Una familia de Lucena se encuentra casi ochenta años después

Juan Zafra Raigón (2)

Juan Zafra Raigón, desaparecido cuando lo detuvieron en Montilla en 1936.

En diciembre de 2015, Miguel Guillén Burguillos me escribió un mensaje de correo electrónico desde Mataró (Barcelona), su ciudad de nacimiento y de residencia. Miguel procede de una familia de emigrantes andaluces afincados en Cataluña en los años sesenta del siglo pasado. Por parte de madre, su abuela Gabriela era originaria de Montilla y su abuelo Antonio de Lucena. Había leído mi libro Los puños y las pistolas. La represión en Montilla (1936-1944), y me pedía ayuda para localizar a uno de los hermanos de su abuela, Juan Zafra Raigón. Lo habían detenido en Montilla, que había quedado en manos de los golpistas desde el 18 de julio de 1936, y desde entonces estaba desaparecido. Por tanto, desconocían si había sido fusilado o había conseguido sobrevivir. La única noticia, confusa y poco creíble, sobre su posible paradero les vino de otro hermano, Antonio, que se exilió en 1939 en Francia y estableció allí su residencia definitiva hasta su muerte. Al intentar recabar información en tiempos de Franco en un consulado español en Francia, le dijeron que los datos que poseían sobre Juan eran confidenciales, así que la familia creyó –aunque sin ningún fundamento que lo avalase– que podría estar refugiado en Suiza.

Desgraciadamente, no pude ayudar a Miguel Guillén en la búsqueda de su tío abuelo por las enormes dificultades que presenta la investigación de este caso. Además, su nombre no está incluido en la lista de los 148 víctimas mortales que tenemos catalogadas hasta el momento de la represión franquista en Montilla ni entre los 438 vecinos –Montilla tenía unos 19.500 habitantes en 1936– que sufrieron internamiento en cárceles u otras formas de represión durante la guerra y la posguerra. En consecuencia, Juan Zafra Raigón continua siendo en este momento una de las muchas decenas de miles de personas desaparecidas, de las que no se tiene constancia de su paradero ni se ha encontrado su cadáver, a consecuencia de la represión franquista durante la contienda civil.

Antonio Burguillos Serrano.

Antonio Burguillos Serrano en una fotografía de la década de 1970.

En la primera conversación telefónica que tuvimos sobre este asunto, Miguel Guillén me contó otra historia. Como su abuelo materno, Antonio, era lucentino, había leído también mi libro República, guerra y represión. Lucena 1931-1939. En él, a Miguel le había llamado la atención que entre la lista de fusilados en 1936 apareciera Manuel Burguillos Serrano, que se apellidaba igual que su abuelo y cuya fotografía mostraba un enorme parecido físico con él mismo, según apreciaron con sorpresa hasta sus propios padres. Me pidió, por tanto, si podría averiguar si ese hombre podría ser hermano de su abuelo, quien les había contado que tenía un hermano y una hermana en Lucena pero nunca les dio información sobre ellos. Su abuelo se había marchado solo, sin su familia, a trabajar desde Lucena a Montilla con menos de 20 años, a finales de la década de 1920. En 1965, junto a su mujer, Gabriela, y sus hijos, había emigrado a la localidad barcelonesa de  Mataró, donde murió en 1976, con 66 años.

Manuel Burguillos Serrano.

Manuel Burguillos Serrano, concejal en 1931 y vicepresidente del PSOE de Lucena en 1936.

El presunto hermano de Antonio, Manuel Burguillos Serrano, había nacido en Lucena el 11 de marzo de 1905. Tenía una formación autodidacta y era jornalero de profesión, por lo que sufrió las miserables condiciones de vida de los trabajadores del campo andaluz de los años veinte y treinta del siglo pasado. A través de su propia experiencia vital, de su talante generoso con los que aún eran más pobres que él y de las tertulias organizadas en el patio de su casa, al calor de la lectura del periódico El Socialista, tomó conciencia de la necesidad de combatir las injusticias de su tiempo. El salto de Manuel Burguillos al Consistorio local se produjo en las elecciones del 14 de abril de 1931, al resultar elegido concejal en la triunfante candidatura republicana, que obtuvo en Lucena el 64,82% de los votos frente al 35,18% conseguido por los monárquicos. Solo dos días después se proclamaba la II República en toda España. Su labor como concejal socialista en el Ayuntamiento se puede resumir en tres ejes prioritarios: defensa a ultranza de los derechos y de la dignidad de la clase obrera, reivindicación del laicismo y denuncia constante de las poderosas fuerzas políticas, económicas y sociales que se oponían a las reformas del régimen republicano. El 15 de octubre de 1934 la Corporación Municipal lucentina fue destituida de manera arbitraria por el gobernador civil y Manuel Burguillos dejó de ser concejal. A partir de entonces su actividad política se centró en la agrupación local del PSOE, de la que llegó a ser vicepresidente en 1936.

Foto Manuel Burguillos (Libro familia 2)

Manuel Burguillos, cuando tenía 27 años.

La rebelión militar del 18 de julio 1936, que triunfó en Lucena ese mismo día, tuvo trágicas consecuencias para Manuel Burguillos. En los días 18 y 19 de julio fueron encarceladas unas doscientas personas –en una ciudad que rondaba los 30.000 habitantes– y el número de arrestados aumentó en las jornadas siguientes. De los concejales socialistas elegidos en las elecciones de 1931, al menos cuatro serían pronto fusilados: Rafael Lozano Córdoba (de 72 años), Antonio Palomino Luque, José López Antequera y Manuel Burguillos Serrano. El 27 de julio unos falangistas se presentaron en la casa de Manuel Burguillos, en el número 52 de la calle Rute. Al no encontrarlo allí, pues se hallaba trabajando, le dejaron el aviso de que se personase ante la autoridad militar “solo para hacerle unas preguntas”. Cuando regresó, su esposa, consciente del peligro que se cernía sobre él, le propuso la huida hacia Jaén, que se encontraba en zona republicana. Él se negó, alegando que no había cometido ningún delito y que su conciencia estaba tranquila. Se presentó a la citación y quedó detenido en el acto. Su confianza en las buenas intenciones de sus verdugos le traicionó. Estuvo internado en el convento de San Francisco, convertido en prisión, y en la madrugada del 19 de agosto de 1936 lo fusilaron, junto con veinticuatro personas más, en las tapias del cementerio de Lucena. Tenía entonces 31 años. Dejó dos huérfanos, Antonio, de tres años, y Carmen, próxima a cumplir los dos.

Luisa Baena Mármol, viuda de Manuel Burguillos Serrano.

En una foto de cuando tenía 23 años, Luisa Baena Mármol, viuda de Manuel Burguillos Serrano.

Recabando datos para mi libro sobre Lucena, logré entrevistar en los meses de marzo y abril de 1997 a la viuda de Manuel Burguillos, Luisa Baena Mármol, quien ya había cumplido los 88 años y parecía una mujer muy vivaz. En la conversación definió a su marido, con el que se había casado el 30 de abril de 1932, como un hombre inteligente, bueno y, sobre todo, cariñoso. Se apreciaba que había estado muy enamorada de él y era evidente que se sintió bastante reconfortada e ilusionada aportando sus recuerdos. A pesar del tiempo transcurrido desde la guerra, mantenía una memoria prodigiosa. Aún se emocionaba, hasta llegar a las lágrimas, enumerando los nombres de varios fusilados –entre ellos un primo hermano– y contando que escondió en su propia casa a tres hermanos (Rafael, Miguel y Antonio Sánchez) para evitar su detención en una de las numerosas redadas acontecidas en la calle Rute. Como nota curiosa, he de señalar que en la pared del rellano de la escalera de su antigua vivienda todavía conservaba un cuadro con la imagen de Pablo Iglesias, el fundador del PSOE y del sindicato socialista UGT, que había conseguido ocultar detrás de una lámina de la Virgen durante la guerra y la dictadura de Franco. Condicionada por sus trágicas circunstancias familiares y aconsejada por el cura de la parroquia del Carmen, Luisa se volvió a casar el 27 de noviembre de 1939, tuvo tres hijos más (Luis, Araceli y Ana), perdió el contacto con la familia de su antiguo marido y enviudó de nuevo en 1970. Murió el 8 de noviembre de 1999, dos años después de que yo la entrevistara.

Dos meses antes de que me escribiera Miguel Guillén desde Mataró, conocí a un nieto de Manuel Burguillos Serrano, de igual nombre y primer apellido, porque se me presentó por la calle. Me habló de que estaba interesado en localizar y exhumar los restos de su abuelo –una solicitud que ya ha cursado a la Dirección General de Memoria Democrática de la Junta de Andalucía– y nos intercambiamos los números de teléfono. Esta casualidad permitió que pudiera consultarle las dudas que me planteaba Miguel Guillén. Miguel sabía que los padres de su abuelo se llamaban Araceli y Antonio. Manuel buscó en el libro de familia de su abuelo y los padres se llamaban igual. También preguntó a su tía Carmen, y ella le dijo que mantenía un recuerdo lejano de la existencia de un tío en Montilla. Miguel me envió también una foto de su abuelo Antonio que fue determinante. En cuanto Manuel la vio, descubrió el enorme parecido físico con su padre, Antonio, ya fallecido. El misterio estaba resuelto: Manuel y Antonio Burguillos Serrano eran hermanos. A los pocos días, la curiosidad llevó a Miguel, politólogo de profesión, a realizar otro descubrimiento importante: encontró en el diario ABC una nota mortuoria de Araceli Burguillos Serrano, de 88 años, fallecida el 23 de abril de 1996 en Madrid, el lugar donde su abuelo les había referido que había emigrado su hermana.

La pregunta que surge de inmediato es por qué Antonio Burguillos Serrano nunca hablaba de su hermana ni de su hermano fusilado en Lucena. El origen podría estar en su personalidad callada, hermética y dedicada al trabajo. O puede que ese silencio se debiera al desarraigo familiar, al deseo de olvidar, al miedo, a tratar de evitar que sus hijos pudieran correr la misma suerte que su hermano por “meterse en política” o a cualquier otro motivo desconocido. Tampoco sabemos si ese silencio, en una persona de ideología socialista, fue voluntario o forzado por determinadas circunstancias. Sea como fuere, el olvido y el pasado familiar oculto del abuelo han sido sustituidos ahora por la memoria de uno de sus catorce nietos. Al menos, en este caso, una historia que hunde una parte de sus raíces en el drama represivo de la guerra civil española tiene un final feliz. Esta semana, solo cuatro meses después de que me escribiera, Miguel Guillén Burguillos visita Lucena por primera vez en su vida para conocer el lugar donde nació su abuelo y donde aún viven los descendientes de su tío abuelo, con los que aún no había mantenido ningún contacto, pues yo he servido en todo momento de intermediario con ellos. Esta es la fotografía, de ayer mismo, 6 de abril de 2016, que da fe del esperado encuentro familiar.

Familia Burguillos Lucena

De izquierda a derecha, Manuel Jiménez Burguillos, Miguel Guillén Burguillos y los hermanos Manuel y Carmen Burguillos Castillo.

Antonio Buendía Aragón (1893-1972): un lucentino fundador del Partido Comunista Español

Nota previa: se puede leer una versión más extensa de esta entrada del blog, en formato PDF, en este enlace. 

 

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Antonio Buendía Aragón en 1914, con veinte años.

Antonio Buendía Aragón nació en Lucena el 28 de junio de 1893, en el seno de una familia humilde. Sus padres, Ana Aragón Corpas y el estanquero Manuel Toribio Buendía Onieva, vivían en el número 39 de la calle Cabrillana. Según testimonios familiares tuvieron nueve hijos, de los que solo cuatro llegaron a la edad adulta. De pequeño, se encariñó con él la familia Fuillerat, formada por una tía y una sobrina, ricas propietarias agrícolas que habitaban en el número 2 de la calle El Peso. Lo trataron como a un hijo, convivía con ellas y le costearon en Madrid los estudios de bachillerato en el instituto Cardenal Cisneros y en el liceo francés, y también la carrera de Derecho, que nunca llegó a ejercer.

La primera actividad política pública que conocemos de Antonio Buendía, cuando tenía 20 años, es su participación en el mitin del 1 de Mayo de 1913 en Lucena. Hacía pocos días que Pablo Iglesias, el fundador del PSOE y de la UGT, había visitado la localidad y la organización local del partido se encontraba bastante revitalizada. La agrupación socialista de Lucena se había fundado en 1908, desapareció en 1914 y no se reconstituyó, junto a la Juventud Socialista, hasta junio de 1918. Poco tiempo antes, el 1 de marzo de 1918, Antonio Buendía había ingresado en la Agrupación Socialista de Madrid. En agosto, la Agrupación Socialista lucentina organizó en su sede una “Semana Roja” en la que Antonio Buendía intervino pronunciando una conferencia sobre el pasado y el presente del sindicalismo. Ese mismo año, representó a la Agrupación Socialista de Lucena en el XI Congreso del PSOE celebrado en octubre en Madrid, bajo la presidencia de Pablo Iglesias. En febrero de 1919, con 25 años, se trasladó a Lucena e ingresó en la Agrupación Socialista de la localidad, por lo que el 30 de mayo de 1919 causó baja en el PSOE madrileño. La Agrupación Socialista de Lucena se convirtió durante aquellas fechas en una de las más nutridas de la provincia y, al igual que el resto de organizaciones sindicales cordobesas, vivió entre 1918 y 1921 (el llamado Trienio Bolchevique) un inmenso apogeo al calor de las esperanzas que había suscitado la revolución soviética en las clases trabajadoras. Su militancia se cifraba en 85 afiliados en 1918, 2.218 en 1919 y 200 en 1920.

La afiliación de Antonio Buendía al PSOE duró dos años escasos, ya que en 1920 fue uno de los fundadores del Partido Comunista Español. Esta nueva organización se creó el 15 de abril en Madrid por la Federación de Juventudes Socialistas, descontentas con las tesis socialdemócratas del PSOE y partidarias de la adhesión a la Internacional Comunista, de carácter leninista. El 19 de marzo de 1921 se abrió el primer congreso del partido, en el que resultaría elegido miembro de su Comité Central y en el que participó con una tesis sobre la propaganda comunista y la preparación de los campesinos para la revolución. En noviembre, el partido se fusionó con el Partido Comunista Obrero Español (una escisión del PSOE surgida tras su III Congreso Extraordinario en abril) para formar el Partido Comunista de España. La andadura legal del PCE resultó muy corta, pues la dictadura implantada por el general Miguel Primo de Rivera, tras el golpe de Estado del 11 de septiembre de 1923, clausuró sus sedes y declaró ilegales todas sus organizaciones. Es una incógnita el papel que jugó a partir de ese momento Antonio Buendía dentro del partido, pero a través de un informe emitido con posterioridad (el 31 de mayo de 1944), por la jefatura superior de la Policía de Madrid, sabemos que estuvo sometido a vigilancia a causa de su militancia comunista durante la dictadura de Primo de Rivera (1923-1930).

En septiembre de 1926 Antonio Buendía, con 33 años, se inició en la masonería como miembro de la logia cordobesa Turdetania, ligada a la Gran Logia Regional del Mediodía, que tenía su sede en Sevilla. La masonería estuvo muy poco implantada en la provincia cordobesa y en ese año solo acogía a 85 hermanos distribuidos en cuatro logias y dos triángulos (el triángulo es una pequeña organización masónica con al menos tres miembros). Buendía tomó el nombre simbólico de Babeuf, un revolucionario francés (1760-1797), defensor de la abolición de la propiedad privada y de la herencia, al que se considera uno de los precursores del comunismo.

Antonio Buendía es el único caso constatado de masón comunista en la provincia de Córdoba. Aunque la masonería defendía principios laicos y anticlericales, y estaba extendida entre los militantes y dirigentes republicanos y socialistas, no era común encontrar a comunistas en sus filas. Estos acusaban a la masonería de organización “burguesa” y solían mantener posturas ateas, que casaban poco con la creencia masónica de la existencia de un ser superior hacedor del mundo. Cuando el 20 de noviembre se constituyó el triángulo Isis Lucentino, Antonio Buendía, con el grado tercero, aparece entre sus cinco afiliados. Dirigía el triángulo el perito mercantil Javier Tubío Aranda, que ejercía como venerable maestro del taller, del que también eran hermanos el farmacéutico Anselmo Jiménez Alba y los propietarios Domingo Cuenca Navajas y José López Jiménez. Desconocemos hasta cuándo se prolonga la militancia masónica de Antonio Buendía, pero la Gran Logia Regional del Mediodía de España, en el listado que envió el 23 de junio de 1934 al Gran Consejo Federal Simbólico de Madrid, aún lo incluye en la relación de maestros masones que se encontraban en condiciones de ser elegidos para el cargo de gran maestro nacional.

Las hijas de Antonio Buendía en 1933, junto a sus primos, en la finca Huevos Fritos de Las Navas del Selpillar.

Las hijas de Antonio Buendía en 1933, junto a sus primos, en la sierra de Madrid.

En el ámbito personal, en fechas que no hemos podido concretar de los años veinte del siglo pasado, Antonio Buendía vivió dos experiencias importantes: fundó una familia y recibió una abultada herencia. En principio, comenzó a convivir con su paisana Adolfa Plata Navarro. Nunca se casó con ella y tuvieron tres hijas. La primogénita murió a los 12 años, en 1936, de una cardiopatía congénita. En 1927 nació Antonia, en Córdoba, y en 1929 Carmen, en Madrid. Cuando en 1931 Adolfa Plata se encontraba embarazada de gemelos, murió atropellada por un taxi. Por otro lado, al fallecer en Lucena hacia 1928 Francisca Eugenia Fuillerat Fuillerat, miembro de la familia que lo había acogido desde pequeño, Antonio Buendía se convirtió en heredero universal de su fortuna y en uno de los grandes propietarios agrícolas de Lucena, pues era el octavo mayor contribuyente por bienes rústicos en 1930. Entre las tierras heredadas se encontraban las fincas de olivar de El Contadero (1,42 ha) y la de Bellidos o Los Frailes (86.5 ha), que contenía una casa con molino aceitero y prensa hidráulica; el cortijo de Frías, en el término municipal de Cabra (130 ha); la finca Huevos Fritos, en la aldea de Las Navas del Selpillar (10,1 ha) y la hacienda Las Monjas (74,80 ha). Sus propiedades, por tanto, sobrepasaban las 250 hectáreas, cifra a partir de la cual se considera a un propietario como terrateniente.

El fuego, de Henri Barbusse, uno de los libros traducidos del francés por Antonio Buendía Aragón.

El fuego, de Henri Barbusse, uno de los libros traducidos del francés por Antonio Buendía Aragón.

El perfecto conocimiento que poseía Antonio Buendía de la lengua francesa y su amplia cultura le permitieron traducir al castellano al menos tres libros entre 1929 y 1930: Mi madre y yo a través de la revolución china (dos ediciones en 1929), escrito por Cheng Tcheng, de origen chino y uno de los fundadores del partido comunista francés; El fuego: Diario de una escuadra, (1930), un libro antimilitarista, basado en las experiencias en la Primera Guerra Mundial del autor, el escritor y periodista comunista francés Henri Barbusse; y El plan quinquenal de los soviets, (1930, con una segunda edición corregida y aumentada publicada en 1931), de Grigori Grinko, un alto cargo de la URSS. Las tres obras se publicaron por la editorial Cenit, creada a finales de 1928, y una de las empresas editoriales más importantes de España hasta el inicio de la guerra civil, con más de doscientos volúmenes editados, una buena parte de ellos de teoría marxista, temas revolucionarios y literatura proletaria. Durante la primera andadura de la editorial Cenit, Antonio Buendía mantuvo buenas relaciones con su director, el comunista Rafael Giménez Siles, y parece que en aquellos años también prestó dinero para apoyar el proyecto empresarial de Manuel Aguilar, que había creado la Editorial Aguilar en Madrid en 1923.

Adolfa Plata

Adolfa Plata Navarro, compañera de Antonio Buendía y madre de sus tres hijas.

Tras la dimisión del general Miguel Primo de Rivera en enero de 1930 y la corta “dictablanda” del general Dámaso Berenguer, el gobierno del almirante Juan Bautista Aznar decidió una vuelta pausada desde la dictadura a la normalidad constitucional por medio de unas elecciones. Comenzó por las elecciones municipales, que se celebrarían el 12 de abril de 1931, plegándose así a los deseos de los monárquicos partidarios de Alfonso XIII, que creían que podrían manipular con más facilidad estos comicios que los legislativos, pues confiaban en la tradicional fidelidad del voto rural, donde la maquinaria caciquil siempre había amañado los resultados. Los antimonárquicos, entre los que se encontraban fundamentalmente socialistas y republicanos de diversas tendencias, se unieron para la convocatoria electoral, ya que entendían –como la mayoría de los ciudadanos– que su triunfo en las urnas sería considerado como una clara manifestación de apoyo al cambio de régimen político y, por tanto, a la proclamación de la República.

Para constituir la candidatura antimonárquica, los dos partidos que desde su fundación en Lucena habían mantenido encendida la llama del republicanismo, el PSOE (creado en la localidad en 1908, como ya hemos señalado) y el Partido Republicano Radical (constituido en Lucena en 1910), se coaligaron junto a un partido de ámbito local, el Bloque del Partido Social Democrático. También se incluyó en la lista a Antonio Buendía, quien al parecer se presentó bajo el paraguas del partido radical y no de manera abierta como candidato comunista, pues en este momento la política oficial del partido comunista, que apenas contabilizaba mil militantes en España, predicaba la no colaboración con los partidos “burgueses”, entre los que se alineaban los partidos republicanos. Aunque la candidatura republicana lucentina casi no pudo hacer propaganda, por no contar con un local adecuado hasta última hora, sí consiguió celebrar, a principios de abril, un gran mitin en la Era del Santo, al que asistieron unas tres mil personas. Presentó el acto Antonio Buendía, que informó de las trabas que había puesto el alcalde monárquico, Antonio del Pino Hidalgo, a la celebración del mitin, e intervinieron como oradores Antonio Villa, redactor jefe del periódico La Libertad; el catedrático Joaquín Nogueras; José Escudero, del comité central del Partido Republicano Radical Socialista; y el abogado socialista lucentino Vicente Manjón-Cabeza Fuerte. Las elecciones del 12 de abril de 1931 depararon una victoria clara de la candidatura republicana lucentina, que obtuvo 2.815 votos (64,82%) frente a los 1.528 (35,18%) de los monárquicos, lo que permitió que Antonio Buendía resultara elegido concejal junto a sus cuatro compañeros masones del triángulo Isis Lucentino (uno de ellos, Javier Tubío Aranda, se convertiría en el nuevo alcalde republicano).

En el resto de España, sólo conocemos los resultados electorales de manera parcial, pues los datos definitivos nunca llegaron a publicarse. Las listas republicanas triunfaron en 41 de las 50 capitales de provincia y en las ciudades, donde el voto era libre y la participación había sido muy elevada, mientras en las zonas rurales falló la manipulación caciquil y los republicanos obtuvieron también resultados bastante satisfactorios. Al calor de lo decidido en las urnas, se sucedieron las manifestaciones públicas con la bandera tricolor –roja, amarilla y morada–, en varias ciudades se proclamó la República y en la tarde del día 14 los miembros del Comité Republicano tomaron posesión del Gobierno en Madrid. Por la noche, Alfonso XIII, consciente de que le faltaba el apoyo de los militares, de la  Guardia Civil, y el “amor” de su pueblo, abandonó el país para evitar que lo derrocaran por la fuerza. El efecto inmediato fue la formación de un Gobierno provisional, bajo la presidencia del cordobés Niceto Alcalá-Zamora –sobre quien también recaía la jefatura del Estado–, en el que participaban socialistas y republicanos de varias tendencias, desde reformistas a conservadores y católicos.

A pesar de haber resultado elegido concejal, Antonio Buendía pasa la mayor parte de su mandato viviendo en Madrid con su familia, sin asistir a los plenos y casi sin participar en la política local. En la capital de España, aparece el 11 de febrero de 1933 como uno de los firmantes del Manifiesto de la Asociación de Amigos de la Unión Soviética, junto a 91 escritores y profesionales de lo más granado de la intelectualidad española (Gregorio Marañón, Ortega y Gasset, Pío Baroja, Federico García Lorca, Ramón J. Sender, Jacinto Benavente, Clara Campoamor, etc.). Esta asociación, según recoge el manifiesto fundacional, “no tendrá más programa ni más bandera que decir y ayudar a conocer la verdad sobre la URSS, combatiendo con las armas de la verdad la mentira, la calumnia y la deformación”. Para conseguirlo, la asociación pensaba organizar una enorme campaña de conferencias, documentales sobre la URSS, proyecciones de películas de tipo informativo, publicaciones de libros, viajes de estudios, sesiones de radio, etc. La participación de Antonio Buendía en esta asociación le permitió mantener contacto con varios intelectuales, que iban su casa con frecuencia. Su hija Carmen recuerda haber estado varias veces sentada en las rodillas del poeta Federico García Lorca mientras este le contaba un cuento.

Las visitas de Antonio Buendía a Lucena en los años republicanos eran cada vez más cortas y esporádicas. Aun así, se vio implicado en la huelga de campesinos que se desarrolló en la localidad entre el 21 y el 23 de abril de 1933, en la que se pedía el cumplimiento de las bases de trabajo por los patronos y que se ocupase en el laboreo forzoso a los parados. El gobernador civil ordenó su apresamiento y fue trasladado a la cárcel de Rute en la madrugada del día 24, aunque al día siguiente quedó en libertad sin cargos.

Durante la II República no volvemos a tener noticias de Antonio Buendía hasta  el triunfo del Frente Popular, una coalición de partidos republicanos y de izquierdas, en las elecciones legislativas del 16 de febrero de 1936. El nuevo gobierno frentepopulista ordenó la reposición de los ayuntamientos elegidos en las elecciones del 12 de abril de 1931, que habían sido eliminados en muchos lugares por las arbitrariedades de los distintos gobernadores civiles, como había ocurrido en Lucena. El gobernador civil de Córdoba nombró una Comisión Gestora municipal en Lucena el día 22 de febrero de 1936 en la que se incluía el nombre de Antonio Buendía como edil, pero este no se presentó para aceptar el cargo. Suponemos que Antonio Buendía tampoco se encontraba en Lucena cuando se creó la primera agrupación local del partido comunista el 31 de marzo de 1936 ni cuando el 16 de mayo se realizó en la Casa del Pueblo el primer acto preparatorio de la unificación de las Juventudes socialistas y comunistas lucentinas, que tomarían el nombre de Juventudes Socialistas Unificadas al fusionarse al mes siguiente en toda España.

El golpe de Estado del 18 de julio triunfó en Lucena ese mismo día. En las jornadas siguientes, varios de los concejales y exconcejales socialistas y republicanos lucentinos, entre los que se encontraban todos los miembros del triángulo masónico Isis Lucentino, fueron detenidos y fusilados, y es muy probable que Antonio Buendía hubiera corrido el mismo trágico destino si no hubiera estado en ese momento residiendo en Madrid, en el número 27 de la calle Alberto Aguilera, su domicilio en la ciudad  desde 1931. Allí permaneció hasta noviembre, cuando la familia, para huir de los bombardeos de la aviación franquista, decidió marchar a Alicante. A esta ciudad llegaron la madre de Antonio Buendía, su hermana Araceli y su marido, su cuñada Araceli (hermana de su mujer) y sus dos hijas, Antonia y Carmen, pues la primogénita acababa de fallecer en Madrid. Antonio Buendía marchó a Valencia, adonde se había trasladado el gobierno republicano, y luego a Barcelona. De aquí hubo de exiliarse a Francia en 1939, junto a cientos de miles de españoles, tras la conquista de Cataluña por las tropas franquistas. Al finalizar la guerra el primero de abril de 1939, la familia de Antonio Buendía volvió a Madrid con sus hijas, donde les administraron el bautismo y la comunión al mismo tiempo, en consonancia con el ambiente nacional-católico que se impuso en la sociedad. En 1941 vivían en la calle Gaztambide y en 1945 se trasladaron a la calle Isaac Peral, un piso de alquiler que se convirtió en la residencia estable de las dos niñas y su tía Araceli Plata, que se ocupó ya definitivamente de ellas.

Al poco de producirse el golpe de Estado, en la España controlada por los sublevados se inició de manera institucional la represión económica en contra de los republicanos. El 13 de septiembre de 1936, la Junta de Defensa Nacional (máximo órgano de gobierno) decretó la incautación de los bienes de los partidos y sindicatos que habían formado el Frente Popular, y encargaba a los generales jefes de los Ejércitos “tomar medidas precautorias encaminadas a evitar posibles ocultaciones o desaparición de bienes de aquellas personas que por su actuación fueran lógicamente responsables directos o subsidiarios, por acción o inducción, de daños y perjuicios de todas clases ocasionados directamente o como consecuencia de la oposición al triunfo del movimiento nacional”. El 20 de octubre de 1936, por mandato de la Comandancia Militar de Lucena al capitán de la caja de reclutas Juan Pedraza Luque, que actuó de juez instructor, se iniciaron las diligencias para la incautación de los bienes de Antonio Buendía. Con los datos recabados en el expediente instruido por el capitán Juan Pedraza, el 31 de diciembre de 1936 el Gobierno Militar de Córdoba emitió un informe para la Auditoría de Guerra en el que indicaba que “al encartado debe estimársele como ejecutor de actos contrarios al orden y culpable de actividades marxistas o de extrema izquierda”, por lo que proponía la incautación de sus bienes.

El 10 de enero de 1937, un decreto ley de la Junta Técnica de Estado, organismo que ejercía el gobierno en la zona franquista, establecía la creación de la Comisión Central Administradora de Bienes Incautados por el Estado, con sede en Burgos, para investigar, inventariar y ocupar los bienes de las organizaciones proscritas y de los desafectos con la intención de enajenarlos o gravarlos. En cada capital de provincia se creó una Comisión Provincial de Incautación de Bienes, presidida por el gobernador civil. Un juez de carrera o militar, nombrado por la Comisión Provincial, se encargaba de instruir el expediente para declarar administrativamente la responsabilidad civil, pudiendo embargar los bienes del inculpado. Este proceso sancionador conculcaba garantías jurídicas tan elementales como el derecho a recurrir las sanciones.

La Comisión Provincial de Incautación de Bienes de Córdoba continuó, por tanto, la tramitación del expediente de Antonio Buendía, cuya instrucción realizó Manuel González Aguilar, juez de primera instancia interino de Lucena y teniente jurídico habilitado. El 23 de noviembre de 1937, este juez instructor acordó el “embargo de todos los bienes que posea Antonio Buendía Aragón, con el fin de asegurar en su día las responsabilidades que se le exijan por su oposición el Glorioso Movimiento Nacional” y nombró al teniente Rafael García Rey como administrador de los mismos.

La Ley de Responsabilidades Políticas de febrero de 1939 sirvió para hundir aún más en la miseria económica a los republicanos y a sus familias, que en muchas ocasiones ya habían sufrido la rapiña directa o los expedientes de incautación de bienes. Afectaba a los que se hubieran opuesto al Movimiento Nacional –forma eufemística que se usaba durante el franquismo para denominar al golpe de Estado– con “actos concretos o con pasividad grave”, e incluía la aberración jurídica de que tenía carácter retroactivo hasta el primero de octubre de 1934. Los castigos consistían en destierros, confinamientos, inhabilitación para ejercer profesiones y, sobre todo, la pérdida de bienes y el pago de multas, que debían afrontar los herederos en caso de que el inculpado hubiera muerto naturalmente o hubiera sido fusilado. Solo después de que el juzgado cobrara las multas, recuperaban los herederos de los asesinados la libre disposición de sus bienes. Por esta ley se incoaron unos 325.000 expedientes, de los que 6.554 correspondieron a la provincia de Córdoba.

De los informes que se adjuntan en el expediente de responsabilidades políticas de Antonio Buendía, el más interesante es el de la jefatura superior de la Policía de Madrid, emitido el 31 de mayo de 1944, del que reproducimos un extracto:

Los informes político-sociales que existen en esta Dependencia son los siguientes: en época de la dictadura ya pertenecía al partido comunista y como tal estuvo vigilado. Personas que antes de la guerra frecuentaron su domicilio (Alberto Aguilera) han manifestado que en su biblioteca se encontraban libros de este tipo, y que una vez en la familia se dejó decir que tal hecho, así como su ideología, estaba influido por la participación en el negocio de la editorial que lanzaba dichos libros.

A juzgar por los informes se trata de persona inteligente, discreta y un tanto misteriosa, ya que no obstante conocer su matiz ideológico izquierdista en la vecindad nunca se pudieron conocer las actividades que desplegaba.

En la casa, donde había bastantes personas de derechas, ni denunció ni perjudicó a nadie, y solo hablan los informantes de que intervino a favor del portero cuando unos milicianos se lo llevaron a una checa con la intención de asesinarle, logrando que le pusieran en libertad. Otra familia de la casa que tiene un hijo “camisa vieja”, muy perseguido en periodo rojo, de nacionalidad cubana, dice que se encontraron al informado en Alicante, cuando ellos pretendían embarcar para La Habana, y como los rojos les pusiesen dificultades, creen, aunque no pudieran asegurarlo, que aquel interviniera en su favor, ya que al día siguiente pudieron marchar, dándoles toda clase de facilidades.

El 19 de junio de 1945, la sala del tribunal de Responsabilidades Políticas, siguiendo la petición fiscal, decretó “el sobreseimiento de este expediente y archivo sin declaración de sanción de responsabilidad política (…) acordando recobre la libre disposición de sus bienes si se le hubieran embargado”, ya que no aparecían “comprobados cargos de su responsabilidad política y actuación durante el Movimiento Nacional en su residencia en Madrid”.

Junto a la ley de Responsabilidades Políticas, a Antonio Buendía se le aplicó también otra de las grandes leyes represoras del franquismo, la Ley para la Represión de la Masonería y el Comunismo de 1 de marzo de 1940, que establecía juicios sumarísimos y secretos, sin posibilidad de defensa para los acusados. Su expediente se abrió en julio de 1943. El 20 de octubre, el juez instructor Jesús Riaño Goiri dictó una orden de detención contra él por no haber comparecido en el procedimiento y, al no poderlo localizar, decretó continuar su procesamiento en rebeldía. El tribunal especial, presidido por el general Andrés Saliquet Zumeta y reunido en sesión secreta el 15 de septiembre de 1944, acordó adherirse en la sentencia a la petición del fiscal, que solicitaba 12 años y un día de cárcel con las accesorias de inhabilitación para el ejercicio de cualquier cargo del Estado y de organismos estatales o subvencionados.

Mientras era sometido en España a las leyes especiales de la dictadura franquista, Antonio Buendía seguía en el exilio. Había estado internado en los campos de concentración que se habilitaron en las playas del sur de Francia para los refugiados españoles hasta que consiguió salir hacia Buenos Aires, posiblemente desde Marsella y quizás en el mismo barco, el Mendoza, en el que viajaban el poeta Rafael Alberti y su mujer Mª Teresa León. De Argentina se dirigió en tren a Santiago de Chile. Allí se casó con Consuelo Nistal Martínez, que pertenecía a una saga de hermanos exiliados españoles que habían salido desde la Bretaña francesa para Chile, en el carguero Lipari, en febrero de 1940. Algunos de ellos eran de ideología socialista, como Luis y Alfredo (diputado por León en 1931 y cónsul de España en París al final de la guerra civil), y otros comunistas, como Elena, Celia y la propia Consuelo, que en 1940 tenía 35 años. Otro hermano, el comunista Luis, ya había fallecido en Rusia de muerte natural antes de 1940, y otro, César, murió de tuberculosis en las cárceles franquistas. Estos datos sobre la familia Nistal los he conocido gracias al testimonio de Nydia Nistal Alonso, una de las cinco hijas de Alfredo, exiliadas con él, que vive en Madrid y tiene 91 años. Ella retornó a España en 1982, junto a una hermana, huyendo de la dictadura de Pinochet, pues su familia se sentía vigilada, e incluso una sobrina había sido detenida y torturada. Además, el marido de Nydia trabajaba en la Comisión Económica para América Latina (CEPAL), un organismo de la ONU, y era compañero de trabajo y amigo íntimo de Carmelo Soria, el famoso diplomático exiliado español asesinado por agentes de la policía secreta de Pinochet en julio de 1976.

Antonio Buendía Aragón en 1942, durante su exilio en Chile.

Antonio Buendía Aragón en 1942, durante su exilio en Chile.

Durante su exilio en Chile, Antonio Buendía estuvo unos meses desterrado en la isla de Chiloé, ya que le aplicaron le Ley de Defensa Permanente de la Democracia, que mantuvo prohibido el partido comunista entre 1948 y 1958. Antonio Buendía pudo contactar con su familia, que no sabía nada de él desde que abandonó España, a través de una carta que envió a una amiga común que vivía en Madrid. En 1953 sus dos hijas fueron a visitarlo. En el verano de 1956 Antonio Buendía y Consuelo Nistal se trasladaron de Chile a Francia, e hicieron escala en el puerto de Vigo. Su hija Carmen y su esposo viajaron desde Madrid para verlo y entregarle treinta mil pesetas, pero tuvieron un accidente y les robaron el dinero en la confusión del siniestro, así que no pudieron cumplir su objetivo. Desde París, en el año 1957 Antonio Buendía solicitó a las autoridades españolas la vuelta a España. El 22 de abril hay una petición de la Dirección General de Seguridad al jefe de servicio de ejecutorias del Tribunal Especial para la Represión de la Masonería y el Comunismo para consultar su situación legal y los inconvenientes para la repatriación, y el 3 de mayo se le responde que no existe impedimento para el regreso, “si bien tendrá que someterse a la jurisdicción de este organismo y al fallo, que en trámite de revisión, se dicte en las actuaciones”. En vista de que la contestación no le otorgaba la seguridad jurídica suficiente, decidió permanecer en su exilio parisino.

Consuelo Nistal y Sofía Velasco (1960) - copia

Consuelo Nistal y la niña Sofía Velasco, en Francia, en 1965.

Tenemos algunos datos de las actividades de Antonio Buendía en Francia gracias al diario ABC (9 de marzo de 1960) y a las investigaciones que en el Archivo Histórico del PCE ha realizado el madrileño Rafael Buhigas Jiménez, su sobrino bisnieto. En marzo de 1960, Buendía se vio inmerso en un proceso judicial en la región de París, por la tenencia de ejemplares de Mundo Obrero y otras publicaciones comunistas, que entonces estaban prohibidas en Francia, al igual que el partido. La redada supuso la detención de cincuenta militantes en varias regiones francesas (Toulouse, Marsella, Lyon, Tours, etc.) y golpeó gravemente a la organización del partido, que entonces contaba con unos dos mil afiliados en el exilio francés. En aquel momento Antonio Buendía servía de enlace con Chile y Méjico para el intercambio de publicaciones del PCE y trabajaba de corrector para Nuestras Ideas, una revista trimestral de ideas, política y cultura, en la que colaboraron múltiples intelectuales españoles, editada por el partido desde 1957 en Bruselas. Mientras, Consuelo militaba en la Unión de Mujeres de España, una organización de mujeres republicanas exiliadas próxima al PCE.

Tras la publicación de esta entrada del blog, nos hemos adentrado algo en la vida de Antonio Buendía y Consuelo Nistal en Francia a través del testimonio escrito de Sofía Velasco, que los conoció gracias a sus abuelos, también exiliados. Sofía, que en la actualidad vive en La Haya y que tenía 12 años en 1964, es nieta de Adolfo Velasco Arroyo, natural de Cabra, una localidad situada a diez kilómetros de Lucena; y de Josefa Hernández Zancajo, hermana de Carlos, diputado socialista por Madrid en las elecciones del 16 de febrero de 1936. El matrimonio, exiliado también, poseía una casa en Eaubonne, a 15 kilómetros al norte de París. En el amplio jardín de la vivienda se reunían los domingos bastantes españoles (el pintor Pablo Coronado y su esposa Mausi, Pepe y Nati Romanos, Eduardo y Raymonde Box, Félix y Carmen Amade y otros). También acudían siempre Antonio y Consuelo, que vivían entonces en un hotel, ya que Antonio se resistía a comprar una vivienda. Años después adquiriría un pequeño piso en la calle Camille Desmoulins de la ciudad de Levallois-Perret.

Antonio Buendía y Aurora Velasco (1960)

Antonio Buendía y Aurora Velasco en el jardín de la casa de los abuelos de la niña en Eaubonne (Francia), en 1960.

Además de las conversaciones políticas que mantenían en la casa de Eaubonne, Sofía recuerda que Antonio Buendía contaba haber sido vecino del escritor Ramón María de Valle Inclán en Madrid, que sentía animadversión ideológica hacia el novelista Ramón J. Sénder y que hablaba de Unamuno como si lo hubiera conocido. Antonio y Consuelo mantenían una relación casi familiar con la familia Velasco Hernández, a la que visitaban con muchísima frecuencia. Se encariñaron con sus nietas (su hermana Pepa era el “ojito derecho” de Antonio, según el testimonio de Sofía), a las que con frecuencia regalaban libros comprados en la famosa Librería Española de Antonio Soriano, en la Rue de Seine de París, y alguna obra dedicada a puño y letra por el poeta y futuro premio nobel Pablo Neruda, con quien Antonio Buendía había forjado amistad durante su estancia en Chile. Algunos inviernos Antonio y Consuelo visitaban Rusia durante un mes, parece que invitados por Dolores Ibárruri (presidenta del Partido Comunista de España) o alguien de su entorno. También fueron en bastantes ocasiones, junto al grupo de exiliados que se reunían en la casa de Eaubonne, a colocar folletos del partido comunista en los asientos de los viajeros que salían desde la estación de París-Austerlitz, el gran enlace ferroviario de Francia con España en aquel entonces.

En 1963 Antonio Buendía intentó de nuevo entrar en España, pero tras interesarse por los inconvenientes para la repatriación, las autoridades españolas, a través de la Dirección General de Seguridad, le respondieron que su situación legal “no ha variado”. El regreso solo pudo ser posible tras el decreto del 1 de abril de 1969, que con motivo del treinta aniversario del final de la guerra civil declaraba prescritos los delitos cometidos con anterioridad al 1 de abril de 1939. Antonio y Consuelo volvieron a España y vivieron unos meses en Madrid, pero al poco tiempo regresaron a Francia. Enfermo, y sabedor de su próximo final, Antonio Buendía decidió vender con suma rapidez y a bajo precio sus propiedades en España, entre las que destacaba el cortijo de Frías, de las que obtuvo veinticinco millones de pesetas en efectivo (a los pocos meses, el comprador las revendió por cuatro veces más). El dinero lo donó al Partido Comunista de España.

Antonio Buendía Aragón, en una foro de los últimos años de su vida.

Antonio Buendía Aragón, en una foto de los últimos años de su vida.

A principios de los años setenta el matrimonio se instaló en Rumanía, donde imperaba la dictadura comunista de Nicolae Ceaucescu, para “vivir de la solidaridad internacional”. En la capital rumana, Bucarest, Antonio Buendía falleció el 22 de marzo de 1972, a los 78 años, según publicó el 16 de abril el periódico oficial y clandestino del partido comunista, Mundo Obrero, e incluso ABC y La Vanguardia. Al funeral asistió una representación del Comité Central y del Comité Ejecutivo del PCE y una delegación del Comité Central del Partido Comunista Rumano. La viuda, Consuelo Nistal, decidió entonces salir de Rumanía y regresar a Chile, debido a su precaria situación económica. En el archivo del PCE se conservan los extractos de algunas cartas que su hermana Elena intercambió en 1973 con la dirección del partido para que le paguen el traslado, ya que ella no tenía medios materiales para hacerlo. Una de las cartas, escrita con familiaridad el 1 de abril, creemos que va dirigida a Santiago Carrillo, secretario general del PCE. Consuelo, que sobrevivía gracias a una exigua pensión que le pasaba el Partido Comunista de España, murió a finales de los años ochenta, cuando tenía alrededor de noventa años, en el modesto piso que había compartido con Antonio Buendía en Levallois-Perret, ya que el golpe de Estado de Pinochet en septiembre de 1973 le impediría regresar a Chile.

Reconstruir la historia de Antonio Buendía ha sido una tarea muy espaciada en el tiempo. Cuando en el año 1997 encontré su nombre por primera vez en los libros, me sorprendió que existiera tan poca información a pesar de que había tenido una cierta relevancia en el panorama político de su época. La abogada Araceli Tubío Beato (hija de Javier Tubío, primer alcalde republicano de Lucena, fusilado en 1936) fue la primera persona que entrevisté que lo había conocido, y desde entonces solo dos personas más lograron darme algún dato puntual de él. Araceli Tubío solo logró recordar que era muy educado, que siempre le regalaba bombones, que hablaba francés a la perfección y que se exilió. Esa conversación ocurrió en abril de 1997 y ella tenía en aquel momento 84 años. Desde entonces, poca información más pude conseguir a pesar de mis afanes.

Foto de Antonio Buendía Aragón, con fecha indeterminada.

Foto de Antonio Buendía Aragón, con fecha indeterminada.

La situación varió hace escasos meses. Su sobrino bisnieto, el ya aludido Rafael Buhigas, estudiante de Historia, se puso en contacto conmigo desde Madrid porque estaba también interesado en su biografía. En septiembre descubrió algunos documentos en el Archivo del PCE, que me envió y que me permitieron localizar a la poetisa chilena Freya Hödar Nistal, sobrina nieta de su viuda, que a su vez me facilitó el contacto con la familia Nistal en Madrid. A continuación, obtuve del Archivo Documental de la Memoria Histórica de Salamanca copia de los más de trescientos folios que ocupan sus expedientes de incautación de bienes, de responsabilidades políticas y del Tribunal Especial para la Represión de la Masonería y el Comunismo. Los datos familiares que aparecían resultaron decisivos para encontrar en Madrid a dos nietas de Antonio Buendía, Sara y Elena Muñiz Buendía (hijas de Carmen), y a su hija Antonia, de 87 años, que me han aportado fotos y distintas informaciones que han servido para completar esta biografía. El testimonio escrito y las fotografías de Sofía Velasco, que como hemos señalado lo conoció de niña en París, han sido también imprescindibles. Con un extracto de los recuerdos de Elena Muñiz, nieta de Antonio Buendía, concluyo esta pequeña historia:

 Mi abuelo siempre me ha parecido un ejemplo muy cercano de que la posesión de bienes materiales no lleva necesariamente a la identificación con la clase dominante, como muchos sostienen en contra de la evidencia histórica. Yo lo vi pocas veces, y lo recuerdo como una persona de pequeño tamaño y fuerte presencia, magnético y con aspecto de hacer pocas concesiones, a pesar de la merma de los años. Alguien que, pese a haberse visto inmerso en las tremendas corrientes que sacudieron su siglo, había intentado mantener su rumbo y sus convicciones.

Listado de presos en la cárcel de Montilla (1939-1940)

Aunque Montilla ya había conocido una enorme represión tras el triunfo del golpe de Estado en la madrugada del 19 de julio de 1936, cuando finalizó la guerra comenzaría un nuevo calvario para los derrotados. Franco celebró su victoria con lo que el historiador Paul Preston ha bautizado como la “política de la venganza”: exilio, campos de concentración, batallones de trabajo, torturas, consejos de guerra, cárceles, fusilamientos, depuraciones, responsabilidades políticas… En un auténtico desprecio por la suerte de los vencidos, no hubo reconciliación ni amnistía ni perdón. La dictadura, imbuida de militarismo y fascismo, olvidó el lema de “Si no has cometido crímenes, no tienes nada que temer”, y desde el principio la represión y la violencia fueron fenómenos definidores del franquismo, unos imprescindibles elementos que conformaron la misma estructura política del régimen.

En condiciones inhumanas, los que habían perdido la guerra recorrieron en aquellos años cárceles y otros establecimientos penitenciarios. En diciembre de 1939 (la población de España era de 26.014.270 habitantes en 1940) quedaban en las cárceles españolas 270.719 presos –de los cuales 23.232 eran mujeres– según los datos aportados por el Ministerio de Justicia, aunque aquí solo incluían a los ya condenados y no a los que estaban a la espera de juicio, a los que se hallaban en prisiones irregulares o habilitadas, a los detenidos a disposición de la policía gubernativa ni a los que mantenía la Dirección General de Seguridad. Unos 115.000 españoles –de ellos, 11.688 mujeres– todavía permanecían entre rejas en abril de 1943 y cerca de 16.000 personas purgaban sus penas en los 121 destacamentos penales, desperdigados por toda España, que empleaban a los presos para trabajos de reconstrucción en carreteras y pantanos. Entre 1944 y 1948 más de un millón de familias tenía aún a uno de sus miembros en prisión o en libertad condicional

Al acabar la guerra, el 1 de abril de 1939, el más de un millón de refugiados civiles que había en la España republicana debió emprender el regreso a donde residían antes del 18 de julio de 1936. Los combatientes republicanos que habían sobrevivido o no habían huido a Francia volvieron también libres o con salvoconductos desde los campos de concentración que se habían habilitado por toda España, donde se hacinaban más de medio millón de hombres en 1939, tras haber pasado por las Comisiones Clasificadoras de Prisioneros y Presentados establecidas en las distintas provincias. El control sobre los retornados fue estricto desde el primer momento, pues todos debían personarse en las comandancias militares, los ayuntamientos o los cuarteles de la Guardia Civil de sus lugares de origen.

Después de casi tres años de ausencia, los refugiados montillanos regresaban a sus casas a pie, en bestias de carga, en coches de viajeros o en tren. A la incertidumbre y a las penurias del regreso se añadían las últimas experiencias vividas, ya que a menudo los métodos para expulsar a los asilados de las poblaciones de acogimiento resultaban expeditivos. De madrugada echaron a la familia del socialista Juan de la Torre Requena del cuartel donde se había cobijado con otros montillanos durante la guerra en Torreblascopedro (Jaén). Cuando la Guardia Civil ocupó la localidad, simplemente les espetó: “Váyanse, esto es nuestro”. En la misma provincia, a la familia Gómez Márquez la expulsaron del cuartel de Jabalquinto en medio de los cánticos y la euforia de las mujeres derechistas que se arremolinaban en la calle. Tres días tuvieron que aguardar a la intemperie a que apareciera el sucio tren de mercancías que los trasladó a Montilla. Asimismo, la familia Ruz Morales tardó cuatro días en llegar también en un tren de mercancías desde Murcia, alimentándose sólo de azúcar, la única comida que poseían.

49.El escribiente del Ayuntamiento Francisco Hidalgo Luque, capitán del Ejército republicano. Preso en Alicante, Montilla y en el campamento penitenciario de Belchite (Zaragoza).

El escribiente del Ayuntamiento Francisco Hidalgo Luque, capitán del Ejército republicano. Preso en Alicante, Montilla y en el campamento penitenciario de Belchite (Zaragoza).

Aparte de los refugiados y de los soldados republicanos que volvían libres a Montilla, otros vecinos fueron reclamados por el juzgado local cuando se encontraban internados en campos de concentración o en cárceles. A algunos los trajeron desde Alicante, en cuyo puerto se habían aglomerado más de 15.000 personas en un último y desesperado intento de escapar de España en unos barcos que nunca llegarían. Una delegación de guardias montillanos se trasladó expresamente a las prisiones de la ciudad levantina para arrastrar hasta Montilla a los comandantes del Ejército republicano Juan Córdoba Zafra (concejal y secretario local de las JSU) y Manuel Alcaide Aguilar (expresidente de la Casa del Pueblo), al concejal de Izquierda Republicana Francisco Merino Delgado y al alcalde  socialista Manuel Sánchez Ruiz. También se encontraba allí Francisco Hidalgo Luque, que se había integrado en el grupo de resistentes, capitaneados por Manuel García Espejo, que se había creado en la sierra en los primeros días de la guerra, y luego en la compañía de milicianos, formada por el también montillano Juan Córdoba Zafra, en Bujalance. Tras luchar en el Santuario de la Virgen de la Cabeza, Teruel y Valencia, Francisco Hidalgo acabó en el puerto de Alicante, donde arrojó al mar una maleta con tres millones de pesetas –que custodiaba porque tenía el grado de teniente pagador– para evitar que cayera en manos de los franquistas. Lo internaron en el castillo de Santa Bárbara, sin mantas para protegerse del frío, y sometido a los malos tratos de los guardianes, quienes para aumentar el sufrimiento de los presos ante las bajas temperaturas los rociaban con cubos de agua, hasta que lo trasladaron a la cárcel de Montilla el 28 de julio de 1939.

27.Francisco Urbano Baena escapó con sólo 14 años de Montilla al triunfar la sublevación y se alistó en el Ejército republicano. Al acabar la guerra lo internaron en el campo de concentración del cuartel de la Aurora (Málaga).

Francisco Urbano Baena escapó con 14 años de Montilla y se alistó en el Ejército republicano. Estuvo internado en el campo de concentración del cuartel de la Aurora (Málaga).

Otros ni siquiera pudieron llegar a Montilla, como Francisco Urbano Baena “El Duende”, que tenía tan solo 14 años cuando huyó a Espejo con su primo Luis Pérez Baena “Niño Ríos”, de la misma edad. Tras recorrer Castro, Bujalance, Villa del Río y Andújar, Francisco Urbano acabó su periplo en Arjonilla (Jaén). Consiguió alistarse en el Ejército republicano y, al finalizar la guerra, lo detuvieron junto a sus compañeros. Un capitán del Ejército franquista le ordenó que volviera desde Arjonilla a Montilla, y que se presentara ante la Guardia Civil. En el camino de regreso, fue arrestado en Villa del Río y confinado en Córdoba en un vagón de tren que lo trasladó al campo de concentración del cuartel de la Aurora (Málaga), donde había sólo una fuente de agua para que bebieran los seis mil prisioneros que allí se hacinaban. Su familia obtuvo un aval para que lo sacaran del campo, pero al ser menor de edad las autoridades militares decidieron internarlo en un correccional en Burgos. Sin embargo, el padre de Francisco Urbano, que en sus frecuentes visitas había colmado de regalos a un sargento del campo, consiguió que este hablara con el capitán y que, por fin, lo liberaran.

Los refugiados, harapientos, llenos de parásitos y derrotados física y moralmente, regresaron a Montilla en tren en su mayoría. Apostados en los andenes, guardias municipales, guardias civiles y voluntarios –que no faltaban para este menester– realizaban una primera labor de identificación, registro y humillación de los que llegaban. Personajes como “El Mellao”, “El Bravo”, “El Borrico”, “El Cojo Púa”, “El Regaera”, Paco Enríquez Leña y Mariano Luque Pardo “El Pulga” destacaron en estas labores. Dirigentes izquierdistas y mandos militares republicanos se convirtieron en el objetivo más codiciado y su apresamiento provocaba palabras de euforia de los captores. Desde la estación, como si de un espectáculo público se tratara, los conducían a pie a la sede de la Comandancia en la calle Ancha o al cuartel de la Guardia Civil para ser interrogados.

Rafael Ruiz Luque arribó desde Campo de Criptana (Ciudad Real). En Montilla ya habían fusilado a un hermano y otro había muerto en el frente. Tras recibir la orden de presentarse en Montilla y sufrir múltiples vicisitudes por la falta de medios de transporte, llegó a la estación de Córdoba, donde se encontró con un cuñado suyo requeté, quien le advirtió de que lo esperaban en Montilla para fusilarlo. Cuando entró en la localidad decidió bajarse del vagón por la parte de atrás para que no lo descubrieran. Después se presentó ante la Guardia Civil, en el cuartelillo de la calle Ancha, donde le tomaron declaración. Al manifestar que vivía en El Coto –una zona con fuerte tradición izquierdista–, un guardia comentó a los otros: “Ya sabes lo que tienes que hacer, que hay muchos mascando tierra por menos que ese”. Por suerte, la recomendación no se cumplió.

63.El agricultor socialista Antonio García Hidalgo, soldado del Ejército republicano. Desde los campos de concentración franceses pasó al campo de concentración de Toro (Zamora) y a la cárcel de Montilla.

Antonio García Hidalgo, apresado en Toro (Zamora) y en la cárcel de Montilla.

Si en un primer momento alguno pasaba desapercibido, bien porque no hubiera sido reconocido o porque se hubiera apeado intencionadamente del vagón antes de llegar, a las pocas horas recibía en su domicilio la ingrata visita del guardia correspondiente que le conminaba a acompañarle. Eso le ocurrió al socialista Antonio García Hidalgo, un joven agricultor al que la sublevación le había sorprendido de permiso del servicio militar en Montilla. No volvió a su acuartelamiento, sino que se alistó en las milicias de Espejo, y combatió en Pozoblanco y Alcázar de San Juan. En el exilio, permaneció internado en los campos de concentración del sur de Francia, por lo que decidió regresar a España. Aquí fue encarcelado en el campo de concentración de Toro (Zamora), hasta que la familia le buscó un aval que le permitió volver. En la estación de Montilla consiguió escabullirse y pasar desapercibido, pero al día siguiente lo detuvieron en su domicilio y lo trasladaron a la cárcel. Como había guardias y vecinos delatores por todas partes, era casi imposible que nadie reconociera a los que volvían aunque trataran de ocultarse.

Cuando un refugiado o un antiguo combatiente republicano se presentaba o era llevado detenido al cuartel de la Guardia Civil, el comandante de puesto lo interrogaba y elaboraba un atestado sobre sus antecedentes, conducta y actividades político sociales antes y después del comienzo de la guerra. Tras estas primeras diligencias, el comandante podía decretar la prisión para el acusado y elevaba las actuaciones practicadas al juez de instrucción. El juez instructor solicitaba unos breves informes de los encartados a la Guardia Civil, la Falange y la alcaldía, en los que siempre se realizaban imputaciones muy genéricas, casi idénticas para todos los acusados, independientemente de los delitos que presuntamente hubieran cometido. En estos informes se catalogaba a los encausados con expresiones peyorativas como “conducta moral pésima”, “antecedentes malos”, “conducta política social indeseable”, “socialista de cuidado”, “sinvergüenza”, “provocador de las personas de orden”, “saqueador”, etc. Incluso a Aurelio Casas Córdoba se le llegó a imputar ser “ateo de nacimiento”. Sin embargo, escaseaban las acusaciones concretas, ya que a la mayoría se les solía inculpar de manera genérica por su labor durante la República (participación en huelgas, mítines, militancia y cargos políticos y sindicales), su actuación durante los sucesos del 18 de julio de 1936, su integración en las partidas de huidos en la sierra o sus servicios y graduación en el Ejército republicano. Los informes de la Guardia Civil, la alcaldía y la Falange eran el soporte principal en el que se basaban los tribunales para emitir las sentencias, mientras se ignoraban casi por sistema las declaraciones de los propios inculpados.

El juez instructor continuaba el sumario tomando declaración a los testigos y denunciantes (si existían), que acudían a testificar por iniciativa propia o porque eran propuestos por la alcaldía y la Guardia Civil. Con estas nuevas actuaciones elaboraba un auto de procesamiento que se basaba en el atestado de la Guardia Civil y en los informes que le habían proporcionado esta y la alcaldía. En esta fase de la instrucción, solía ratificar la prisión para el imputado y le comunicaba el derecho a elegir abogado defensor –una figura que se limitaba casi siempre en los juicios a pedir el grado de pena inferior al que había solicitado el fiscal–, aunque el recluso solía escoger siempre al que le tocara en turno. Tras el auto de procesamiento, el juez realizaba nuevas declaraciones indagatorias a los testigos y al encartado, y a continuación elaboraba un auto resumen en el que incluía las diligencias practicadas hasta el momento.

Todo quedaba listo entonces para que se celebrara la vista de la causa por un tribunal, compuesto por militares sin formación jurídica (presidente, tres vocales, relator, ponente, fiscal y defensor), que llegaba a Montilla expresamente cuando ya se habían acumulado bastantes sumarios y que se volvía a Córdoba cuando terminaba su actuación. Los juicios, en muchas ocasiones eran colectivos, sin que el tribunal tuviera tiempo material de analizar con detenimiento las causas, lo que demuestra que no había un objetivo probatorio y que, por supuesto, no existía una justicia personalizada. Las vistas se celebraban en el salón de plenos del ayuntamiento montillano, donde se permitía la presencia de público, tanto de familiares de las posibles víctimas como de los acusados, para que el escarmiento fuera lo más ejemplar posible.

56.El socialista Rafael García Espejo, preso en Montilla y Córdoba, y desterrado en Málaga.

El socialista Rafael García Espejo, preso en Montilla y Córdoba, y desterrado en Málaga.

Muy fácil fue en aquellas circunstancias obtener de los presos los testimonios que sus captores querían. Los derechos humanos y las convenciones internacionales sobre prisioneros de guerra no existían en la mente de las autoridades, por lo que las torturas, las palizas y los malos tratos fueron una práctica normal y generalizada en las prisiones montillanas según nos confirman múltiples testimonios. De acuerdo con el testimonio de su esposa, a Francisco Córdoba Gálvez “Arrobeta” lo golpearon, colgado de los brazos, hasta que perdió el conocimiento. Según las manifestaciones de su hija, a Emilio Montoro Delgado lo torturó un cabo de la Guardia Civil, en las dependencias del juzgado militar, después de obligarlo a desvestirse. A Rafael García Espejo, aparte de propinarle continuas palizas, le arrancaron el bigote. A Manuel Ruz Aguilar lo apaleron varias veces atado a una higuera. Antonio Pérez Lao “El Seguro” llegó a la prisión con una pierna rota, pero el estar herido no impidió que recibiera malos tratos. Nada más salir de la cárcel, fue ingresado en un hospital, aunque no consiguió recuperarse y murió en 1943. Su padre había sido fusilado seis años antes.

Con el eficaz y sistemático proceso represivo puesto en marcha por las autoridades, la capacidad carcelaria de Montilla se desbordó por completo. En aquel momento existían cárceles en el depósito municipal, en el actual juzgado (dirigida por Mariano Varo Espejo) y un campo de concentración para prisioneros de guerra (soldados republicanos apresados por las tropas franquistas) en las escuelas del convento de San Luis, que en abril de 1939 albergaba a 412 hombres. Durante todo su periodo de funcionamiento entre 1938 y octubre de 1939, por el campo de concentración de Montilla pasaron 2.120 prisioneros contabilizados, todos forasteros, aunque el número estimado de los internados dentro de sus muros en ese periodo es de unos 6.000, según datos extraídos del libro Cautivos en Córdoba (1938-1942), del historiador aguilarense Francisco Navarro López, publicado en 2018.

Junto a los prisioneros de guerra, en San Luis se internó a partir de 1939 a otros 661 reclusos por razones políticas, de los que 254 eran de Montilla (15 acabarían fusilados) y el resto de localidades del sur de Córdoba. Estos últimos arribaron en tres grandes remesas. En la primera, el 1 de octubre de 1939, llegaron 150 reclusos de la cárcel de Fernán Núñez. En la segunda, el 4 de mayo de 1940, vinieron 161 prisioneros de tres cárceles: Cabra (vecinos de Doña Mencía, Nueva Carteya, Cabra y Zuheros), Lucena (vecinos de Priego de Córdoba) y Priego de Córdoba (vecinos de Almedinilla, Carcabuey y Fuente Tójar). En la tercera y última remesa, el 24 de julio de 1940, les tocó el turno a otros 77 presos de la cárcel de Lucena (vecinos de Iznájar, Luque, Lucena, Rute y Valenzuela). De otras localidades ingresaron 19 internos en distintas fechas. Por tanto, no menos de 661 presos políticos pasaron de manera “oficial” por Montilla entre abril de 1939 y octubre de 1940. Sin embargo, esta es una cifra mínima, pues hubo muchos montillanos que sufrieron cautividad en el pueblo y nunca llegaron a ser inscritos en las fichas de prisión.

53.Rafael Córdoba Gálvez (sentado). Preso en Montilla y en un batallón de trabajadores en Algeciras, Valle de los Caídos y A Coruña.

Rafael Córdoba Gálvez (sentado). Preso en Montilla y en un batallón de trabajadores en Algeciras, Valle de los Caídos y A Coruña.

La cárcel de las escuelas de San Luis tenía graves problemas de salubridad e higiene. El hacinamiento conllevaba que un importante número de detenidos durmiera a la intemperie en el patio de prisión, por donde corrían las ratas. Los presos se alimentaban en buena medida de lo que las familias les facilitaban. Aquellos que no poseían la fortuna de tener cerca a sus allegados se veían obligados a vivir de la caridad de sus compañeros de presidio o a esperar que cada cierto tiempo les llegaran los envíos de comida desde sus domicilios en los pueblos de alrededor. Las familias de los reclusos, que con frecuencia vivían de la caridad y de la mendicidad, y que a menudo estaban encabezadas por mujeres con hijos y ancianos a su cargo, debían añadir a la esforzada lucha por su subsistencia diaria la manutención de sus padres, hijos y hermanos encarcelados, en un periodo de racionamiento, carestía y estraperlo. Los familiares que residían fuera de Montilla tenían que realizar largas caminatas, a pie o en bestias de carga, con los pocos avituallamientos que podían conseguir para evitar que sus allegados murieran de hambre en los calabozos. Igual calvario debían soportar los parientes de los montillanos recluidos en otros lugares. Por ejemplo, el secretario de las Juventudes Socialistas, Juan Córdoba Zafra, detenido en Alicante, le rogaba a su familia en junio de 1936 que cada semana le enviara un paquete de comida por ferrocarril, además de un paquete con un kilo de cuartillas de papel, dos lápices, algunas novelas, sellos y dinero. Cuando lo trasladaron a la cárcel de Montilla, las peticiones en sus cartas incluían también productos de higiene

Desde la cárcel de Montilla salieron en 1940 dos grandes expediciones de presos a otros lugares de internamiento. La primera expedición, el 21 de mayo, tenía como destino un batallón de trabajadores en Rota, donde los reclusos debían trabajar en obras civiles o fortificaciones militares. La segunda expedición, el 25 de septiembre, de reclusos condenados a treinta años de cárcel, recaló en la prisión gaditana de El Puerto de Santa María. Poco después, entre el 17 y el 19 de octubre de 1940, se efectuó el trasporte de todos los presos en Montilla a Córdoba capital, al igual que ocurrió con los detenidos en otras cárceles de la provincia. Todos estos reclusos llegaron a la prisión habilitada, situada en la carretera de Los Pedroches, que se había construido con rapidez para reforzar a la Prisión Provincial ubicada en el Alcázar de los Reyes Cristianos. Cuando entraron los presos la nueva prisión no estaba terminada, las ventanas carecían de cristales, las naves y las galerías se hallaban expuestas al viento y los servicios higiénicos no eran suficientes para los tres mil reclusos iniciales, que alcanzarían los cuatro mil al poco tiempo, según datos aportados por el historiador Francisco Moreno Gómez.

El traslado de todos los detenidos en la prisión de Montilla a Córdoba capital aumentó todavía más el sufrimiento y los trastornos a sus familiares. Cinco pesetas de la época valía un billete del tren (al que llamaban el Corto) que realizaba el recorrido entre la estación de Montilla y la de Córdoba, lo que suponía un gasto extraordinario para unas personas ya de por sí depauperadas. A pesar de que los parientes de los reclusos continuaron con los envíos de comida a las dos cárceles de la capital, la mortalidad entre los internos fue extrema, pues sólo en el año 1941 fallecieron allí 502 personas (seis de ellas montillanas) debido a las pésimas condiciones de vida, las enfermedades y la alimentación escasa y deficiente.

A continuación publicamos los nombres de los 646 presos que sufrieron cárcel en Montilla. De ellos, 239 eran montillanos. Otros 407 procedían de los siguientes pueblos cordobeses: Fernán Núñez (150 presos), Doña Mencía (62), Iznájar (36), Luque (24), Priego de Córdoba (16), Nueva Carteya (16), Zuheros (15), Cabra (14), Carcabuey (12), Lucena (12), Rute (9), Valenzuela (8), Fuente Tójar (7), Almedinilla (7), y otras localidades (19). Añadimos también una lista con otros 203 nombres de montillanos represaliados en la posguerra (presos en campos de concentración, cárceles, batallones de trabajadores, batallones disciplinarios de soldados trabajadores, depurados, exiliados, sometidos a expedientes de responsabilidades políticas y un elevado número de huidos de los que distintos juzgados solicitaban informes). Los enlaces son los siguientes:

Nota: para elaborar la información de esta entrada del blog he usado, entre otras fuentes históricas, los testimonios orales, recogidos en el año 2001, de los montillanos José de la Torre León, José Ruz Morales, Antonio Hidalgo Salido, Francisco Urbano Baena, Rafael Ruiz Luque, Rafael García Hidalgo, Rosario García Espinosa, José Ruz Morales, Jesús Aguilar Hidalgo y Jacinto Pérez Delgado (este último, en Sant Joan Despí, Barcelona).

FOTOGRAFÍAS DE REPRESALIADOS MONTILLANOS

20.Joaquín Sánchez Poces escapó de una redada en la que cayeron sus tres primos hermanos, de iguales apellidos. Preso en la posguerra, consiguió salvar su vida.

Joaquín Sánchez Poces escapó de una redada en la que cayeron sus tres primos hermanos, de iguales apellidos. Preso en la posguerra, consiguió salvar su vida.

32.Miguel García Ruiz combatió como soldado en la defensa antiaérea republicana. Al acabar la guerra estuvo preso en Montilla y en un batallón disciplinario de soldados trabajadores en Rentería (Guipúzcoa) y Lesaca (Navarra).

Miguel García Ruiz, soldado en la defensa antiaérea republicana. Preso en Montilla y en un batallón disciplinario de soldados trabajadores en Rentería (Guipúzcoa) y Lesaca (Navarra).

33.Antonio García Ruiz, militante de las JSU, quedó inútil de una mano por herida de guerra. Preso en Montilla y en un batallón disciplinario de soldados trabajadores en Toledo. Lo sometieron a continuas torturas en el cuartel de Montilla, por lo que decidió poner fin a su vida arrojándose a las vías del tren.

Antonio García Ruiz, militante de las JSU, quedó inútil de una mano por herida de guerra. Estuvo preso en Montilla y en un batallón disciplinario de soldados trabajadores en Toledo. Lo sometieron a continuas torturas en el cuartel de Montilla, por lo que decidió poner fin a su vida arrojándose a las vías del tren.

34.José García Ruiz, presidente de las JSU y de la Sociedad Obrera La Parra Productiva. Ascendió a comandante de la 92 Brigada del Ejército republicano. Tras padecer años de cárcel, acabó desterrado en Benaguacil (Valencia).

José García Ruiz, presidente de las JSU y de la Sociedad Obrera La Parra Productiva. Ascendió a comandante de la 92 Brigada del Ejército republicano. Tras padecer años de cárcel, acabó desterrado en Benaguacil (Valencia).

60.El campesino socialista José Gómez Lucena, teniente del Ejército republicano, preso en Montilla en la posguerra.

El campesino socialista José Gómez Lucena, teniente del Ejército republicano, preso en Montilla en la posguerra.

75.José Gómez Márquez, primero por la derecha en ambas fotos, preso en un batallón disciplinario de soldados trabajadores en Cherta (Tarragona).

José Gómez Márquez, primero por la derecha, preso en un batallón disciplinario de soldados trabajadores en Cherta (Tarragona).

55.El comunista Rafael García Águila (agachado, segundo por la izquierda) en la prisión central de Burgos (3 de julio de 1943). Acabó desterrado en Málaga.

El comunista Rafael García Águila (agachado, segundo por la izquierda) en la prisión central de Burgos (3 de julio de 1943). Acabó desterrado en Málaga.

43.Familia Gómez Márquez. Antonio (de pie, primero por la derecha) murió en el frente de Teruel. Francisco (de pie, segundo por la derecha), teniente del ejército republicano, pereció en la cárcel de Córdoba en 1941. José (segundo por la izquierda) falleció a consecuencia de una enfermedad contraída en un batallón de trabajadores. Miguel (centro de la fotografía) cayó preso en una redada anticomunista en 1961 y sufrió dos años de cárcel.

Familia Gómez Márquez. Antonio (de pie, primero por la derecha) murió en el frente de Teruel. Francisco (de pie, segundo por la derecha), teniente del Ejército republicano, pereció en la cárcel de Córdoba en 1941. José (segundo por la izquierda) falleció a consecuencia de una enfermedad contraída en un batallón de trabajadores. Miguel (centro de la fotografía) cayó preso en una redada en 1961 y sufrió dos años de cárcel.

Víctimas mortales de la represión en Montilla durante la guerra civil y la posguerra

El triunfo de la sublevación militar del general Queipo de Llano en Sevilla el 18 de julio de 1936 condicionó de forma decisiva los sangrientos acontecimientos posteriores en la provincia cordobesa. A las dos y media de la tarde Queipo telefoneó al también conspirador coronel Ciriaco Cascajo Ruiz, jefe del cuartel de Artillería de Córdoba, para que iniciara la rebelión. A las tres, Cascajo le comunicó al gobernador civil republicano Rodríguez de León el alzamiento militar de Queipo y le advirtió de sus propias intenciones de proclamar el estado de guerra y de asumir el mando del gobierno cordobés. A las cinco, el coronel Cascajo ya leía el bando de guerra en el patio del cuartel de Artillería en medio de la euforia de los derechistas y terratenientes armados que allí se habían congregado. Entre ellos se encontraba el carlista José Mª de Alvear y Abaurrea –hijo mayor del montillano conde de la Cortina, Francisco de Alvear y Gómez de la Cortina–, quien se convertiría pronto en vocal de la nueva Comisión Gestora de la Diputación.

En Montilla, el 18 de julio de 1936 se repitió el mismo esquema que en otros pueblos cordobeses donde triunfó con rapidez la sublevación militar. Tras recibir desde la capital órdenes de sumarse a la rebelión, la Guardia Civil, comandada por el capitán Luis Canis Matute, se hizo aquel mismo día con el control de la localidad. La violencia usada en los primeros momentos por los sublevados, la nula resistencia ofrecida por los republicanos en las horas siguientes y la huida de miles de personas hacia la localidad vecina de Espejo permitirían a los guardias civiles y a los derechistas armados controlar a los casi veinte mil habitantes de la localidad sin demasiados problemas. A las 9 de la mañana del 19 de julio, el gobernador militar rebelde telegrafiaba desde Córdoba al capitán de la Guardia Civil para que se incautase del Ayuntamiento y declarara el estado de guerra. En cumplimiento de esta orden, José Cubero Blanco, sargento del regimiento de Infantería de Cádiz número 33, de permiso de verano en Montilla, se encargó en la misma mañana de la alcaldía. Al día siguiente, se emitió el bando de guerra.

36.Francisco García Carrasco, escribiente del Ayuntamiento, secretario de la Sociedad obrera La Parra Productiva y de la Casa del Pueblo. Fue fusilado el 31 de julio de 1936.

Francisco García Carrasco, escribiente del Ayuntamiento, secretario de la Sociedad Obrera La Parra Productiva y de la Casa del Pueblo. Fue fusilado el 31 de julio de 1936.

A partir de ese momento la Comandancia Militar de Montilla, principal órgano de donde emanaban las órdenes represivas, permaneció bajo la jefatura de oficiales que con anterioridad ya habían demostrado su valía en el uso de la fuerza, lo que garantizó que la localidad fuera gobernada con mano de hierro en los años de la contienda. El día 1 de septiembre de 1936, el general Queipo de Llano nombró comandante militar al capitán de Infantería retirado Mariano Requena Cordón, quien ya había sido designado el 8 de octubre de 1934 delegado de Orden Público de la localidad por el comandante militar de la provincia Ciriaco Cascajo –principal artífice de la rebelión del 18 de julio en Córdoba–. En octubre de 1936, cuando Mariano Requena se incorporó al ejército, lo sustituyó el capitán de la Guardia Civil Francisco López Pastor, quien también había dirigido la represión en Montilla tras los sucesos de octubre de 1934 y había abanderado la insurrección golpista en Cabra en 1936. Luis Canis Matute, el capitán que se había sublevado y había emitido el bando de guerra en Montilla, volvió a ser la máxima autoridad militar en agosto de 1937, hasta que fue relevado al año siguiente por el también capitán de la Guardia Civil Luis Castro Samaniego. Este tenía, asimismo, la experiencia de haber dirigido la rebelión y la represión en Lucena, donde era conocido con el apodo de “Teniente Polvorilla. La sede de la comandancia se instaló en septiembre de 1936 en la calle Teniente Gracia, en una casa donada por Juan Luque Cabello. Con posterioridad se trasladó a la calle San Francisco Solano.

La “dialéctica de los puños y de las pistolas” de la que había hablado José Antonio Primo de Rivera, en lo que se considera el acto de fundación de Falange Española en el Teatro de la Comedia de Madrid, el 29 de octubre de 1933, tuvo una ocasión de oro para aplicarse en la Montilla que vivió bajo el yugo del bando de guerra. Mientras la sangre corría, no hubo ni juicios ni consejos de guerra ni ninguna argucia legal que intentase justificar la masacre. El bando de guerra permitió las detenciones masivas, las torturas sistemáticas y las ejecuciones irregulares en las tapias del cementerio, en los caminos y en los campos. Cayeron víctimas de la matanza socialistas y afiliados a los gremios de la Casa del Pueblo, militantes de las JSU, comunistas, cargos políticos y sindicales, funcionarios desafectos, espiritistas, personas que se habían significado en la defensa de los derechos de los trabajadores y en las reclamaciones laborales o que habían sido concejales. Pero también se exterminó a personas apolíticas o que tuvieron la mala suerte de verse envueltas, por simples circunstancias de la vida, en el rápido torbellino de la muerte que atrapó a la población. Tan urgente resultó el vendaval represivo que la inmensa mayoría de las víctimas cayó en los tres primeros meses de la contienda. A partir de octubre de 1936 sólo conocemos el fusilamiento de cuatro personas, dos de ellas en Córdoba.

37.José Gama Rodríguez, primer presidente de las Juventudes Socialistas cuando se fundaron en 1927. Vocal de la junta directiva de la Casa del Pueblo y vigilante del mercado de abastos, fue fusilado el 31 de julio de 1936 en El Lechinar.

José Gama Rodríguez, vocal de la junta directiva de la Casa del Pueblo y vigilante del mercado de abastos, fue fusilado el 31 de julio de 1936 en El Lechinar.

Los militares implicados en la conspiración tenían muy claro que la violencia iba a ser una de sus principales armas para asegurarse el éxito del golpe de estado. En los documentos que circulaban entre ellos desde meses antes de la rebelión se incitaba a la utilización de una represión indiscriminada para eliminar a los posibles opositores. El general Emilio Mola Vidal, director de la trama castrense, en una “instrucción reservada” enviada a los demás insurrectos el 25 de mayo de 1936, casi dos meses antes del golpe de estado, ya les advertía de que la acción tendría que ser “en extremo violenta” y de que tendrían que aplicar “castigos ejemplares”, y el 30 de junio decía, textualmente, que debían “eliminar los elementos izquierdistas: comunistas, anarquistas, sindicalistas, masones, etc.”. En consecuencia, la violencia fue una táctica ejercida por los sublevados desde el primer el primer día de la guerra. Ya en la noche del 17 de julio, cuando la insurrección no había llegado todavía a la Península y los republicanos no habían movido ni un solo dedo para oponerse a ella, los militares golpistas asesinaron a 225 personas en las posesiones españolas en Marruecos, anticipando el método que iban aplicar durante los tres años siguientes.

Voceros de la sangre y de “echar al carajo toda esa monserga de derechos del hombre, humanismo, filantropía y demás tópicos masónicos” –como había dicho el gobernador de Burgos y coronel golpista Marcelino Gavilán– no faltarían entre los mandos militares sublevados en aquellos primeros días de la guerra. El general Franco en su bando de guerra del 18 de julio exigía “inexcusablemente que los castigos sean ejemplares” y que se impusieran “sin titubeos ni vacilaciones”. Nueve días después, el 27 de julio, en una entrevista, cuando el periodista Jay Allen le advirtió de que para conseguir sus objetivos tendría que “matar a media España”, él respondió que los lograría al “precio” que fuera. Mientras tanto, en el sur, el general Queipo de Llano, en su alocución radiada del 26 de agosto, proclamó que quedarían borradas las palabras “perdón” y “amnistía”. El joven montillano José Cobos Jiménez, delegado de prensa y propaganda del sindicato falangista universitario, reflejaría también esta cultura de la muerte, influida por la luz de la fusilería, con estas palabras: “Falange no puede vivir de la tolerancia, su función primera ha de ser la imposición, de despertar inquietudes. No caben en ella las habilidades cautelosas ni las retiradas prudentes. Su táctica es ir a buscar el peligro, pelear y morir; ofrendar víctimas y hacerlas, porque sólo la sangre fecunda las grandes ideas” (revista Yugo, 30 de septiembre de 1937).

16.Un patrono denunció al ferroviario socialista José Algaba Rodríguez. Murió fusilado en las tapias del cementerio de Puente Genil el 24 de agosto de 1936.

El ferroviario socialista José Algaba Rodríguez murió fusilado en las tapias del cementerio de Puente Genil el 24 de agosto de 1936.

En Montilla, a la represión desatada por los golpistas locales se añadió la de distintas columnas militares que, a su paso por la localidad, se otorgaban el privilegio de colaborar en la necesaria labor de limpieza de los “elementos marxistas” y de los “rojos”. Debido a su posición estratégica en la campiña, Montilla se convirtió en un continuo ir y venir de tropas españolas y extranjeras en su labor de conquista de los pueblos de alrededor. Sólo en los primeros días de la guerra pasaron, entre otras, las columnas de Sáenz de Buruaga (28 de julio a Baena y 22 de septiembre a Espejo), la del comandante de Infantería Rafael Corrales Romero y del capitán de corbeta Ramón de Carranza (1 de agosto a Puente Genil), la del comandante del Tercio Pedro Pimentel Zayas (5 de agosto)  y la del general Varela (6 de agosto a Castro del Río y 11 de agosto a Antequera). Aparte de las columnas militares que llegaron del exterior, el teniente de la Guardia Civil Cristóbal Recuerda Jiménez –que había abanderado la sublevación en el vecino pueblo de Fernán Núñez– realizó también algunas incursiones represivas en tierras montillanas durante el verano de 1936.

Sin embargo, a pesar de la oleada de fusilamientos que sufrió la población montillana, de forma oficial las autoridades mantuvieron una ignorancia continua y calculada sobre la represión mortal que ellas mismas estimulaban, ejercían y protegían, imponiendo el silencio o las falsedades. Cuando Francisca López Luque inició los trámites para la inscripción de la muerte de su marido Francisco Jordano Panadero en el Registro Civil, el juzgado pidió un informe a la alcaldía. El jefe de Policía, Rafael Sotelo Tejada, contestó en un escrito que “fue encontrado muerto en este término municipal y en la fecha indicada tal vez al tener un encuentro con la fuerza pública”. Similar respuesta encontró Josefa González Vega cuando, en julio de 1937, promovió la inscripción de la defunción de su esposo, el también fusilado Antonio Arcos Real. De nuevo Rafael Sotelo volvió a emitir un informe, el 10 de julio, en el que se reconocía que el 8 de septiembre de 1936 “salió en compañía de otros para la capital, por orden de la autoridad militar, ignorándose lo que haya ocurrido después y el lugar donde se encuentra”. La misma negación de la barbarie represiva se mantuvo durante la posguerra. En julio de 1941, en un informe que emitió la alcaldía sobre Luis León Espejo para el juzgado de responsabilidades políticas, al referirse a su hijo Juan León Arroyo, se decía que “se desconoce su paradero”, cuando en realidad había sido fusilado.

18.El sastre Pedro Armenta Vargas (sentado, primero por la derecha), tesorero y bibliotecario de la sociedad espiritista Amor y Progreso, fusilado en las tapias del cementerio el 8 de septiembre de 1936.

El sastre Pedro Armenta Vargas (sentado, primero por la derecha), tesorero y bibliotecario de la sociedad espiritista Amor y Progreso, fusilado el 8 de septiembre de 1936.

El tema de los desaparecidos nos conduce a la cuestión de las cifras, de la cuantificación de la represión. Difícil, por no decir imposible, es establecer una relación aproximada de las víctimas de la represión golpista. Todas las inhumaciones fueron ilegales, ya que en los libros del cementerio de Montilla no aparece inscrito como enterrado ni uno solo de los ejecutados durante la guerra. Tampoco los libros de los registros civiles, fuentes naturales para el estudio de las defunciones, son unos documentos fiables a la hora de concretar el número total de asesinados, ya que la administración judicial se dejó en manos de leales al nuevo régimen, lo que explica muchas carencias legales. Por otro lado, el impacto psicológico de la represión fue tan brutal que muchas familias no inscribían a sus allegados por el temor a padecer la misma desgracia. El miedo y la dictadura pervivieron durante muchos años, de manera que la inscripción no se materializaba si los familiares no lo intentaban o renunciaban ante las dificultades, el desconocimiento, la incultura o porque emigraban de la localidad, lo que explica que en bastantes pueblos de Córdoba solo conste en el Registro una parte mínima de las víctimas de la represión.

Durante los tres años de guerra se inscribieron en el Registro Civil de Montilla solo 19 fusilados (seis en 1936, ocho en 1937, uno en 1938 y cuatro en 1939). Pero, que sepamos, todos los fusilamientos (menos cuatro) se produjeron entre los meses de julio y septiembre de 1936. Por tanto, la inmensa mayoría de las inscripciones se realizaron fuera de plazo legal, en la década de los cuarenta y cincuenta del siglo pasado, muchos años después de que se produjeran los fallecimientos. Incluso tras la Ley de pensiones de guerra para viudas, de 18 de septiembre de 1979, se anotaron dos nuevos nombres, el de Manuel Párraga Osuna (en abril de 1981) y el de un vecino  de Castro del Río, José Víctor Parrado Rodríguez (en diciembre de 1981), de 35 años, fusilado a las siete de la mañana del 16 de octubre de 1936.

Los registros tampoco son fiables a la hora de estudiar detalles históricos o personales importantes de los fusilados, como el lugar de la defunción, la fecha o su oficio, que en muchas ocasiones se falseaba (a los funcionarios nunca se les registraba con su profesión). Por ejemplo, de los cinco inscritos como fusilados en la entonces aldea montillana de Santa Cruz, sólo uno consta con la fecha exacta del fallecimiento. Además, siempre se utilizaba un eufemismo para ocultar la verdadera causa de la muerte. En los abatidos por los disparos de la Guardia Civil en la madrugada del 19 de julio de 1936 aparece como causa “hemorragia interna”. En los demás se escribe “por disparo de arma de fuego” o “en un encuentro con la fuerza pública con motivo del glorioso movimiento salvador de España”, aunque en los inscritos a finales de los años cuarenta ya aparece la expresión “por aplicación del bando de guerra”, es decir, por fusilamiento sin juicio previo.

17.El ferroviario anarquista José Santiago Jiménez, fusilado el 6 de agosto de 1936 en la vereda de Los Limones.

El ferroviario anarquista José Santiago Jiménez, fusilado el 6 de agosto de 1936.

Hemos localizado en la correspondencia de la alcaldía algunos documentos que hacen referencia a la magnitud del reinado del terror, aunque son poco clarificadores. Según comunicó el alcalde de Montilla al gobernador –en un informe elaborado con la ayuda del cura, el médico y el maestro más antiguo de la localidad– el 9 de enero de 1937 existían “como consecuencia de los actuales acontecimientos 70 viudas pobres, 89 ancianos impedidos para el trabajo y 65 mujeres abandonadas por sus maridos con 200 hijos”. El 17 de agosto el alcalde volvía a informar de que el Comedor de Caridad, las Conferencias de San Vicente de Paul y el Ropero de Nuestra Señora del Rosario socorrían diariamente a 50 mujeres y 205 niños de “rojos”. El primer documento, en el que se habla de 70 viudas pobres, podría ser indicativo de por dónde iban las cifras en aquel momento, sin embargo hay que tener en cuenta que un buen número de fusilados eran jóvenes solteros por lo que el número de víctimas podría ser muy superior.

Juan Zafra Raigón

Juan Zafra Raigón, desaparecido en el verano de 1936.

Es bastante complicado determinar el número total de víctimas de la represión franquista en Montilla. El 25 de septiembre de 1936, el periódico El Socialista ya hablaba de 120 fusilados para esas fechas. El historiador Francisco Moreno Gómez estableció, en 1985, un balance global estimado de 150 asesinados. Seis años después, en 1991, el escritor local Julián Ramírez Pino, subjefe de los balillas –rama infantil de la Falange– al comienzo de la contienda, no creía que el volumen de muertos superara los 60. Según nuestras investigaciones, la cifra mínima de asesinados identificados de Montilla (domiciliados en la localidad) durante la guerra fue de 101 y en la entonces aldea montillana de Santa Cruz de 15, lo que suma un total de 116. De ellos, solo 76 (65,52%) constan en el Registro Civil, frente a 40 (34,48%) que no se han inscrito, lo que nos indica que sin testimonios orales es imposible cuantificar la verdadera historia de la represión franquista y que prescindir de ellos, como por desgracia han hecho algunos estudios históricos provinciales y locales, siempre nos llevará a cifras insuficientes y equivocadas. Por ello, el número de víctimas que nosotros aportamos, el de 116, con nombres y apellidos, sería una cifra mínima debido a todas las argumentaciones que ya hemos expuesto con anterioridad.

40.El escribiente Juan Caubera Espejo, militante de las JSU. Fue fusilado el 22 de octubre de 1936 en un olivar de La Rambla.

El escribiente Juan Caubera Espejo, militante de las JSU. Fue fusilado el 22 de octubre de 1936 en un olivar de La Rambla.

En su obra editada a finales de 2008, 1936: el genocidio franquista en Córdoba, Francisco Moreno Gómez, sitúa la cifra total de asesinados en 200 personas, una estimación que podría acercarse a la realidad. Hay que tener en cuenta que existen periodos en los que en el Registro Civil solo se inscribe un muerto por día, lo que reflejaría un número elevado de fusilamientos, pues las “sacas” siempre solían ser colectivas. Además, las carencias del Registro Civil son muy evidentes en cuanto al número de víctimas anotadas. De los quince fusilados de la aldea de Santa Cruz solo se anotan cinco; de la saca en la que perecieron cinco personas el 11 de agosto únicamente aparece Antonio Rodas Castro “El Cuqui”; de la del 31 de julio, en la que murieron trece personas (tres de ellas de Espejo) solo encontramos a tres, etc. El Registro no recoge tampoco la magnitud de la masacre de entre veinte y cincuenta presos ejecutada por el general Varela en un olivar de Castro del Río el día 6 de agosto, ni los dos fusilamientos colectivos de montillanos en la cuesta del Espino (uno de doce personas, realizado entre el 18 y el 26 de julio de 1936, y otro de doce el 5 de agosto), cuyos cadáveres fueron enterrados en la fosa común del cementerio de Montemayor. Por desgracia, es muy probable que nunca consigamos identificar tantas víctimas desconocidas y que su número engrose, ya de manera definitiva, la cifra de decenas de miles de desaparecidos de la represión franquista en España.

En mi libro Los puños y las pistolas. La represión en Montilla (1936-1943), cuya última edición es de 2019, pude rescatar la historia, a través de recuerdos y documentos familiares, de bastantes montillanos represaliados. Tras su publicación, aún sigo recibiendo testimonios que nos describen de manera pormenorizada las circunstancias que envolvieron la muerte de muchas personas. Uno de ellos me llegó a través una carta enviada por Antonio Salas Tejada de sobre su bisabuela Carmen Mesa Carmona, fusilada con 54 años el 12 de agosto de 1936, de la que he entresacado estas interesantes palabras de manera casi textual:

Mi bisabuela Carmen no tenía militancia política y ni siquiera tenía participación en la vida política y social de Montilla. El motivo de su detención, al parecer, fue el hecho de que su hijo (mi abuelo materno), Antonio Tejada Mesa, funcionario de la sección municipal de arbitrios del Ayuntamiento, después del 18 de julio, no se presentó en el Ayuntamiento a trabajar, por lo que lo incluyeron en una lista de personas a represaliar. Mi bisabuela Carmen residía junto a su marido y sus hijos, como aparceros, en una finca en la Sierra de Montilla. A principios de agosto, decidió ir a Montilla a por provisiones. Al entrar en el pueblo por la fuente de Santa María, un tal El Mellao, armado con escopeta y apostado en ese lugar, con otras personas (no identificadas), con las órdenes de controlar a quienes entraban o salían de Montilla, la identificó como la madre de Antonio Tejada Mesa, empleado del Ayuntamiento “fugado”, y la detuvo.

La noticia de la detención llegó a la familia al final del día. Todos permanecieron en la finca que tenían en aparcería a la espera de noticias. Carmen estuvo cuatro días detenida y una hermana suya, que vivía en el pueblo, se encargaba de llevarle cada día la comida hasta que, al cuarto día de cautiverio, un individuo le dijo “que se llevase la comida de vuelta, que ya no hacía falta”. No se sabe dónde fue asesinada, quiénes la mataron ni donde está enterrada, aunque la familia siempre dio por hecho que fue fusilada en las tapias del cementerio, por guardias civiles y enterrada en una fosa común en el mismo lugar de su ejecución.

Al día siguiente, el mayor de los hijos de Carmen, Antonio, tomó la decisión de marchar por la noche a la vecina localidad de Espejo con su mujer, sus hijos, su padre y sus hermanos y hermanas pequeños. Antonio padecía una enfermedad de los vasos sanguíneos y desde finales de los años 20 estaba siendo tratado por el doctor Gregorio Marañón, en Madrid. Consiguió un informe médico-militar declarando su inutilidad para el ejército, lo cual le permitió no ser movilizado y, por tanto, seguir al lado de su familia durante los tres años que duró la guerra y anduvieron como refugiados por distintos lugares de la provincia de Jaén hasta abril de 1939, momento en el que tuvieron que regresar a Montilla. Para poder regresar con su familia a Montilla tuvo que conseguir un salvoconducto del jefe de la Falange de la localidad. Al llegar a Montilla, no tenía trabajo, había perdido su condición de funcionario municipal, las propiedades de la familia habían pasado a otras manos, el dinero que tenían ahorrado ya no era válido… Pero esto ya es otra historia. Antonio Tejada Mesa y su familia salieron adelante, pero, a pesar de toda su lucha, murió a los 86 años sin saber dónde estaba enterrada su madre.

Aunque Montilla ya había conocido los rigores de la “cultura política de la sangre” –tomo la expresión de Alberto Reig Tapia– que se había impuesto en la población tras el triunfo del golpe en la madrugada del 19 de julio de 1936, cuando finalizó la guerra comenzaría un nuevo calvario para los derrotados. En Montilla, la venganza se cebó en las miles de personas que al triunfar la rebelión en la madrugada del 19 de julio habían escapado a otras localidades o se habían enrolado como combatientes en el Ejército republicano. “La justicia se cumplirá. No os quepa duda [de] que se cumplirá. Y será inexorable”, advertía el periódico montillano Patria, en la fecha temprana del 17 de octubre de 1937. Anticipándose al fin de la guerra, la publicación falangista ya amenazaba del destino que les esperaba a los que volvían. Inexorable, contundente y vengativa fue, en verdad, la justicia militar que se aplicó en Montilla.

Según nuestras investigaciones –a través de los libros de defunciones del Registro Civil, las fichas de la prisión y las fuentes orales y bibliográficas– 15 vecinos (13 en la localidad y dos en Córdoba) murieron fusilados tras la guerra. Otros dos montillanos, pero residentes en Palma del Río y Alcalá la Real (Jaén), fueron también pasados por las armas. Asimismo, otros nueve forasteros (de Fernán Núñez, Castro del Río, Nueva Carteya y Doña Mencía) cayeron inmolados en las tapias del cementerio. Algunas personas nos han informado de que se realizó en la localidad alguna ejecución extrajudicial, sin embargo no hemos podido confirmar este extremo. Las cifras que aportamos corroboran plenamente las investigaciones sobre la represión en la posguerra publicadas por Francisco Moreno Gómez, el único historiador que ha realizado un estudio conjunto de los fusilamientos dentro de la provincia de Córdoba.

Con el eficaz y sistemático proceso represivo puesto en marcha por las autoridades franquistas, la capacidad carcelaria de Montilla se desbordó por completo. Para albergar al gran número de presos se habilitó durante la guerra una nueva prisión en las escuelas del convento de San Luis, donde en 1939 había internados 646 reclusos, de los que 239 eran de Montilla. Completaba a las que ya existían en el depósito municipal y en el actual juzgado, ésta última dirigida por Mariano Varo Espejo. Con graves carencias de higiene y salubridad, en las cárceles se amontonaban hombres de bastantes pueblos de la provincia, pues todos los reclusos de las cárceles de Lucena, Cabra, Fernán Núñez y Priego habían sido trasladados a Montilla en distintas fechas.

44.Francisco Gómez Márquez, militante de las JSU y teniente del Ejército republicano, muerto en la cárcel de Córdoba el 9 de agosto de 1941.

Francisco Gómez Márquez, militante de las JSU y teniente del Ejército republicano, muerto en la cárcel de Córdoba el 9 de agosto de 1941.

El trasporte de todos los detenidos en la prisión de Montilla a Córdoba capital entre el 17 y el 19 de octubre de 1940 aumentó todavía más el sufrimiento y los trastornos a sus familiares. A pesar de que los parientes de los reclusos continuaron con los envíos de comida a las dos cárceles de la capital, la mortalidad entre los internos fue extrema, pues sólo en el año 1941 fallecieron allí 502 personas debido a las pésimas condiciones de vida, las enfermedades y la alimentación escasa y deficiente. Según el Registro Civil de Córdoba, estudiado por Francisco Moreno Gómez, seis montillanos murieron en estas prisiones. A estos hay que sumar otros ocho montillanos exiliados en Francia que acabaron apresados por los nazis y exterminados en el campo austriaco de Mauthausen. Dos de ellos, los hermanos Juan y Manuel González León, tienen dedicada una antigua entrada en este blog que puede leerse en este enlace.

Los nombres de las víctimas de la represión en Montilla, junto a los de los soldados fallecidos en los frentes y los de los vecinos muertos en los bombardeos pueden consultarse en los siguientes enlaces:

13.Francisco Zafra Contreras, fundador de la agrupación socialista de Montilla en 1909 y de la Sociedad de Obreros Agricultores y Similares La Parra Productiva en 1913. Entre 1919 y 1920 estuvo preso por su participación en las huelgas de campesinos. Vocal obrero suplente en el grupo de Agricultura y Alimentación del Instituto de Reformas Sociales (1920-1924). Concejal (1915-1923) y alcalde (1931-1934) de Montilla. Fue uno de los creadores de la poderosa Federación Nacional de Trabajadores de la Tierra (rama agraria de la UGT), en la que representó a Andalucía. Vocal de la Junta y del Instituto de Reforma Agraria (1931-1933). Diputado por la provincia de Córdoba (1931-1933), en las Cortes participó en las comisiones de Fomento-Obras Públicas y Agricultura. Murió fusilado en la plaza de Baena el 28 de julio de 1936.

Francisco Zafra Contreras, fundador de la agrupación socialista de Montilla en 1909 y de la Sociedad de Obreros Agricultores y Similares La Parra Productiva en 1913. Diputado a Cortes por la provincia de Córdoba (1931-1933). Murió fusilado en la plaza de Baena el 28 de julio de 1936.

14. Rafael Baena Cruz

Rafael Baena Cruz, fusilado en fecha indeterminada del verano de 1936.

15.El aperador Francisco López Jiménez, fusilado el 24 de octubre de 1936.

El aperador Francisco López Jiménez, fusilado el 24 de octubre de 1936.

Alfonso Sánchez Poces, militante de las JSU, fusilado el 23 de julio de 1936.

Alfonso Sánchez Poces, militante de las JSU, fusilado el 23 de julio de 1936.

José Ruiz Lucena, fusilado el 14 de agosto de 1936.

23.El comunista de la aldea de Santa Cruz Manuel Jordano López, una de las numerosas víctimas de la columna del general Varela, en la noche del 6 de agosto de 1936, en un olivar de Castro del Río.

El comunista de la aldea de Santa Cruz Manuel Jordano López, una de las numerosas víctimas de la columna del general Varela, en la noche del 6 de agosto de 1936, en un olivar de Castro del Río.

38.En el centro, “El Sisia”, vendedor de prensa anticlerical. Desconocemos su nombre y apellidos, aunque sabemos que fue fusilado.

En el centro, “El Sisia”, vendedor de prensa. Desconocemos su nombre y apellidos, aunque sabemos que fue fusilado.

42.Juan Córdoba Zafra, bibliotecario de la Casa del Pueblo, secretario de las Juventudes Socialistas y concejal del Frente Popular. Ascendió a comandante del Ejército republicano. Fusilado el 16 de mayo de 1940.

Juan Córdoba Zafra, bibliotecario de la Casa del Pueblo, secretario de las Juventudes Socialistas y concejal del Frente Popular. Ascendió a comandante del Ejército republicano. Fue fusilado el 16 de mayo de 1940.

48.José de la Torre Requena, joven dirigente de los comunistas montillanos. Lo fusilaron el 18 de mayo de 1940.

José de la Torre Requena, joven dirigente de los comunistas montillanos. Lo fusilaron el 18 de mayo de 1940.

68.El jefe de milicias Manuel García Espejo, secretario de las Juventudes Socialistas en 1934 y contador de la Casa del Pueblo en 1935. Líder de la resistencia antifascista en los primeros días de la guerra, alcanzó el grado de capitán del Ejército republicano. Fue fusilado el 18 de agosto de 1940.

Manuel García Espejo, secretario de las Juventudes Socialistas en 1934 y contador de la Casa del Pueblo en 1935. Alcanzó el grado de capitán del Ejército republicano. Fue fusilado el 18 de agosto de 1940.

66.Manuel Sánchez Ruiz durante la Republica fue secretario de las Juventudes Socialistas de Montilla y de la poderosa sociedad local campesina La Parra Productiva ––creada en 1913 y adscrita a la socialista Unión General de Trabajadores–, secretario provincial de la Federación Nacional de Trabajadores de la Tierra (la sección agraria de la UGT) y alcalde del Frente Popular. En Valencia, durante la guerra, ejerció de vicepresidente de la Federación Española de Trabajadores de la Tierra. Atrapado en Alicante, murió fusilado en Córdoba el 1 de mayo de 1941.

66. Manuel Sánchez Ruiz, alcalde del Frente Popular en 1936. En Valencia, durante la guerra, ejerció de vicepresidente de la Federación Española de Trabajadores de la Tierra. Atrapado en Alicante, murió fusilado en Córdoba el 1 de mayo de 1941.

En el centro, Francisco Solano Portero Márquez, con su mujer y sus hijos. Murió junto a su hijo Paco (situado en el centro de la fila de arriba) en un bombardeo de la aviación sublevada en Castro del Río.

Francisco Solano Portero Márquez con su mujer y sus hijos. Murió junto a su hijo Paco (situado en el centro de la fila de arriba) en un bombardeo de la aviación sublevada en Castro del Río.

88.De abajo arriba, Remedios, Ana, Carmen y Eduardo Gómez Márquez, de Santa Cruz, que se refugiaron con su madre en Torredelcampo (Jaén) durante la guerra. Detrás, su hermano Antonio, asesinado junto a su padre Juan José “Bandurria”, el 6 de agosto de 1936, por la columna del general Varela en Castro del Río.

De abajo arriba, Remedios, Ana, Carmen y Eduardo Gómez Márquez, de Santa Cruz. Detrás, su hermano Antonio, asesinado junto a su padre Juan José “Bandurria”, el 6 de agosto de 1936, por la columna del general Varela en Castro del Río.

Manuel Castillo Almedina (original) - copia

Manuel Castillo Almedina (derecha), de 21 años, fusilado el 16 de octubre de 1936. Su padre, José Andrés, había sido fusilado en agosto.

29. Juventudes Socialistas

Con la bandera de las Juventudes Socialistas al fondo, aparecen Francisco García Carrasco (de pie, primero por la izquierda), fusilado el 31 de julio de 1936; delante de él, el diputado a Cortes entre 1931-1933 Francisco Zafra Contreras, fusilado el 28 de julio de 1936; y Juan González León (de pie, tercero por la izquierda). asesinado en el campo nazi de Mauthausen el 11 de enero de 1942.

Presentación del libro “Trincheras de la República, 1937-1939”, de Francisco Moreno Gómez

El 8 de octubre de 2013, en la Facultad de Ciencias del Trabajo de Córdoba, se presentó el libro Trincheras de la República, 1937-1939. Desde Córdoba al Bajo Aragón, al destierro y al olvido. Las gesta de una democracia acosada por el fascismo, del historiador Francisco Moreno Gómez, que ha sido publicado por la editorial El Páramo. En fechas posteriores se han celebrado varias presentaciones en otras localidades de la provincia. Yo he participado en Montilla (21 de noviembre de 2013), Doña Mencía (13 de diciembre de 2013) y Nueva Carteya (16 de enero de 1914). A continuación publico el texto de mi intervención.

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Francisco Moreno Gómez comenzó a investigar sobre la provincia de Córdoba hace más de treinta años, cuando no estaba de moda eso que ahora llamamos memoria histórica. Tampoco existían investigaciones serias que nos acercaran al conocimiento de la represión franquista, pues toda dictadura, de izquierdas o de derechas, siempre ha pretendido la manipulación del pasado en beneficio propio y en esto el franquismo no fue una excepción. Por tanto, Francisco Moreno fue un adelantado a su tiempo cuando publicó su trilogía de libros sobre Córdoba, que se inició en 1982 con La República y la guerra civil en Córdoba y continuó con La guerra civil en Córdoba y Córdoba en la posguerra (la represión y la guerrilla). Para entender la importancia de estos libros, hemos de tener en cuenta que en España, en la década que va de 1976 a 1986, solo ven la luz una docena de trabajos sobre la represión. Salvo dos, que eran tesis doctorales, el resto se escribieron por universitarios o profesionales por cuenta propia como Francisco Moreno.

En aquella época, el llamado espíritu de la Transición consideraba que era mejor no remover el pasado, por lo que se identificó memoria con revancha y silencio con reconciliación. Fueron pocos los que se aventuraron a tirar para adelante, a investigar, documentarse y publicar. Estamos hablando de unos años en los que imperaba el olvido, había serias dificultades de acceso a los archivos y no existían políticas estatales de memoria. De todas formas, antes y ahora escribir sobre la represión no es fácil pues suele crear polémica, como bien recoge Francisco Moreno en el prólogo de Trincheras de la República, retomando las palabras del también historiador Julio Aróstegui. Esto se debe a que en este asunto, y tomo palabras textuales, “chocan dos fuerzas antagónicas e ideologizadas: la voz y el silencio, la ocultación y la transparencia, el recuerdo y el olvido, la afirmación y la negación”. Y ya se sabe quiénes, en ámbitos históricos, políticos, sociales y jurídicos defienden cada posición. Pero hay que hacer una advertencia: unos y otros, es decir, los que defienden la memoria y los que defienden la desmemoria, no son iguales. Porque los que defienden la voz, la transparencia, el recuerdo y la afirmación mantienen una postura científica y democrática, algo que no se puede decir de los que defienden el olvido y la negación de lo que ocurrió.

Los libros de Francisco Moreno Gómez sobre la República, la guerra y la posguerra en Córdoba se convirtieron en modelos de investigación para otros historiadores, entre los que me incluyo, y tuvieron un gran éxito de ventas. Se debió a que por primera vez, de una manera seria y con rigor histórico, alguien contaba la verdad de un pasado que durante tanto tiempo el franquismo intentó ocultar. Desde su primera trilogía sobre Córdoba, la producción histórica de Francisco Moreno ha aumentado considerablemente, guiada siempre, como él mismo señala en la introducción de su libro, por un “imperativo intelectual y ético”, sin intereses económicos ni académicos.

Presentación del libro en Córdoba (8 de octubre de 2013). De izquierda a derecha, Ana Claro (`residenta del Foro por la Memoria de Córdoba), Luis Naranjo (director general de Memoria Democrática), el autor, Alberto Reig Tapia y Ricardo González Maestre (editorial El Páramo).

Presentación del libro en Córdoba (8 de octubre de 2013). De izquierda a derecha, Ana Claro (presidenta del Foro por la Memoria de Córdoba), Luis Naranjo (director general de Memoria Democrática), el autor, Alberto Reig Tapia y Ricardo González Mestre (editorial El Páramo).

Como suele ocurrir con otros libros de Francisco Moreno, Trincheras de la República no es una obra localista, sino que tiene ambición de totalidad, tanto geográfica como temáticamente. En principio, por el título, parece que nos encontramos ante el típico estudio centrado en los hechos bélicos más destacables que se produjeron en la provincia, pues aparecen la reorganización del ejército y las milicias republicanas, las operaciones militares y las batallas que azotaron Córdoba a partir de 1937, como las de Pozoblanco, Peñarroya, y la poco conocida batalla final de Córdoba-Extremadura en 1939, que con sus 8.000 muertos republicanos y 2.000 franquistas se sitúa por encima de otras batallas célebres que hubo en la guerra civil. Sin embargo, Trincheras de la República es mucho más, ya que es un libro con alma y con ambición histórica, con múltiples flecos que se adentran en la vida paralela que bulle en la retaguardia. Así, se analizan la actividad de los partidos y organizaciones del Frente Popular, los problemas de abastecimiento y las dificultades de la población civil, los desplazamientos masivos de refugiados o las famosas visitas del fotógrafo Robert Capa a los frentes de guerra, lo que da pie a un análisis de la veracidad de la famosa foto “Muerte de un miliciano”, un asunto en el que Francisco Moreno Gómez es un experto. Sobre este último tema, se puede leer el artículo “Robert Capa: el mito y la historia, que el autor ha escrito en septiembre de 2014, después de que se publicara el libro Trincheras de la República y de que yo redactara esta entrada del blog.

Entre estos temas colaterales que aparecen en el libro considero que resultan de suma importancia los apartados dedicados a los bombardeos y a los crímenes de guerra cometidos por los franquistas, ya que existe un gran desconocimiento sobre ellos e incluso, en algunas ocasiones, pueden estar sirviendo de base para una reescritura parcial de la historia.

Los bombardeos se han puesto de moda últimamente en la historiografía local, sobre todo los ocurridos en Córdoba capital y en Cabra, que cuentan además con sendas monografías. En Trincheras de la República, Moreno Gómez realiza un estudio detallado de este asunto, demostrando con un desbordante número de datos y cifras el carácter más sistemático y sangriento de los bombardeos franquistas, tanto en Córdoba como en toda España. Por ejemplo, en un solo día, el 1 de abril de 1937, la aviación franquista produjo en la ciudad de Jaén tantos muertos como la aviación republicana en la ciudad de Córdoba a lo largo de toda la guerra. Moreno Gómez señala que en Córdoba se suele citar con frecuencia el bombardeo de Cabra, con más de cien muertos, pero no el de Bujalance, realizado por los franquistas el 20 de diciembre de 1936, con otros 100, o el de El Viso, el día de Navidad de 1938, con 80 muertos. Si hacemos un análisis global, hemos de tener en cuenta que solo los muertos ocasionados por la aviación franquista en la ciudad de Barcelona superan a los producidos por la aviación republicana en toda España durante los tres años de guerra civil.

De izquierda a derecha, Francisco Moreno Gómez, Arcángel Bedmar y Alberto Reig Tapia (catedrático de Ciencia Política de la Universidad Rovira y Virgili, de Tarragona) el día de la presentación del libro en Córdoba.

De izquierda a derecha, Francisco Moreno Gómez, Arcángel Bedmar y Alberto Reig Tapia (catedrático de Ciencia Política de la Universidad Rovira i Virgili, de Tarragona) el día de la presentación del libro en Córdoba.

En cuanto a los crímenes de guerra, las ejecuciones sumarias y la matanza de prisioneros que se realizaron en la España franquista, no hay hasta el momento estudios académicos relevantes. Por eso es de suma importancia la aportación que realiza Francisco Moreno, tanto en fuentes documentales como en testimonios orales. Francisco Moreno Gómez nos remite a un documento imprescindible, que hasta el momento ha pasado desapercibido para los historiadores. Son las memorias del general Varela, que narran su avance hacia Madrid tras la ocupación de Toledo en octubre de 1936. En todo ese trayecto, aunque no hubo ni resistencia ni batalla alguna a las tropas de moros y legionarios franquistas, se capturó y fusiló a unos cuatro mil milicianos. En esta historia, Moreno Gómez resalta varios aspectos, como que estas prácticas no se usaron por los republicanos durante la guerra civil y que estos datos aún permanecen sin ser analizados y difundidos, como si esa enorme carnicería no se hubiera producido. Junto a las  matanzas de prisioneros, Francisco Moreno aporta datos contundentes de otras prácticas genocidas del Ejército franquista, como el ametrallamiento y bombardeo por la aviación de personal civil desplazado, algo que podemos ver en las masacres de refugiados tras la toma de la bolsa de La Serena, en la provincia de Badajoz, o en la muerte de miles de fugitivos republicanos tras la caída de Málaga en 1937.

Aparte de lo ocurrido en la provincia de Córdoba, Trincheras de la República, haciendo gala de su afán globalizador, sigue los pasos de los miles de combatientes republicanos cordobeses que lucharon en los frentes de guerra del norte de España, en Teruel, el Ebro, El Maestrazgo y otros lugares. Tras el golpe del coronel Segismundo Casado, dentro de la propia República, y el consiguiente fin de la guerra, muchos de ellos formarán parte de los 450.000 exiliados que penarán en los campos de concentración franceses, del norte de África o en los campos nazis, donde con la aquiescencia de las autoridades franquistas murieron asesinados unos mil andaluces, de los que 246 eran cordobeses cuya identidad, fecha de deportación y lugar de muerte se pueden consultar en el libro. Pero si la vida resultó un calvario lleno de penalidades para los que se vieron obligados a abandonar España, los que se quedaron sufrieron una auténtica política de la venganza, pues como bien ha señalado Francisco Moreno la represión se convirtió en la columna vertebral del nuevo estado franquista. Solo en la provincia de Córdoba, en el campo de concentración de Valsequillo teníamos al finalizar la guerra unos 5.000 presos, unos 20.000 en el campo de La Granjuela y unos 15.000 en Cerro Muriano. Muchos de ellos acabarían en las cárceles, sometidos a trabajos forzados en batallones de trabajadores o ejecutados en las tapias de los cementerios. Si nos atenemos al minucioso cuadro de víctimas mortales, pueblo a pueblo, que sirve de remate a Trincheras de la República, 11.582 personas cayeron víctimas de la represión franquista en guerra y posguerra frente a las 2.346 que lo fueron de la represión republicana.

Dice Francisco Moreno en el colofón de su libro, y cito palabras textuales, que “muy pocos conocen los lugares de memoria, donde están sembrados los combatientes de la República democrática. Hombres del campo y jornaleros andaluces que el 18 de julio se hallaban en las faenas de la recolección, en la era, en sus huertos y melonares, y el ciclón del golpe militar les cayó encima y los arrancó de sus predios y de sus humildes hogares, convirtiéndose en combatientes a la fuerzas”. Por desgracia, Francisco Moreno Gómez lleva mucha razón al afirmar que en la sociedad española actual la desmemoria ha hecho estragos sobre los combatientes de la República, pero también sobre la propia República, la guerra y la dictadura. El problema es que la desmemoria lleva al desconocimiento, y este desconocimiento es el que permite, como terreno abonado, que pervivan en cuestiones históricas los mitos de la propaganda franquista, que los negacionistas y los enemigos de la memoria democrática puedan seguir teniendo audiencia, y que las víctimas de la dictadura encuentren serias dificultades para tener derecho a la verdad, la justicia y la reparación. Por eso, para evitar que se repitan los males de nuestra historia, el conocimiento de nuestro pasado se convierte en un deber democrático imprescindible, algo a lo que Trincheras de la República, el libro de Francisco Moreno Gómez, ha contribuido de manera más que sobresaliente.

Documentación de interés:

El texto de la presentación del libro Trincheras de la República en la Universidad Complutense de Madrid, el pasado 3 de febrero de 2014, ha servido de base a Francisco Moreno Gómez para un artículo inédito que puede leerse en el siguiente enlace: Historia, contra-memoria, negacionismo y “Tercera España”.

Entrevista de la Librería El Sueño Igualitario – Cazarabet a Francisco Moreno Gómez sobre el libro Trincheras de la República.

“Robert Capa: el mito y la historia”, artículo de Francisco Moreno Gómez.

Intervención de Francisco Moreno Gómez en la presentación del documental ¡Dejadme llorar! Un genocidio olvidado el 28 de septiembre de 2015 en el Gran Teatro de Córdoba.

Baena, tercer municipio cordobés en asesinados en los campos de exterminio nazis

Si la vida resultó un drama para los republicanos que se quedaron en España al finalizar la guerra civil, los que se exiliaron también sufrieron múltiples penalidades y miles de ellos perdieron la vida en los campos nazis. En febrero de 1939, la caída de Cataluña en manos de las tropas franquistas originó la trágica desbandada de unos 500.000 civiles y militares que atravesaron la frontera con Francia. Entre ellos se encontraban algunos de los más de dos mil vecinos que habían huido de Baena tras la sangrienta toma del pueblo por las tropas franquistas el 28 de julio de 1936. Desarmados y vigilados por gendarmes y tropas coloniales, los refugiados españoles fueron hacinados en campos de concentración (Argelès-sur-Mer, Saint Cyprien, Barcarès, etc.) situados en las playas o en recintos improvisados, sin lugares de cobijo y rodeados de alambradas, donde en los primeros seis meses de reclusión fallecieron al menos 14.617.

En los meses siguientes al final de la guerra y en 1940, de manera voluntaria o forzada, volvieron a España alrededor de la mitad de estos exiliados. Si eran antiguos combatientes del Ejército republicano, pasaron en su mayoría por el Depósito de Prisioneros de Guerra de Reus (Tarragona) para ser clasificados y, en consecuencia, liberados o reenviados a otros centros de internamiento. Entre los que retornaron se encontraban bastantes vecinos de Baena (Francisco Horcas Montes, Rafael Jiménez Horcas, Rafael Pavón Pérez, Juan Mármol Caderas, etc.) y de la pedanía de Albendín (José Espartero Dorado, Domingo Pavón Pulido, etc.). Este último, teniente del Ejército republicano, había permanecido en Francia hasta diciembre de 1940, residiendo a sólo unos kilómetros de donde se encontraba su mujer, Concepción García, y su hija pequeña, sin que ninguno supiera el paradero del otro hasta que él se puso en contacto con su familia de Albendín a través de una carta poco antes de volver a España.

El Gobierno francés ofreció a los antiguos combatientes republicanos que permanecieron en su territorio enrolarse en la Legión Extranjera, en Batallones de Marcha (tropas auxiliares del ejército galo) o en las Compañías de Trabajadores Extranjeros, unidades militarizadas de unos 250 hombres mandadas por oficiales franceses en las que se debían encuadrar obligatoriamente todos los varones de entre 20 y 48 años. Las compañías acogieron a unos 80.000 españoles, de los que alrededor de 12.200 quedaron situados en la zona de la línea defensiva Maginot, en la frontera con Alemania, que pronto se convertiría en frente de guerra.

En mayo de 1940, el ejército alemán invadió Francia y miles de exiliados republicanos alistados en las Compañías de Trabajadores Extranjeros cayeron prisioneros. Se les encerró en recintos provisionales y, tras largas marchas a pie o en distintos medios de transporte, fueron internados en los stalags o campos de prisioneros de guerra, situados por toda Alemania, bajo el control de la Gestapo (policía militar). Desde agosto de 1940 estos españoles serían custodiados por las tropas de las SS y conducidos a campos de concentración nazis. El 15 de septiembre de 1940, Ramón Serrano Suñer –ministro de la Gobernación, presidente de la Junta Política de Falange y cuñado de Franco– visitó Alemania (con posterioridad haría otras tres visitas, ya como ministro de Asuntos Exteriores) y se entrevistó con el ministro de Interior y con Hitler, lo que le permitió conocer de primera mano el destino de los prisioneros republicanos. El 23 de octubre fue el propio Franco, acompañado por Serrano Suñer, quien conversó con Hitler en Hendaya. A pesar de los requerimientos que realizó en varias ocasiones la embajada alemana al Ministerio de Asuntos Exteriores español, las autoridades franquistas no se preocuparon de que a los presos en los stalags y en los campos nazis se les pudiera repatriar o se les diera el estatus de prisioneros de guerra (condición que poseían según la Convención de Ginebra), lo que condenó a una muerte segura a miles de ellos.

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Pila de 180 cadáveres encontrada en el sector ruso el día de la liberación del campo de Mauthausen en 1945.

La mayoría de los españoles apresados por los nazis en Francia acabaron en Mauthausen, un centro de exterminio situado al sur de Austria. Se calcula que entre 1938 y 1945 murieron allí un mínimo de 127.767 personas de diversas nacionalidades, según un estudio oficial austriaco, aunque algunos investigadores sitúan las cifras en varias decenas de miles más. Este campo se catalogó como de categoría III por las autoridades alemanas, la más dura, lo que significaba que estaba destinado para presos irrecuperables que nunca serían liberados. Dentro del campo, los internos morían en las cámaras de gas, en furgones equipados para gasearlos o en el centro de eutanasia del castillo de Hartheim, aunque también eran corrientes los experimentos médicos, las ejecuciones, el uso de perros para despedazar a los reclusos y los asesinatos por inyección letal y por la aplicación de duchas frías en invierno. El suicidio por ahorcamiento o arrojándose a las alambradas eléctricas se convirtió así en la única salida para muchos. Las condiciones de vida a las que se sometía a los prisioneros, en un clima frío y con una alimentación insuficiente para un trabajo agotador en las canteras, fomentaban las enfermedades y una mortandad masiva.

Para no morir en el campo se necesitaba un mínimo de 3.500 calorías, pero las raciones diarias nunca llegaban a las 1.500, una cantidad que se reducía a entre 700 y 900 calorías en la enfermería, según los datos aportados por por David Wingeate Pike en su libro Españoles en el Holocausto. Vida y muerte de los españoles en Mauthausen, editado en 2003. La esperanza de vida entre el invierno de 1939 y el otoño de 1943 no superó los seis meses. La mayoría de los españoles, a los que se identificaba con un triángulo azul (de apátrida o emigrante) con una “s” de spanier (español) adherido a la chaqueta de rayas azules y blancas, murió en Gusen, un subcampo situado a unos cinco kilómetros donde las condiciones eran mucho más duras que en Mauthausen. Allí eran trasladados los prisioneros más débiles para exterminarlos con el trabajo forzado, de manera que el 90% no sobrevivieron. Tras su muerte, los cadáveres eran incinerados en los hornos crematorios del campo.

La primera expedición de deportados españoles a Mauthausen, compuesta por 392 hombres, recaló el 6 de agosto de 1940. Los contingentes más numerosos entraron en el campo en este año (unos 2.200) y en 1941 (unos 4.600), aunque hasta 1945 se internó a unos 400 más acusados de colaborar con la Resistencia francesa. Cuando llegaron los españoles el campo estaba en plena fase de construcción y la mayoría fueron destinados a las duras tareas de extracción de piedras de las canteras de granito. Cuando el ejército americano liberó el campo el 5 de mayo de 1945 permanecían con vida 2.184 españoles, pero no sabemos cuántos murieron en meses posteriores a consecuencia de enfermedades o malnutrición, ya que era frecuente que el 60% de los supervivientes falleciera en el primer año de libertad.

Supervivientes de Mauthausen tras la liberación.

Supervivientes de Mauthausen tras la liberación.

Siete baenenses llegaron a Mauthausen en una deportación masiva organizada por los alemanes desde el campo de refugiados de Les Alliers, en las afueras de la ciudad de Angulema, situada en el centro-oeste de Francia, donde se habían instalado muchas familias españolas, reagrupadas allí tras el exilio, y bastantes mutilados y heridos de la guerra civil. Tras la invasión nazi de Francia, algunos españoles integrados en las Compañías de Trabajadores Extranjeros huyeron hacia el sur y acudieron también a este campo, considerado en aquel momento un lugar seguro, ya que se vivía en un régimen de semilibertad, bajo el control de la Prefectura francesa. El 20 de agosto de 1940, los refugiados de Les Alliers, 927 personas, recibieron la orden de concentrarse en la estación y los internaron en un convoy de vagones de mercancías, sin informarles de su destino. Era el primer tren de Europa Occidental que deportaba familias enteras a un campo nazi. Llegaron a la estación de Mauthausen a los cuatro días de viaje. Allí les hicieron esperar varias horas, hasta que recibieron la orden de que descendieran todos los varones mayores de 13 años, a los que inmediatamente condujeron al campo. Tras la selección, los vagones fueron cerrados de nuevo y el tren reemprendió la marcha. Ocho días tardó el tren en alcanzar la frontera española, a la altura de Hendaya, donde las mujeres y los niños fueron entregados a las autoridades franquistas. De los 430 españoles de este convoy que quedaron en Mauthausen, 357 (el 87%) habían fallecido cuando se liberó el campo en 1945. La odisea de los 927 deportados la reflejaron Montse Armengou y Ricard Belis en el documental El convoy de los 927, producido en el año 2004. En la sinopsis del documental se señala que los documentos encontrados prueban que hasta en cuatro ocasiones las autoridades nazis preguntaron a las españolas qué debían hacer con “los dos mil rojos españoles” de Angulema, pero nunca contestaron a pesar de que sabían que la mitad de los pasajeros habían sido enviados ya al campo de exterminio de Mauthausen. Algunos documentos llevaban una anotación al margen recomendando que se archivara el asunto, ya que “no parece oportuno hacer nada al respecto”.

José Bonilla Horcas, uno de los cinco baenenses deportados de Angulema a Mauthausen, donde murió el 16 de noviembre de 1941.

José Bonilla Horcas murió en Mauthausen el 16 de noviembre de 1941.

A principios de 1941, los siete baenenses del convoy de Angulema, con edades comprendidas entre los 26 y los 40 años, fueron trasladados al subcampo de Gusen, donde cuatro perecieron antes de que acabara el año (José Bonilla Horcas, José Cabrero Misut, José Cruz Navas y Juan Padilla Rojano, cuyo hermano José ya había muerto en la cárcel de Córdoba). Entre el 15 y el 25 de enero de 1942, y con sólo una diferencia de cinco días entre uno y otro, fallecieron los otros tres, los hermanos Miguel, Santiago y Rafael Albendín Navarro. En este año de 1942 hay al menos 14.298 muertes registradas en Mauthausen, lo que proporcionó a las arcas de las SS 5.278,1 gramos en dientes de oro. La muerte de Miguel Albendín Navarro fue inscrita en el libro de defunciones del Registro Civil de Baena el 24 de febrero de 1958, un hecho bastante infrecuente pues estas muertes en los campos nazis no se solían registrar en las localidades de origen de los fallecidos, aunque es posible que en algunos casos se hiciera para poder acceder a las indemnizaciones que el gobierno alemán pagó por aquellas fechas a las familias de los fallecidos en los campos nazis. Gracias a esa anotación sabemos que su mujer se llamaba Ascensión Jiménez Roldán, y que dejó un hijo con su mismo nombre, Miguel. Rafael Albendín también estaba casado (su esposa se llamaba Asunción Jurado), mientras que Santiago era soltero. Una hermana de esta familia se llamaba Carmen y otro hermano Antonio, que era el más pequeño de todos y no luchó en la guerra civil.

Tras la publicación de esta entrada del blog pude localizar, en marzo de 2017, al hijo de Miguel. Sus padres habían huido de Baena al comienzo de la guerra, se casaron en Jaén y él nació en 1939 en un pequeño pueblo de Lérida llamado Maldá. Su padre era cabo civilero del Ejército republicano y pasó a Francia tras los combates que tuvieron lugar en Mequinenza enmarcados en la batalla del Ebro. El pequeño Miguel fue bautizado en el sur de Francia. Tras la deportación del padre, la esposa y el hijo regresaron a Baena, y al poco tiempo emigraron a Málaga, donde Miguel reside en este momento.

También a través de un informe sobre niños huérfanos pobres, elaborado por la Policía municipal de Baena en mayo de 1940 y que se conserva en el Archivo Histórico Municipal, hemos podido rastrear la situación familiar del citado José Bonilla Horcas, casado con Francisca, con la que tenía una hija llamada Josefa Bonilla Pérez. En marzo de 2015, tras la publicación de esta entrada del blog, se puso en contacto conmigo una nieta de José Bonilla, residente en Roquetas de Mar (Almería), que me ha facilitado la fotografía y algunos datos biográficos de su abuelo. Aparte de Josefa, José tenía otros dos hijos: Francisca y Miguel. Mientras él estuvo enrolado en el Ejército republicano, la familia estuvo refugiada en Toledo y en Manzanares (Ciudad Real). La esposa de José, Francisca Pérez Rojas, también tuvo un hermano muerto en la guerra, pero no hemos podido dilucidar si a causa de la represión o en el frente.

José Cruz Navas 1

José Cruz Navas, de 31 años, muerto en Gusen el 16 de octubre de 1941.

Asímismo, tras la publicación de este artículo del blog contactó conmigo en marzo de 2015 Celia Ochavo Cruz, residente en Barcelona y sobrina nieta de otro de los deportados de Angulema, José Cruz Navas, fallecido en Gusen. Gracias a una información que Celia ha obtenido del historiador Benito Bermejo, extraída del archivo del Centro Documental de la Memoria Histórica de Salamanca, sabemos que su tío se alistó de miliciano en el Quinto Regimiento, un cuerpo militar de voluntarios creado a comienzos de la guerra civil a iniciativa del PCE y las Juventudes Socialistas Unificadas. Tras Celia, otro sobrino de José Cruz, de igual nombre y apellido, residente en Madrid, escribió en septiembre de 2015 un comentario que puede leerse debajo de esta entrada del blog. Eso me permitió contactar con él, conseguir una foto de su tío y poner en relación a ambas ramas de la familia, que pudieron conocerse en persona al mes siguiente en la ciudad de Barcelona.

Antonio Ortega Torres, de 22 años, asesinado en Gusen el 15 de septiembre de 1941.

Antonio Ortega Torres, de 23 años, asesinado en Gusen el 15 de septiembre de 1941.

El 27 de enero de 1941, otros tres baenenses llegaron a Mauthausen desde el stalag XI-B, situado en Fallingbostel (actual estado federal de la Baja Sajonia), en un convoy de 1.506 prisioneros republicanos españoles, entre los que se encontraba el catalán Francesc Boix, quien fue autor de las más conocidas fotos del campo y testificaría contra varios jerarcas nazis en el proceso de Nuremberg –es muy recomendable la biografía de este personaje escrita en 2002 por el historiador Benito Bermejo–. Uno de los baenenses era Antonio Castilla Muñoz, que murió en Gusen en noviembre. A los otros dos, Felipe Quesada Pescador y Francisco Fuentes Ruiz, los únicos baenenses que quedaban ya vivos en Mauthausen, parece que los trasladaron el 8 de noviembre de 1942 al campo de Dachau, en las cercanías de la ciudad alemana de Múnich. El primero moriría allí dos días después y del segundo, que tenía entonces 23 años, desconocíamos su destino destino final, que suponíamos trágico, ya que el traslado de ambos prisioneros a Dachau pudo ser ficticio. Muchos de los que en el registro del campo de Mauthausen aparecen como trasladados a Dachau fueron conducidos en realidad para su ejecución a las cámaras de gas del cercano castillo de Hartheim. Así ocurrió, por ejemplo, con un transporte de 45 presos (31 españoles, cuatro judíos holandeses, ocho polacos y dos alemanes) ocurrido el día 14 de agosto de 1941. En el castillo de Hartheim se asesinó a unas 30.000 personas en 55 meses de funcionamiento, de los que 449 eran españoles.

En el párrafo anterior he señalado que el destino de Francisco Fuentes Ruiz pudo ser trágico, pues era lo que se sospechaba cuando escribí la primera versión de esta entrada del blog en septiembre de 2013. Sin embargo, el 7 de mayo de 2014 recibí un mensaje de correo electrónico desde Francia que me especificaba lo siguiente:

Afortunadamente el destino de Francisco Fuentes Ruiz no fue trágico. Sobrevivió y salió del campo de Dachau. Fue liberado el 3 de mayo 1945. Llegó a París el 24/05/1945 y después fue a  Toulouse el 15/06/1945. En septiembre fue a trabajar a Auzat (Ariège) y el 06/08/1946 en Pamiers (Ariège) en la fábrica metalúrgica hasta el año 1976 cuando se jubiló. En Pamiers se casó con una francesa en 1947. De ese matrimonio nacieron un hijo y una hija.  Soy ese hijo, Henri Fuentes. Mi padre vivió una larga y feliz vida con nietas y bisnietos hasta el año 2012.

Este mensaje me llenó de satisfacción como historiador, pero a la vez me hizo reflexionar sobre la injusticia del olvido. El único baenense que consiguió sobrevivir durante cuatro años y cuatro meses en los campos de exterminio nazis murió hace muy pocos años en Francia –donde se asentó definitivamente en el exilio– sin que supiéramos de su existencia y sin que, en consecuencia, hayamos podido recoger su testimonio vital. Esta circunstancia es un ejemplo claro de las carencias que, por desgracia, han presentado la investigación histórica y las políticas de memoria democrática en nuestro país.

Hemos podido completar con posterioridad la biografía de Francisco Fuentes gracias a la labor investigadora de la ya citada Celia Ochavo, sobrina nieta del también preso José Cruz Navas, que ha obtenido las fichas de varios deportados baenenses a través de la sección dedicada a las víctimas de la persecución nazi del Servicio Internacional de Búsquedas de la UNESCO. Francisco Fuentes fue deportado, entre el 14 y el 24 de marzo de 1944, desde Dachau al campo de Natzweiler, en la provincia de Alsacia (actual Francia), donde trabajó en el comando exterior de Neckarelz. En este campo hubo 44.623 internados, de los que murieron entre 12.000 y 25.000, en gran medida por los abusos en el trabajo, malnutrición y las torturas de las SS. La mayoría  de los presos eran polacos, soviéticos, franceses, húngaros y alemanes, aunque se contabilizan también 80 españoles.  Ante el avance de las tropas aliadas, en septiembre de 1944 los presos de este campo fueron trasladados a otros recintos. Francisco Fuentes llegó de nuevo a Dachau el 2 de abril de 1945, y un mes más tarde el campo, que había llegado a albergar a más de 200.000 prisioneros, sería liberado por las tropas norteamericanas.

Antonio Navarro Ortiz, de 46 años, asesinado en Gusen el 20 de junio de 1941.

Antonio Navarro Ortiz, de 46 años, asesinado en Gusen el 20 de junio de 1941.

Aparte de los ya señalados, otros cinco baenenses perdieron la vida en el complejo de Mauthausen a lo largo de 1941. En el castillo de Hartheim, posiblemente gaseados, perecieron dos: Antonio Campos Sánchez, que había llegado a Mauthausen el 13 de diciembre de 1940 en un convoy de 846 españoles procedentes de un stalag en Estrasburgo; y Antonio Pérez Baena, que tuvo la desgracia de ser el primer baenense internado en Mauthausen el 13 de agosto de 1940. Por otro lado, en el subcampo de Gusen murieron Antonio Ortega Torres, de 23 años, el más joven de los baenenses internados; y Antonio Navarro Ortiz, el mayor de ellos, con 46 años, que había llegado a Mauthausen el 25 de enero en un convoy de 775 españoles procedentes del stalag VIII-C de la ciudad alemana de Trier (o Tréveris). De ambos poseemos fotografías entregadas por sus familiares. La de Antonio Ortega me la facilitó José de las Morenas Lara en 2006 para que se publicara en mi libro Baena roja y negra. Guerra civil y represión (1936-1943). La de Antonio Navarro Ortiz la recibí a finales del mes de agosto de 2013, junto a otra documentación personal, de su nieta Carmen Pérez Navarro, residente en Barcelona, pues su viuda y los cinco hijos emigraron de Baena.

Pluma Antonio Jiménez RamosA principios de 2020 el número de baenenses conocidos que habían fallecido en los campos de concentración nazis aumentó con una nueva víctima, el campesino Antonio Jiménez Ramos. Su nombre fue difundido a través de los medios de comunicación por el historiador Antonio Muñoz-Sánchez, de la Universidad Rovira i Virgili de Tarragona, que está llevando a cabo una meritoria labor de localización de familiares de las víctimas del campo de concentración de Neuengamme, situado en el norte de Alemania, cerca de Hamburgo, por el que pasaron unos 600 españoles y en el que murieron más de 50.000 personas. Antonio Jiménez, exiliado en Francia, llegó a este campo el 24 de mayo de 1944, con 33 años. Estuvo internado en Meppen, uno de sus subcampos, y luego en otro, Sandbostel, donde al parecer murió. Cuando llegó a Neuengamme, los nazis le requisaron la pluma estilográfica que aparece en la fotografía y que se conserva en el Archivo alemán de Arolsen, a la espera de que algún familiar la reclame (él era soltero y no tenía hijos, pero sí varios hermanos en Baena). Por fortuna, algunas familias españolas ya han podido recuperar los objetos que los nazis robaban a los deportados y que están depositados en este archivo.

El recuerdo institucional u oficial de los deportados baenenses ha tenido serias lagunas municipales hasta el momento, a pesar de la relevancia histórica de esta tragedia y de la necesidad de sensibilizar a la población para que hechos similares no se vuelvan a producir. El 26 de mayo de 2016 el pleno del Ayuntamiento de Baena aprobó, por unanimidad de todos los grupos políticos, una moción presentada por el grupo municipal de Izquierda Unida con la finalidad de homenajear a los hijos de la localidad que padecieron el terror nazi. No obstante, varias de las propuestas no se han cumplido aún en 2020, a pesar de que el plazo de realización establecido era de dos años. Entre lo no llevado a cabo se encuentra el contactar con las familias de los deportados para celebrar un acto de homenaje con motivo del Día Internacional de Conmemoración de las víctimas del Holocausto (27 de enero), la construcción de un monumento con el nombre de las víctimas, la organización de una exposición de recuerdo o la colocación de pequeñas placas (stolpersteine) en las calles o casas donde vivieron los  represaliados.

Según los datos aportados por Carlos Hernández de Miguel en su imprescindible libro Los últimos españoles de Mauthausen, publicado en 2015, existe constancia documental de que 9.328 españoles pasaron por los campos nazis. De ellos murieron 5.185, sobrevivieron 3.809 y constan como desaparecidos 334, lo que representa una tasa de mortalidad del 59%. Esa proporción se eleva al 64% si nos atenemos a las cifras de Mauthausen: 7.532 internados españoles de los que murieron 4.816. De acuerdo con el libro colectivo (Sandra Checa, Ángel del Río y Ricardo Martín) Andaluces en los campos de Mauthausen, de los españoles deportados a este campo, 1.494 eran andaluces y 336 de Córdoba. Cuando se liberó el campo el 5 de mayo de 1945 habían muerto alrededor de 1.000 andaluces –en su mayoría soldados y combatientes antifascistas con una media de edad de entre 20 y 30 años–, de los que 238 (más ocho desaparecidos) procedían de la provincia de Córdoba.

Baena, con 14 vecinos asesinados, es el tercer municipio cordobés en número de víctimas mortales en los campos de exterminio nazis, empatado con Fuenteobejuna y Palma del Río. Encabeza la lista Posadas, con 17 asesinados, y le sigue Córdoba capital, con 15. La lista completa con los 14 baenenses fallecidos y del único superviviente se puede leer en este enlace.

"Los españoles antifascistas saludan a las fuerzas liberadoras" dice la enorme pancarta escrita en español, inglés y ruso que se colocó sobre la portada del campo central. Fue desplegada a la llegada de las tropas americanas el 5 de mayo de 1945.

“Los españoles antifascistas saludan a las fuerzas liberadoras” dice la enorme pancarta escrita en español, inglés y ruso que se colocó sobre la portada del campo central de Mauthausen. Fue desplegada a la llegada de las tropas americanas el 5 de mayo de 1945.

 Enlaces y documentación de interés

Juan y Manuel González León: montillanos asesinados en el campo nazi de Mauthausen

Cuando se acercaba el final de la guerra civil, la caída de Cataluña en febrero de 1939 en manos de las tropas franquistas originó la trágica desbandada de unos 500.000 civiles y militares que atravesaron la frontera con Francia. De ellos, aproximadamente 200.000 quedaron para siempre en el exilio. Desarmados y vigilados por gendarmes y tropas coloniales, los refugiados españoles fueron hacinados en campos de concentración situados en las playas o en recintos improvisados, sin lugares de cobijo y rodeados de alambradas. Ante la inminencia de la II Guerra Mundial, el Gobierno francés obligó a los varones de entre 20 y 48 años a alistarse en las Compañías de Trabajadores Extranjeros, unas unidades militarizadas en las que se encuadraron unos 80.000 españoles, de los que alrededor de 12.000 quedaron situados en la zona de la línea defensiva Maginot, en la frontera con Alemania, que pronto se convertiría en frente de guerra. En mayo de 1940, el ejército alemán invadió Francia y miles de exiliados republicanos alistados en las Compañías de Trabajadores Extranjeros cayeron prisioneros de los nazis. En principio, se les encerró en recintos provisionales y, tras largas marchas a pie o en distintos medios de transporte, fueron internados en los stalags o campos de prisioneros de guerra situados por toda Alemania, bajo el control de la Gestapo (policía militar). A pesar de los requerimientos que realizó la embajada alemana al Ministerio de Asuntos Exteriores español, las autoridades franquistas no realizaron gestiones para que a estos presos, algunos de ellos menores de edad, se les diera el status de prisioneros de guerra o se les pudiera repatriar, lo que condenó a una muerte segura a miles de ellos. Unos 15.000 españoles terminaron internados en los campos nazis, donde murieron aproximadamente la mitad.

La mayoría de los españoles que sufrieron los campos nazis acabaron sometidos a trabajos forzados en las canteras de granito de Mauthausen, un centro de exterminio situado al sur de Austria, por el que entre 1938 y 1945 pasaron unos 200.000 presos de diversas nacionalidades, de los que fallecieron alrededor de la mitad. Según los datos aportados por Carlos Hernández de Miguel en su imprescindible libro Los últimos españoles de Mauthausen, publicado en enero de 2015, existe constancia documental de que 9.328 españoles pasaron por los campos nazis. De ellos murieron 5.185, sobrevivieron 3.809 y constan como desaparecidos 334, lo que representa una tasa de mortalidad del 59%. Esa proporción se eleva al 64% si nos atenemos a las cifras de Mauthausen: 7.532 internados españoles de los que murieron 4.816. De acuerdo con el libro colectivo (Sandra Checa, Ángel del Río y Ricardo Martín) Andaluces en los campos de Mauthausen, de los españoles deportados a este campo, 1.494 eran andaluces y 336 de Córdoba. Cuando se liberó el campo el 5 de mayo de 1945 habían muerto alrededor de 1.000 andaluces –en su mayoría soldados y combatientes antifascistas con una media de edad de entre 20 y 30 años–, de los que 238 (más ocho desaparecidos) procedían de la provincia de Córdoba.

Portada de mi libro "Los puños y las pistolas. La represión en Montilla (1936-1944).

Portada de mi libro “Los puños y las pistolas. La represión en Montilla (1936-1944)”.

Al comenzar a recopilar documentación sobre la Segunda República y la guerra civil en Lucena, descubrí en el libro de Francisco Moreno Gómez, Córdoba en la posguerra. La represión y la guerrilla (1939-1950), que el lucentino Juan González León había muerto en enero de 1942 en el campo nazi de Mauthausen. Durante años intenté encontrar a sus descendientes para saber algo más de esta historia. No obstante, tuve que esperar a que me hablara de él en Montilla Francisco Carmona Priego “Ojos Claros”, quien había llegado a conocerlo. Francisco Carmona conocía también a sus hijos y, además, se encargó de localizar a decenas de víctimas de la represión franquista y a sus familiares con la intención de que sus testimonios aparecieran en mi libro Los puños y las pistolas. La represión en Montilla (1936-1944). Pude charlar por teléfono con Antonio, uno de los hijos de Juan González León, el 20 de mayo de 2001. Me habló de su padre, de sus tíos maternos Luis y Francisco Merino Navarro que se habían exiliado en Francia, y me informó de que su tío paterno Manuel también había muerto en Mauthausen, algo que yo desconocía. Gracias a esta información pude contactar unos días después, el 7 de junio, también por teléfono, con su primo Rafael González Polonio, hijo de Manuel quien, aparte de hablarme de su padre, me contó que habían fusilado en Montilla en junio de 1941 a su tío político, Carlos García Herrador. Por fin, tras cuatro años de búsqueda y gracias al testimonio de la familia González, conseguí vertebrar la historia de los dos hermanos González León, víctimas de la barbarie nazi, y ponerle rostro a sus caras.

Juan y Manuel González León habían nacido en Lucena, pero se habían asentado desde pequeños con su familia en Montilla, un feudo histórico del socialismo cordobés, donde la izquierda había doblado en votos a la derecha en todas las elecciones celebradas durante la República. En Montilla el 18 de julio de 1936 se repitió el mismo esquema que en otros pueblos y ciudades en los que triunfó con rapidez el golpe de Estado. Tras recibir órdenes de sumarse a la rebelión, la Guardia Civil, comandada por el capitán Luis Canis Matute, controló la localidad de manera violenta en la misma madrugada del día 19, lo que originó en los días siguientes la huida, en un pueblo que entonces tenía 20.000 habitantes, de miles de refugiados hacia la zona republicana. Como consecuencia de la sublevación militar los montillanos fieles a la República pagarían un enorme tributo de sangre: durante la guerra al menos 115 personas fueron asesinadas y 75 murieron en los frentes de batalla; en la posguerra hubo 15 fusilados, 438 encarcelados o represaliados, seis fallecidos en las cárceles, dos guerrilleros muertos y ocho hombres inmolados en el campo nazi de Mauthausen, entre los que se encontraban los hermanos Juan y Manuel González León.

Juan González León y, de izquierda a derecha), sus hijos Francisco, Josefa, Tránsito, Dolores y Antonio González Merino. La fotografía se realizó durante la guerra civil en Valdepeñas (Ciudad Real)

Juan González León y, de izquierda a derecha, sus hijos Francisco, Josefa, Tránsito, Dolores y Antonio González Merino. La fotografía se realizó durante la guerra civil en Valdepeñas (Ciudad Real).

Juan González León había tenido un alto compromiso político en Montilla, pues había sido secretario de las Juventudes Socialistas en 1931 y presidente de la Sociedad de Obreros y Empleados Municipales, afecta a la UGT. Cuando se produjo el golpe de Estado, Juan González huyó de Montilla con su mujer Dolores Merino Navarro y sus cinco hijos, atravesó distintos pueblos de las provincias de Córdoba y Jaén, y recaló en Valdepeñas (Ciudad Real), donde se alistó en el batallón de Félix Torres. Combatió en el frente de Valdemoro (Madrid) y, al caer Barcelona en manos franquistas, cruzó los Pirineos. En Francia, después de sufrir los campos de concentración, lo destinaron a una Compañía de Trabajadores Extranjeros en la línea defensiva Maginot. Tras la ocupación nazi, lo internaron en el Stalag XI B, situado en Fallingbostel (actual estado federal de la Baja Sajonia), donde ya había estado internado el exconcejal socialista montillano José Carrasco Navarro, asesinado también en el subcampo de Gusen. Desde allí lo deportaron a Mauthausen, el 27 de enero de 1941, junto a otros 1.505 prisioneros republicanos españoles, entre ellos el montillano Ángel Ramírez Muñoz y el catalán Francesc Boix, el famoso fotógrafo que testificó contra varios jerarcas nazis en el proceso de Núremberg. Ese mismo día comenzó el traslado de prisioneros españoles de Mauthausen a Gusen, adonde llegó el 17 de febrero junto al también montillano Luis Luque Espejo, y allí murió el 11 de enero de 1942, cuando hacía sólo cinco días que había cumplido los 42 años. El 8 de marzo de 1946, la agencia central de prisioneros de guerra del Comité Internacional de la Cruz Roja informó a su esposa, Dolores Merino Navarro, de que se encontraba como fallecido en una lista elaborada por los exinternados en el campo nazi de Mauthausen, pero a la vez le decía que era la única información que poseía y advertía de que le resultaba “absolutamente imposible obtener otra indicación ni confirmación oficial”.

Manuel González León

Manuel González León

El hermano de Juan, Manuel González León, uno de los fundadores del partido comunista en Montilla, también tuvo que huir para evitar la represión. Al rancho de la sierra donde vivía llegaron un día de julio de 1936 unos falangistas preguntando por su paradero a su mujer, Encarnación Polonio Muñoz. Como él no se encontraba allí, a ella la amenazaron de muerte. Esa noche, la familia entera, con hermanos y sobrinos, huyó a lomos de tres bestias y se cobijó durante la guerra en Úbeda (Jaén). Manuel González, mientras tanto, alcanzó el grado de capitán en el ejército republicano. En el exilio, junto a su hermano Juan y dos hijos de su hermano Domingo (Manuel y Antonio, que retornarían a España al poco tiempo) sufrió los campos de concentración franceses de Barcarès y Saint Cyprien. En 1940 estaba enrolado junto a su hermano Juan en la 107 Compañía de Trabajadores Extranjeros, en una zona boscosa del norte del país, cuando los ocupantes nazis los apresaron y los separaron. A Manuel lo internaron en el Stalag VI C, cercano a Batthorn-Emsland, en la Baja Sajonia (Alemania), hasta que fue deportado a Mauthausen y luego a Gusen el 20 de octubre de 1941, en un convoy en el que también viajaban los montillanos Antonio Jordano Jordano, Miguel Torres Alcaide y Manuel Cerezo Rute (el único que sobrevivió). Manuel González falleció el 25 de noviembre de 1941, cuando tenía 31 años. La información que le facilitó la Cruz Roja a su viuda sobre su espeluznante destino resultó similar a la que ofrecieron de su hermano Juan, asesinado cuarenta y siete días después.

Con la nuera y las hijas de Juan González León, en Sant Joan Despí (19 de octubre de 2002).

Con la nuera y las hijas de Juan González León, en Sant Joan Despí (19 de octubre de 2002).

La historia de los hermanos González León se incluyó en mi libro Los puños y las pistolas. La represión en Montilla (1936-1944). A su presentación, el 1 de diciembre de 2001, entre otros muchos familiares de represaliados montillanos venidos de diversos lugares, asistieron los cinco hijos de Juan González Léon y el hijo y el nieto de su hermano Manuel. Para ello, se trasladaron desde Sant Joan Despí y Sant Feliu de Llobregat, las localidades barcelonesas a donde había emigrado en los años cincuenta del siglo pasado. Nunca olvidaré lo que me dijo aquel día, nada más verme, una de las hijas de Juan González: “Hoy hemos venido a enterrar a mi padre”. Para muchos familiares de represaliados, unas simples hojas de papel pueden llegar a sustituir, de manera simbólica, a una tumba. Ya que no sabían donde reposaba su cadáver, al menos ahora existía un libro en el que aparecía su nombre, su foto y su historia. Por fin poseían algo material que perpetuaba la memoria de sus seres queridos. Era evidente que, para bastantes familiares de víctimas mortales de la represión franquista, la presentación del libro se transformó aquel día en una ceremonia de duelo público que nunca antes habían podido realizar.

Con Francisco Ruiz Acevedo (izq.) y Antonio (hijo de Juan González León), en Sant Joan Despí, el 19 de octubre de 2002.

Con Francisco Ruiz Acevedo (izq.) y Antonio (hijo de Juan González León), en Sant Joan Despí, el 19 de octubre de 2002.

El libro de Montilla se agotó en dos semanas y se reimprimió dos veces más en menos de medio año. Gracias a las gestiones del Centro de Estudios Comarcales del Bajo Llobregat y del historiador Jaume Claret Miranda, se realizó una presentación muy concurrida el 19 de octubre de 2002 en la localidad barcelonesa de Sant Joan Despí, en concreto en el barrio de Las Planas, donde habita una comunidad montillana de miles de personas. Esta presentación me sirvió para agrandar la relación con los hijos y nietos de Juan y Manuel González León, y para conocer o ampliar la historia de otras víctimas montillanas de la represión franquista que habían emigrado allí (Miguel Feria Blanca, Antonio García Sánchez, Mariano Águila Nieto, Miguel Gómez Márquez, etc.). La relación con la familia González se fue afianzando tras la creación en mayo de 2005 de la Asociació per a la Memòria Històrica y Democràtica del Baix Llobregat, presidida por el incansable Francisco Ruiz Acevedo. Una de las múltiples actividades de esta asociación fue la edición del libro Peatones de la historia del Bajo Llobregat (testimonios y biografías). La obra se presentó el 4 de diciembre de 2006 en Cornellá de Llobregat por el conocido periodista Manuel Campo Vidal en un acto multitudinario, celebrado en el Ateneo Recreativo y Cultural, en el que yo fui uno de los conferenciantes. El libro, que contó con un segundo volumen, recoge las historias de personas que intervinieron, en esta comarca con una fuerte presencia inmigrante, en los movimientos sociales, sindicales y políticos antifranquistas. Entre las biografías se incluyen las de dos hijos de Juan y Manuel González León: Antonio González Merino (encarcelado durante tres meses en 1969 por su actividad sindical) y Rafael González Polonio, afiliados a la asociación, con unas trayectorias ligadas a Comisiones Obreras y al PSUC, la marca catalana del partido comunista. La asociación, muy activa en la defensa de la memoria democrática, ha sido responsable de la difusión de la historia de los dos padres y de los dos hijos a través de otros medios escritos, como la revista Memòria Antifranquista del Baix Llobregat y el libro Traumas. Niños de la guerra y el exilio. El testimonio de Rafael González Polonio también se grabó en formato audiovisual en el año 2009 para el archivo digital de la guerra civil y la dictadura franquista, promovido por la Universidad de California, y se incluyó en Memorias de las cenizas, un documental que se adentra en la historia de los más de 1.500 andaluces apresados en los campos nazis. Por desgracia, la repentina muerte de Rafael, el 4 de octubre de 2012, le impidió asistir a la presentación del documental en Barcelona. Su primo Antonio falleció unos años después, el 23 de septiembre de 2015.

1.En primera fila, Antonio González Merino (primero por la derecha) y Rafael González Polonio (cuarto por la derecha), en la visita realizada a Mauthausen a principios de mayo de 2005.

En primera fila, Antonio González Merino (primero por la derecha) y Rafael González Polonio (cuarto por la derecha), en la visita realizada a Mauthausen a principios de mayo de 2005.

En mayo de 2005 un grupo de familiares de asesinados en los campos nazis, militantes de organizaciones de recuperación de la memoria y cargos institucionales de la Junta de Andalucía viajaron cuatro días a Mauthausen, con motivo del sexagésimo aniversario de la liberación del campo nazi por la tropas aliadas. Por primera vez en la historia asistieron autoridades españolas, quienes a diferencia de las del resto de países europeos nunca habían participado. La representación española estuvo encabezada por el presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, y la consejera de Justicia de la Junta de Andalucía, Evangelina Navarro. El viaje lo organizó la Amical de Mauthausen, la asociación que agrupa a los exdeportados y a los familiares y amigos de las víctimas. Entre los viajeros se encontraban Antonio González Merino (hijo de Juan González León) y su mujer Carmen Aragón, Rafael González Polonio (hijo de Manuel González León) y su hijo Francisco José, y Antonio Carrasco López (nieto de José Carrasco Navarro, otro montillano asesinado en el campo). Hablé varias veces con Antonio González y su primo Rafael de este viaje, y éste me envió un amplio reportaje fotográfico suyo y otro de Antonio Carrasco López. Recuerdo la fuerte impresión que les produjo el viaje, lo que motivó que Rafael hiciera una profunda y sentida reflexión escrita, titulada “A la memoria de mi padre“, sobre aquella experiencia. Algunas de las emociones vividas quedan reflejadas en estos dos párrafos:

Rafael González Polonio, junto a su hijo Francisco, en un barracón de Mauthausen, con la foto de su padre y su tío.

Rafael González Polonio, junto a su hijo Francisco, en un barracón de Mauthausen, con la foto de su padre y su tío.

“En el año 2005 cumplí con un viejo sueño que había ido aplazando por diferentes motivos: fui a Mauthausen. También en esta ocasión mi hijo me acompañó. Mi hijo Francisco José desde muy joven se preocupó de saber qué había pasado con su abuelo, preguntó a su abuela o a mí, leyó las cartas y se define como un nieto orgulloso de su abuelo, de su trayectoria y de los principios y valores que defendió. Llegamos a Mauthausen un frío y lluvioso día del mes de mayo y lo primero que todos pensamos fue que si en primavera hacía tanto frío cómo sería aquello en invierno. Yo había leído libros, había visto documentales, pero estar allí era otra cosa, es muy difícil explicar lo que sentí, se mezclaron muchas sensaciones, rabia, dolor, impotencia, incredulidad, pena. Estábamos en uno de los barracones, miré a mi hijo y su cara era todo un poema, supongo que la mía no era diferente. Miré una de las fotos que había en la pared y me pareció o imaginé ver a mi padre, se me hizo un nudo en la garganta y estuve a punto de echarme a llorar. Íbamos mi hijo y yo por los barracones, cada uno por un lado y sin hablar, necesitábamos un poco de tiempo en soledad para digerir todo lo que estábamos viendo, todo lo que estábamos sintiendo. Llegamos al horno crematorio, había mucha gente y sin embargo el silencio era absoluto, el respeto era absoluto, los restos de miles y miles de seres humanos habían terminado en ese horno.

Fotografía de los hermanos González León, colocada en mayo de 2005, en la parte exterior del horno crematorio de Gusen.

Fotografía de los hermanos González León, colocada en mayo de 2005, en la parte exterior del horno crematorio de Gusen.

El día siguiente, sábado, estuvimos en Gusen, era el final del viaje, era el lugar donde mi padre término sus meses de sufrimiento. Entramos en el horno crematorio y me emocioné al pensar que probablemente los restos de mi padre se quemaron en él. Las paredes estaban llenas de placas, fotos y recordatorios que los familiares habían ido dejando, mi hijo empezó a buscar un sitio para colocar una foto que había preparado de su abuelo Manuel y su hermano Juan con una pequeña recordatoria. Encontramos un sitio en la parte posterior del horno, mi hijo comenzó a preparar la foto para pegarla en la pared, le temblaban las manos y cuando terminó de colocarla pasó su mano por encima suavemente, como intentando acariciar a su abuelo, estaba emocionado”.

Carta Manuel

Carta enviada por Manuel González León a su mujer Encarnación Polonio, fechada el 31 de agosto de 1939 en el campo de refugiados de Barcarés (Francia).

El viaje a Mauthausen de mayo de 2005 sirvió de idea para un libro fundamental sobre las víctimas de los campos nazis: Andaluces en los campos de Mauthausen, una cuidada y lujosa obra colectiva, editada por el Centro de Estudios Andaluces, de Sandra Checa, Ángel del Río y el fotógrafo Ricardo Martín. Esta publicación, además de incluir un importante contenido histórico y la lista de todos los andaluces prisioneros en el campo, analiza el impacto y la trascendencia que ha supuesto para las familias la pérdida de sus seres queridos, un apartado que ha sido tratado de forma magistral por el antropólogo Ángel del Río. Tres familias montillanas, las de José Carrasco Navarro y Juan y Manuel González León, aparecen en sus páginas narrando experiencias y recuerdos. Gracias a este libro, conocemos también en parte la abultada correspondencia que Manuel González mantuvo desde el exilio con su esposa Encarnación Polonio (hasta que lo trasladaron a Mauthausen, donde la correspondencia estaba prohibida y la familia pierde su rastro). Su hijo Rafael conservó las cartas y se las facilitó a Ángel del Río, quien incluyó algunos extractos de ellas en la obra (págs. 174-176). Hemos seleccionado los siguientes párrafos:

Manuel, nunca dejó de ejercer su condición de padre y de marido a pesar de las distancias y las circunstancias tan desfavorables, primero en los ignominiosos campos de refugiados franceses de Barcarès y Saint Cyprien durante el año de 1939; luego en una fría zona boscosa del norte de Francia en 1940; y finalmente, en un campo de prisioneros alemán en la Baja Sajonia. Sus palabras, en todo momento, desprenden un halo de ternura y sensibilidad encomiables. Trata, por todos los medios, de dar ánimo y coraje a su joven esposa con el fin de que pueda sacar a sus hijos hacia delante: “Encarnación, después de leer tu carta no puedes figurarte cuán orgulloso estoy de ti y más de tu buen estado de ánimo, yo por mi parte haré cuanto esté a mi alcance para ayudaros a vivir mientras llego a esa que no tardará mucho.” [Barcarès]; “Tu última carta la releo muchas veces y me produce una gran satisfacción ver que mis hijos tienen una madre con ánimos para trabajar para que no les falte pan.” [Barcarès].

En su afán de crear una imagen natural de tranquilidad, utiliza con recurrencia el humor y la ironía: “Claro como no hace uno nada en todo el día nada más que dormir y nadar, que va uno a terminar hecho un Anfibio” [Barcarès]; “Hoy mismo por ejemplo estoy de descanso, pues no trabajo porque estoy malo, mi enfermedad es aquí muy corriente se llama el Cuento, así que mañana a trabajar, después de haberte escrito, y a vivir la vida conforme venga, sin pensar en nada, si no es yo en ti, y en tu ánimo” [107 Compañía de Trabajadores Extranjeros, en lo sucesivo CTE].

En ocasiones, son necesarias las mentiras piadosas para mitigar el dolor que causa en su mujer, el estado de prisionero de guerra: “Pero tú no sufras por mi situación que es buena, así como la comida. Esta te la escribo, como de costumbre sentado en la cama. Si me vieras no me conocerías de gordísimo que estoy, es lástima que no pueda retratarme para mandarte la foto, pero en fin paciencia, esto va a durar poco, ahora se dice que pronto nos liberarán a los españoles. En otra anterior te decía que para las pascuas yo sería en esa, y pienso no equivocarme.” [Stalag VI C]

En ningún momento hay muestras de flaqueza y debilidad y siempre desborda optimismo. Sólo el frío, además de, lógicamente, la familia, es motivo de nostalgia: “…veo que ahí hace calor, esto me lo supongo, y siempre me digo que viva mi Andalucía, que por su clima y otras cosas, vale por todo lo que llevo recorrido.” [107 CTE]; “Encarnación no puedes figurarte lo que me acuerdo de ustedes y de la rica temperatura de mi Andalucía, tú no sabes el frío que hace por esta tierra.” [Stalag VI C].

Deseaba para su hijo los estudios que él nunca tuvo –sólo estudió la primaria–, pues entiende que la cultura es un valor fundamental: “…tú ponlo en la Escuela que aprenda a leer que es lo más útil para una persona. Aunque el juego es para los chiquillos como el sol para las plantas” [Barcarès].

Y, de manera relevante, los sentimientos de afecto y de amor están presentes en todas las cartas, muchas veces escritas en sentida prosa poética: “Quizá sea éste el motivo principal del porqué me acuerde tanto de ti, y de cuando yo, sin saber de la vida, jugaba con tu cariño en mis manos como el gato juega con la alimaña que se descuida, éste para terminarla, y yo jugaba, jugaba y repetía la jugada, qué alegría, qué tiempos. Siempre jugando, y cada día, tu cariño en mis manos seguía más bello, y yo más esclavo de él, era mi obra, era mi cariño, y al hablarte en mi interior de mi cariño, hablaba del tuyo, que ya es mío.” [107 CTE].

Rafael que, como su hijo Francisco Javier, ha leído en multitud de ocasiones las cartas de su padre, se emociona, especialmente, con una en la que relata un sueño donde aparece toda la familia en un día de feria andaluza. Con el emotivo sueño, Manuel hace una reflexión muy aguda sobre las causas por las que una persona resiste en circunstancias tan hostiles:

Te voy a contar un sueño que tuve hace dos noches. Ya estaba yo en esa, y era feria, por la tarde. Tú y yo vestíamos a los dos, y Antoñita te quería más a ti que a mí, y yo me reía porque veía que era propio, toda vez que a mí no me conocía, y cuando les arreglábamos, nos dispusimos a salir, y no sé lo que tú me dijiste, y yo digo bueno, pues para que otra vez no me digas eso, te arresto y no vienes a la feria.

Y Rafalito se reía mucho y decía, eso papá, eso, pero la niña estaba muy seria, y le dice a su hermano, ¿por qué te ríes y te alegras de que mamá no venga? Pues si mamá no viene, yo tampoco voy, a lo que el niño le dice, sí, tonta ven, que papá nos compra muchas cosas, y ante estas palabras, ella casi quería venir, y se queda muy fija mirándome, y me dice: Papá, ¿por qué no viene mamá? y también le compras a ella muchas cosas. Como yo no le contesté en seguida, va y me dice, llévala con nosotros y te quiero a ti como a mamá.

Y ante esto, en sueño, desperté casi llorando, y me decía, lo que pueden los hijos. Un buen rato me llevé sentado en la jergoneta, pensando en la realidad de este sueño, y en lo feliz que yo sería hoy, y lo bien que mi parejita se criaría a mi lado, esto me vuelve loco, y hay veces que no me quiero yo mismo.

Pero como siempre hay un algo que alimenta al hombre la ilusión en la vida, la fe en el porvenir, y el amor a mis seres más queridos, estas tres cosas son la base fundamental de que yo no haya perdido la cabeza, como la han perdido muchos ilusos”. [107 CTE].

Antonio González Merino (izq.) y su primo Rafael González Polonio depositan flores, en mayo de 2010, delante del monolito que recuerda a las víctimas de la represión franquista en el cementerio de Lucena, entre cuyos nombres se encuentran los de sus padres Juan y Manuel González León.

Antonio González Merino (izq.) y su primo Rafael González Polonio depositan flores, en mayo de 2010, delante del monolito que recuerda a las víctimas de la represión franquista en el cementerio de Lucena, entre cuyos nombres se encuentran los de sus padres Juan y Manuel González León.

En muchos países europeos que han sufrido regímenes fascistas ha existido una política de Estado consistente en la creación o mantenimiento de lugares de memoria explicativos de ese pasado totalitario (monumentos, nombres de calles, museos, conservación de campos de concentración, etc.). La función de estos lugares no es solo simbólica y memorialista, sino también educativa, moral y cívica. Es una forma, a través de la verdad y del recuerdo, de resarcir a las víctimas, de defender los valores democráticos, de asentar los derechos humanos y de que las nuevas generaciones conozcan su historia para que no vuelva a repetirse. En España esta política, que podríamos denominar de “justicia histórica”, ha resultado escasa y tardía. Además encuentra muchas reticencias entre un significado sector de la clase política que aún identifica olvido con reconciliación y memoria con venganza. No obstante, en el caso de los hermanos González León ha habido dos iniciativas institucionales muy loables en el ámbito de los lugares de memoria. Por un lado, en el año 2005 la construcción por el Ayuntamiento de Lucena de un monolito en el cementerio, con los nombres de las 123 víctimas mortales lucentinas conocidas hasta ese momento de la represión franquista, entre las que se incluyen los hermanos González León. Este gesto ha permitido algo común en una cultura como la nuestra, acostumbrada a enterrar a sus muertos en los cementerios: que sus hijos hayan venido en múltiples ocasiones a Lucena para dejarles flores y honrar su memoria ante el monumento.

Familiares de Juan y Manuel González León junto a la placa que da sus nombres a una calle de Montilla, el 15 de mayo de 2010.

Familiares de Juan y Manuel González León junto a la placa que da sus nombres a una calle de Montilla, el 15 de mayo de 2010.

La segunda iniciativa fue que el Ayuntamiento de Montilla, respondiendo de forma tardía a una petición de la familia realizada más de siete años antes, decidió dedicarles una plaza. El acto oficial se celebró el 15 de mayo de 2010, al día siguiente de la presentación publica de la nueva edición corregida y aumentada de mi libro sobre Montilla, y contó con la presencia de la familia González León y de los representantes de todos los grupos políticos de la corporación municipal. Este acto se convirtió no solo en un reconocimiento a los hermanos González León, sino también a sus hijos y nietos por haber sabido mantener su memoria, ya que para los que sufrieron la represión una de las mayores justicias es el recuerdo. Una semana antes de que se les dedicara una plaza en Montilla, Rafael González Polonio había regresado a Mauthausen para satisfacer un deseo incumplido tras su primer viaje: colocar una placa permanente en una de las paredes. La placa, de color blanco y en letras negras, lleva la S de spanien enmarcada en un triángulo azul (símbolo cosido en su chaqueta que identificaba a los presos españoles) y el siguiente texto:

Nunca más. A la memoria de los hermanos Juan y Manuel González León, fallecidos en el campo de concentración de Gusen. Su familia no les olvida. Gusen, 7 de mayo de 2010

Rafael González Polonio coloca en Gusen una placa en recuerdo de su padre y su tío (7-5-2010).

Rafael González Polonio coloca en Gusen una placa en recuerdo de su padre y su tío, el 7 de mayo de 2010.

Documentación de interés:

Hechos y perspectiva histórica de la guerra civil en Baena

PORT BAENA ROJA Y NEGRA

El 28 de julio de 1936 se produjo en Baena uno de los hechos más trágicos de la guerra civil en la provincia de Córdoba. La entrada de una columna militar sublevada, al mando del coronel Eduardo Sáenz de Buruaga, originó una matanza en las calles y en el Paseo que tuvo como respuesta el asesinato de los presos que los republicanos mantenían como rehenes en el convento de San Francisco. En noviembre de 2008 publiqué un libro, que se centraba en estos temas y en otros ocurridos en el pueblo durante la contienda: Baena roja y negra. Guerra civil y represión (1936-1943). En 2013, en esta entrada del blog traté de aportar la nueva información (testimonial, documental y bibliográfica) que había surgido desde entonces. Solo cinco meses después salió la segunda edición de mi libro sobre Baena, en la que ya incluí de manera detallada parte de lo publicado aquí. Por ello, he decidido reelaborar los contenidos originales de esta entrada, manteniendo los testimonios de los familiares de las víctimas de la represión que me llegaron a través del correo electrónico antes de que apareciera la segunda edición del libro. Para situarse en el entorno histórico de los hechos que narran las familias, resulta imprescindible la lectura previa de este texto titulado “La represión en Baena durante la guerra civil y la posguerra“, donde hay una visión de conjunto sobre lo sucedido en el pueblo en guerra y posguerra.

Entre los testimonios recibidos sobre Baena, Antonio Ramírez de las Morenas (por desgracia ya fallecido) me envió desde Barcelona un escrito muy valioso y detallado, una auténtica joya para un historiador. Siendo niño presenció, junto a su hermano Rafael y a su madre, cómo los falangistas y la Guardia Civil entraron en su domicilio y al ver dos retratos de los militares Fermín Galán y García Hernández (fusilados por su implicación en el fracasado levantamiento republicano de 1930) obligaron a la dueña de la casa, su abuela, que estaba semiparalítica, a que se los comiera. Me informó también de que la edad de su padre José Ramírez Melendo cuando fue asesinado el 28 de julio en el Paseo era de 44 años y no de 54, con lo que existe una equivocación en el Registro Civil. Además, su tío Francisco de las Morenas Molina murió fusilado el 28 o 29 de julio de 1936 y no aparece inscrito en el Registro Civil, al igual que ocurre con su primo Antonio de las Morenas Lara, fallecido en el frente. Otro tío, hermano de su padre, Andrés Ramírez Melendo, de 41 años, era cabo de la guardia municipal. Al encontrarse enfermo, no se reintegró al servicio hasta el día 31 de julio. Al presentarse, el teniente Pascual Sánchez Ramírez le ordenó que volviera a su casa y se pusiera el uniforme. Cuando regresó, le pegó un tiro sin mediar palabra (de acuerdo con el testimonio que le trasmitió a su viuda José Ávalo, testigo del hecho, que no pudo hacer nada para evitar su muerte). Su tía Victoria de las Morenas Molina sufrió escarnio público, pues le raparon el pelo y la obligaron a tomar aceite de ricino. Su delito había sido enarbolar la bandera republicana en una manifestación tras la victoria del Frente Popular en las elecciones del 16 de febrero de 1926. Antes, le habían fusilado el 29 de julio de 1936 a su hijo Francisco Pérez de las Morenas, de 26 años, tampoco inscrito en el Registro Civil.

La madre de nuestro informante, Carmen de las Morenas Molina, tras el asesinato de su marido José Ramírez Melendo, quedó al cuidado de sus tres hijos menores (los dos mayores, Vicente y Francisco Ramírez de las Morenas huyeron a zona republicana y se alistaron como soldados). Para poder subsistir, trabajó de limpiadora por la mañana en el café El Ideal, donde iban los piquetes después de los fusilamientos a emborracharse y escenificar lo que acababan de ejecutar. La dueña del bar, al percatarse de la situación, se apiadó de ella y cuando llegaban los matarifes, para que no los viera, la entraba a las estancias interiores. Cuando terminó la guerra, regresaron sus dos hijos mayores, Vicente y Francisco. Vicente estuvo preso en un campo de concentración en Alicante. Francisco regresó con una herida de bala en la cabeza. Las curas las recibió en su casa, pues un practicante amigo, por temor a que lo detuvieran, le recomendó que no fuera a la Casa de Socorro. Había huido de Baena el 29 de julio de 1936, tras haber estado buscando en el cementerio el cuerpo de su padre entre la pila de cadáveres carbonizados y recibir la noticia de que habían matado a toda su familia. Tenía 14 años en 1936, así que mintió sobre su edad para conseguir servir en el cuerpo de carabineros de la República. Antonio Ramírez de las Morenas me señaló también en su testimonio que, a pesar de que yo recojo en el libro un informe del comandante militar que calificaba la escuela del maestro Pavón Gónzález como “anti-patriota y anti-religiosa e inmoral”, este profesor era “muy querido y preciado entre los jóvenes de Baena, se dedicaba a enseñar a leer y escribir y las cuatro reglas lo más correctamente posible. Las clases las daba en su casa a última hora de la tarde para que pudieran asistir los jóvenes después de su jornada laboral, y por lo visto su labor fue muy efectiva”. En contraposición me cita al maestro Fernando de la Torre, apodado “El Carlista”, que sacó a los niños a la calle para pedir el fusilamiento del líder anarquista José Joaquín Gómez Tienda, el Transío, que fue ejecutado en junio de 1939.

Antonio Bazuelo Alarcón, fusilado en 1936.

Antonio Bazuelo Alarcón, fusilado en 1936.

Alberto Bazuelo Jabalquinto, desde Valencia, me envió la historia de su abuelo Antonio Bazuelo Alarcón. Era guarda rural y había denunciado a un señorito porque una piara de cerdos de su propiedad se había metido en una finca ajena. Tras el golpe de Estado, un capataz del señorito lo reconoció mientras hacía guardia en el castillo, así que fue detenido. Podría haber huido la noche en que lo trasladaban en un camión junto a otros presos, según le contó a la familia en la posguerra uno de ellos, que consiguió escapar saltando. Él se negó alegando que no había cometido ningún delito y que por ello no le harían nada. El destino del camión era el cementerio, donde lo fusilaron con sus compañeros en una fecha indeterminada según la familia, pero que el Registro Civil sitúa el 19 de agosto de 1936.

Mariano Ortega Bazuelo, bisnieto del fusilado Antonio Bazuelo Alarcón, citado en el párrafo anterior, a través del testimonio que a lo largo de su vida le legó su tía abuela Rosario Vallejo Amo, realiza unas aportaciones muy interesantes sobre la muerte de su bisabuela Rafaela Amo Arrabal (madre de Rosario) y de varios de sus familiares. Vivían en una calle que desembocaba en la calle Tinte desde la calle Cantarerías de la Fuente de Baena. Era la primera zona por la que entraron las tropas sublevadas de la columna del coronel  Sáenz de Buruaga el 28 de julio de 1936. Al escuchar los disparos huyeron a resguardarse en una casa de la calle Llaneta. En el camino hacia la casa mataron a Félix Vallejo Amo, hijo de Rafaela, y junto a un pairón cercano a la calle Llaneta a la propia Rafaela Amo, que llevaba en brazos a su hija menor de tan solo unos meses, Concha. A la casa consiguieron llegar el marido de Rafaela (Manuel Vallejo), la hija mayor, Rosario, de 20 años, que llevaba en sus brazos a otra hermana de cerca de dos años, y el resto de los hermanos (menos uno, Manolo). Estuvieron todos refugiados durante unas horas, hasta que amainaron los disparos. Entonces pudieron salir y rescatar a Concha, que se encontraba en el suelo al lado del cadáver de su madre y que a consecuencia de la caída quedó sorda de un oído. Volvieron a refugiarse en la casa de la calle Llaneta, pero las otras personas que estaban allí escondidas temían que los lloros continuos de la niña los delataran a todos, por lo que debieron regresar de nuevo a su casa. Allí habían quedado los padres de Manuel Vallejo, que al ser ancianos no habían podido huir y se habían escondido en una cueva al final del patio, donde los hallaron muertos de un tiro en la cabeza. La casa se la encontraron saqueada.

A otro hijo de Rafaela, Manolo Vallejo Amo, lo apresaron aquel 28 de julio de 1936, al igual que a otros cientos de vecinos. Su hermana Rosario pidió ayuda al señorito con el que trabajaba de criada para que intercediera por él. Se dirigieron a la cárcel y al que sacaron fue a su tío Francisco Vallejo Amo, de iguales apellidos. Ella tuvo que decir que él no era a quien buscaban. Liberaron entonces al hermano, al que dieron el pañuelo sellado que lo avalaba. A lo largo de su vida, Rosario “se justificaba una y otra vez al contarlo con lágrimas en los ojos, pues tuvo que condenar a su tío para salvar a su hermano, pero no podía hacer otra cosa, el señorito sólo había intercedido por uno”. A este Francisco Vallejo Amo lo cito en mi libro como hijo de Rafaela, aunque en realidad era hermano de su marido. Para colmo de males, también cayó asesinado un hermano de Rafaela, José. Aquel 28 de julio, el cadáver de Rafaela lo retiraron del medio de la calle “como si fuera un perro” y allí permaneció hasta que lo llevaron al cementerio.

José Alba Rosales, teniente del Ejército republicano.

José Alba Rosales, teniente del Ejército republicano.

José Alba Gálvez, desde Vélez-Málaga, me mandó copia de unos documentos relativos al proceso judicial de su padre, José Alba Rosales, fallecido en 1987. En su carta, José Alba Gálvez me señala que la historia de su padre en su casa era un “tema tabú”, “del que no se hablaba”, hasta la aprobación de la Ley 37/1984, que reconocía derechos y servicios prestados a quienes durante la guerra civil habían sido miembros de las fuerzas armadas republicanas. Con el testimonio de su padre y la búsqueda de documentación supieron que había sido militante de la CNT, soldado republicano desde agosto de 1936 y miembro del XIV Cuerpo del Ejército Guerrillero, conocido popularmente como “Niños de la Noche”. En el segundo semestre de 1938, José Alba Rosales ingresó en la Escuela Popular de Guerra de Paterna y alcanzó el grado de teniente. Prestó servicios a partir de entonces en Valencia, y una de sus últimas misiones fue escoltar a altos mandos del Gobierno republicano hasta Cartagena para exiliarse. Al acabar la guerra lo encarcelaron en Valencia, pero pudo huir y regresó a Baena andando o como polizón en trenes. Intentó pasar desapercibido hasta que lo detuvo la Guardia Civil debido a una posible delación de un excompañero de Valenzuela. Tras ser juzgado, lo condenaron en octubre de 1939 a reclusión perpetua, una pena conmutada por 20 años de reclusión en 1943, y fue indultado en marzo de 1948. Durante esos años sufrió prisión en Castro del Río, Córdoba, El Puerto de Santa María y Barbastro, y fue sometido a trabajos forzados en un destacamento penal en Noales (Huesca), de donde salió en libertad condicional en julio de 1943.

Mariano Padillo Pavón, combatiente contra los nazis en la II Guerra Mundial.

Mariano Padillo Pavón, combatiente contra los nazis en la II Guerra Mundial.

Manuel Padillo Moreno, residente en Valencia, me llamó para contarme que también entre la lista de las personas que aparecían en mi libro se encontraban su padre Mariano Padillo Pavón y su tío Miguel, pero la burocracia franquista erró en su edad y en su identificación, ya que los denomina Juan y Francisco. Mariano, de 26 años, huyó de Baena con su mujer, sus tres hijos, su madre y sus hermanos y se refugió en Castro del Río. Junto a sus hermanos Miguel y José, todos anarquistas, se alistó en el Ejército republicano (otro hermano, Domingo, aún era muy pequeño). Mariano cayó preso de los franquistas y lo internaron en el campo de concentración de prisioneros de guerra de Miranda de Ebro (Burgos), de donde consiguió escapar y reintegrarse en las filas republicanas. Tras la huida, volvió a encontrarse con su familia, a la que trasladó a Valencia y luego a Alcoy (Alicante). Cuando a finales de enero de 1939 se produjo la caída de Barcelona y la consiguiente desbanda hacia Francia de cientos de miles de personas, Mariano cruzó la frontera y fue internado en un campo de concentración, mientras su hermano José, con el que había compartido unidad militar, decidió quedarse en España (fue fusilado en Baena el 22 de junio de 1939). El Gobierno francés ofreció a los antiguos combatientes republicanos que permanecieron en Francia enrolarse en Batallones de Marcha (tropas auxiliares del ejército galo), en las Compañías de Trabajadores Extranjeros –unidades militarizadas de unos 250 hombres mandadas por oficiales franceses– en las que se debían encuadrar obligatoriamente todos los varones de entre 20 y 48 años y que llegaron a acoger a 80.000 españoles, o en la Legión Extranjera, cuerpo en el que se alistó Mariano Padillo y alrededor de seiscientos refugiados españoles que fueron trasladados a Argelia y terminarían luchando a favor de los aliados durante la II Guerra Mundial. Al acabar la guerra, permaneció en el exilio en Francia toda su vida.

StanbrookExiliados acabaron también Manuel y Antonio Soriano López, de la familia conocida con el apodo de los Capacheros, de 32 y 30 años en 1939, según el testimonio de Paul Herrera, nieto de Antonio y residente en Saint Gely du Fesc (Francia). Los dos hermanos habían luchado como soldados del ejército republicano y Antonio, que alcalzó el grado de sargento en la 210 Brigada Mixta, consiguió sobrevivir a dos heridas de bala en la cabeza que le supusieron la pérdida de un trozo de cráneo. Paul Herrera me envió varias fotos de su abuelo Antonio, otra del carguero inglés Stambrook en el que huyeron desde el puerto de Alicante, y un escrito enviado el 2 de abril por el capitán del barco, Archibald Dickson, al periódico londinense The Sunday Dispacht, donde narra cómo se produjo la evacuación y cuál era la situación de los refugiados en ese momento. A finales de marzo de 1939, los puertos de la costa levantina se convirtieron en la última esperanza para los que querían huir de España. El 28 de marzo, cuatro días antes de que acabara la guerra, miles de personas aguardaban en los muelles de Alicante, sin embargo el puerto se encontraba bloqueado por la armada franquista y la aviación alemana, lo que impidió la llegada de los barcos contratados por el gobierno republicano para facilitar la evacuación.

Antonio Soriano López y su hija Antonia (segunda por la derecha).

Antonio Soriano López, exiliado en Argelia, y sus hijas Annie y Antonia (primera y segunda por la derecha).

El Stambroock consiguió evitar el cerco y zarpar con entre 2.638 y 3.028 personas a bordo, superando con creces su capacidad, lo que le obligó a navegar escorado y por debajo de la línea de flotación. El barco llegó a Orán (Argelia) en la tarde del 29 de marzo y quedó anclado en el puerto, con sus pasajeros hacinados, sin poder entrar en los muelles hasta el 6 de abril. Solo se permitió el desembarco de mujeres y niños, mientras los varones hubieron de permanecer a bordo. Unos quinientos pasajeros fueron internados en un campo de concentración y el resto solo fue liberado el 1 de mayo tras el pago a las autoridades de 170.000 francos a través del SERE, el organismo republicano de ayuda a los refugiados controlado por el gobierno en el exilio de Juan Negrín. Antonio Soriano López vivió en Argelia hasta su independencia en 1962, cuando hubo de trasladarse junto a cientos de miles de refugiados a Francia. Allí falleció en 1989. Tras la muerte de Franco, visitó a sus familiares en varias ocasiones en Barcelona, donde se habían asentado.

Teresa 1

Teresa Soriano López (fila inferior, quinta por la derecha) en la prisión de Málaga.

La familia de los Capacheros, adepta a la CNT, sufrió de lleno la represión franquista. Fueron encarcelados los padres, Ana López y Francisco Soriano. En cuanto a los hijos, Antonio y Manolo se exiliaron, como hemos señalado en el párrafo anterior; Francisco murió luchando en las posguerra en la guerrilla antifranquista en Obejo el 18 de agosto de 1940; y acabaron en prisión Carmen, José (interno en El Puerto de Santa María en 1938), Tomás (condenado a 14 años de cárcel) y Teresa Soriano López. Esta, con 19 años, se había refugiado durante la guerra en las localidades cordobesas de Castro del Río y Cañete de las Torres, en Alcoy (Alicante) y Granátula (Ciudad Real). Gracias a la documentación que nos ha aportado desde Montgat (Barcelona) su hijo Manuel Padilla Soriano sabemos que la apresaron el 25 de abril de 1939 en Baena, donde pasó seis meses en la cárcel de la Plaza Vieja hasta que fue trasladada a Córdoba y juzgada en consejo de guerra el 24 de octubre. La condenaron a 30 años, de los que más de cinco estuvo interna en la prisión del Instituto Geriátrico Penitenciario de Málaga. Obtuvo la libertad condicional el 24 de diciembre de 1945 y la definitiva el 28 de agosto de 1964. Por el testimonio y la documentación aportada por el hijo de Teresa he conocido que en la cárcel de Baena su madre compartió celda con Manuela Porcuna Jiménez, de 18 años. Las dos aparecen en mi libro como personas de las que los jueces militares piden informes a partir de 1938, pero no como presas, que es lo que en verdad fueron. Son casos similares al de José Alba Rosales, que he citado con anterioridad, y ejemplos de las limitaciones que ofrece la documentación de la Administración franquista a la hora de estudiar el verdadero alcance de la represión en lo que se refiere al número de presos y fusilados, ya que muchos de ellos no aparecen en la documentación que hemos podido localizar hasta el momento.

Felipe Priego Jiménez y su esposa Guadalupe Valenzuela García.

Felipe Priego Jiménez (fusilado el 22 de junio de 1939) y su esposa Guadalupe Valenzuela García.

Desde Leganés (Madrid), una extensa y emotiva carta de Mari Carmen Priego Benito, plagada de sentimientos y recuerdos, me permitió conocer los detalles de la vida de los familiares de su abuelo, Felipe Priego Jiménez, el Pescadero, de 29 años y de ideología socialista, tras su fusilamiento el 22 de junio de 1939 en Baena. Su viuda, Guadalupe Valenzuela García, sufrió el expolio de sus bienes (dinero, joyas, cubertería de plata), pues era una familia acomodada. Murió en 1943, a los 37 años, y los tres hijos huérfanos (Cecilia, Manuel y Ana) se repartieron entre sus tíos en una época de calamidades y miserias en la que la supervivencia era muy difícil.

José Lara Díaz, asesinado el día 28 de julio de 1936 en el Paseo.

José Lara Díaz, asesinado el día 28 de julio de 1936 en el Paseo.

Carmen Gómez Lara, residente en Zaragoza, me advirtió que su abuelo José Lara Díaz, de 43 años, asesinado en el Paseo el 28 de julio de 1936, trabajaba como empleado de banco y no de campesino, que es la profesión que se le atribuye erróneamente en el libro de defunciones del Registro Civil. También me informó de que además de asesinarlo detuvieron a dos de sus hijos, que fueron liberados gracias a que su mujer había sido madre de leche de una hija de don Fernando, un señorito que medió para que los soltaran.

En una extensa y amena conversación, en marzo de 2013 Pedro Alcalá me indicó que en mi libro nombraba a su tío Nicolás Alcalá Espinosa como víctima de la represión republicana sin aportar más información, salvo que murió en otra localidad. Eso se explica porque su tío no está inscrito como fallecido en el Registro Civil de Baena, y su nombre y apellidos, sin ninguna alusión a su relevancia política, aparecen solo en una ocasión en los siete informes oficiales sobre víctimas de la violencia republicana que se conservan en el Archivo Histórico Municipal. Por fortuna, la carencia de datos he podido subsanarla en parte. Nicolás Alcalá era doctor en Derecho por la Universidad Central de Madrid. Aprobó las oposiciones a notaría en 1910 y consiguió plaza en los años veinte en Madrid, donde estableció su residencia. Allí perteneció a la tertulia del filósofo Ortega y Gasset y visitaba con asiduidad la Institución Libre de Enseñanza, ya que su hermano Pedro estudiaba en la Residencia de Estudiantes. Militó en la Derecha Liberal Republicana y fue vocal de la Comisión Jurídica Asesora que colaboró en la redacción del proyecto de Constitución de 1931. Como propietario agrario ejerció de presidente de la Asociación Nacional de Olivareros y participó en diversos congresos y reuniones patronales. Entre noviembre de 1933 y enero de 1936 fue diputado por Jaén del Partido Republicano Radical. En las Cortes participó en las comisiones de Agricultura y Reforma Constitucional, e intervino en varios debates parlamentarios, casi siempre sobre asuntos económicos o relacionados con problemas agrarios. Para las elecciones a Cortes de febrero de 1936 intentó repetir candidatura en Jaén, pero se opuso la derechista CEDA, que iba en coalición con los radicales en esa provincia. Tras el golpe de Estado, fue apresado en Madrid, internado en la checa de la calle Marqués de Riscal (dependiente de la 1ª Compañía de enlace del Ministerio de la Gobernación) y asesinado el 19 de septiembre de 1936, cuando tenía 51 años. El nombre de Nicolás Alcalá Espinosa aparece en la Causa General, el extenso proceso de investigación iniciado en 1940 y terminado veinte años después por el Ministerio de Justicia franquista para recoger por escrito la represión republicana.

Miguel González Jiménez, fusilado el 26 de agosto de 1936.

Miguel Ángel Lara González, desde L´Hospitalet de Llobregat (Barcelona) me envió, junto a un mensaje animoso y cordial, la foto de su abuelo, el campesino Miguel González Jiménez, fusilado el 26 de agosto de 1939 en Baena, aunque por desgracia no me pudo aportar más datos biográficos sobre su pasado.

El día 31 de julio de 1936 el teniente Pascual Sánchez Ramírez, comandante militar de Baena, organizó una columna de apoyo con víveres y municiones a la Guardia Civil de Luque, que se había sublevado el día 18, había apresado a algunos obreros y dominaba la localidad. Sabemos que en Luque el teniente repitió la misma táctica represiva que había usado en Baena. Ordenó sacar a los presos que la Guardia Civil tenía en su poder desde el día 18 y los fusiló en la plaza del pueblo. En la página 20 del libro Memorias de un luqueño. La vida de Ángel Marchena se relata este hecho. Ángel Marchena tenía 11 años entonces. A pesar de su corta edad, había sido apresado en venganza por la huida de su padre a zona republicana y en la cárcel veía como “sacaban gente que no volvía”. La llegada del teniente a la cárcel de Luque, donde él se encontraba prisionero, la narra de la siguiente manera:

“Vimos que entraba el teniente de la Guardia Civil de Baena, Pascual Sánchez creo que se llamaba… y con una pistola ametralladora nos amenazaba gritando que nos iba a matar a todos. Recuerdo que con una voz ronca decía: Esta mañana he matado a doscientos y ahora a los que aquí estáis… Pero gracias a las mujeres de los guardias civiles de Luque que se hincaron de rodillas ante el criminal del teniente nos salvamos… pero aquel asesino había venido a matar y no se conformó, así que ordenó que sacaran a unos pocos. Desde aquella noche volvieron a repetir la operación cada dos o tres semanas y, en cada una de las sacas se llevaban a ocho o diez personas… No recuerdo los nombres de aquellos hombres, pero todavía hoy tengo muy presentes sus caras”.

Por último, las víctimas ocasionadas por la represión franquista en Baena siguen aumentando debido a la aparición de nuevas fuentes escritas y orales, algo que no ocurre con las víctimas de la represión republicana, ya que éstas se anotaron en los libros de defunciones de los registros civiles, según una Orden de 29 de abril de 1940, como “asesinados por los rojos” y “muertos gloriosamente por Dios y por España”. Hemos encontrado algunas referencias más, aunque imprecisas, a la matanza causada en las calles y el Paseo tras la entrada de las tropas de Sáenz de Buruaga el día 28 de julio. En el libro, Apuntes para una historia silenciada. Luchas campesinas en Andalucía: Almedinilla durante la guerra civil, de Ignacio Muñiz Jaén, se recogen los testimonios de dos personas (páginas 67 y 74-75). Una, Rafael Malagón “El Mocho”, de Almedinilla, consiguió huir de un camión en el que trasladaban desde la cárcel de Priego a varios presos para fusilarlos en Monturque. Se dirigió a Baena y se acercó “a un cortijo donde había una mujer y unos muchachos, y [ella] me contó lo que había ocurrido allí. Por lo visto habían entrado los moros y habían matado a no sé cuántos…”. La otra persona, José Moreno Salazar, que vivía en Bujalance, narra que “una noche la calma se acaba cuando llega un grupo de refugiados procedentes de Baena, distante 15 kilómetros de Bujalance. Demacrados, el espanto reflejado en sus rostros, cuentan que han salvado la vida por los pelos. Los fascistas han fusilado en un rato a más de 100 obreros en la plaza del pueblo”.


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