Hechos y perspectiva histórica de la guerra civil en Baena

PORT BAENA ROJA Y NEGRA

El 28 de julio de 1936 se produjo en Baena uno de los hechos más trágicos de la guerra civil en la provincia de Córdoba. La entrada de una columna militar sublevada, al mando del coronel Eduardo Sáenz de Buruaga, originó una matanza en las calles y en el Paseo que tuvo como respuesta el asesinato de los presos que los republicanos mantenían como rehenes en el convento de San Francisco. En noviembre de 2008 publiqué un libro, que se centraba en estos temas y en otros ocurridos en el pueblo durante la contienda: Baena roja y negra. Guerra civil y represión (1936-1943). En 2013, en esta entrada del blog traté de aportar la nueva información (testimonial, documental y bibliográfica) que había surgido desde entonces. Solo cinco meses después salió la segunda edición de mi libro sobre Baena, en la que ya incluí de manera detallada parte de lo publicado aquí. Por ello, he decidido reelaborar los contenidos originales de esta entrada, manteniendo los testimonios de los familiares de las víctimas de la represión que me llegaron a través del correo electrónico antes de que apareciera la segunda edición del libro. Para situarse en el entorno histórico de los hechos que narran las familias, resulta imprescindible la lectura previa de este texto titulado «La represión en Baena durante la guerra civil y la posguerra«, donde hay una visión de conjunto sobre lo sucedido en el pueblo en guerra y posguerra.

Entre los testimonios recibidos sobre Baena, Antonio Ramírez de las Morenas (por desgracia ya fallecido) me envió desde Barcelona un escrito muy valioso y detallado, una auténtica joya para un historiador. Siendo niño presenció, junto a su hermano Rafael y a su madre, cómo los falangistas y la Guardia Civil entraron en su domicilio y al ver dos retratos de los militares Fermín Galán y García Hernández (fusilados por su implicación en el fracasado levantamiento republicano de 1930) obligaron a la dueña de la casa, su abuela, que estaba semiparalítica, a que se los comiera. Me informó también de que la edad de su padre José Ramírez Melendo cuando fue asesinado el 28 de julio en el Paseo era de 44 años y no de 54, con lo que existe una equivocación en el Registro Civil. Además, su tío Francisco de las Morenas Molina murió fusilado el 28 o 29 de julio de 1936 y no aparece inscrito en el Registro Civil, al igual que ocurre con su primo Antonio de las Morenas Lara, fallecido en el frente. Otro tío, hermano de su padre, Andrés Ramírez Melendo, de 41 años, era cabo de la guardia municipal. Al encontrarse enfermo, no se reintegró al servicio hasta el día 31 de julio. Al presentarse, el teniente Pascual Sánchez Ramírez le ordenó que volviera a su casa y se pusiera el uniforme. Cuando regresó, le pegó un tiro sin mediar palabra (de acuerdo con el testimonio que le trasmitió a su viuda José Ávalo, testigo del hecho, que no pudo hacer nada para evitar su muerte). Su tía Victoria de las Morenas Molina sufrió escarnio público, pues le raparon el pelo y la obligaron a tomar aceite de ricino. Su delito había sido enarbolar la bandera republicana en una manifestación tras la victoria del Frente Popular en las elecciones del 16 de febrero de 1926. Antes, le habían fusilado el 29 de julio de 1936 a su hijo Francisco Pérez de las Morenas, de 26 años, tampoco inscrito en el Registro Civil.

La madre de nuestro informante, Carmen de las Morenas Molina, tras el asesinato de su marido José Ramírez Melendo, quedó al cuidado de sus tres hijos menores (los dos mayores, Vicente y Francisco Ramírez de las Morenas huyeron a zona republicana y se alistaron como soldados). Para poder subsistir, trabajó de limpiadora por la mañana en el café El Ideal, donde iban los piquetes después de los fusilamientos a emborracharse y escenificar lo que acababan de ejecutar. La dueña del bar, al percatarse de la situación, se apiadó de ella y cuando llegaban los matarifes, para que no los viera, la entraba a las estancias interiores. Cuando terminó la guerra, regresaron sus dos hijos mayores, Vicente y Francisco. Vicente estuvo preso en un campo de concentración en Alicante. Francisco regresó con una herida de bala en la cabeza. Las curas las recibió en su casa, pues un practicante amigo, por temor a que lo detuvieran, le recomendó que no fuera a la Casa de Socorro. Había huido de Baena el 29 de julio de 1936, tras haber estado buscando en el cementerio el cuerpo de su padre entre la pila de cadáveres carbonizados y recibir la noticia de que habían matado a toda su familia. Tenía 14 años en 1936, así que mintió sobre su edad para conseguir servir en el cuerpo de carabineros de la República. Antonio Ramírez de las Morenas me señaló también en su testimonio que, a pesar de que yo recojo en el libro un informe del comandante militar que calificaba la escuela del maestro Pavón Gónzález como “anti-patriota y anti-religiosa e inmoral”, este profesor era “muy querido y preciado entre los jóvenes de Baena, se dedicaba a enseñar a leer y escribir y las cuatro reglas lo más correctamente posible. Las clases las daba en su casa a última hora de la tarde para que pudieran asistir los jóvenes después de su jornada laboral, y por lo visto su labor fue muy efectiva”. En contraposición me cita al maestro Fernando de la Torre, apodado “El Carlista”, que sacó a los niños a la calle para pedir el fusilamiento del líder anarquista José Joaquín Gómez Tienda, el Transío, que fue ejecutado en junio de 1939.

Antonio Bazuelo Alarcón, fusilado en 1936.

Antonio Bazuelo Alarcón, fusilado en 1936.

Alberto Bazuelo Jabalquinto, desde Valencia, me envió la historia de su abuelo Antonio Bazuelo Alarcón. Era guarda rural y había denunciado a un señorito porque una piara de cerdos de su propiedad se había metido en una finca ajena. Tras el golpe de Estado, un capataz del señorito lo reconoció mientras hacía guardia en el castillo, así que fue detenido. Podría haber huido la noche en que lo trasladaban en un camión junto a otros presos, según le contó a la familia en la posguerra uno de ellos, que consiguió escapar saltando. Él se negó alegando que no había cometido ningún delito y que por ello no le harían nada. El destino del camión era el cementerio, donde lo fusilaron con sus compañeros en una fecha indeterminada según la familia, pero que el Registro Civil sitúa el 19 de agosto de 1936.

Mariano Ortega Bazuelo, bisnieto del fusilado Antonio Bazuelo Alarcón, citado en el párrafo anterior, a través del testimonio que a lo largo de su vida le legó su tía abuela Rosario Vallejo Amo, realiza unas aportaciones muy interesantes sobre la muerte de su bisabuela Rafaela Amo Arrabal (madre de Rosario) y de varios de sus familiares. Vivían en una calle que desembocaba en la calle Tinte desde la calle Cantarerías de la Fuente de Baena. Era la primera zona por la que entraron las tropas sublevadas de la columna del coronel  Sáenz de Buruaga el 28 de julio de 1936. Al escuchar los disparos huyeron a resguardarse en una casa de la calle Llaneta. En el camino hacia la casa mataron a Félix Vallejo Amo, hijo de Rafaela, y junto a un pairón cercano a la calle Llaneta a la propia Rafaela Amo, que llevaba en brazos a su hija menor de tan solo unos meses, Concha. A la casa consiguieron llegar el marido de Rafaela (Manuel Vallejo), la hija mayor, Rosario, de 20 años, que llevaba en sus brazos a otra hermana de cerca de dos años, y el resto de los hermanos (menos uno, Manolo). Estuvieron todos refugiados durante unas horas, hasta que amainaron los disparos. Entonces pudieron salir y rescatar a Concha, que se encontraba en el suelo al lado del cadáver de su madre y que a consecuencia de la caída quedó sorda de un oído. Volvieron a refugiarse en la casa de la calle Llaneta, pero las otras personas que estaban allí escondidas temían que los lloros continuos de la niña los delataran a todos, por lo que debieron regresar de nuevo a su casa. Allí habían quedado los padres de Manuel Vallejo, que al ser ancianos no habían podido huir y se habían escondido en una cueva al final del patio, donde los hallaron muertos de un tiro en la cabeza. La casa se la encontraron saqueada.

A otro hijo de Rafaela, Manolo Vallejo Amo, lo apresaron aquel 28 de julio de 1936, al igual que a otros cientos de vecinos. Su hermana Rosario pidió ayuda al señorito con el que trabajaba de criada para que intercediera por él. Se dirigieron a la cárcel y al que sacaron fue a su tío Francisco Vallejo Amo, de iguales apellidos. Ella tuvo que decir que él no era a quien buscaban. Liberaron entonces al hermano, al que dieron el pañuelo sellado que lo avalaba. A lo largo de su vida, Rosario “se justificaba una y otra vez al contarlo con lágrimas en los ojos, pues tuvo que condenar a su tío para salvar a su hermano, pero no podía hacer otra cosa, el señorito sólo había intercedido por uno”. A este Francisco Vallejo Amo lo cito en mi libro como hijo de Rafaela, aunque en realidad era hermano de su marido. Para colmo de males, también cayó asesinado un hermano de Rafaela, José. Aquel 28 de julio, el cadáver de Rafaela lo retiraron del medio de la calle “como si fuera un perro” y allí permaneció hasta que lo llevaron al cementerio.

José Alba Rosales, teniente del Ejército republicano.

José Alba Rosales, teniente del Ejército republicano.

José Alba Gálvez, desde Vélez-Málaga, me mandó copia de unos documentos relativos al proceso judicial de su padre, José Alba Rosales, fallecido en 1987. En su carta, José Alba Gálvez me señala que la historia de su padre en su casa era un “tema tabú”, “del que no se hablaba”, hasta la aprobación de la Ley 37/1984, que reconocía derechos y servicios prestados a quienes durante la guerra civil habían sido miembros de las fuerzas armadas republicanas. Con el testimonio de su padre y la búsqueda de documentación supieron que había sido militante de la CNT, soldado republicano desde agosto de 1936 y miembro del XIV Cuerpo del Ejército Guerrillero, conocido popularmente como “Niños de la Noche”. En el segundo semestre de 1938, José Alba Rosales ingresó en la Escuela Popular de Guerra de Paterna y alcanzó el grado de teniente. Prestó servicios a partir de entonces en Valencia, y una de sus últimas misiones fue escoltar a altos mandos del Gobierno republicano hasta Cartagena para exiliarse. Al acabar la guerra lo encarcelaron en Valencia, pero pudo huir y regresó a Baena andando o como polizón en trenes. Intentó pasar desapercibido hasta que lo detuvo la Guardia Civil debido a una posible delación de un excompañero de Valenzuela. Tras ser juzgado, lo condenaron en octubre de 1939 a reclusión perpetua, una pena conmutada por 20 años de reclusión en 1943, y fue indultado en marzo de 1948. Durante esos años sufrió prisión en Castro del Río, Córdoba, El Puerto de Santa María y Barbastro, y fue sometido a trabajos forzados en un destacamento penal en Noales (Huesca), de donde salió en libertad condicional en julio de 1943.

Mariano Padillo Pavón, combatiente contra los nazis en la II Guerra Mundial.

Mariano Padillo Pavón, combatiente contra los nazis en la II Guerra Mundial.

Manuel Padillo Moreno, residente en Valencia, me llamó para contarme que también entre la lista de las personas que aparecían en mi libro se encontraban su padre Mariano Padillo Pavón y su tío Miguel, pero la burocracia franquista erró en su edad y en su identificación, ya que los denomina Juan y Francisco. Mariano, de 26 años, huyó de Baena con su mujer, sus tres hijos, su madre y sus hermanos y se refugió en Castro del Río. Junto a sus hermanos Miguel y José, todos anarquistas, se alistó en el Ejército republicano (otro hermano, Domingo, aún era muy pequeño). Mariano cayó preso de los franquistas y lo internaron en el campo de concentración de prisioneros de guerra de Miranda de Ebro (Burgos), de donde consiguió escapar y reintegrarse en las filas republicanas. Tras la huida, volvió a encontrarse con su familia, a la que trasladó a Valencia y luego a Alcoy (Alicante). Cuando a finales de enero de 1939 se produjo la caída de Barcelona y la consiguiente desbanda hacia Francia de cientos de miles de personas, Mariano cruzó la frontera y fue internado en un campo de concentración, mientras su hermano José, con el que había compartido unidad militar, decidió quedarse en España (fue fusilado en Baena el 22 de junio de 1939). El Gobierno francés ofreció a los antiguos combatientes republicanos que permanecieron en Francia enrolarse en Batallones de Marcha (tropas auxiliares del ejército galo), en las Compañías de Trabajadores Extranjeros –unidades militarizadas de unos 250 hombres mandadas por oficiales franceses– en las que se debían encuadrar obligatoriamente todos los varones de entre 20 y 48 años y que llegaron a acoger a 80.000 españoles, o en la Legión Extranjera, cuerpo en el que se alistó Mariano Padillo y alrededor de seiscientos refugiados españoles que fueron trasladados a Argelia y terminarían luchando a favor de los aliados durante la II Guerra Mundial. Al acabar la guerra, permaneció en el exilio en Francia toda su vida.

StanbrookExiliados acabaron también Manuel y Antonio Soriano López, de la familia conocida con el apodo de los Capacheros, de 32 y 30 años en 1939, según el testimonio de Paul Herrera, nieto de Antonio y residente en Saint Gely du Fesc (Francia). Los dos hermanos habían luchado como soldados del ejército republicano y Antonio, que alcalzó el grado de sargento en la 210 Brigada Mixta, consiguió sobrevivir a dos heridas de bala en la cabeza que le supusieron la pérdida de un trozo de cráneo. Paul Herrera me envió varias fotos de su abuelo Antonio, otra del carguero inglés Stambrook en el que huyeron desde el puerto de Alicante, y un escrito enviado el 2 de abril por el capitán del barco, Archibald Dickson, al periódico londinense The Sunday Dispacht, donde narra cómo se produjo la evacuación y cuál era la situación de los refugiados en ese momento. A finales de marzo de 1939, los puertos de la costa levantina se convirtieron en la última esperanza para los que querían huir de España. El 28 de marzo, cuatro días antes de que acabara la guerra, miles de personas aguardaban en los muelles de Alicante, sin embargo el puerto se encontraba bloqueado por la armada franquista y la aviación alemana, lo que impidió la llegada de los barcos contratados por el gobierno republicano para facilitar la evacuación.

Antonio Soriano López y su hija Antonia (segunda por la derecha).

Antonio Soriano López, exiliado en Argelia, y sus hijas Annie y Antonia (primera y segunda por la derecha).

El Stambroock consiguió evitar el cerco y zarpar con entre 2.638 y 3.028 personas a bordo, superando con creces su capacidad, lo que le obligó a navegar escorado y por debajo de la línea de flotación. El barco llegó a Orán (Argelia) en la tarde del 29 de marzo y quedó anclado en el puerto, con sus pasajeros hacinados, sin poder entrar en los muelles hasta el 6 de abril. Solo se permitió el desembarco de mujeres y niños, mientras los varones hubieron de permanecer a bordo. Unos quinientos pasajeros fueron internados en un campo de concentración y el resto solo fue liberado el 1 de mayo tras el pago a las autoridades de 170.000 francos a través del SERE, el organismo republicano de ayuda a los refugiados controlado por el gobierno en el exilio de Juan Negrín. Antonio Soriano López vivió en Argelia hasta su independencia en 1962, cuando hubo de trasladarse junto a cientos de miles de refugiados a Francia. Allí falleció en 1989. Tras la muerte de Franco, visitó a sus familiares en varias ocasiones en Barcelona, donde se habían asentado.

Teresa 1

Teresa Soriano López (fila inferior, quinta por la derecha) en la prisión de Málaga.

La familia de los Capacheros, adepta a la CNT, sufrió de lleno la represión franquista. Fueron encarcelados los padres, Ana López y Francisco Soriano. En cuanto a los hijos, Antonio y Manolo se exiliaron, como hemos señalado en el párrafo anterior; Francisco murió luchando en las posguerra en la guerrilla antifranquista en Obejo el 18 de agosto de 1940; y acabaron en prisión Carmen, José (interno en El Puerto de Santa María en 1938), Tomás (condenado a 14 años de cárcel) y Teresa Soriano López. Esta, con 19 años, se había refugiado durante la guerra en las localidades cordobesas de Castro del Río y Cañete de las Torres, en Alcoy (Alicante) y Granátula (Ciudad Real). Gracias a la documentación que nos ha aportado desde Montgat (Barcelona) su hijo Manuel Padilla Soriano sabemos que la apresaron el 25 de abril de 1939 en Baena, donde pasó seis meses en la cárcel de la Plaza Vieja hasta que fue trasladada a Córdoba y juzgada en consejo de guerra el 24 de octubre. La condenaron a 30 años, de los que más de cinco estuvo interna en la prisión del Instituto Geriátrico Penitenciario de Málaga. Obtuvo la libertad condicional el 24 de diciembre de 1945 y la definitiva el 28 de agosto de 1964. Por el testimonio y la documentación aportada por el hijo de Teresa he conocido que en la cárcel de Baena su madre compartió celda con Manuela Porcuna Jiménez, de 18 años. Las dos aparecen en mi libro como personas de las que los jueces militares piden informes a partir de 1938, pero no como presas, que es lo que en verdad fueron. Son casos similares al de José Alba Rosales, que he citado con anterioridad, y ejemplos de las limitaciones que ofrece la documentación de la Administración franquista a la hora de estudiar el verdadero alcance de la represión en lo que se refiere al número de presos y fusilados, ya que muchos de ellos no aparecen en la documentación que hemos podido localizar hasta el momento.

Felipe Priego Jiménez y su esposa Guadalupe Valenzuela García.

Felipe Priego Jiménez (fusilado el 22 de junio de 1939) y su esposa Guadalupe Valenzuela García.

Desde Leganés (Madrid), una extensa y emotiva carta de Mari Carmen Priego Benito, plagada de sentimientos y recuerdos, me permitió conocer los detalles de la vida de los familiares de su abuelo, Felipe Priego Jiménez, el Pescadero, de 29 años y de ideología socialista, tras su fusilamiento el 22 de junio de 1939 en Baena. Su viuda, Guadalupe Valenzuela García, sufrió el expolio de sus bienes (dinero, joyas, cubertería de plata), pues era una familia acomodada. Murió en 1943, a los 37 años, y los tres hijos huérfanos (Cecilia, Manuel y Ana) se repartieron entre sus tíos en una época de calamidades y miserias en la que la supervivencia era muy difícil.

José Lara Díaz, asesinado el día 28 de julio de 1936 en el Paseo.

José Lara Díaz, asesinado el día 28 de julio de 1936 en el Paseo.

Carmen Gómez Lara, residente en Zaragoza, me advirtió que su abuelo José Lara Díaz, de 43 años, asesinado en el Paseo el 28 de julio de 1936, trabajaba como empleado de banco y no de campesino, que es la profesión que se le atribuye erróneamente en el libro de defunciones del Registro Civil. También me informó de que además de asesinarlo detuvieron a dos de sus hijos, que fueron liberados gracias a que su mujer había sido madre de leche de una hija de don Fernando, un señorito que medió para que los soltaran.

En una extensa y amena conversación, en marzo de 2013 Pedro Alcalá me indicó que en mi libro nombraba a su tío Nicolás Alcalá Espinosa como víctima de la represión republicana sin aportar más información, salvo que murió en otra localidad. Eso se explica porque su tío no está inscrito como fallecido en el Registro Civil de Baena, y su nombre y apellidos, sin ninguna alusión a su relevancia política, aparecen solo en una ocasión en los siete informes oficiales sobre víctimas de la violencia republicana que se conservan en el Archivo Histórico Municipal. Por fortuna, la carencia de datos he podido subsanarla en parte. Nicolás Alcalá era doctor en Derecho por la Universidad Central de Madrid. Aprobó las oposiciones a notaría en 1910 y consiguió plaza en los años veinte en Madrid, donde estableció su residencia. Allí perteneció a la tertulia del filósofo Ortega y Gasset y visitaba con asiduidad la Institución Libre de Enseñanza, ya que su hermano Pedro estudiaba en la Residencia de Estudiantes. Militó en la Derecha Liberal Republicana y fue vocal de la Comisión Jurídica Asesora que colaboró en la redacción del proyecto de Constitución de 1931. Como propietario agrario ejerció de presidente de la Asociación Nacional de Olivareros y participó en diversos congresos y reuniones patronales. Entre noviembre de 1933 y enero de 1936 fue diputado por Jaén del Partido Republicano Radical. En las Cortes participó en las comisiones de Agricultura y Reforma Constitucional, e intervino en varios debates parlamentarios, casi siempre sobre asuntos económicos o relacionados con problemas agrarios. Para las elecciones a Cortes de febrero de 1936 intentó repetir candidatura en Jaén, pero se opuso la derechista CEDA, que iba en coalición con los radicales en esa provincia. Tras el golpe de Estado, fue apresado en Madrid, internado en la checa de la calle Marqués de Riscal (dependiente de la 1ª Compañía de enlace del Ministerio de la Gobernación) y asesinado el 19 de septiembre de 1936, cuando tenía 51 años. El nombre de Nicolás Alcalá Espinosa aparece en la Causa General, el extenso proceso de investigación iniciado en 1940 y terminado veinte años después por el Ministerio de Justicia franquista para recoger por escrito la represión republicana.

Miguel González Jiménez, fusilado el 26 de agosto de 1936.

Miguel Ángel Lara González, desde L´Hospitalet de Llobregat (Barcelona) me envió, junto a un mensaje animoso y cordial, la foto de su abuelo, el campesino Miguel González Jiménez, fusilado el 26 de agosto de 1939 en Baena, aunque por desgracia no me pudo aportar más datos biográficos sobre su pasado.

El día 31 de julio de 1936 el teniente Pascual Sánchez Ramírez, comandante militar de Baena, organizó una columna de apoyo con víveres y municiones a la Guardia Civil de Luque, que se había sublevado el día 18, había apresado a algunos obreros y dominaba la localidad. Sabemos que en Luque el teniente repitió la misma táctica represiva que había usado en Baena. Ordenó sacar a los presos que la Guardia Civil tenía en su poder desde el día 18 y los fusiló en la plaza del pueblo. En la página 20 del libro Memorias de un luqueño. La vida de Ángel Marchena se relata este hecho. Ángel Marchena tenía 11 años entonces. A pesar de su corta edad, había sido apresado en venganza por la huida de su padre a zona republicana y en la cárcel veía como “sacaban gente que no volvía”. La llegada del teniente a la cárcel de Luque, donde él se encontraba prisionero, la narra de la siguiente manera:

“Vimos que entraba el teniente de la Guardia Civil de Baena, Pascual Sánchez creo que se llamaba… y con una pistola ametralladora nos amenazaba gritando que nos iba a matar a todos. Recuerdo que con una voz ronca decía: Esta mañana he matado a doscientos y ahora a los que aquí estáis… Pero gracias a las mujeres de los guardias civiles de Luque que se hincaron de rodillas ante el criminal del teniente nos salvamos… pero aquel asesino había venido a matar y no se conformó, así que ordenó que sacaran a unos pocos. Desde aquella noche volvieron a repetir la operación cada dos o tres semanas y, en cada una de las sacas se llevaban a ocho o diez personas… No recuerdo los nombres de aquellos hombres, pero todavía hoy tengo muy presentes sus caras”.

Por último, las víctimas ocasionadas por la represión franquista en Baena siguen aumentando debido a la aparición de nuevas fuentes escritas y orales, algo que no ocurre con las víctimas de la represión republicana, ya que éstas se anotaron en los libros de defunciones de los registros civiles, según una Orden de 29 de abril de 1940, como «asesinados por los rojos» y «muertos gloriosamente por Dios y por España». Hemos encontrado algunas referencias más, aunque imprecisas, a la matanza causada en las calles y el Paseo tras la entrada de las tropas de Sáenz de Buruaga el día 28 de julio. En el libro, Apuntes para una historia silenciada. Luchas campesinas en Andalucía: Almedinilla durante la guerra civil, de Ignacio Muñiz Jaén, se recogen los testimonios de dos personas (páginas 67 y 74-75). Una, Rafael Malagón «El Mocho», de Almedinilla, consiguió huir de un camión en el que trasladaban desde la cárcel de Priego a varios presos para fusilarlos en Monturque. Se dirigió a Baena y se acercó «a un cortijo donde había una mujer y unos muchachos, y [ella] me contó lo que había ocurrido allí. Por lo visto habían entrado los moros y habían matado a no sé cuántos…». La otra persona, José Moreno Salazar, que vivía en Bujalance, narra que «una noche la calma se acaba cuando llega un grupo de refugiados procedentes de Baena, distante 15 kilómetros de Bujalance. Demacrados, el espanto reflejado en sus rostros, cuentan que han salvado la vida por los pelos. Los fascistas han fusilado en un rato a más de 100 obreros en la plaza del pueblo».


Información adicional:

 

Presentación en Córdoba del libro «La solidaridad con el juez Garzón»

Desde que se presentó públicamente, respaldé la Plataforma Ciudadana de Córdoba por una Justicia Democrática y participé como conferenciante en el acto de apoyo al juez Garzón que se celebró el 7 de abril de 2010 en el antiguo rectorado. Este acto estuvo motivado por el inicio de un proceso por prevaricación contra el juez por haber abierto una causa judicial entre el 16 de octubre y el 18 de noviembre de 2008 (fecha en la que abandonó la instrucción sin haber perseguido judicialmente a nadie) para investigar los crímenes del franquismo y el paradero de sus víctimas.

La persecución judicial contra el juez Garzón no sólo era un ataque a su persona, sino que con ella se atacaba la independencia judicial, la libertad de interpretación de la ley y suponía dejar indefensas a las víctimas del franquismo. Un juez sólo puede ser juzgado por prevaricación si toma a sabiendas decisiones injustas, opuestas a la ley, irracionales e insostenibles, de manera que cualquier persona no experta en leyes lo pudiera apreciar. Esas circunstancias era evidente que no concurrían en este caso, lo que explica la oleada de solidaridad que el juez Baltasar Garzón recibió en su momento dentro y fuera de nuestras fronteras. De hecho, el acto de Córdoba marcó el pistoletazo de salida de otros actos masivos de apoyo al juez, que alcanzaron mucha repercusión mediática, como los celebrados en las dos semanas siguientes en la Universidad Complutense de Madrid y en la Universidad de Barcelona.

Con Carlos Jiménez Villarejo (en el centro) y Virgilio Peña.

Con Carlos Jiménez Villarejo (en el centro) y Virgilio Peña.

En medio del proceso judicial abierto contra Garzón, la Plataforma Cordobesa celebró el día 18 de junio de 2010 un multitudinario acto de apoyo a las víctimas del franquismo en la Diputación de Córdoba, en el que participaron el ex fiscal jefe anticorrupción Carlos Jiménez Villarejo, la escritora Fanny Rubio (catedrática de Literatura Española en la Universidad Complutense de Madrid) y el cantautor Luis Eduardo AuteEn esta acto tuve la suerte de conocer en persona a Virgilio Peña, natural de Espejo, exiliado en Francia y superviviente del campo de exterminio nazi de Buchenwald, donde estuvo preso entre 1943 y 1945 por colaborar con la Resistencia francesa. Había visto con anterioridad el documental sobre su vida, Espejo rojo, dirigido por Jean Ortiz, profesor de la Universidad de Pau, pero encontrármelo entre los asistentes y escuchar sus palabras llenas de vitalidad resultó muy emotivo. 

Con el cantautor Luis Eduardo Aute.

Con el cantautor Luis Eduardo Aute.

Otro gran acto de apoyo a Baltasar Garzón en Córdoba tuvo lugar el 4 de marzo de 2011, cuando presentamos en el salón de actos de la Diputación el libro La solidaridad con el juez Garzón, publicado en 2010 por la editorial El Páramo. En la presentación compartí mesa con Carlos Jiménez Villarejo, coordinador del libro, y Rafael Espino Mérida, presidente de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica de Aguilar de la Frontera (AREMEHISA). El 7 de abril repetimos la presentación en la Bilioteca Municipal de Castro del Río, esta vez con ponentes distintos: Francisco Cañasveras Garrido (secretario de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica de Castro del Río), José L. Caravaca Crespo (miembro de la Asociación) y Ricardo González Mestre, editor del libro.

El proceso judicial contra Baltasar Garzón, por haber abierto la causa para investigar los crímenes del franquismo, estuvo plagado de irregularidades, de manera que el juez instructor nombrado por el Tribunal Supremo rechazó todas las peticiones de pruebas presentadas por Garzón y guió la querella presentada contra él por sus acusadores, con lo que rompió la regla de la imparcialidad que debe guiar la justicia. Finalmente, Garzón fue absuelto en un fallo del Tribunal Supremo emitido el 27 de febrero de 2012.

Portada libro GarzónEl texto de mi intervención en Córdoba en la presentación del libro La solidaridad con el juez Garzón ya fue publicado por la revista electrónica Tendencias 21, y por Websanta, la revista digital del IES La Fuensanta de Córdoba. No obstante, consideraba que era una entrada obligada en mi blog, así que lo reproduzco a continuación en formato pdf:

Presentación del libro «La solidaridad con el juez Garzón». 

Presentación en Sevilla de «El Carnaval sin nombre», de Juan Carlos Aragón

El Carnaval sin NombreA continuación reproduzco el texto de mi intervención en la presentación del libro El Carnaval sin Nombre. Ni Mayor el Arte ni Selecta la Chusma, de Juan Carlos Aragón. El acto se celebró en la librería Beta Imperial de Sevilla, el 14 de diciembre de 2012, tras su presentación en Cádiz dos días antes, e intervino también el periodista Fede Quintero.

Presentación "El Carnaval sin Nombre" (Sevilla)

Me he leído el libro de Juan Carlos Aragón, El Carnaval sin nombre, unas cuantas veces, y lo volveré a leer alguna vez más. El motivo es muy simple: este es el ensayo más serio y profundo que se ha escrito sobre el carnaval de Cádiz. El ensayo es un género literario muy difícil, con el que pocos escritores se atreven. Consiste fundamentalmente en una serie de reflexiones, casi siempre críticas, en las que el autor plantea su postura ante un tema determinado. Traducido a lenguaje carnavalesco, significa que el autor debe mojarse con lo que escribe, y en eso Juan Carlos es un experto consumado. Si se me permite la expresión, siempre se ha mojado más que los carajos de La Caleta, ya que optó por el compromiso desde su primera estrofa carnavalesca. Sin embargo, el compromiso no es un camino fácil, y menos si se intenta emprender en solitario. Afirma Juan Carlos que cuando alguien se tira al agua de la piscina los demás le quitan el agua para que se estrelle. Y lleva razón. En su libro podemos observar cómo aquellos que han intentado la dignificación social, económica y artística del carnaval han acabado casi siempre con el agua al cuello o peor, directamente ahogados.

El Carnaval sin nombre es el tercer libro de Juan Carlos Aragón. Los dos anteriores son un poemario, La risa que me escondes, y otro libro de ensayo, El Carnaval sin apellidos. En ambos géneros literarios, poesía y ensayo, Juan Carlos se mueve con la misma soltura, metafóricamente hablando, que Joaquín Quiñones en un tanatorio o que Iñaki Urdangarin administrando una caja de caudales de un organismo público. La poesía y el ensayo, al igual que el carnaval, exigen al menos dos ingredientes básicos: la lírica y la crítica, y en las dos Juan Carlos es un maestro incuestionable. Si a ello le añadimos su estilo cuidado y elegante, su destreza para utilizar la sátira y la ironía, y su habilidad para jugar con las palabras y las ideas, tenemos ya algunos de los factores que influyen en que este nuevo libro, El Carnaval sin nombre, sea de nuevo una auténtica expresión de inteligencia, arte, y rebeldía, tres calificativos que suelen ir unidos, aunque no siempre por ese orden, a cualquier manifestación creativa de Juan Carlos Aragón.

El Carnaval sin nombre es un libro marcado por la honestidad intelectual y por la coherencia, en el que el autor dice lo que piensa y no lo que la gente quiere oír. Por tanto, ni es políticamente correcto, ni es hipócrita ni se queda en indefiniciones ni en medias tintas. Esto de decir lo que se piensa, en carnaval y fuera del carnaval, es y ha sido casi siempre un acto revolucionario que cada vez se practica menos. Como bien señala Juan Carlos, aunque los autores de carnaval dicen lo que piensan, lo que ocurre es que la mayoría de ellos “no piensan, piensan muy poco o no quieren pensar”, y en consecuencia, “o no dicen, o dicen muy poco, o no quieren decir”.

Juan Carlos Aragón piensa que la esencia del carnaval es la voluntad de transgredir, de poner en cuestión las normas, las tradiciones y los convencionalismos sociales. Y si no es así, si no existe transgresión (como ocurre por desgracia muchas veces en la actualidad) el carnaval se queda sin nombre y sin apellidos, y lo que es peor, sin sentido, porque lo que lo define como tal no existe. Por tanto, no podemos llamar carnaval a unas letras que se acobardan ante el poder, que no ponen en jaque al sistema en el que vivimos y que se recrean con devoción en el piropo, la lágrima, el chovinismo, el galanteo y la esquela mortuoria. Y encima, los que hacen esto dicen que cantan por Cai, cuando más bien parece que están cantando el guion de una telenovela mejicana de las que echan a la hora de la siesta.

Juan Carlos Aragón, en este libro y fuera de este libro, se ríe hasta de su sombra, y por supuesto de la sombra de los que se ríen de él, por eso ha asumido como propia y con orgullo la palabra “chusma”, que es el calificativo que tradicionalmente han dado las clases sociales reaccionarias a los hacedores o seguidores del carnaval. Lo mismo que a lo largo de la historia en nuestra sociedad han existido siempre conservadores y progresistas, y partidarios de mirar atrás y de mirar hacia delante, esta chusma no es un cuerpo social único, sino que se divide en dos, selecta y profunda, en función de su actitud ante el carnaval. La chusma selecta defiende con orgullo ideas y valores contrarios a los de las clases reaccionarias, es de mentalidad abierta, amiga de la novedad, enemiga del fanatismo, sensible, racional y crítica. En contraposición, existe la chusma profunda, que es defensora ciega de la tradición, purista, añeja y recelosa ante la novedad. Su defensa de lo viejo le lleva a reproducirlo una y otra vez, sin plantearse innovar o crear, con lo que tiende a homogeneizar la forma de hacer carnaval en detrimento de la renovación y la modernización del concurso.

El problema no es la existencia de dos chusmas, sino que la chusma profunda, con sus cortas miras y sus bajas pasiones, maneja en la actualidad, como si fuera una marioneta de feria, todos los hilos del tinglado carnavalesco. Aunque no es mayoría, esta chusma utiliza mecanismos de fuerza para imponerse, con prácticas que la convierten en una entidad mafiosa y despreciable. Con sus actitudes y sus chanchullos, la chusma profunda es la que ha dejado al carnaval sin nombre y es la culpable de que no sea un arte mayor. Juan Carlos nos describe, con todo lujo de detalles, de qué manera sus tentáculos se extienden como las polillas de los muebles viejos por todos los ámbitos carnavalescos, desde la asamblea de los antifaces de oro a las peñas, desde las redes sociales a la prensa. Así, dentro de la chusma profunda se crean múltiples fenómenos enfermizos, como el del autor ególatra o el del concursista, que no canta lo que le gusta a él ni se atiene a criterios que tienen que ver con el espíritu del carnaval, sino que hace lo que le gusta a los jurados y calla ante los poderes públicos porque son los que luego lo pueden contratar.

Juan Carlos nos advierte de que uno de los fines de la chusma profunda es sublimar lo mediocre para empequeñecer lo sublime, con la pretensión de que los suyos, que son mediocres, puedan conseguir algo de gloria. Por tanto, su principal objetivo es la intervención en el concurso, ya que controlando el concurso puede dar premios y quitarlos, levantar y derrumbar ídolos, poner jurados caracterizados por su incompetencia, su imprudencia y su sentido vengativo, y conseguir que algunos de los jóvenes talentos que podrían despuntar abandonen o tengan que entrar por el aro. En definitiva, si existiera la fiscalía de delitos carnavalescos, a estos representantes de la chusma profunda habría que ponerles una querella de esas que ya la quisieran para sí los terlulianos del Sálvame Diario.

Foto presentación Juan Carlos Aragón (Sevilla)Quiero terminar mi intervención contestando a la supuesta pregunta que alguien me podría realizar de por qué sería necesario leer este libro. He dado con anterioridad sobrados argumentos para aconsejar su lectura, pero creo que el principal es que es una radiografía completa y demoledora de lo que se cocina, se cuece, o mejor, se achicharra dentro del carnaval, sin olvidarse de qué o quiénes son los responsables de tanto desaguisado. A pesar del diagnóstico tan certero que realiza del carnaval, que es casi de enfermedad terminal con respiración asistida, el libro no está escrito desde el derrotismo, sino desde el amor a la fiesta y sin renegar de ella. Sin embargo, este es un amor sincero, que no está cegado por la pasión sino guiado por la razón, y en consecuencia sabe valorar en su justa medida las virtudes y los defectos, los claros y las sombras, los amigos y los enemigos que habitan entre la fauna carnavalesca. Juan Carlos ha hablado mucho en este libro, como sólo él sabe hacerlo, con arte mayor y con lenguaje selecto, con sabiduría y con estilo, con valentía y con inteligencia, desmenuzando la realidad hasta límites insospechados. Pero aún así, no lo deja todo dicho, porque la última palabra nos la ha regalado a los lectores. Después de su lectura, los aficionados también tendremos mucho que decir y, sobre todo, mucho que hacer, pues sus planteamientos no van a dejar indiferente a nadie. Además, con este libro no va a pasar como con La Serenissima. Les aseguro que casi todo el mundo lo va a entender.

Enlaces de interés

Noticia de la presentación en Niuyorkai

Noticia y audio de la presentación en Pito de Carnaval

Fotos de la presentación en Niuyorkai

Otras fotos de la presentación