados Currito y Modesto en agosto.

-Aldea Arroyo de la Gata: varios asesinados en la finca Ventura.

-Aldea Juncares: en un lugar conocido como la Leva, en la sierra de las Ventanas, cinco fusilados en agosto.

-Aldea El Higueral; 14 personas muertas en el tiroteo de la toma del pueblo (20 de agosto) y dos fusilados.

-Aldea Cierzos y Cabreras: en la huerta de los Álamos, camino en dirección a Monte de las Monjas, fusilaron un hombre de apellido Tirado y apodado Cañas (¿podría ser Saturnino Tirado Luque?). En la cañada los Pozos fusilaron a un hombre apodado el Mono. A los hermanos Andrés y Felix Aguilera Arévalo los fusilaron en la Llaná. Todos los crímenes fueron en agosto.

-Aldea Arroyo Cerezo: seis personas obligadas a cavar su propia fosa y fusiladas en el puente de la Fraila; otras dos más allá de la cañada del cortijo Valenzuela (uno era de la aldea del Adelantado y se apellidaba Guerrero, el otro era de la aldea de Fuente del Conde). Los asesinatos se realizaron a mediados de agosto.

-Iznájar: Un hombre apodado el Brinzulo tiroteó y mató a Juan López, de apodo Chamol, residente en la aldea de Cierzos y Cabreras, al confundirlo con un “fascista” en la cuesta Marcelino en el mes de agosto.

-Aldea de El Remolino: en el mes de septiembre fusilaron a un hombre de apellido Guerrero en El Romeral; dos hermanos de apellido Aguilera en Las Lobas; cuatro (dos hermanos, Juan Harina y uno apodado Reyes) en la vertiente del cerro La Trujilla; a los hermanos Juan y Antonio Hinojosa Sánchez y a varios jóvenes más en el Camal, donde fueron obligados a cavar su tumba; a Diego Ayora en Encinas Reales (en el Registro Civil se anota su muerte en Córdoba).

-Iznájar: el 13 de septiembre, asesinados en Encinas Reales Adolfo Torrubia Cruz, Antonio Granados Ginés, Antonio Llamas Hidalgo, Fernando Osuna Caballero y cuatro más (posiblemente el ya citado Diego Ayora, de El Remolino, y otros tres jóvenes de Fuente del Conde). Otro consiguió huir y sobrevivir a una ráfaga de balas. El 23 de agosto de 1979 se les exhumó y enterró en el cementerio de Iznájar, como ya hemos contado con anterioridad.

-Ventorros de Balerma: fusilados en las canteras de al lado de la fuente La Teja los jóvenes iznajeños Francisco González Caballero, Vicente González Ortiz, Juan Aguilera Puerto, Juan Rubio Hoyo y cuatro más. Sus cuerpos fueron exhumados y trasladados a Iznájar el 15 de agosto de 1980, según ya hemos señalado.

 

Jacinto Sánchez Campillo, de 33 años, muerto en la Prisión Provincial de Córdoba el 13 de mayo de 1942.

Mientras los republicanos fusilados permanecían enterrados y ocultos en fosas comunes y en cunetas y descampados, la identificación y enterramiento digno de las víctimas ocasionadas por la represión republicana se convirtió en una prioridad para el franquismo tras la guerra civil. Con dinero público se estableció una política de Estado para que las víctimas mortales de la represión republicana fueran sacadas de las fosas comunes, identificadas e inhumadas en cementerios, según establecieron al menos dos órdenes de 6 de mayo de 1939 y 1 de mayo de 1940 del Ministerio de la Gobernación (esta última, sobre “inhumaciones y exhumaciones de cadáveres de asesinados por los rojos”). Aunque en Iznájar, como hemos visto, fue posible en los años ochenta del siglo XX que también los republicanos tuvieran ese derecho, hoy en día abordar esta cuestión suele causar enconadas controversias políticas. Sirva de ejemplo el debate ocurrido en el pleno municipal de Iznájar el 13 de enero de 2012, que se puede leer a partir de la página 13 de este enlace, sobre la propuesta de reprobación de un concejal por unas presuntas declaraciones vertidas sobre la búsqueda de “huesos” de los desaparecidos.

Teniendo en cuenta mis investigaciones y la bibliografía publicada hasta el momento, he elaborado una lista de 11 páginas con el nombre o el apodo de las víctimas de la guerra civil y de la represión franquista en Iznájar y sus aldeas (que albergaban un censo de 12.345 habitantes en 1940). Incluye, entre otros, a 75 fusilados en guerra, tres fusilados en posguerra, cuatro muertos en posguerra en las cárceles, una lista de presos, los nombres de combatientes republicanos fallecidos y desaparecidos en los frentes, 240 vecinos sujetos a expedientes de incautación de bienes y de responsabilidades políticas, etc., junto a una tabla comparativa del número de víctimas mortales de la represión franquista y republicana en Iznájar, Córdoba, Andalucía y España. La relación completa de víctimas de Iznájar se puede leer en este enlace.

Antonio Montilla y Antonio González

De izquierda a derecha, Carmen Aragón Carrasquilla (fallecida, de Lucena), su esposo Antonio González Merino (fallecido, de Montilla, su padre y su tío murieron en el campo nazi de Mauthausen en 1941), Arcángel Bedmar (autor de este blog), Juana Aguilera Pacheco (fallecida) y su esposo Antonio Montilla Cordón (autor de las memorias de El Remolino a las que se hacen referencia en este artículo). La foto se realizó el 4 de noviembre de 2006 en Cornellá (Barcelona), durante mi intervención en la presentación del libro Peatones de la Historia del Baix Llobregat, en el que los dos hombres aparecen como protagonistas.

Información complementaria

Listado de víctimas de la represión franquista en Nueva Carteya

La fuente imprescindible para adentrase en el conocimiento de la represión en Nueva Carteya durante la guerra civil es el historiador Francisco Moreno Gómez, en especial su libro 1936: el genocidio franquista en Córdoba. Gracias a él sabemos que Nueva Carteya fue una de las dos localidades de la campiña cordobesa, junto a Bujalance, donde la Guardia Civil no secundó el golpe de Estado, lo que motivó que el pueblo sufriera la incursión en poco más de un mes de tres columnas militares afectas a los militares sublevados con la intención de tomarlo.

El capitán dela Guardia Civil Francisco López Pastor mandaba la columna que el día 28 de agosto tomó Nueva Carteya.

El capitán de la Guardia Civil Francisco López Pastor mandaba la columna que el día 29 de agosto de 1936 tomó Nueva Carteya.

El 18 de julio de 1936 el alcalde en funciones era el socialista Juan Caballero. Para evitar que los derechistas locales pudieran apoyar el golpe de Estado, se detuvo a 37 de ellos y se les recluyó en la iglesia. El atardecer del día 20, entró una columna de militares y guardias civiles mandada por el teniente Machuca Báez, de la guardia de Asalto, que liberó a los presos y causó la primera víctima mortal entre la población. A la mañana siguiente, al retirarse hacia Córdoba, la columna arrastró consigo a las personas de derechas que quisieron acompañarla y a los guardias civiles del pueblo. Nueva Carteya siguió en manos republicanas, pero el 28 de julio pasó la columna militar del coronel Eduardo Sáenz de Buruaga, con moros de Regulares y legionarios, que iba camino de Baena (donde aquella misma tarde cometería una de las masacres más importantes de la guerra civil en la provincia) y mató en las calles y las casas a una docena de personas. Aunque comenzó la huida de muchos vecinos hacia localidades más seguras, el pueblo continuó bajo dominio republicano hasta el 29 de agosto, cuando lo tomaron, ya de manera definitiva, falangistas y guardias civiles de Cabra, al mando de los capitanes Ramón Escofet Espinosa y Francisco López Pastor.

La represión de los militares golpistas durante la guerra civil, según las estimaciones de Francisco Moreno Gómez, segó la vida de unas 80 personas. De ellas, solo 31 aparecen inscritas en los libros de defunciones del Registro Civil de Nueva Carteya y Córdoba. La identidad del resto (47 víctimas más), hasta sumar 78 nombres, se pudo conseguir en parte hace ya casi treinta años a través de los testimonios orales de testigos y familiares de las víctimas, y recientemente gracias a los expedientes de prisión del Archivo Histórico Provincial de Córdoba, lo que ha permitido que hoy tengamos una idea aproximada (y mínima) del número de fusilados. Sin esa labor pionera de búsqueda y recopilación que llevó a cabo Francisco Moreno (frente a los partidarios del olvido y de no “remover el pasado”) es muy posible que esos datos se hubieran perdido para siempre, por lo que dentro de unos años cualquier historiador que se hubiera adentrado en la investigación de este tema llegaría a conclusiones erróneas y creería que las víctimas mortales de la represión franquista en Nueva Carteya fueron menos de la mitad de las reales, ya que en el Registro Civil solo están inscritos un 40% de los fusilados conocidos hasta el momento.

No hay que olvidar que la propia administración judicial franquista llegó a silenciar los fusilamientos, y catalogaba a los asesinados como desaparecidos a los que por muchos motivos no interesaba registrar o se inscribían falseando la causa de la muerte u otros datos personales. Al no existir casi nunca consejos de guerra antes de los fusilamientos, pues esta práctica judicial no se generalizó hasta abril de 1937, tampoco hubo registro oficial de ejecuciones, ya que en teoría éstas no se realizaban. De hecho, que sepamos, el único vecino que fue sometido a juicio durante la guerra civil fue el sargento comandante de puesto del cuartel de la Guardia Civil de Nueva Carteya, Fabián Rodríguez de la Calle, fusilado en Córdoba el 11 de diciembre de 1936 por no haber secundado el golpe militar. De este sargento se puede leer un magnífico artículo publicado por Antonio Merino Morales en la revista de feria de Nueva Carteya de 2014. Al igual que el sargento Fabián Rodríguez de la Calle, otros muchos vecinos de Nueva Carteya caerían fusilados por la Guardia Civil en Córdoba en el otoño de 1936 (por ejemplo, 11 el día 9 de diciembre y 17 el día 11) tras ser trasladados a las cárceles de la capital.

El impacto de la represión resultó tan brutal que muchas familias no inscribían a sus deudos “rojos” en el Registro por vergüenza o por temor a correr su misma suerte, de manera que nunca se producía el asiento si los familiares no lo intentaban, renunciaban a hacerlo ante las dificultades o emigraban de la localidad. En resumen, un porcentaje elevado de fusilados por los franquistas durante la guerra civil habría quedado sin registrar en muchos pueblos de Andalucía, y la gran mayoría de los que se inscribieron en los Registros Civiles se anotaron fuera del plazo legal, es decir, muchos años después de que hubieran sido asesinados. Con estos presupuestos, es evidente que nunca llegaremos a conocer el verdadero alcance numérico de la represión causada por los militares sublevados en Nueva Carteya. Sí sabemos que víctimas mortales de la represión republicana no hubo ninguna.

Teniendo en cuenta la bibliografía publicada hasta el momento, he elaborado una lista con el nombre o el apodo de las víctimas de la guerra civil y de la represión franquista en Nueva Carteya. Incluye los nombres de 80 fusilados en guerra y posguerra, un fallecido en prisión, un muerto en el campo nazi de Mauthausen, 19 presos y 86 vecinos sujetos a expedientes de incautación de bienes y de responsabilidades políticas. También añadimos los nombres de 14 combatientes republicanos muertos, desaparecidos e incapacitados en los frentes de guerra. El listado de víctimas se puede consultar en este enlace.

Fuentes sobre la guerra civil en Nueva Carteya:

  • Antonio Barragán Moriana, Control social y responsabilidades políticas, Córdoba (1936-1945), El Páramo, Córdoba, 2009, págs. 167-169, 170, 272, etc. En este libro aparece la relación de vecinos sujetos a expedientes de incautación de bienes y de responsabilidades políticas.
  • José Luis Cervero, Los rojos de la Guardia Civil. Su lealtad a la República les costó la vida, La esfera de los libros, 2006, págs. 115-117. En este libro se narra el consejo de guerra llevado a cabo contra el sargento comandante del puesto de Nueva Carteya, Fabián Rodríguez de la Llave, que fue condenado a muerte y fusilado el 11 de diciembre de 1936 en el cuartel del Marrubial de Córdoba.
  • Joaquín Gil Honduvilla, Militares y sublevación. Córdoba y provincia 1936, Muñoz Moya Editores, Brenes, 2012, págs. 164-165.
  • Francisco Moreno Gómez, 1936: el genocidio franquista en Córdoba, Crítica, Barcelona, 2008, páginas 207-212.
  • Manuel Morente Díaz, La depuración de la enseñanza pública cordobesa a raíz de la Guerra Civil, El Páramo, Córdoba, 2011. En las págs. 54-56 encontramos una pequeña historia de los tres maestros nacionales de Nueva Carteya fusilados en Córdoba: José González Cantillo, José Pérez Arenas y José Gómez Cárdenas.
  •  –Blog Disipar Tinieblas

Información (y poema) adicional

En julio de 2017, Antonio Aguilar, residente en Terrassa (Barcelona), que lleva años en contacto conmigo para esclarecer la muerte de su abuelo Antonio Caballero Cordón, vecino de Nueva Carteya y fusilado en Córdoba en diciembre de 1936, me envió este poema dedicado a su memoria. Su madre, ya fallecida, se realizó con 93 años la prueba de ADN a través del Programa de Identificación Genética de las personas desaparecidas durante la guerra civil y la dictadura, coordinado por la Generalitat de Cataluña, con la intención de poder identificar el cadáver en el caso de que se iniciaran las exhumaciones de las fosas comunes de los cementerios de Córdoba.

Presentación del libro “Trincheras de la República, 1937-1939”, de Francisco Moreno Gómez

El 8 de octubre de 2013, en la Facultad de Ciencias del Trabajo de Córdoba, se presentó el libro Trincheras de la República, 1937-1939. Desde Córdoba al Bajo Aragón, al destierro y al olvido. Las gesta de una democracia acosada por el fascismo, del historiador Francisco Moreno Gómez, que ha sido publicado por la editorial El Páramo. En fechas posteriores se han celebrado varias presentaciones en otras localidades de la provincia. Yo he participado en Montilla (21 de noviembre de 2013), Doña Mencía (13 de diciembre de 2013) y Nueva Carteya (16 de enero de 1914). A continuación publico el texto de mi intervención.

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Francisco Moreno Gómez comenzó a investigar sobre la provincia de Córdoba hace más de treinta años, cuando no estaba de moda eso que ahora llamamos memoria histórica. Tampoco existían investigaciones serias que nos acercaran al conocimiento de la represión franquista, pues toda dictadura, de izquierdas o de derechas, siempre ha pretendido la manipulación del pasado en beneficio propio y en esto el franquismo no fue una excepción. Por tanto, Francisco Moreno fue un adelantado a su tiempo cuando publicó su trilogía de libros sobre Córdoba, que se inició en 1982 con La República y la guerra civil en Córdoba y continuó con La guerra civil en Córdoba y Córdoba en la posguerra (la represión y la guerrilla). Para entender la importancia de estos libros, hemos de tener en cuenta que en España, en la década que va de 1976 a 1986, solo ven la luz una docena de trabajos sobre la represión. Salvo dos, que eran tesis doctorales, el resto se escribieron por universitarios o profesionales por cuenta propia como Francisco Moreno.

En aquella época, el llamado espíritu de la Transición consideraba que era mejor no remover el pasado, por lo que se identificó memoria con revancha y silencio con reconciliación. Fueron pocos los que se aventuraron a tirar para adelante, a investigar, documentarse y publicar. Estamos hablando de unos años en los que imperaba el olvido, había serias dificultades de acceso a los archivos y no existían políticas estatales de memoria. De todas formas, antes y ahora escribir sobre la represión no es fácil pues suele crear polémica, como bien recoge Francisco Moreno en el prólogo de Trincheras de la República, retomando las palabras del también historiador Julio Aróstegui. Esto se debe a que en este asunto, y tomo palabras textuales, “chocan dos fuerzas antagónicas e ideologizadas: la voz y el silencio, la ocultación y la transparencia, el recuerdo y el olvido, la afirmación y la negación”. Y ya se sabe quiénes, en ámbitos históricos, políticos, sociales y jurídicos defienden cada posición. Pero hay que hacer una advertencia: unos y otros, es decir, los que defienden la memoria y los que defienden la desmemoria, no son iguales. Porque los que defienden la voz, la transparencia, el recuerdo y la afirmación mantienen una postura científica y democrática, algo que no se puede decir de los que defienden el olvido y la negación de lo que ocurrió.

Los libros de Francisco Moreno Gómez sobre la República, la guerra y la posguerra en Córdoba se convirtieron en modelos de investigación para otros historiadores, entre los que me incluyo, y tuvieron un gran éxito de ventas. Se debió a que por primera vez, de una manera seria y con rigor histórico, alguien contaba la verdad de un pasado que durante tanto tiempo el franquismo intentó ocultar. Desde su primera trilogía sobre Córdoba, la producción histórica de Francisco Moreno ha aumentado considerablemente, guiada siempre, como él mismo señala en la introducción de su libro, por un “imperativo intelectual y ético”, sin intereses económicos ni académicos.

Presentación del libro en Córdoba (8 de octubre de 2013). De izquierda a derecha, Ana Claro (`residenta del Foro por la Memoria de Córdoba), Luis Naranjo (director general de Memoria Democrática), el autor, Alberto Reig Tapia y Ricardo González Maestre (editorial El Páramo).

Presentación del libro en Córdoba (8 de octubre de 2013). De izquierda a derecha, Ana Claro (presidenta del Foro por la Memoria de Córdoba), Luis Naranjo (director general de Memoria Democrática), el autor, Alberto Reig Tapia y Ricardo González Mestre (editorial El Páramo).

Como suele ocurrir con otros libros de Francisco Moreno, Trincheras de la República no es una obra localista, sino que tiene ambición de totalidad, tanto geográfica como temáticamente. En principio, por el título, parece que nos encontramos ante el típico estudio centrado en los hechos bélicos más destacables que se produjeron en la provincia, pues aparecen la reorganización del ejército y las milicias republicanas, las operaciones militares y las batallas que azotaron Córdoba a partir de 1937, como las de Pozoblanco, Peñarroya, y la poco conocida batalla final de Córdoba-Extremadura en 1939, que con sus 8.000 muertos republicanos y 2.000 franquistas se sitúa por encima de otras batallas célebres que hubo en la guerra civil. Sin embargo, Trincheras de la República es mucho más, ya que es un libro con alma y con ambición histórica, con múltiples flecos que se adentran en la vida paralela que bulle en la retaguardia. Así, se analizan la actividad de los partidos y organizaciones del Frente Popular, los problemas de abastecimiento y las dificultades de la población civil, los desplazamientos masivos de refugiados o las famosas visitas del fotógrafo Robert Capa a los frentes de guerra, lo que da pie a un análisis de la veracidad de la famosa foto “Muerte de un miliciano”, un asunto en el que Francisco Moreno Gómez es un experto. Sobre este último tema, se puede leer el artículo “Robert Capa: el mito y la historia, que el autor ha escrito en septiembre de 2014, después de que se publicara el libro Trincheras de la República y de que yo redactara esta entrada del blog.

Entre estos temas colaterales que aparecen en el libro considero que resultan de suma importancia los apartados dedicados a los bombardeos y a los crímenes de guerra cometidos por los franquistas, ya que existe un gran desconocimiento sobre ellos e incluso, en algunas ocasiones, pueden estar sirviendo de base para una reescritura parcial de la historia.

Los bombardeos se han puesto de moda últimamente en la historiografía local, sobre todo los ocurridos en Córdoba capital y en Cabra, que cuentan además con sendas monografías. En Trincheras de la República, Moreno Gómez realiza un estudio detallado de este asunto, demostrando con un desbordante número de datos y cifras el carácter más sistemático y sangriento de los bombardeos franquistas, tanto en Córdoba como en toda España. Por ejemplo, en un solo día, el 1 de abril de 1937, la aviación franquista produjo en la ciudad de Jaén tantos muertos como la aviación republicana en la ciudad de Córdoba a lo largo de toda la guerra. Moreno Gómez señala que en Córdoba se suele citar con frecuencia el bombardeo de Cabra, con más de cien muertos, pero no el de Bujalance, realizado por los franquistas el 20 de diciembre de 1936, con otros 100, o el de El Viso, el día de Navidad de 1938, con 80 muertos. Si hacemos un análisis global, hemos de tener en cuenta que solo los muertos ocasionados por la aviación franquista en la ciudad de Barcelona superan a los producidos por la aviación republicana en toda España durante los tres años de guerra civil.

De izquierda a derecha, Francisco Moreno Gómez, Arcángel Bedmar y Alberto Reig Tapia (catedrático de Ciencia Política de la Universidad Rovira y Virgili, de Tarragona) el día de la presentación del libro en Córdoba.

De izquierda a derecha, Francisco Moreno Gómez, Arcángel Bedmar y Alberto Reig Tapia (catedrático de Ciencia Política de la Universidad Rovira i Virgili, de Tarragona) el día de la presentación del libro en Córdoba.

En cuanto a los crímenes de guerra, las ejecuciones sumarias y la matanza de prisioneros que se realizaron en la España franquista, no hay hasta el momento estudios académicos relevantes. Por eso es de suma importancia la aportación que realiza Francisco Moreno, tanto en fuentes documentales como en testimonios orales. Francisco Moreno Gómez nos remite a un documento imprescindible, que hasta el momento ha pasado desapercibido para los historiadores. Son las memorias del general Varela, que narran su avance hacia Madrid tras la ocupación de Toledo en octubre de 1936. En todo ese trayecto, aunque no hubo ni resistencia ni batalla alguna a las tropas de moros y legionarios franquistas, se capturó y fusiló a unos cuatro mil milicianos. En esta historia, Moreno Gómez resalta varios aspectos, como que estas prácticas no se usaron por los republicanos durante la guerra civil y que estos datos aún permanecen sin ser analizados y difundidos, como si esa enorme carnicería no se hubiera producido. Junto a las  matanzas de prisioneros, Francisco Moreno aporta datos contundentes de otras prácticas genocidas del Ejército franquista, como el ametrallamiento y bombardeo por la aviación de personal civil desplazado, algo que podemos ver en las masacres de refugiados tras la toma de la bolsa de La Serena, en la provincia de Badajoz, o en la muerte de miles de fugitivos republicanos tras la caída de Málaga en 1937.

Aparte de lo ocurrido en la provincia de Córdoba, Trincheras de la República, haciendo gala de su afán globalizador, sigue los pasos de los miles de combatientes republicanos cordobeses que lucharon en los frentes de guerra del norte de España, en Teruel, el Ebro, El Maestrazgo y otros lugares. Tras el golpe del coronel Segismundo Casado, dentro de la propia República, y el consiguiente fin de la guerra, muchos de ellos formarán parte de los 450.000 exiliados que penarán en los campos de concentración franceses, del norte de África o en los campos nazis, donde con la aquiescencia de las autoridades franquistas murieron asesinados unos mil andaluces, de los que 246 eran cordobeses cuya identidad, fecha de deportación y lugar de muerte se pueden consultar en el libro. Pero si la vida resultó un calvario lleno de penalidades para los que se vieron obligados a abandonar España, los que se quedaron sufrieron una auténtica política de la venganza, pues como bien ha señalado Francisco Moreno la represión se convirtió en la columna vertebral del nuevo estado franquista. Solo en la provincia de Córdoba, en el campo de concentración de Valsequillo teníamos al finalizar la guerra unos 5.000 presos, unos 20.000 en el campo de La Granjuela y unos 15.000 en Cerro Muriano. Muchos de ellos acabarían en las cárceles, sometidos a trabajos forzados en batallones de trabajadores o ejecutados en las tapias de los cementerios. Si nos atenemos al minucioso cuadro de víctimas mortales, pueblo a pueblo, que sirve de remate a Trincheras de la República, 11.582 personas cayeron víctimas de la represión franquista en guerra y posguerra frente a las 2.346 que lo fueron de la represión republicana.

Dice Francisco Moreno en el colofón de su libro, y cito palabras textuales, que “muy pocos conocen los lugares de memoria, donde están sembrados los combatientes de la República democrática. Hombres del campo y jornaleros andaluces que el 18 de julio se hallaban en las faenas de la recolección, en la era, en sus huertos y melonares, y el ciclón del golpe militar les cayó encima y los arrancó de sus predios y de sus humildes hogares, convirtiéndose en combatientes a la fuerzas”. Por desgracia, Francisco Moreno Gómez lleva mucha razón al afirmar que en la sociedad española actual la desmemoria ha hecho estragos sobre los combatientes de la República, pero también sobre la propia República, la guerra y la dictadura. El problema es que la desmemoria lleva al desconocimiento, y este desconocimiento es el que permite, como terreno abonado, que pervivan en cuestiones históricas los mitos de la propaganda franquista, que los negacionistas y los enemigos de la memoria democrática puedan seguir teniendo audiencia, y que las víctimas de la dictadura encuentren serias dificultades para tener derecho a la verdad, la justicia y la reparación. Por eso, para evitar que se repitan los males de nuestra historia, el conocimiento de nuestro pasado se convierte en un deber democrático imprescindible, algo a lo que Trincheras de la República, el libro de Francisco Moreno Gómez, ha contribuido de manera más que sobresaliente.

Documentación de interés:

El texto de la presentación del libro Trincheras de la República en la Universidad Complutense de Madrid, el pasado 3 de febrero de 2014, ha servido de base a Francisco Moreno Gómez para un artículo inédito que puede leerse en el siguiente enlace: Historia, contra-memoria, negacionismo y “Tercera España”.

Entrevista de la Librería El Sueño Igualitario – Cazarabet a Francisco Moreno Gómez sobre el libro Trincheras de la República.

“Robert Capa: el mito y la historia”, artículo de Francisco Moreno Gómez.

Intervención de Francisco Moreno Gómez en la presentación del documental ¡Dejadme llorar! Un genocidio olvidado el 28 de septiembre de 2015 en el Gran Teatro de Córdoba.

Baena, quinto municipio cordobés en asesinados en los campos de exterminio nazis

Si la vida resultó un drama para los republicanos que se quedaron en España al finalizar la guerra civil, los que se exiliaron también sufrieron múltiples penalidades y miles de ellos perdieron la vida en los campos nazis. En febrero de 1939, la caída de Cataluña en manos de las tropas franquistas originó la trágica desbandada de unos 500.000 civiles y militares que atravesaron la frontera con Francia. Desarmados y vigilados por gendarmes y tropas coloniales, los refugiados españoles fueron hacinados en campos de concentración (Argelès-sur-Mer, Saint Cyprien, Barcarès, etc.) situados en las playas o en recintos improvisados, sin lugares de cobijo y rodeados de alambradas, donde en los primeros seis meses de reclusión fallecieron al menos 14.617. En los meses siguientes y en 1940, de manera voluntaria o forzada, volvieron a España alrededor de la mitad de estos exiliados. Si eran antiguos combatientes del Ejército republicano, pasaron en su mayoría por el Depósito de Prisioneros de Guerra de Reus (Tarragona) para ser clasificados y, en consecuencia, liberados o reenviados a otros centros de internamiento. Entre los que retornaron se encontraban bastantes vecinos de Baena (Francisco Horcas Montes, Rafael Jiménez Horcas, Rafael Pavón Pérez, Juan Mármol Caderas, etc.) y de la pedanía de Albendín (José Espartero Dorado, Domingo Pavón Pulido, etc.). Este último, teniente del Ejército republicano, había permanecido en Francia hasta diciembre de 1940, residiendo a sólo unos kilómetros de donde se encontraba su mujer, Concepción García, y su hija pequeña, sin que ninguno supiera el paradero del otro hasta que él se puso en contacto con su familia de Albendín a través de una carta poco antes de volver a España.

El Gobierno francés ofreció a los antiguos combatientes republicanos que permanecieron en su territorio enrolarse en la Legión Extranjera, en Batallones de Marcha (tropas auxiliares del ejército galo) o en las Compañías de Trabajadores Extranjeros, unidades militarizadas de unos 250 hombres mandadas por oficiales franceses en las que se debían encuadrar obligatoriamente todos los varones de entre 20 y 48 años. Las compañías acogieron a unos 80.000 españoles, de los que alrededor de 12.200 quedaron situados en la zona de la línea defensiva Maginot, en la frontera con Alemania, que pronto se convertiría en frente de guerra.

En mayo de 1940, el ejército alemán invadió Francia y miles de exiliados republicanos alistados en las Compañías de Trabajadores Extranjeros cayeron prisioneros. Se les encerró en recintos provisionales y, tras largas marchas a pie o en distintos medios de transporte, fueron internados en los stalags o campos de prisioneros de guerra, situados por toda Alemania, bajo el control de la Gestapo (policía militar). Desde agosto de 1940 estos españoles serían custodiados por las tropas de las SS y conducidos a campos de concentración nazis. El 15 de septiembre de 1940, Ramón Serrano Suñer –ministro de la Gobernación, presidente de la Junta Política de Falange y cuñado de Franco– visitó Alemania (con posterioridad haría otras tres visitas, ya como ministro de Asuntos Exteriores) y se entrevistó con el ministro de Interior y con Hitler, lo que le permitió conocer de primera mano el destino de los prisioneros republicanos. El 23 de octubre fue el propio Franco, acompañado por Serrano Suñer, quien conversó con Hitler en Hendaya. A pesar de los requerimientos que realizó en varias ocasiones la embajada alemana al Ministerio de Asuntos Exteriores español, las autoridades franquistas no se preocuparon de que a los presos en los stalags y en los campos nazis se les pudiera repatriar o se les diera el estatus de prisioneros de guerra (condición que poseían según la Convención de Ginebra), lo que condenó a una muerte segura a miles de ellos.

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Pila de 180 cadáveres encontrada en el sector ruso el día de la liberación del campo de Mauthausen en 1945.

La mayoría de los españoles apresados por los nazis en Francia acabaron en Mauthausen, un centro de exterminio situado al sur de Austria. Se calcula que entre 1938 y 1945 murieron allí un mínimo de 127.767 personas de diversas nacionalidades, según un estudio oficial austriaco, aunque algunos investigadores sitúan las cifras en varias decenas de miles más. Este campo se catalogó como de categoría III por las autoridades alemanas, la más dura, lo que significaba que estaba destinado para presos irrecuperables que nunca serían liberados. Dentro del campo, los internos morían en las cámaras de gas, en furgones equipados para gasearlos o en el centro de eutanasia del castillo de Hartheim, aunque también eran corrientes los experimentos médicos, las ejecuciones, el uso de perros para despedazar a los reclusos y los asesinatos por inyección letal y por la aplicación de duchas frías en invierno. El suicidio por ahorcamiento o arrojándose a las alambradas eléctricas se convirtió así en la única salida para muchos. Las condiciones de vida a las que se sometía a los prisioneros, en un clima frío y con una alimentación insuficiente para un trabajo agotador en las canteras, fomentaban las enfermedades y una mortandad masiva.

Para no morir en el campo se necesitaba un mínimo de 3.500 calorías, pero las raciones diarias nunca llegaban a las 1.500, una cantidad que se reducía a entre 700 y 900 calorías en la enfermería, según los datos aportados por por David Wingeate Pike en su libro Españoles en el Holocausto. Vida y muerte de los españoles en Mauthausen, editado en 2003. La esperanza de vida entre el invierno de 1939 y el otoño de 1943 no superó los seis meses. La mayoría de los españoles, a los que se identificaba con un triángulo azul (de apátrida o emigrante) con una “s” de spanier (español) adherido a la chaqueta de rayas azules y blancas, murió en Gusen, un subcampo situado a unos cinco kilómetros donde las condiciones eran mucho más duras que en Mauthausen. Allí eran trasladados los prisioneros más débiles para exterminarlos con el trabajo forzado, de manera que el 90% no sobrevivieron. Tras su muerte, los cadáveres eran incinerados en los hornos crematorios del campo.

La primera expedición de deportados españoles a Mauthausen, compuesta por 392 hombres, recaló el 6 de agosto de 1940. Los contingentes más numerosos entraron en el campo en este año (unos 2.200) y en 1941 (unos 4.600), aunque hasta 1945 se internó a unos 400 más acusados de colaborar con la Resistencia francesa. Cuando llegaron los españoles el campo estaba en plena fase de construcción y la mayoría fueron destinados a las duras tareas de extracción de piedras de las canteras de granito. Cuando el ejército americano liberó el campo el 5 de mayo de 1945 permanecían con vida 2.184 españoles, pero no sabemos cuántos murieron en meses posteriores a consecuencia de enfermedades o malnutrición, ya que era frecuente que el 60% de los supervivientes falleciera en el primer año de libertad.

Supervivientes de Mauthausen tras la liberación.

Supervivientes de Mauthausen tras la liberación.

Siete baenenses llegaron a Mauthausen en una deportación masiva organizada por los alemanes desde el campo de refugiados de Les Alliers, en las afueras de la ciudad de Angulema, situada en el centro-oeste de Francia, donde se habían instalado muchas familias españolas, reagrupadas allí tras el exilio, y bastantes mutilados y heridos de la guerra civil. Tras la invasión nazi de Francia, algunos españoles integrados en las Compañías de Trabajadores Extranjeros huyeron hacia el sur y acudieron también a este campo, considerado en aquel momento un lugar seguro, ya que se vivía en un régimen de semilibertad, bajo el control de la Prefectura francesa. El 20 de agosto de 1940, los refugiados de Les Alliers, 927 personas, recibieron la orden de concentrarse en la estación y los internaron en un convoy de vagones de mercancías, sin informarles de su destino. Era el primer tren de Europa Occidental que deportaba familias enteras a un campo nazi. Llegaron a la estación de Mauthausen a los cuatro días de viaje. Allí les hicieron esperar varias horas, hasta que recibieron la orden de que descendieran todos los varones mayores de 13 años, a los que inmediatamente condujeron al campo. Tras la selección, los vagones fueron cerrados de nuevo y el tren reemprendió la marcha. Ocho días tardó el tren en alcanzar la frontera española, a la altura de Hendaya, donde las mujeres y los niños fueron entregados a las autoridades franquistas. De los 430 españoles de este convoy que quedaron en Mauthausen, 357 (el 87%) habían fallecido cuando se liberó el campo en 1945. La odisea de los 927 deportados la reflejaron Montse Armengou y Ricard Belis en el documental El convoy de los 927, producido en el año 2004. En la sinopsis del documental se señala que los documentos encontrados prueban que hasta en cuatro ocasiones las autoridades nazis preguntaron a las españolas qué debían hacer con “los dos mil rojos españoles” de Angulema, pero nunca contestaron a pesar de que sabían que la mitad de los pasajeros habían sido enviados ya al campo de exterminio de Mauthausen. Algunos documentos llevaban una anotación al margen recomendando que se archivara el asunto, ya que “no parece oportuno hacer nada al respecto”.

José Bonilla Horcas, uno de los cinco baenenses deportados de Angulema a Mauthausen, donde murió el 16 de noviembre de 1941.

José Bonilla Horcas murió en Mauthausen el 16 de noviembre de 1941.

A principios de 1941, los siete baenenses del convoy de Angulema, con edades comprendidas entre los 26 y los 40 años, fueron trasladados al subcampo de Gusen, donde cuatro perecieron antes de que acabara el año (José Bonilla Horcas, José Cabrero Misut, José Cruz Navas y Juan Padilla Rojano, cuyo hermano José ya había muerto en la cárcel de Córdoba). Entre el 15 y el 25 de enero de 1942, y con sólo una diferencia de cinco días entre uno y otro, fallecieron los otros tres, los hermanos Miguel, Santiago y Rafael Albendín Navarro. En este año de 1942 hay al menos 14.298 muertes registradas en Mauthausen, lo que proporcionó a las arcas de las SS 5.278,1 gramos en dientes de oro. La muerte de Miguel Albendín Navarro fue inscrita en el libro de defunciones del Registro Civil de Baena el 24 de febrero de 1958, un hecho bastante infrecuente pues estas muertes en los campos nazis no se solían registrar en las localidades de origen de los fallecidos, aunque es posible que en algunos casos se hiciera para poder acceder a las indemnizaciones que el gobierno alemán pagó por aquellas fechas a las familias de los fallecidos en los campos nazis. Gracias a esa anotación sabemos que su mujer se llamaba Ascensión Jiménez Roldán, y que dejó un hijo con su mismo nombre, Miguel. Rafael Albendín también estaba casado (su esposa se llamaba Asunción Jurado), mientras que Santiago era soltero. Una hermana de esta familia se llamaba Carmen y otro hermano Antonio, que era el más pequeño de todos y no luchó en la guerra civil.

Tras la publicación de esta entrada del blog pude localizar, en marzo de 2017, al hijo de Miguel. Sus padres habían huido de Baena al comienzo de la guerra, se casaron en Jaén y él nació en 1939 en un pequeño pueblo de Lérida llamado Maldá. Su padre era cabo civilero del Ejército republicano y pasó a Francia tras los combates que tuvieron lugar en Mequinenza enmarcados en la batalla del Ebro. El pequeño Miguel fue bautizado en el sur de Francia. Tras la deportación del padre, la esposa y el hijo regresaron a Baena, y al poco tiempo emigraron a Málaga, donde Miguel reside en este momento.

También a través de un informe sobre niños huérfanos pobres, elaborado por la Policía municipal de Baena en mayo de 1940 y que se conserva en el Archivo Histórico Municipal, hemos podido rastrear la situación familiar del citado José Bonilla Horcas, casado con Francisca, con la que tenía una hija llamada Josefa Bonilla Pérez. En marzo de 2015, tras la publicación de esta entrada del blog, se puso en contacto conmigo una nieta de José Bonilla, residente en Roquetas de Mar (Almería), que me ha facilitado la fotografía y algunos datos biográficos de su abuelo. Aparte de Josefa, José tenía otros dos hijos: Francisca y Miguel. Mientras él estuvo enrolado en el Ejército republicano, la familia estuvo refugiada en Toledo y en Manzanares (Ciudad Real). La esposa de José, Francisca Pérez Rojas, también tuvo un hermano muerto en la guerra, pero no hemos podido dilucidar si a causa de la represión o en el frente.

José Cruz Navas 1

José Cruz Navas, de 31 años, muerto en Gusen el 16 de octubre de 1941.

Asímismo, tras la publicación de este artículo del blog contactó conmigo en marzo de 2015 Celia Ochavo Cruz, residente en Barcelona y sobrina nieta de otro de los deportados de Angulema, José Cruz Navas, fallecido en Gusen. Gracias a una información que Celia ha obtenido del historiador Benito Bermejo, extraída del archivo del Centro Documental de la Memoria Histórica de Salamanca, sabemos que su tío se alistó de miliciano en el Quinto Regimiento, un cuerpo militar de voluntarios creado a comienzos de la guerra civil a iniciativa del PCE y las Juventudes Socialistas Unificadas. Tras Celia, otro sobrino de José Cruz, de igual nombre y apellido, residente en Madrid, escribió en septiembre de 2015 un comentario que puede leerse debajo de esta entrada del blog. Eso me permitió contactar con él, conseguir una foto de su tío y poner en relación a ambas ramas de la familia, que pudieron conocerse en persona al mes siguiente en la ciudad de Barcelona.

Antonio Ortega Torres, de 22 años, asesinado en Gusen el 15 de septiembre de 1941.

Antonio Ortega Torres, de 23 años, asesinado en Gusen el 15 de septiembre de 1941.

El 27 de enero de 1941, otros tres baenenses llegaron a Mauthausen desde el stalag XI-B, situado en Fallingbostel (actual estado federal de la Baja Sajonia), en un convoy de 1.506 prisioneros republicanos españoles, entre los que se encontraba el catalán Francesc Boix, quien fue autor de las más conocidas fotos del campo y testificaría contra varios jerarcas nazis en el proceso de Nuremberg –es muy recomendable la biografía de este personaje escrita en 2002 por el historiador Benito Bermejo–. Uno de los baenenses era Antonio Castilla Muñoz, que murió en Gusen en noviembre. A los otros dos, Felipe Quesada Pescador y Francisco Fuentes Ruiz, los únicos baenenses que quedaban ya vivos en Mauthausen, parece que los trasladaron el 8 de noviembre de 1942 al campo de Dachau, en las cercanías de la ciudad alemana de Múnich. El primero moriría allí dos días después y del segundo, que tenía entonces 23 años, desconocíamos su destino destino final, que suponíamos trágico, ya que el traslado de ambos prisioneros a Dachau pudo ser ficticio. Muchos de los que en el registro del campo de Mauthausen aparecen como trasladados a Dachau fueron conducidos en realidad para su ejecución a las cámaras de gas del cercano castillo de Hartheim. Así ocurrió, por ejemplo, con un transporte de 45 presos (31 españoles, cuatro judíos holandeses, ocho polacos y dos alemanes) ocurrido el día 14 de agosto de 1941. En el castillo de Hartheim se asesinó a unas 30.000 personas en 55 meses de funcionamiento, de los que 449 eran españoles.

En el párrafo anterior he señalado que el destino de Francisco Fuentes Ruiz pudo ser trágico, pues era lo que se sospechaba cuando escribí la primera versión de esta entrada del blog en septiembre de 2013. Sin embargo, el 7 de mayo de 2014 recibí un mensaje de correo electrónico desde Francia que me especificaba lo siguiente:

Afortunadamente el destino de Francisco Fuentes Ruiz no fue trágico. Sobrevivió y salió del campo de Dachau. Fue liberado el 3 de mayo 1945. Llegó a París el 24/05/1945 y después fue a  Toulouse el 15/06/1945. En septiembre fue a trabajar a Auzat (Ariège) y el 06/08/1946 en Pamiers (Ariège) en la fábrica metalúrgica hasta el año 1976 cuando se jubiló. En Pamiers se casó con una francesa en 1947. De ese matrimonio nacieron un hijo y una hija.  Soy ese hijo, Henri Fuentes. Mi padre vivió una larga y feliz vida con nietas y bisnietos hasta el año 2012.

Este mensaje me llenó de satisfacción como historiador, pero a la vez me hizo reflexionar sobre la injusticia del olvido. El único baenense que consiguió sobrevivir durante cuatro años y cuatro meses en los campos de exterminio nazis murió hace muy pocos años en Francia –donde se asentó definitivamente en el exilio– sin que supiéramos de su existencia y sin que, en consecuencia, hayamos podido recoger su testimonio vital. Esta circunstancia es un ejemplo claro de las carencias que, por desgracia, han presentado la investigación histórica y las políticas de memoria democrática en nuestro país.

Hemos podido completar con posterioridad la biografía de Francisco Fuentes gracias a la labor investigadora de la ya citada Celia Ochavo, sobrina nieta del también preso José Cruz Navas, que ha obtenido las fichas de varios deportados baenenses a través de la sección dedicada a las víctimas de la persecución nazi del Servicio Internacional de Búsquedas de la UNESCO. Francisco Fuentes fue deportado, entre el 14 y el 24 de marzo de 1944, desde Dachau al campo de Natzweiler, en la provincia de Alsacia (actual Francia), donde trabajó en el comando exterior de Neckarelz. En este campo hubo 44.623 internados, de los que murieron entre 12.000 y 25.000, en gran medida por los abusos en el trabajo, malnutrición y las torturas de las SS. La mayoría  de los presos eran polacos, soviéticos, franceses, húngaros y alemanes, aunque se contabilizan también 80 españoles.  Ante el avance de las tropas aliadas, en septiembre de 1944 los presos de este campo fueron trasladados a otros recintos. Francisco Fuentes llegó de nuevo a Dachau el 2 de abril de 1945, y un mes más tarde el campo, que había llegado a albergar a más de 200.000 prisioneros, sería liberado por las tropas norteamericanas.

Antonio Navarro Ortiz, de 46 años, asesinado en Gusen el 20 de junio de 1941.

Antonio Navarro Ortiz, de 46 años, asesinado en Gusen el 20 de junio de 1941.

Aparte de los ya señalados, otros cinco baenenses perdieron la vida en el complejo de Mauthausen a lo largo de 1941. En el castillo de Hartheim, posiblemente gaseados, perecieron dos: Antonio Campos Sánchez, que había llegado a Mauthausen el 13 de diciembre de 1940 en un convoy de 846 españoles procedentes de un stalag en Estrasburgo; y Antonio Pérez Baena, que tuvo la desgracia de ser el primer baenense internado en Mauthausen el 13 de agosto de 1940. Por otro lado, en el subcampo de Gusen murieron Antonio Ortega Torres, de 23 años, el más joven de los baenenses internados; y Antonio Navarro Ortiz, el mayor de ellos, con 46 años, que había llegado a Mauthausen el 25 de enero en un convoy de 775 españoles procedentes del stalag VIII-C de la ciudad alemana de Trier (o Tréveris). De ambos poseemos fotografías entregadas por sus familiares. La de Antonio Ortega me la facilitó José de las Morenas Lara en 2006 para que se publicara en mi libro Baena roja y negra. Guerra civil y represión (1936-1943). La de Antonio Navarro Ortiz la recibí a finales del mes de agosto de 2013, junto a otra documentación personal, de su nieta Carmen Pérez Navarro, residente en Barcelona, pues su viuda y los cinco hijos emigraron de Baena.

El recuerdo institucional u oficial de los 14 deportados baenenses ha tenido serias lagunas municipales hasta el momento, a pesar de la relevancia histórica de esta tragedia y de la necesidad de sensibilizar a la población para que hechos similares no se vuelvan a producir. El 26 de mayo de 2016 el pleno del Ayuntamiento de Baena aprobó, por unanimidad de todos los grupos políticos, una moción presentada por IU con la finalidad de homenajear a los 14 hijos de la localidad que padecieron el terror nazi. No obstante, varias de las propuestas no se han cumplido aún, a pesar de que el plazo de realización era de dos años. Entre lo no llevado a cabo se encuentra el contactar con las familias de los deportados para celebrar un acto de homenaje con motivo del Día Internacional de Conmemoración de las víctimas del Holocausto (27 de enero), la construcción de un monumento con el nombre de las víctimas, la organización de una exposición de recuerdo o la colocación de pequeñas placas (stolpersteine) en las calles o casas donde vivieron los  represaliados.

Según los datos aportados por Carlos Hernández de Miguel en su imprescindible libro Los últimos españoles de Mauthausen, publicado en 2015, existe constancia documental de que 9.328 españoles pasaron por los campos nazis. De ellos murieron 5.185, sobrevivieron 3.809 y constan como desaparecidos 334, lo que representa una tasa de mortalidad del 59%. Esa proporción se eleva al 64% si nos atenemos a las cifras de Mauthausen: 7.532 internados españoles de los que murieron 4.816. De acuerdo con el libro colectivo (Sandra Checa, Ángel del Río y Ricardo Martín) Andaluces en los campos de Mauthausen, de los españoles deportados a este campo, 1.494 eran andaluces y 336 de Córdoba. Cuando se liberó el campo el 5 de mayo de 1945 habían muerto alrededor de 1.000 andaluces –en su mayoría soldados y combatientes antifascistas con una media de edad de entre 20 y 30 años–, de los que 238 (más ocho desaparecidos) procedían de la provincia de Córdoba. Baena, con 13 vecinos asesinados, es el quinto municipio cordobés en número de víctimas mortales en los campos de exterminio nazis, detrás de Posadas, con 17 asesinados; Córdoba capital, con 15; y Fuenteobejuna y Palma del Río, ambos con 14. La lista completa con los trece baenenses fallecidos y del único superviviente se puede leer en este enlace.

"Los españoles antifascistas saludan a las fuerzas liberadoras" dice la enorme pancarta escrita en español, inglés y ruso que se colocó sobre la portada del campo central. Fue desplegada a la llegada de las tropas americanas el 5 de mayo de 1945.

“Los españoles antifascistas saludan a las fuerzas liberadoras” dice la enorme pancarta escrita en español, inglés y ruso que se colocó sobre la portada del campo central de Mauthausen. Fue desplegada a la llegada de las tropas americanas el 5 de mayo de 1945.

 Enlaces y documentación de interés

Juan y Manuel González León: montillanos asesinados en el campo nazi de Mauthausen

Cuando se acercaba el final de la guerra civil, la caída de Cataluña en febrero de 1939 en manos de las tropas franquistas originó la trágica desbandada de unos 500.000 civiles y militares que atravesaron la frontera con Francia. De ellos, aproximadamente 200.000 quedaron para siempre en el exilio. Desarmados y vigilados por gendarmes y tropas coloniales, los refugiados españoles fueron hacinados en campos de concentración situados en las playas o en recintos improvisados, sin lugares de cobijo y rodeados de alambradas. Ante la inminencia de la II Guerra Mundial, el Gobierno francés obligó a los varones de entre 20 y 48 años a alistarse en las Compañías de Trabajadores Extranjeros, unas unidades militarizadas en las que se encuadraron unos 80.000 españoles, de los que alrededor de 12.000 quedaron situados en la zona de la línea defensiva Maginot, en la frontera con Alemania, que pronto se convertiría en frente de guerra. En mayo de 1940, el ejército alemán invadió Francia y miles de exiliados republicanos alistados en las Compañías de Trabajadores Extranjeros cayeron prisioneros de los nazis. En principio, se les encerró en recintos provisionales y, tras largas marchas a pie o en distintos medios de transporte, fueron internados en los stalags o campos de prisioneros de guerra situados por toda Alemania, bajo el control de la Gestapo (policía militar). A pesar de los requerimientos que realizó la embajada alemana al Ministerio de Asuntos Exteriores español, las autoridades franquistas no realizaron gestiones para que a estos presos, algunos de ellos menores de edad, se les diera el status de prisioneros de guerra o se les pudiera repatriar, lo que condenó a una muerte segura a miles de ellos. Unos 15.000 españoles terminaron internados en los campos nazis, donde murieron aproximadamente la mitad.

La mayoría de los españoles que sufrieron los campos nazis acabaron sometidos a trabajos forzados en las canteras de granito de Mauthausen, un centro de exterminio situado al sur de Austria, por el que entre 1938 y 1945 pasaron unos 200.000 presos de diversas nacionalidades, de los que fallecieron alrededor de la mitad. Según los datos aportados por Carlos Hernández de Miguel en su imprescindible libro Los últimos españoles de Mauthausen, publicado en enero de 2015, existe constancia documental de que 9.328 españoles pasaron por los campos nazis. De ellos murieron 5.185, sobrevivieron 3.809 y constan como desaparecidos 334, lo que representa una tasa de mortalidad del 59%. Esa proporción se eleva al 64% si nos atenemos a las cifras de Mauthausen: 7.532 internados españoles de los que murieron 4.816. De acuerdo con el libro colectivo (Sandra Checa, Ángel del Río y Ricardo Martín) Andaluces en los campos de Mauthausen, de los españoles deportados a este campo, 1.494 eran andaluces y 336 de Córdoba. Cuando se liberó el campo el 5 de mayo de 1945 habían muerto alrededor de 1.000 andaluces –en su mayoría soldados y combatientes antifascistas con una media de edad de entre 20 y 30 años–, de los que 238 (más ocho desaparecidos) procedían de la provincia de Córdoba.

Portada de mi libro "Los puños y las pistolas. La represión en Montilla (1936-1944).

Portada de mi libro “Los puños y las pistolas. La represión en Montilla (1936-1944)”.

Al comenzar a recopilar documentación sobre la Segunda República y la guerra civil en Lucena, descubrí en el libro de Francisco Moreno Gómez, Córdoba en la posguerra. La represión y la guerrilla (1939-1950), que el lucentino Juan González León había muerto en enero de 1942 en el campo nazi de Mauthausen. Durante años intenté encontrar a sus descendientes para saber algo más de esta historia. No obstante, tuve que esperar a que me hablara de él en Montilla Francisco Carmona Priego “Ojos Claros”, quien había llegado a conocerlo. Francisco Carmona conocía también a sus hijos y, además, se encargó de localizar a decenas de víctimas de la represión franquista y a sus familiares con la intención de que sus testimonios aparecieran en mi libro Los puños y las pistolas. La represión en Montilla (1936-1944). Pude charlar por teléfono con Antonio, uno de los hijos de Juan González León, el 20 de mayo de 2001. Me habló de su padre, de sus tíos maternos Luis y Francisco Merino Navarro que se habían exiliado en Francia, y me informó de que su tío paterno Manuel también había muerto en Mauthausen, algo que yo desconocía. Gracias a esta información pude contactar unos días después, el 7 de junio, también por teléfono, con su primo Rafael González Polonio, hijo de Manuel quien, aparte de hablarme de su padre, me contó que habían fusilado en Montilla en junio de 1941 a su tío político, Carlos García Herrador. Por fin, tras cuatro años de búsqueda y gracias al testimonio de la familia González, conseguí vertebrar la historia de los dos hermanos González León, víctimas de la barbarie nazi, y ponerle rostro a sus caras.

Juan y Manuel González León habían nacido en Lucena, pero se habían asentado desde pequeños con su familia en Montilla, un feudo histórico del socialismo cordobés, donde la izquierda había doblado en votos a la derecha en todas las elecciones celebradas durante la República. En Montilla el 18 de julio de 1936 se repitió el mismo esquema que en otros pueblos y ciudades en los que triunfó con rapidez el golpe de Estado. Tras recibir órdenes de sumarse a la rebelión, la Guardia Civil, comandada por el capitán Luis Canis Matute, controló la localidad de manera violenta en la misma madrugada del día 19, lo que originó en los días siguientes la huida, en un pueblo que entonces tenía 20.000 habitantes, de miles de refugiados hacia la zona republicana. Como consecuencia de la sublevación militar los montillanos fieles a la República pagarían un enorme tributo de sangre: durante la guerra al menos 115 personas fueron asesinadas y 75 murieron en los frentes de batalla; en la posguerra hubo 15 fusilados, 438 encarcelados o represaliados, seis fallecidos en las cárceles, dos guerrilleros muertos y ocho hombres inmolados en el campo nazi de Mauthausen, entre los que se encontraban los hermanos Juan y Manuel González León.

Juan González León y, de izquierda a derecha), sus hijos Francisco, Josefa, Tránsito, Dolores y Antonio González Merino. La fotografía se realizó durante la guerra civil en Valdepeñas (Ciudad Real)

Juan González León y, de izquierda a derecha, sus hijos Francisco, Josefa, Tránsito, Dolores y Antonio González Merino. La fotografía se realizó durante la guerra civil en Valdepeñas (Ciudad Real).

Juan González León había tenido un alto compromiso político en Montilla, pues había sido secretario de las Juventudes Socialistas en 1931 y presidente de la Sociedad de Obreros y Empleados Municipales, afecta a la UGT. Cuando se produjo el golpe de Estado, Juan González huyó de Montilla con su mujer Dolores Merino Navarro y sus cinco hijos, atravesó distintos pueblos de las provincias de Córdoba y Jaén, y recaló en Valdepeñas (Ciudad Real), donde se alistó en el batallón de Félix Torres. Combatió en el frente de Valdemoro (Madrid) y, al caer Barcelona en manos franquistas, cruzó los Pirineos. En Francia, después de sufrir los campos de concentración, lo destinaron a una Compañía de Trabajadores Extranjeros en la línea defensiva Maginot. Tras la ocupación nazi, lo internaron en el Stalag XI B, situado en Fallingbostel (actual estado federal de la Baja Sajonia), donde ya había estado internado el exconcejal socialista montillano José Carrasco Navarro, asesinado también en el subcampo de Gusen. Desde allí lo deportaron a Mauthausen, el 27 de enero de 1941, junto a otros 1.505 prisioneros republicanos españoles, entre ellos el montillano Ángel Ramírez Muñoz y el catalán Francesc Boix, el famoso fotógrafo que testificó contra varios jerarcas nazis en el proceso de Núremberg. Ese mismo día comenzó el traslado de prisioneros españoles de Mauthausen a Gusen, adonde llegó el 17 de febrero junto al también montillano Luis Luque Espejo, y allí murió el 11 de enero de 1942, cuando hacía sólo cinco días que había cumplido los 42 años. El 8 de marzo de 1946, la agencia central de prisioneros de guerra del Comité Internacional de la Cruz Roja informó a su esposa, Dolores Merino Navarro, de que se encontraba como fallecido en una lista elaborada por los exinternados en el campo nazi de Mauthausen, pero a la vez le decía que era la única información que poseía y advertía de que le resultaba “absolutamente imposible obtener otra indicación ni confirmación oficial”.

Manuel González León

Manuel González León

El hermano de Juan, Manuel González León, uno de los fundadores del partido comunista en Montilla, también tuvo que huir para evitar la represión. Al rancho de la sierra donde vivía llegaron un día de julio de 1936 unos falangistas preguntando por su paradero a su mujer, Encarnación Polonio Muñoz. Como él no se encontraba allí, a ella la amenazaron de muerte. Esa noche, la familia entera, con hermanos y sobrinos, huyó a lomos de tres bestias y se cobijó durante la guerra en Úbeda (Jaén). Manuel González, mientras tanto, alcanzó el grado de capitán en el ejército republicano. En el exilio, junto a su hermano Juan y dos hijos de su hermano Domingo (Manuel y Antonio, que retornarían a España al poco tiempo) sufrió los campos de concentración franceses de Barcarès y Saint Cyprien. En 1940 estaba enrolado junto a su hermano Juan en la 107 Compañía de Trabajadores Extranjeros, en una zona boscosa del norte del país, cuando los ocupantes nazis los apresaron y los separaron. A Manuel lo internaron en el Stalag VI C, cercano a Batthorn-Emsland, en la Baja Sajonia (Alemania), hasta que fue deportado a Mauthausen y luego a Gusen el 20 de octubre de 1941, en un convoy en el que también viajaban los montillanos Antonio Jordano Jordano, Miguel Torres Alcaide y Manuel Cerezo Rute (el único que sobrevivió). Manuel González falleció el 25 de noviembre de 1941, cuando tenía 31 años. La información que le facilitó la Cruz Roja a su viuda sobre su espeluznante destino resultó similar a la que ofrecieron de su hermano Juan, asesinado cuarenta y siete días después.

Con la nuera y las hijas de Juan González León, en Sant Joan Despí (19 de octubre de 2002).

Con la nuera y las hijas de Juan González León, en Sant Joan Despí (19 de octubre de 2002).

La historia de los hermanos González León se incluyó en mi libro Los puños y las pistolas. La represión en Montilla (1936-1944). A su presentación, el 1 de diciembre de 2001, entre otros muchos familiares de represaliados montillanos venidos de diversos lugares, asistieron los cinco hijos de Juan González Léon y el hijo y el nieto de su hermano Manuel. Para ello, se trasladaron desde Sant Joan Despí y Sant Feliu de Llobregat, las localidades barcelonesas a donde había emigrado en los años cincuenta del siglo pasado. Nunca olvidaré lo que me dijo aquel día, nada más verme, una de las hijas de Juan González: “Hoy hemos venido a enterrar a mi padre”. Para muchos familiares de represaliados, unas simples hojas de papel pueden llegar a sustituir, de manera simbólica, a una tumba. Ya que no sabían donde reposaba su cadáver, al menos ahora existía un libro en el que aparecía su nombre, su foto y su historia. Por fin poseían algo material que perpetuaba la memoria de sus seres queridos. Era evidente que, para bastantes familiares de víctimas mortales de la represión franquista, la presentación del libro se transformó aquel día en una ceremonia de duelo público que nunca antes habían podido realizar.

Con Francisco Ruiz Acevedo (izq.) y Antonio (hijo de Juan González León), en Sant Joan Despí, el 19 de octubre de 2002.

Con Francisco Ruiz Acevedo (izq.) y Antonio (hijo de Juan González León), en Sant Joan Despí, el 19 de octubre de 2002.

El libro de Montilla se agotó en dos semanas y se reimprimió dos veces más en menos de medio año. Gracias a las gestiones del Centro de Estudios Comarcales del Bajo Llobregat y del historiador Jaume Claret Miranda, se realizó una presentación muy concurrida el 19 de octubre de 2002 en la localidad barcelonesa de Sant Joan Despí, en concreto en el barrio de Las Planas, donde habita una comunidad montillana de miles de personas. Esta presentación me sirvió para agrandar la relación con los hijos y nietos de Juan y Manuel González León, y para conocer o ampliar la historia de otras víctimas montillanas de la represión franquista que habían emigrado allí (Miguel Feria Blanca, Antonio García Sánchez, Mariano Águila Nieto, Miguel Gómez Márquez, etc.). La relación con la familia González se fue afianzando tras la creación en mayo de 2005 de la Asociació per a la Memòria Històrica y Democràtica del Baix Llobregat, presidida por el incansable Francisco Ruiz Acevedo. Una de las múltiples actividades de esta asociación fue la edición del libro Peatones de la historia del Bajo Llobregat (testimonios y biografías). La obra se presentó el 4 de diciembre de 2006 en Cornellá de Llobregat por el conocido periodista Manuel Campo Vidal en un acto multitudinario, celebrado en el Ateneo Recreativo y Cultural, en el que yo fui uno de los conferenciantes. El libro, que contó con un segundo volumen, recoge las historias de personas que intervinieron, en esta comarca con una fuerte presencia inmigrante, en los movimientos sociales, sindicales y políticos antifranquistas. Entre las biografías se incluyen las de dos hijos de Juan y Manuel González León: Antonio González Merino (encarcelado durante tres meses en 1969 por su actividad sindical) y Rafael González Polonio, afiliados a la asociación, con unas trayectorias ligadas a Comisiones Obreras y al PSUC, la marca catalana del partido comunista. La asociación, muy activa en la defensa de la memoria democrática, ha sido responsable de la difusión de la historia de los dos padres y de los dos hijos a través de otros medios escritos, como la revista Memòria Antifranquista del Baix Llobregat y el libro Traumas. Niños de la guerra y el exilio. El testimonio de Rafael González Polonio también se grabó en formato audiovisual en el año 2009 para el archivo digital de la guerra civil y la dictadura franquista, promovido por la Universidad de California, y se incluyó en Memorias de las cenizas, un documental que se adentra en la historia de los más de 1.500 andaluces apresados en los campos nazis. Por desgracia, la repentina muerte de Rafael, el 4 de octubre de 2012, le impidió asistir a la presentación del documental en Barcelona. Su primo Antonio falleció unos años después, el 23 de septiembre de 2015.

1.En primera fila, Antonio González Merino (primero por la derecha) y Rafael González Polonio (cuarto por la derecha), en la visita realizada a Mauthausen a principios de mayo de 2005.

En primera fila, Antonio González Merino (primero por la derecha) y Rafael González Polonio (cuarto por la derecha), en la visita realizada a Mauthausen a principios de mayo de 2005.

En mayo de 2005 un grupo de familiares de asesinados en los campos nazis, militantes de organizaciones de recuperación de la memoria y cargos institucionales de la Junta de Andalucía viajaron cuatro días a Mauthausen, con motivo del sexagésimo aniversario de la liberación del campo nazi por la tropas aliadas. Por primera vez en la historia asistieron autoridades españolas, quienes a diferencia de las del resto de países europeos nunca habían participado. La representación española estuvo encabezada por el presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, y la consejera de Justicia de la Junta de Andalucía, Evangelina Navarro. El viaje lo organizó la Amical de Mauthausen, la asociación que agrupa a los exdeportados y a los familiares y amigos de las víctimas. Entre los viajeros se encontraban Antonio González Merino (hijo de Juan González León) y su mujer Carmen Aragón, Rafael González Polonio (hijo de Manuel González León) y su hijo Francisco José, y Antonio Carrasco López (nieto de José Carrasco Navarro, otro montillano asesinado en el campo). Hablé varias veces con Antonio González y su primo Rafael de este viaje, y éste me envió un amplio reportaje fotográfico suyo y otro de Antonio Carrasco López. Recuerdo la fuerte impresión que les produjo el viaje, lo que motivó que Rafael hiciera una profunda y sentida reflexión escrita, titulada “A la memoria de mi padre“, sobre aquella experiencia. Algunas de las emociones vividas quedan reflejadas en estos dos párrafos:

Rafael González Polonio, junto a su hijo Francisco, en un barracón de Mauthausen, con la foto de su padre y su tío.

Rafael González Polonio, junto a su hijo Francisco, en un barracón de Mauthausen, con la foto de su padre y su tío.

“En el año 2005 cumplí con un viejo sueño que había ido aplazando por diferentes motivos: fui a Mauthausen. También en esta ocasión mi hijo me acompañó. Mi hijo Francisco José desde muy joven se preocupó de saber qué había pasado con su abuelo, preguntó a su abuela o a mí, leyó las cartas y se define como un nieto orgulloso de su abuelo, de su trayectoria y de los principios y valores que defendió. Llegamos a Mauthausen un frío y lluvioso día del mes de mayo y lo primero que todos pensamos fue que si en primavera hacía tanto frío cómo sería aquello en invierno. Yo había leído libros, había visto documentales, pero estar allí era otra cosa, es muy difícil explicar lo que sentí, se mezclaron muchas sensaciones, rabia, dolor, impotencia, incredulidad, pena. Estábamos en uno de los barracones, miré a mi hijo y su cara era todo un poema, supongo que la mía no era diferente. Miré una de las fotos que había en la pared y me pareció o imaginé ver a mi padre, se me hizo un nudo en la garganta y estuve a punto de echarme a llorar. Íbamos mi hijo y yo por los barracones, cada uno por un lado y sin hablar, necesitábamos un poco de tiempo en soledad para digerir todo lo que estábamos viendo, todo lo que estábamos sintiendo. Llegamos al horno crematorio, había mucha gente y sin embargo el silencio era absoluto, el respeto era absoluto, los restos de miles y miles de seres humanos habían terminado en ese horno.

Fotografía de los hermanos González León, colocada en mayo de 2005, en la parte exterior del horno crematorio de Gusen.

Fotografía de los hermanos González León, colocada en mayo de 2005, en la parte exterior del horno crematorio de Gusen.

El día siguiente, sábado, estuvimos en Gusen, era el final del viaje, era el lugar donde mi padre término sus meses de sufrimiento. Entramos en el horno crematorio y me emocioné al pensar que probablemente los restos de mi padre se quemaron en él. Las paredes estaban llenas de placas, fotos y recordatorios que los familiares habían ido dejando, mi hijo empezó a buscar un sitio para colocar una foto que había preparado de su abuelo Manuel y su hermano Juan con una pequeña recordatoria. Encontramos un sitio en la parte posterior del horno, mi hijo comenzó a preparar la foto para pegarla en la pared, le temblaban las manos y cuando terminó de colocarla pasó su mano por encima suavemente, como intentando acariciar a su abuelo, estaba emocionado”.

Carta Manuel

Carta enviada por Manuel González León a su mujer Encarnación Polonio, fechada el 31 de agosto de 1939 en el campo de refugiados de Barcarés (Francia).

El viaje a Mauthausen de mayo de 2005 sirvió de idea para un libro fundamental sobre las víctimas de los campos nazis: Andaluces en los campos de Mauthausen, una cuidada y lujosa obra colectiva, editada por el Centro de Estudios Andaluces, de Sandra Checa, Ángel del Río y el fotógrafo Ricardo Martín. Esta publicación, además de incluir un importante contenido histórico y la lista de todos los andaluces prisioneros en el campo, analiza el impacto y la trascendencia que ha supuesto para las familias la pérdida de sus seres queridos, un apartado que ha sido tratado de forma magistral por el antropólogo Ángel del Río. Tres familias montillanas, las de José Carrasco Navarro y Juan y Manuel González León, aparecen en sus páginas narrando experiencias y recuerdos. Gracias a este libro, conocemos también en parte la abultada correspondencia que Manuel González mantuvo desde el exilio con su esposa Encarnación Polonio (hasta que lo trasladaron a Mauthausen, donde la correspondencia estaba prohibida y la familia pierde su rastro). Su hijo Rafael conservó las cartas y se las facilitó a Ángel del Río, quien incluyó algunos extractos de ellas en la obra (págs. 174-176). Hemos seleccionado los siguientes párrafos:

Manuel, nunca dejó de ejercer su condición de padre y de marido a pesar de las distancias y las circunstancias tan desfavorables, primero en los ignominiosos campos de refugiados franceses de Barcarès y Saint Cyprien durante el año de 1939; luego en una fría zona boscosa del norte de Francia en 1940; y finalmente, en un campo de prisioneros alemán en la Baja Sajonia. Sus palabras, en todo momento, desprenden un halo de ternura y sensibilidad encomiables. Trata, por todos los medios, de dar ánimo y coraje a su joven esposa con el fin de que pueda sacar a sus hijos hacia delante: “Encarnación, después de leer tu carta no puedes figurarte cuán orgulloso estoy de ti y más de tu buen estado de ánimo, yo por mi parte haré cuanto esté a mi alcance para ayudaros a vivir mientras llego a esa que no tardará mucho.” [Barcarès]; “Tu última carta la releo muchas veces y me produce una gran satisfacción ver que mis hijos tienen una madre con ánimos para trabajar para que no les falte pan.” [Barcarès].

En su afán de crear una imagen natural de tranquilidad, utiliza con recurrencia el humor y la ironía: “Claro como no hace uno nada en todo el día nada más que dormir y nadar, que va uno a terminar hecho un Anfibio” [Barcarès]; “Hoy mismo por ejemplo estoy de descanso, pues no trabajo porque estoy malo, mi enfermedad es aquí muy corriente se llama el Cuento, así que mañana a trabajar, después de haberte escrito, y a vivir la vida conforme venga, sin pensar en nada, si no es yo en ti, y en tu ánimo” [107 Compañía de Trabajadores Extranjeros, en lo sucesivo CTE].

En ocasiones, son necesarias las mentiras piadosas para mitigar el dolor que causa en su mujer, el estado de prisionero de guerra: “Pero tú no sufras por mi situación que es buena, así como la comida. Esta te la escribo, como de costumbre sentado en la cama. Si me vieras no me conocerías de gordísimo que estoy, es lástima que no pueda retratarme para mandarte la foto, pero en fin paciencia, esto va a durar poco, ahora se dice que pronto nos liberarán a los españoles. En otra anterior te decía que para las pascuas yo sería en esa, y pienso no equivocarme.” [Stalag VI C]

En ningún momento hay muestras de flaqueza y debilidad y siempre desborda optimismo. Sólo el frío, además de, lógicamente, la familia, es motivo de nostalgia: “…veo que ahí hace calor, esto me lo supongo, y siempre me digo que viva mi Andalucía, que por su clima y otras cosas, vale por todo lo que llevo recorrido.” [107 CTE]; “Encarnación no puedes figurarte lo que me acuerdo de ustedes y de la rica temperatura de mi Andalucía, tú no sabes el frío que hace por esta tierra.” [Stalag VI C].

Deseaba para su hijo los estudios que él nunca tuvo –sólo estudió la primaria–, pues entiende que la cultura es un valor fundamental: “…tú ponlo en la Escuela que aprenda a leer que es lo más útil para una persona. Aunque el juego es para los chiquillos como el sol para las plantas” [Barcarès].

Y, de manera relevante, los sentimientos de afecto y de amor están presentes en todas las cartas, muchas veces escritas en sentida prosa poética: “Quizá sea éste el motivo principal del porqué me acuerde tanto de ti, y de cuando yo, sin saber de la vida, jugaba con tu cariño en mis manos como el gato juega con la alimaña que se descuida, éste para terminarla, y yo jugaba, jugaba y repetía la jugada, qué alegría, qué tiempos. Siempre jugando, y cada día, tu cariño en mis manos seguía más bello, y yo más esclavo de él, era mi obra, era mi cariño, y al hablarte en mi interior de mi cariño, hablaba del tuyo, que ya es mío.” [107 CTE].

Rafael que, como su hijo Francisco Javier, ha leído en multitud de ocasiones las cartas de su padre, se emociona, especialmente, con una en la que relata un sueño donde aparece toda la familia en un día de feria andaluza. Con el emotivo sueño, Manuel hace una reflexión muy aguda sobre las causas por las que una persona resiste en circunstancias tan hostiles:

Te voy a contar un sueño que tuve hace dos noches. Ya estaba yo en esa, y era feria, por la tarde. Tú y yo vestíamos a los dos, y Antoñita te quería más a ti que a mí, y yo me reía porque veía que era propio, toda vez que a mí no me conocía, y cuando les arreglábamos, nos dispusimos a salir, y no sé lo que tú me dijiste, y yo digo bueno, pues para que otra vez no me digas eso, te arresto y no vienes a la feria.

Y Rafalito se reía mucho y decía, eso papá, eso, pero la niña estaba muy seria, y le dice a su hermano, ¿por qué te ríes y te alegras de que mamá no venga? Pues si mamá no viene, yo tampoco voy, a lo que el niño le dice, sí, tonta ven, que papá nos compra muchas cosas, y ante estas palabras, ella casi quería venir, y se queda muy fija mirándome, y me dice: Papá, ¿por qué no viene mamá? y también le compras a ella muchas cosas. Como yo no le contesté en seguida, va y me dice, llévala con nosotros y te quiero a ti como a mamá.

Y ante esto, en sueño, desperté casi llorando, y me decía, lo que pueden los hijos. Un buen rato me llevé sentado en la jergoneta, pensando en la realidad de este sueño, y en lo feliz que yo sería hoy, y lo bien que mi parejita se criaría a mi lado, esto me vuelve loco, y hay veces que no me quiero yo mismo.

Pero como siempre hay un algo que alimenta al hombre la ilusión en la vida, la fe en el porvenir, y el amor a mis seres más queridos, estas tres cosas son la base fundamental de que yo no haya perdido la cabeza, como la han perdido muchos ilusos”. [107 CTE].

Antonio González Merino (izq.) y su primo Rafael González Polonio depositan flores, en mayo de 2010, delante del monolito que recuerda a las víctimas de la represión franquista en el cementerio de Lucena, entre cuyos nombres se encuentran los de sus padres Juan y Manuel González León.

Antonio González Merino (izq.) y su primo Rafael González Polonio depositan flores, en mayo de 2010, delante del monolito que recuerda a las víctimas de la represión franquista en el cementerio de Lucena, entre cuyos nombres se encuentran los de sus padres Juan y Manuel González León.

En muchos países europeos que han sufrido regímenes fascistas ha existido una política de Estado consistente en la creación o mantenimiento de lugares de memoria explicativos de ese pasado totalitario (monumentos, nombres de calles, museos, conservación de campos de concentración, etc.). La función de estos lugares no es solo simbólica y memorialista, sino también educativa, moral y cívica. Es una forma, a través de la verdad y del recuerdo, de resarcir a las víctimas, de defender los valores democráticos, de asentar los derechos humanos y de que las nuevas generaciones conozcan su historia para que no vuelva a repetirse. En España esta política, que podríamos denominar de “justicia histórica”, ha resultado escasa y tardía. Además encuentra muchas reticencias entre un significado sector de la clase política que aún identifica olvido con reconciliación y memoria con venganza. No obstante, en el caso de los hermanos González León ha habido dos iniciativas institucionales muy loables en el ámbito de los lugares de memoria. Por un lado, en el año 2005 la construcción por el Ayuntamiento de Lucena de un monolito en el cementerio, con los nombres de las 123 víctimas mortales lucentinas conocidas hasta ese momento de la represión franquista, entre las que se incluyen los hermanos González León. Este gesto ha permitido algo común en una cultura como la nuestra, acostumbrada a enterrar a sus muertos en los cementerios: que sus hijos hayan venido en múltiples ocasiones a Lucena para dejarles flores y honrar su memoria ante el monumento.

Familiares de Juan y Manuel González León junto a la placa que da sus nombres a una calle de Montilla, el 15 de mayo de 2010.

Familiares de Juan y Manuel González León junto a la placa que da sus nombres a una calle de Montilla, el 15 de mayo de 2010.

La segunda iniciativa fue que el Ayuntamiento de Montilla, respondiendo de forma tardía a una petición de la familia realizada más de siete años antes, decidió dedicarles una plaza. El acto oficial se celebró el 15 de mayo de 2010, al día siguiente de la presentación publica de la nueva edición corregida y aumentada de mi libro sobre Montilla, y contó con la presencia de la familia González León y de los representantes de todos los grupos políticos de la corporación municipal. Este acto se convirtió no solo en un reconocimiento a los hermanos González León, sino también a sus hijos y nietos por haber sabido mantener su memoria, ya que para los que sufrieron la represión una de las mayores justicias es el recuerdo. Una semana antes de que se les dedicara una plaza en Montilla, Rafael González Polonio había regresado a Mauthausen para satisfacer un deseo incumplido tras su primer viaje: colocar una placa permanente en una de las paredes. La placa, de color blanco y en letras negras, lleva la S de spanien enmarcada en un triángulo azul (símbolo cosido en su chaqueta que identificaba a los presos españoles) y el siguiente texto:

Nunca más. A la memoria de los hermanos Juan y Manuel González León, fallecidos en el campo de concentración de Gusen. Su familia no les olvida. Gusen, 7 de mayo de 2010

Rafael González Polonio coloca en Gusen una placa en recuerdo de su padre y su tío (7-5-2010).

Rafael González Polonio coloca en Gusen una placa en recuerdo de su padre y su tío, el 7 de mayo de 2010.

Documentación de interés:

Miguel Aceituno Jiménez: cartas, de Jaén a Rute, de un condenado a muerte en 1939

Miguel Aceituno Jiménez

Miguel Aceituno Jiménez

El jiennense Miguel Aceituno Jiménez trabajaba como tipógrafo y militaba en las Juventudes Socialistas Unificadas. Al estallar la guerra, se alistó como voluntario en las milicias republicanas y el 26 de mayo de 1937 fue nombrado comisario de guerra del 2º Batallón de la 74 Brigada, según el Diario Oficial del Ministerio de Defensa. Su padre, Miguel Aceituno Tapia, jefe de personal de la Delegación de Hacienda de Jaén, se suicidó arrojándose por la ventana cuando recibió, debido a un error burocrático, la noticia del fallecimiento de su hijo en el frente. En las milicias entabló amistad con dos ruteños emigrados a Madrid: el capitán Avelino Ruiz Tenllado y el teniente Justo Rodríguez Rodríguez, esposo y novio, respectivamente, de las hermanas Dolores y Manuela Reyes Marín, quienes también eran de Rute y residían en la capital desde el año 1931. Miguel Aceituno contrajo matrimonio civil el 23 de agosto de 1937 con una hermana de su amigo Justo, María (a la que llamaba Maruja), de 22 años. Como él estaba en el frente, Maruja se estableció en Jaén, y a finales de año se mudó a una casa alquilada en la viña de Berenguer, en Andújar, donde convivía con las hermanas Reyes Marín.

Durante los años 1938 y 1939 Miguel Aceituno estuvo destinado en Valencia, y allí le sorprendió el fin de la guerra como comisario político del partido comunista. En vez de regresar a Jaén, se dirigió con su mujer a Rute. Sólo llevaba dos días en el pueblo cuando lo denunció el falangista Agustinito “El Mellizo”, hermanastro de su amigo Avelino Ruiz Tenllado, pero tuvo la fortuna de que otro hermano de Avelino, Manolo, lo avisara la noche anterior, por lo que pudo huir con tiempo hacia el domicilio de su madre en Jaén, evitando así caer en las manos del teniente de la Guardia Civil Basilio Osado Labrador, comandante de puesto desde el verano de 1936, cuando la represión franquista segó la vida de al menos 47 vecinos. Miguel nunca más volvió a ver a su esposa. En Jaén se presentó ante la autoridad militar, que decretó su ingreso en la prisión del convento de Santa Úrsula, donde también estaban internados su hermano Luis, oficial del ejército republicano, y su amigo Eloy Aldiga (vicesecretario de la Agrupación Socialista de Rute en 1930). Tras sufrir crueles torturas en la cárcel, lo sometieron a consejo de guerra el 17 de junio de 1939. El fiscal solicitó la pena de muerte, que fue aceptada por el tribunal del Juzgado Militar nº 4. Su hermana Rosario intentó conseguir el indulto por mediación del general José Antonio Martín Prats, para el que había trabajado de criada, aunque sin éxito. Desde el convento de Santa Úrsula, Miguel Aceituno fue trasladado a la prisión provincial y de allí lo sacaron para fusilarlo a las 11 de la noche del 15 de noviembre de 1939. Tenía 24 años. Según testimonio de la familia, después de su ejecución se recibió la notificación de su indulto.

Sentados, Mª Antonia Rodríguez Ruiz y su esposo Leoncio Rodríguez Mangas. De pie, sus hijos María (Maruja) y Raimundo. En el centro, el pequeño Miguelín, hijo de María y de Miguel Aceituno Jiménez.

Sentados, Mª Antonia Rodríguez Ruiz y su esposo Leoncio Rodríguez Mangas, alcalde socialista del Frente Popular en Rute. De pie, sus hijos María (Maruja) y Raimundo. En el centro, el pequeño Miguelín, hijo de María y de Miguel Aceituno Jiménez. La foto está realizada en la posguerra.

Mientras Miguel Aceituno estuvo preso su esposa Maruja sufrió su calvario particular, aunque ella nunca se lo contó ni la censura se lo hubiera permitido. En Rute, le impusieron de castigo asistir a misa los domingos y limpiar todas las mañanas las letrinas del cuartel. Como se negaba, cada día el teniente Basilio Osado y una pareja de guardias civiles la traían desde su casa, siempre por el camino más concurrido, para que la viera la gente del pueblo. Llegó a oponer tal resistencia que incluso tenían dificultades hasta para trasladarla a rastras por lo que, de escarmiento, al día siguiente le daban aceite de ricino para que “expulsara el comunismo del cuerpo”. Cuando llevaba tres años y dos meses soportando estas vejaciones, Maruja enfermó de tuberculosis. Entonces, presentó un certificado médico del doctor Alfonso Trujillo, fechado el 3 de julio de 1942, con el que consiguió que la dispensaran de realizar la limpieza en el cuartel, pero hubo de seguir cantando el Cara al sol todas las tardes y asistir a misa de 12 los domingos. Maruja trabajó de peluquera y bordadora; y nunca se volvió a casar. Murió en 1999 en Madrid, a donde había emigrado desde Rute en 1961.

Juan José Rodríguez Rodrígez, hermano de Maruja, fusilado el 18 de agosto de 1936

Juan José Rodríguez Rodríguez, hermano de Maruja, fusilado el 18 de agosto de 1936.

Miguel Aceituno dejó huérfano a su único hijo, Miguelín, quien me cedió una copia de la correspondencia escrita por su padre desde la cárcel cuando él apenas tenía 1 año de edad. Las 14 cartas abarcan desde el 14 de abril de 1939 –octavo aniversario de la proclamación de la II República española– al 11 de noviembre del mismo año, 4 días antes de que lo fusilaran. Todas van destinadas a su esposa Maruja, menos una que remite a su suegro (aunque se dirige a él como padre), Leoncio Rodríguez Mangas, quien había sido alcalde socialista del Frente Popular en Rute desde el 23 de marzo de 1936 hasta el golpe de Estado. Un hijo suyo, Juan José Rodríguez Rodríguez, secretario del PSOE local, había sido fusilado el 18 de agosto de 1936 por unos falangistas.

La colección de cartas de Miguel Aceituno aparece publicada en mi libro Desaparecidos. La represión franquista en Rute (1936-1950), 2ª edición, Ayuntamiento de Rute, 2007, páginas 143-165. En su correspondencia, Miguel Aceituno mostraba en principio una cierta confianza en la promesa de Franco de que quien no tuviera las manos manchadas de sangre no tendría nada que temer. Poco a poco asumió con resignación y con amargura, pero también con entereza y en ocasiones triste ironía, que la realidad se dirigía por otros derroteros. A continuación se reproducen, por orden cronológico, algunos párrafos de esas cartas:

-Ayer he hecho mi declaración ante el Sr. Juez y me comunicaron el auto de procesamiento. Los informes recogidos por ahí sobre mí parece ser que son muy buenos. Sólo me acusan de haberme marchado voluntario a las milicias, de haber pertenecido a las JSU antes del movimiento y por el cargo que he tenido en el Ejército rojo. Pero como es natural no pueden acusarme de haber cometido el menor delito común o cosa parecida. Así que como ya te he dicho otras veces espero con la mayor tranquilidad que se celebre el juicio, que ya espero no tarde mucho (…). Así que tú tampoco tienes por qué apurarte, sino al contrario debes alegrarte pues muy pronto se aclarará mi situación y todo quedará mejor de lo que os figuráis. Claro que con esto no quiero decirte que te hagas ilusiones insensatas y creas que dentro de unos días voy a estar en la calle. Nada más lejos de mi ánimo que quererte comunicar alegrías infundadas que cuando se desvanecen amargan más que las peores penas. Pero sí debe quedarte la satisfacción de que se pondrá en claro la conducta honrada y humana que por mi parte he observado siempre, y con la cual siempre podremos presentarnos con la frente alta en todos sitios y con todos los regímenes. Así que recobra tu tranquilidad, y en lo posible tu alegría, y ten la seguridad de que nada me puede ocurrir y que aunque me condenen a más o menos años, llegará el día en que nos podamos reunir para siempre, cosa que ansío y que constituye toda mi ilusión y me felicidad. (5 de junio de 1939)

-…Mi madre de una forma o de otra se las arregla para que nada me falte. No puedes figurarte hasta donde llega su sacrificio, pues su vida entera sólo la dedica a mí y a cuanto pueda necesitar. A pesar de su entereza la pobre sufre tanto que está desconocida y parece como si le hubieran echado encima 20 años. Lo único que sentiría sería no poder pagarle sus inmensos desvelos (…) En cuanto al retrato de nuestro Miguelín (…) La abuela dice que es mi retrato de cuando pequeño y sé que lo tiene horas enteras entre las manos y llora mucho ante él. (…) Sé que personas muy influyentes, militares y civiles de Jaén, se están interesando por mí; pero también debo decirte que hay otros que quieren hacerme daño, y entre este estira y afloja me encuentro yo, impasible, esperando ver quién puede más, si Caín o Abel, aunque todos y yo también esperamos que Abel (aunque sólo sea por una vez en la historia) venza a Caín. (29 de agosto de 1939)

-Yo quisiera que te convencieras de que no se trata de llorar estos momentos, ni mucho menos. El que llora sus penas es porque se arrepiente de sus obras. Y tú sabes demasiado que ni tú ni yo tenemos de qué arrepentirnos, pues ningún hecho delictivo hemos cometido. Por lo tanto, al no tener de qué arrepentirnos no (tenemos) por qué derramar una lágrima de arrepentimiento. No hemos atentado contra nuestra Religión ni contra nuestra patria. Sino al contrario, nunca, nosotros dos, ni en los periodos más difíciles del régimen rojo hemos olvidado los deberes que nos enseñaron nuestros padres. Por esto, aunque hoy pasamos por una situación difícil, a pesar de todo, en lo que respecta a mí, las autoridades no han podido menos que reconocer esto, y en este reconocimiento que todos han hecho de las cosas cifro mis esperanzas de que no ocurrirá nada irreparable, y si por desgracia ocurre me iré tranquilo de no haber hecho nada de que tenga que arrepentirme. Así que como te digo antes no hay por qué lagrimear, ni por qué mostrarnos llorosos ante nadie. Aceptemos las cosas tal como se presentan, confiemos en Dios, en nuestra honradez y en la justicia pero mantengámonos siempre serenos y tranquilos. Borra las lágrimas de tus ojos y que no vuelvan a aparecer. (2 de octubre de 1939)

-(…) Supongo que habrás leído en la prensa que con motivo del “Día del Caudillo” han sido concedidos muchos indultos y que se rebajará la pena impuesta a los que no sean responsables de delitos de sangre, y como yo no estoy mezclado en absoluto en esa clase de delitos, sino que sólo tengo los cargos que he tenido en la guerra, esto es un factor más que me favorece. Así que tiene que venir muy mal el asunto para que no se arregle lo mejor posible. Aunque sin hacerme muchas ilusiones que a lo mejor la realidad derrumba, creo que gracias a la generosidad de Franco en su día podemos tener algunas esperanzas y creer que no ocurrirá nada irreparable. Pero, como otras veces te he dicho hay que hacerse el ánimo a todo, y si vienen las cosas mal a aguantarse y soportar la mala suerte. (4 de octubre de 1939)

-Aunque no hace muchos años que me conoces, tú sabes que a mí siempre me ha considerado la gente como una persona muy buena; y aun mis mayores adversarios políticos (que son los únicos que he tenido) han dicho de mi siempre: “Sí, tiene ideas un poco izquierdosas, pero es muy buena persona”. Y así siempre, desde muy pequeño. Claro, tanto decirme siempre la misma canción termina uno por aburrirse, y no gustarle tanta bonanza, pues termina uno por parecer tonto de parecer tan bueno. Así que cuando algunas veces (muy pocas) le decían a uno pillo o pícaro, o algo así por el estilo, no puedes figurarte lo ancho que me ponía y cuánto me agradaba. Pero figúrate cuán agradable sería mi sorpresa cuando un día se me encara un señor y me dice “V. es un revolucionario terrible, V. es una mala persona” etc. etc. Créeme que sentí interiormente una sensación satisfactoria y me dije: “Por fin, por fin he encontrado a alguien que me tome en serio, y creo que la verdad soy muy malo”. Miré a aquel señor, esbozando una leve sonrisa, como diciéndole “Muchas gracias, acaba V. de hacerme un hombre, pues hasta ahora sólo he sido un buen chico”. Y como la felicidad en la tierra dura muy poco, el señor, como comprendiéndome, y no queriendo que mi satisfacción durara mucho termina por decirme: “No se ría, me he informado y sé que usted no es nada de eso que le he dicho, pero es necesario que siga siendo tan buena persona como hasta ahora y…” etc. etc. Figúrate cual sería mi desilusión al ver que ni aun ahora que he sido condenado a la última pena he podido ser considerado como un mal individuo, pues hasta en mi expediente era “es persona de buenos antecedentes y conducta, pero de ideas izquierdistas muy acusadas”. Así que mis viejas ilusiones hasta última hora han fracasado. Está visto que tendré que morir siendo bueno, y esta es mi mayor desgracia. (20 de octubre de 1939)

-Acabo de recibir la tuya del 22 por la que veo te agrada escriba en plan humorístico, pero no creas que ello es debido a que sepa nada sobre mi negocio, sino que es que por lo regular aquí estamos siempre de buen humor. Sobre todo ahora que todos los domingos nos habla el padre cura y nos dice que a pesar de todos nuestros pecados es muy probable que la justicia humana nos perdone, pero que si no fuera así, de todos modos Dios nos perdonará y subiremos al cielo. Así que aunque hay un refrán que dice que la confianza mata al hombre, nosotros estamos confiados y tranquilos, pues de cualquier forma estamos seguros de que por lo menos en la otra vida seremos felices. (29 de octubre de 1939)

-El asunto está muy próximo a resolverse y creo que será bien resuelto dentro de lo que cabe. (11 de noviembre de 1939, 4 días antes de que lo fusilaran).

Miguel Aceituno Rodríguez (en el centro, con una carpeta en la mano), en la inauguración de un monumento a las víctimas de la represión franquista en Rute (18 de julio de 2006).

Miguel Aceituno Rodríguez (situado en el centro, con una carpeta en la mano), en la inauguración del monumento a las víctimas de la represión franquista en Rute (18 de julio de 2006).

Cuando me entregó la correspondencia, Miguel Aceituno Rodríguez me advirtió que no encontraba la última carta que había redactado su padre. El 2 de mayo de este año me escribió para enviármela. Lleva fecha de 11 de noviembre de 1939, cuatro días antes de que lo fusilaran. Ese día Miguel Aceituno Jiménez mandó al menos dos cartas. Una, que ya conocíamos, a su mujer, Maruja. La otra, inédita hasta el momento, va dirigida a su suegro Leoncio Rodríguez, y en ella habla con gran entereza de su “traslado”, que es la manera eufemística de llamar a su muerte. Publicamos aquí parte del mensaje que me envió Miguel Aceituno Rodríguez junto a la carta, la transcripción de la misma y una copia en formato original.

Extracto del mensaje de Miguel Aceituno Rodríguez:

No sé si te acuerdas de que te decía que en las cartas de mi padre faltaba una, quizá la más importante, la que envió a mi abuelo cuatro días antes de ser fusilado. Esa carta por fin ha aparecido. Cuando la he leído de nuevo es tal como yo la recordaba. Pensaba que ya estaba curado de todo lo que he vivido, sin embargo esta carta me ha removido todos los recuerdos de mi madre. Sé que ella no la conoció hasta unos años más tarde, pero si a mí 75 años después me invade esta tristeza, pienso en lo que sería para ella.

La carta en sí es algo impresionante: la aceptación que hace de su injusto destino, así mismo el encargo que hace a mi abuelo para que a mi madre le haga la vida más fácil y que encuentre la felicidad que se merece, que él no pudo darle. En ese momento tenía 24 años.

Por algunas de las cartas sabrás que mi madre no pudo ir a verle en los seis meses que estuvo en la cárcel. El teniente Basilio Osado no se lo permitió y la amenazó con meterla en la cárcel si salía de Rute. Mi padre siempre le contestaba a su deseo de ir que de ninguna manera fuera a verle porque cuando se marchara sería muy duro para él. Los dos se mentían mutuamente. Mi madre no podía ir a verle, sin embargo le decía que lo haría para animarle. Ella nunca le contó el calvario de condena que tenía de ir al cuartel todos los días a limpiar las letrinas y mi padre no quería que le visitara porque desde los primeros interrogatorios que sufrió quedo desfigurado y posiblemente no llegaría ni a reconocerlo.

Esto de mi padre lo he sabido cuando al cabo de los años encontré a su familia. Me contaron que en la prisión también estaba su hermano Luis, hecho que yo sabía, y este era quien les informaba de lo que allí pasaba y los escarnios a que sometían a mi padre. El ensañamiento con él fue tal que un día su hermano se cruzó en un pasillo de la cárcel con cuatro guardianes que llevaban a un preso sin conocimiento y ensangrentado y no conoció a  su hermano. Cuando comentó en el patio lo que había visto y le dijeron que era su hermano, salió corriendo a la enfermería pero no lo dejaron entrar.

Transcripción de la última carta de Miguel Aceituno Jiménez:

P.P. [Prisión Provincial] Jaén 11-11-39

Mi querido padre Leoncio: Como ya digo a Maruja mi mayor deseo es que el recibir esta se encuentren bien todos Vdes., yo sigo bien por aquí.

Le dirijo estas líneas para decirles que de un día a otro estoy esperando se solucione mi asunto. Seguramente que para cuando deba contestar a la suya próxima ya estará arreglado. Y la realidad es que no tengo gran confianza en que se arregle bien. Caso de que sea así, de que se arregle lo mejor posible, se lo comunicaré en cuanto lo sepa y de lo contrario me iré donde ya han trasladado a la mayoría de mis amigos y compañeros.

Ya sé que no tengo que decirles que miren por Maruja y nuestro hijo, pues Vdes. lo harán sin que yo tenga que pedírselo, y por eso me voy completamente tranquilo. Procuren darle a mi Miguelín una educación adecuada, conforme a la situación y criterio de Vdes. Y si algún día Maruja quiere formar un nuevo hogar digno de ella, no se lo estorben, sino al contrario, ayúdenle en ello. Por lo demás estén tranquilos, pues hasta el último minuto sabré ser lo que he sido siempre; crean que en verdad todo esto no me afecta gran cosa.

No digan a Maruja nada de esto hasta que sepan con certeza que me han trasladado.

Reciban todos Vdes. Muchos abrazos de su hijo que no puede olvidarlos nunca.

Miguel.

Carta en formato original:

ULTIMA CARTA DE MI PADRE

Documentación de interés:

Carta escrita en enero de 2007 por Miguel Aceituno Rodríguez a su abuelo Leoncio Rodríguez Mangas, alcalde socialista del Frente Popular en Rute, con motivo del cincuenta aniversario de su fallecimiento. Se puede leer en este enlace.